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la humanidad de las humanidades.

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Diez días después de la fuga de don Juan Carlos, se demuestra que, emérito o reinante, un rey sirve para lo que usted quiera que sirva o, dicho en más social, para lo que socialmente se quiere que sirva: es la comunidad votante, de hombres y mujeres, la que se refleja y se retrata.

Del mismo modo que se inventó la república (basada en el primer invento, que fue, sin duda, ‘el ser humano’), se inventó la monarquía. Profetas y sacerdotes primero se inventaron a Dios y luego predicaron que el Rey era por la gracia de Dios, y daban misa en latín cuando ni ellos sabían latín.

Filósofos de altura, entre labradores, ganaderos y hoplitas.

Poetas, que nadie entendía.

Profesores, que decían esta es la Historia, este el Hombre.

Hasta el artesano quiso ser artista.

Todo, menos el trabajo manual por el bien común, aunque a ninguno faltaba la palabra bien común en sus discursos a la asamblea.

humanidades 1

En la era de las tecnologías, se ha disparado y disparatado la cantidad y calidad de humanidades que median entre el Poder y el Ser: abogados, psicólogos, mediadores, consultores en esto o en aquello con tal de no cuestionar el Poder y con tal de llevarse un sueldo a casa: analista web, especialista en posicionamiento web, responsable de e-commerce, digital marketing manager, social media manager.humanidades 2 La Politécnica de Madrid marcaba para el siglo 21 estas tareas: comunicación de datos, procesamiento de señales, diseño software, ingeniería de integración, especialista en sistemas intersectoriales. La página Infojobs da como nuevos trabajos: dotar de inteligencia a los objetos, desarrollar realidad aumentada, big data, detective de datos, facilitador de IT, experto en edge computing. Al mundo de la empresa han venido a sumarse los oficios que tienen que ver con el ocio y modo de vida: yutúbers, influéncers, consúmers, y todo lo que acabe en -er o en -ísing: más quienes se buscan la vida como máster chefs, talents o caza talents.humanidades teclado

gastropología

Lo penúltimo en el sector se llama *gastropología, la antropología del bar. Lo pueden ver en la página 7Caníbales.com, donde le intentan responder a cuestiones tan vitales como estas: «¿Por qué ocupas justo el taburete que ha dejado una persona en la barra de un bar cuando hay otros libres? ¿Por qué continúa el tablón de precios en un restaurante cuando ya no es obligatorio? ¿Eres consciente de la importancia de gestionar el espacio de los lavabos? Sergio Gil (Barcelona, 1976) ideó en un máster la gastropología, disciplina inspirada en la antropología sociocultural que pretende analizar las relaciones socioculturales y económicas que se dan en el espacio bar restaurante, útil tanto para el bar más pequeño de barrio como para el restaurante más estrellado.»

Desde que en la España del hambre, por la crisis del 2008, empezaron a proliferar los programas gourmet y ‘de tribunal’, y desde que tuvo un diagnóstico serio el ‘estrés posvacacional’, tuvimos claro que la buena vida de quienes vivimos bien iba a ser cada vez más glamurosa (palabra de aquella época), más sibarita y más pija, por comparación con la vida de quienes vivirían mal: parados, subempleados, auxiliares de lo variopinto, chapús, callejeros, ambulantes, top mantas, hurga contenedores, chatarristas, sintecho.

Claro que para eso estaban oenegés, bancos de alimentos, comedores sociales, todo muy lava conciencias de la mala conciencia, por si la hubiera o hubiese.

De la gastropología, ¿qué decir? Que ya va por 1.740 usos en internet, que la pamplina sigue y que algún día vendrá el realismo (nada más mandón que la propia economía) y todas esas pamplinas, que hoy acaso deslumbran a cuatro ingenuos con estudios, se irán al trabajo. También yo, como profesor, me iré al trabajo. La pandemia y la teleenseñanza me han reducido a mero tutorial a distancia.

Ninguna humanidad de humanidades tiene humanidad.

Ni siquiera la ciencia.


desmontando las mareas por lo público.

trajes de sevillanas fotos antiguas de Sevilla

Los tres soberbios lemas de la Edad Contemporánea fueron libertad, igualdad y fraternidad (1789). Por libertad se colaba libertad de comercio; por igualdad, igual derecho a voto de la burguesía; y, por fraternidad, la vieja caridad. Lo endeble de esas tres divisas cuajó en Napoleón, un hijo de la Revolución pronto convertido en emperador (1804), quien dio leyes a un Estado policial que lleva su nombre: estado napoleónico. Contra el estado napoleónico se alzó la Internacional de anarquismo y socialismo; ambos fiados en el final de las clases sociales: el anarquismo, por la abolición del Estado, y el socialismo, por la toma del Estado por el proletariado hacia el comunismo.

La Revolución Rusa y dos guerras mundiales configuraron un cuadro inesperado. Las clases obreras, al aceptar servir como tropas nacionales (negarse a la guerra hubiera sido la única opción), renunciaron, de hecho, a la Internacional. Y Rusia se convirtió, como socialismo en un solo país, en un bloque frente al bloque capitalista, que administró a su antojo libertad, igualdad y fraternidad contra una experiencia sistemáticamente presentada como dictadura.

Las clases obreras aliadas empezaron a llamar a la puerta de la patronal reclamando el mejor nivel de vida que podrían permitirse: ser mano de obra cualificada, a costa de mano de obra bruta emigrada y materias primas de países que habían sido (y de esta forma seguían siendo) antiguas colonias, únicamente emancipadas bajo gobiernos títeres. La trampa iba a ser la deuda; deuda de países pobres forzados a comprar tecnología a las metrópolis ricas.

La mano de obra occidental se prestó encantada; su recompensa sería pasar de clase obrera a clase media, a cambio del Estado suministrar servicios que hasta entonces no daba: seguridad social, pensiones, formación profesional, salud, vivienda, transporte, etc. Había nacido el Estado del Bienestar. Soviética y el socialismo por los partidos comunistas no tenían nada que hacer. Vuelvan a 1989 y recuperen las imágenes de la Caída del Muro de Berlín: nunca tanto esclavo aplaudió la consagración de su propia esclavitud.

Lo que falta, ya lo han vivido ustedes. El mapamundi de libertad y democracia para todos, que prometió la Generación Berlín, se vio, en seguida, que resultaba una falacia. Y un anciano Stéphane Hessel dio a los jóvenes su llamamiento al ¡Indignaos! (2010), o sea: haced que se cumplan las promesas que a la humanidad se hicieron al término de la Segunda Guerra Mundial, más Occidente, en fin. Entre nosotros, José Luis Sampedro y el movimiento ¡Democracia real, ya!, que daría en Podemos, picaron el anzuelo. Y ahí los tenemos, a Pablo Iglesias y a Alberto Garzón de ministros de un Gobierno que ya me dirán qué tiene de izquierdas. La misma palabra izquierda está desactivada.

Hoy, una sociedad como la española se divide entre gente pobre y media que pide derechos y aspira a vivir a costa del Estado del Bienestar, y gente rica que no quiere contribuir al Estado (esa es la guerra de los impuestos), entre otras cosas, porque su bienestar ya lo disfruta. De ahí, que la palabra público (sector público, sanidad pública, enseñanza pública) haya quedado, como la palabra izquierda en boba petición de lo que ya se tiene. No es la pública progreso de nada, sino garantía de una privada y concertada con sus respectivas excelencias.

De otro modo. Donde el estado capitalista se hace llamar Estado del Bienestar (no en Estados Unidos), el anticapitalismo obliga a denunciar el Estado del Bienestar. A nivel personal, no fiando que el Estado nos resuelva la vida (ser parasitario ha cundido en la juventud media) y, a nivel ciudadano, activando todo tipo de objeciones de conciencia aceptadas como derechos: derecho a la objeción a las armas y a las fuerzas armadas, a religiones en público, a la natalidad subvencionada; objeción a solidaridades públicas que, en forma de acogida, no hacen más que prolongar la desigualdad, caso del tapadismo islámico en estos tiempos supuestamente feministas. Hay que ser insolidario y coherente con nuestro lugar en el mundo, ya que no lo elegimos. Yo apenas si me hablo con creyentes del bienestar y, a sus partidos políticos (ni a ninguno), ya ni les voto. La España de las Mareas me aburre o me da vergüenza.


icononoclasias.

DL estatua

Se llama icononoclastia o icononoclasia a la actitud o doctrina contraria a las representaciones de iconos, de imágenes (en principio, de Dios, pero extensible a todo tipo de prácticas figurativas).[1] En sentido amplio, icono es un ídolo, un símbolo, un modelo que admite ser imitado (los Rolling, del rock; Michael Jackson, del pop) e iconoclasta, lo contrario: algo o alguien que rompe esquemas. El último movimiento iconoclasta está dándose contra las estatuas de personajes reconocidos como esclavistas; anti racismo alimentado por el asesinato de George Floyd, antes o después, descendiente de esclavos.

A esta furia iconoclasta habría que recordarle que arremeter contra las estatuas puede estar muy bien pero, a la corta, responde a fanatismos culturales y, a la larga, desvía el foco de atención de la cuestión palpitante: si se puede releer la Historia con ojos y perspectiva de siglo 21… algo que lleva años haciendo el feminismo revisionista (que opera por presencia/ausencia de mujeres a lo largo de los siglos), y que, en cualquier campo, configura lo políticamente correcto y expande esa corrección a tiempos pasados que ya no se pueden modificar. Derribar una estatua de Colón o estigmatizar Lo que el viento se llevó, puede dar cuenta de un totalitarismo demócrata y buenista que ya podría mostrarse más rebelde con causa contra cuerpos de policía que, en Usa como en España, abusan de nuestra vida.

Otra variante de idolatría nos lleva al calendario de fiestas de primavera de Sevilla, fuertemente icónicas: Semana Santa, Feria, Toros, Rocío y hasta el mismo Corpus (fiesta en principio abstracta hasta que en la Catedral se hizo custodia). El estado de alarma ha demostrado a idófilos y a idófobos que se puede vivir, y se vive y se muere, sin fiesta ninguna. Hermandades, sociedades de casetas, rocieras, o aficiones taurinas y futboleras deberían aprovechar la ocasión para bajar sus humos y sus orgullos: su devoción o alegría no pueden, el año que viene, presumir ya tanto ni pasar por imprescindibles.

[1] El diccionario que distingue Dios, dios, dioses, icono, ídolo, fetiche, etcétera, lo hace desde una teología nacional católica que se empeña en distinguir lo auténtico (la religión verdadera) de lo falso. Lógicamente, el pensamiento laico no debe entrar en teológicas disquisiciones. Hablamos de símbolos o alegorías sin distinguir la sagrada imagen de un Señor del Gran Poder, del fetiche de psiquiatra o de vudú.


foto portada: idiota haciendo la estatua, colección propia.

el pensamiento único que llevamos dentro.

Utopía

apostillas a El virus y la bola de cristal

Las ideas del artículo El virus y la bola de cristal no tienen nada que ver, aunque se agradece la comparación, con la Utopía de Tomás Moro, ni con distopías de ciencia ficción. Son ideas que alumbró el siglo 20, y que el 21 no ha hecho más que olvidar a beneficio, claro, de una panda que sigue gobernando el mundo y viviendo del cuento.

En El virus y la bola de cristal se hablaba de los partidos políticos como “asociaciones para el manejo y manipulación de voluntades”. ¿No lo son acaso? Y contra la democracia como inexistente mientras se asiente en la “división electores/elegidos” que algún día la democracia de verdad verá “tan desfasada como la división por sexo o raza”. Para una legión de cabezas pensantes, eso es realismo puro.

Que “pediremos ser controlados por la Administración, ya sin ventanillas ni oficinas” lo vemos hoy por las sucesivas áreas virtuales que ya gobiernan o administran nuestra vida pública (expedición de documentos, tarjetas sanitarias, recetas médicas, Hacienda, DGT, pagos y cobros). ¿Qué dice quien dice que el control atenta contra su libertad?

Que pasarán al “museo del olvido” oficios o trabajos, lo estamos viendo. [1] Que vamos a una sociedad cada vez más robótica y, por tanto, más ‘deshumanizada’… Solo hay que imaginar esa automatización sobre tareas que hoy se creen insustituibles: taxistas, tenderos, burócratas, pero también reyes o presidentes.

Imaginar un mundo sin guerras es mucho más fácil que lo contrario. ¿Se imaginan una guerra entre España y Marruecos; entre España y Portugal o Francia o Reino Unido, se imaginan? ¿Entonces por qué se imaginan el gasto en Ejército y Defensa?

Y si ya no concebimos la pena de muerte, ¿por qué no algún día próximo sin pena de cárcel, cuando el delito se justifique por injusticia social (el robo) o trastorno mental (el crimen)?

Que la ciencia tuviera “otra ética” no vendría mal a la humanidad. ¿O es que no hubo ciencia de laboratorio en ciertas invenciones del siglo 20? ¿No hubo cerebritos de premio nóbel tras los gases de exterminio, esterilizaciones, genocidios, bombas atómicas?

¿Y la Onu? ¿No salió configurada a la medida de las potencias vencedoras de la 2ª Guerra Mundial? ¿No es ese el germen del Consejo de Seguridad? ¿Ha de durar para siempre?

¿Y la Otan? ¿No fue respuesta ‘defensiva’ ante la Unión Soviética y fuerzas del Pacto de Varsovia? ¿Por qué, entonces, ya sin Soviética ni bloque del Este, la Otan continúa? [2]

Y pasando a proyecciones de índole personal que hoy aparentan estar en el centro del debate, el debate no existe. Convénzase, viejo militante en costumbres de otra época: No habrá toros de sangre. No habrá cofradías invasivas (tal como ahora se apoderan de la ciudad). No habrá cada año una portada de Feria distinta.

Porque hasta el almanaque festivo y laboral que hoy comanda una iglesia será sustituido por un cupo de días festivos y laborales que lo que en el futuro será empresa y trabajo administrarán a voluntad y por convenio al día, a la semana, al mes y al año. ¿Que usted quiere su viernes como descanso semanal…? ¡Ahí tiene usted su viernes, sea usted o no musulmán! (Estará prohibido el tapadismo religioso.) ¿Que usted quiere su sábado…? ¡Ahí lo tiene sin problema! ¿Su ramadán…, su yom kippur… para tomar vacaciones con motivo el que usted quiera…? Y los chinos que quieran cerrarán por el Año Nuevo chino. En realidad salvo un calendario escolar, que tiene que haber, todos los calendarios nos vienen impuestos y hasta el papa Francisco, recordarán ustedes, propuso una Semana Santa en días fijos, y no móviles. No le dejaron ni hablar:

–Se ve que es nuevo, el pobrecito.

Mírese usted en los bolsillos. No sea que entre sus llaves y pañuelos lleve usted, en el fondo, un buen pensamiento único, ¡ay truhán!

[1] Sin salir de gente de mi edad: ¿cuántos soportes de audio y vídeo (con sus correspondientes negocios y comercios) hemos conocido? vinilo, casete, cedé, mp3, mp4… ¡Para al final Youtube o Spotify! Imagínense qué fue de la efepé de singles y elepés. Atención, familias, qué carrera dan a jóvenes y adolescentes en edad de labrase (imaginarse) un futuro.

[2] La respuesta es obvia para quien respira pacifismo: la Otan había venido no para defendernos sino para quedarse. ¿Sabían ustedes que en 1954 la URSS propuso su unión a la OTAN, con el objetivo de mantener la paz en Europa,​ pero los aliados rechazaron la propuesta? La paz y el desarme a nivel mundial han sido objetivo de la Onu (pueden verlo pinchando aquí). Por paz se entendía coexistencia pacífica y el desarme arrancaba por la no proliferación de armas nucleares o de destrucción masiva; recientes, como estaban, Hiroshima y Nagasaki. ¿Seguro que detrás de Covid-19 no está algún listillo jugando con lo que no se debe? ¿Y no será el coronavirus un arma de destrucción masiva? Lo que es seguro es que la duda no tiene nada que podamos llamar conspiranoico.

Utopía

arte y artistas, ocio y negocio.

pinza dibujada vector art

1.
El currante, hombre o mujer, a quien llamaremos T (de trabajo), acude a su trabajo. Sin haber leído a Marx, en una economía de mercado, lo único que puede ofrecer (vender) T al mercado es su persona. T tendrá que poner ladrillos o tornillos, coser ropa o contratarse como asistenta. Ya en casa, en su tiempo de ocio, T se dedicará a leer, a oír música o a tocar la guitarra o las narices. [1]

2.
La vida, tal como está montada en Occidente, es una larga conspiración contra el trabajo[2]. Así, ocurre que detrás de una reclamación sindical o de una marea blanca, verde o amarilla, se esconde la defensa de mi puesto de trabajo, que puede discurrir al margen del bien común. «Sin cultura no hay vida», escribe en su pancarta la alumna de conservatorio. «La vida está en los libros», dice el librero en crisis de competencia con Amazon o HTML. Y cuando yo, el de la marea pública defiendo la sanidad o la enseñanza públicas en nombre de la salud o de la educación general, en realidad estoy defendiendo mi empleo, empleo que entrará en competencia con otros sindicatos de la privada o de la concertada. La prueba de la sinrazón estaría en currantes de Airbus o Navantia que, alegando la defensa de su puesto de trabajo, para el sostenimiento de su familia, defienden y sostienen con sus monos azules la fábrica de armas o transportes militares que irán a herir o a matar familias como la suya.

3.
El sector del arte y la cultura anda removiendo el patio como sector damnificado por el parón de la puñetera crisis. El sector, de suyo quejica y acostumbrado a ser mimado y subvencionado en nombre de “arte y cultura para todos”, lo que de verdad quiere es un salario como el currante de la ferretería o del transporte o de la construcción.

Si todo el mundo tiene derecho a un trabajo retribuido, también tendría derecho a un ocio retribuido, sea el que sea. De lo que no se quiere hablar es del injusto reparto entre cigarras y hormigas ni de equilibrar la carga de horas gratas e ingratas. Al final, y por el proceloso cauce del Estado del Bienestar (Estado que nutren con sus impuestos las clases productivas, de ‘negocios’ y de ‘no ocios’), las clases culturales, improductivas, se la montan de maravilla y también explotan a la masa trabajadora, que carece de glamur (esa tontería) y acude al trabajo por la acera y por la sombra, y no entre focos por la alfombra roja.

[1] Por trabajo se entiende, no esfuerzo ni vocación (con esfuerzo se practica algún deporte; por vocación, se apunta uno a misiones humanitarias), sino actividad de obligado cumplimiento para la adquisición de un salario. trabajador se sobreentiende por cuenta ajena frente a por cuenta propia o notrabajador, si cuna y rentas nos permitieran vivir sin trabajar. negocio viene de nec otium, no ocio, sin ser necesariamente un hombre de negocios. trabajo viene de tripalium, potro de tres palos donde azotar esclavos. La etimología se expresa sola.

[2] Pues todos quieren trabajo, y nadie quiere trabajar.

¿Nuevos Pactos de la Moncloa? (2).

Si lo primero sería ir hacia una reubicación geopolítica más económica de España en el mundo (UE, Otan, Onu, Ejército, Jefatura del Estado: todo eso sale muy caro), lo siguiente sería el replanteo del Bienestar, como individual zona de confort.

El Estado del Bienestar fue un farol que se marcó el Psoe de la Transición, bajo el poderoso influjo de la social democracia alto europea (Willy Brandt, Olof Palme), lo que catapultó al poder a Felipe González en cinco años (de 1977 a 1982) con el decaimiento del PC. De entre los encantos del Estado del Bienestar, uno se inoculó para siempre en la ciudadanía progresista, y fue que el Estado dejó de verse represivo [1] para pasar a verse como órgano benefactor. Cundió una doble moral: si me va bien, para mí, y, si me va mal, para el Estado a través de impuestos, vía Presupuestos. Esa doble moral ha traído la mentalidad que vemos en nuestros hijos y nietos, dicho en Manuel Machado: «Que todo, como un aura, se venga para mí y que jamás me obliguen el camino a elegir». ¡Y, luego, nos quejamos! ¡Cuando los hemos criado nosotros, madres o padres, abuelas y abuelos, más/menos yayo flautas!, que picamos el anzuelo del Psoe en los 80 y de Podemos en 2005, a cambio de renunciar a lo que ideológicamente nos definía: la conciencia de clase, que, perdida, ha cuajado en una generación que ha hecho de revolución y cambio una batallita de abuelos cebolletas.

Sea como sea, y diga lo que diga el Estado, del Bienestar se sale en cuanto llega la crisis. Pasó en 2008 (quiebra del sistema financiero inmobiliario; 2007, Lehman Brothers) y pasará ahora. A falta de vanguardia hacia nuevas metas [2], el desempleo y verse en la calle harán a las criaturas espabilar de la zona de confort donde estaban dormidas.

Al final, dos piezas saldrán al tablero. Una, ya lo verán, será otra vez que “estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades”; y, otra, más en serio: que habrá que replantearse familia, trabajo y residencia sin ayuda de los mayores ni del Estado, cuyas ubres se habrán quedado secas. Solo un estado de necesidad puede remover conciencias. Ojalá la gente espabile, empezando por el abandono del narcótico voto útil. Reducir en peso y nómina la clase política (hasta acabar con ella, habiendo Administración) ayudaría a llenar las esquilmadas arcas sociales. Y no haría falta pacto ninguno que, de firmarse, iría contra la gente, como han ido siempre los muchos pactos que en la historia han sido. [3]

[1] represivo veía al Estado la izquierda; la derecha, lógicamente, no. Pero el Bienestar puso a una y otra más de acuerdo que nunca.

[2] No es vanguardia la intelectualidad, que da pena en cuanto la sientan a la mesa de los Príncipes de Asturias; no es el arte; no es IU abducida por Podemos, a su vez, abducida por un Psoe que ni en el 77 fue, ni en 2020 es socialista, sino lo menos facha que se despacha, y por eso a los coalicionistas les gusta tanto, y les viene tan bien, quejarse de las burradas de Vox y de las privatizaciones del PP.

[3] Documentación:

¿Nuevos Pactos de la Moncloa? 1

Jinetes del apocalipsis

Análisis del Bienestar

Carta a un demócrata creyente en el Estado del Bienestar

‘Adelfos’, de Manuel Machado


–Su padre ha fallecido, pasen a recogerlo.

DANIEL LEBRATO muerto 2

Su padre ha fallecido, pasen a recogerlo, dice el titular del diario El Mundo.

El estado de excepción debería legislar medidas extraordinarias que podrían quedarse. Para el caso: la muerte, a cargo de la seguridad social y que la muerte (ese trance médico de obligado cumplimiento) quede cubierta por el sistema público de salud.

Y quien quiera pompas fúnebres, responsos, misas o ceremonias o enterramientos particulares, que se lo pague de su bolsillo. Pero que un cadáver no sea un problema para la familia ni un negocio para funerarias y casas de seguros. ¿No cubre la Seguridad Social embarazos y paritorios? Pues eso.

Enlace a La muerte a cargo de la seguridad social


 

autopistas y pin parental (breve ejercicio de coherencia)

Daniel Lebrato en Ford antiguo

En economía (y en contabilidad del debe y haber) no hay apunte sin contrapunte. He vuelto a la AP-4 (Sevilla Cádiz), hasta ayer autopista de peaje. Dos novedades: 1º mucho más tráfico que antes, ¡normal!, y 2º obras de desmontaje de los puestos de peaje: ¡normal! también, pero el crítico dirá: ¡discutible!, pues una cosa es el fin de la concesión privada y, otra, la gratuidad de un servicio que alguien tiene que pagar. ¿El Estado? ¿Quien no usa jamás esa vía? Uno de los espejismos que trae el Estado del Bienestar es crear una mentalidad pedigüeña de derechos sin que se sepa muy bien quién pagará cada derecho adquirido. Los puestos de peaje y el peaje debieran conservarse, ahora a beneficio del Estado, con tasas más bajas y ya sin ánimo de lucro, sino de conservación y mantenimiento. El día que, por saturación de tráfico, el firme reviente, asomen los baches o la vegetación se coma la autopista, ¿quién lo pagará? El grupo Albertis, ya no. ¿El cabrero de Albacete? ¿Las sardineras de Santurce?

Mismo razonamiento vale para el polémico pin parental en la enseñanza. Désele el pin, como derecho, a quien lo pida o lo ejerza, y désele, a cambio, la factura de la enseñanza reglada que a día de hoy recibe su hijo o su hija y paga el Estado mediante la enseñanza concertada. No es tan difícil ser coherente.

Prueben a razonar con igual coherencia políticas de apoyo a las familias numerosas (que nunca son las nuestras), a confesiones religiosas (en las que no creemos), a la Casa Real (yo, que soy republicano) o a unas fuerzas armadas con su correspondiente industria de la guerra (que no queremos en absoluto).  Se acerca la Declaración de Hacienda. Piénselo.


haikus en el corredor de la muerte.

Haikus en el corredor de la muerte [1] desvela las últimas palabras de 36 japoneses que iban a ser ejecutados. Camino de la horca, pintaron en tres líneas y 17 sílabas la asfixia de la soledad, la culpa, la agonía o el miedo. [2]

Cuando a la humanidad le sobran razones hacia la abolición de la pena de cárcel, causa espanto la insistencia en la pena de muerte, atrocidad en la que la filología no hace más que indagar y obligarnos a pensar. El ubi sunt nos acostumbró a su predicación escatológica. Lo que no es normal es que un Estado mate. No a la pena de muerte.

[1] Aparte requisitos temáticos, el haiku es, silábicamente, lo más parecido a la seguidilla (5‑7‑5 sílabas).

[2] Diario El Mundo: Haikus en el corredor de la muerte (que el periódico retitula haikus del patíbulo). La filóloga española que los tradujo es Elena Gallego, de 30 años, con plaza en alguna universidad japonesa. Junto a su colega de doctorado Seiko Ota, burgalesa de origen, pasó muchos meses adaptando al español un libro abrumador.

las cosas y las personas: notas de economía afectiva.

Corre por ahí un frasazo que dice: «Las personas fueron creadas para ser amadas y las cosas fueron hechas para ser usadas. La razón por la que el mundo está en caos es porque estamos amando las cosas y usando a las personas.»

Sin entrar en ese plural pleonástico de “estamos amando” (¿Quién, usted y yo?, ¿iguales que un paria o que un Donald Trump?, ¿igual quien enciende la luz que la Géneral Electric?), la mayoría de personas nacen, nacimos, por actos de difícil explicación amorosa. La confusión amor sexualidad, el descontrol de la natalidad (precauciones cero o preservativos rotos) junto a la transmisión del ego o del patrimonio ligada al apellido, prácticamente excluyen toda preñez consciente como acto absoluto de creación amorosa. Que, una vez nacidas, a las criaturas se las quiera y se les coja cariño, no convalida la premisa de que “fueron creadas para ser amadas”.

En cambio, es verdad que “las cosas fueron hechas para ser usadas” y –salvo las mediatizadas por el fanatismo o la superstición (desde las pirámides de Egipto)– responden a valores de uso que está bien se consideren en lo que valen y les confiere su valor de cambio, vamos a suponer: su precio justo. Otra historia es que todo necio confunda, como decía don Antonio, valor y precio, o que el amo y el mercado se apropien y distorsionen el sudor de la gente.

Lo que no existe es el *valor de amor que religión y oenegés quieren ponernos en el telediario de nuestras vidas y en sus cuentas corrientes. Lo cantaba Atahualpa: Las penas y las vaquitas se van por la misma senda. Las penas son de nosotros. Las vaquitas son ajenas.


Arde París.

En Castaño del Robledo, Sierra de Huelva, un grandioso templo inacabado, que hoy llaman el Monumento, da ejemplo de adecuación cristiandad sociedad: Si no hay dinero ni feligresía, porque decae la población, dejamos la iglesia sin terminar y nos vamos. Frente al Castaño, Barcelona está empeñada en concluir una Sagrada Familia que no responde ni a la oferta ni a la demanda religiosa; cierta soberbia a la catalana.

Ahora que arde Notre-Dame de París, varias soberbias y orgullos heridos serán portada. Desde el ¿cómo es posible? (que no se hubiesen tomado medidas preventivas anti chispa o anti incendio) hasta el ¿qué hacer? que debería correr por cuenta de la fe privada, no de la municipalidad ni de fondos unescos o europeos.

Arde Notre-Dame porque Dios lo ha querido, piense el creyente que el ¡hasta mañana! nos lo redondea con ¡si Dios quiere! Dios lo ha querido y, sin nosotros desear a nadie tristeza o desolación, es hora de ajustar los relojes de la sociedad civil y de la sociedad creyente. No estamos en el siglo 12. Dios es un particular. Y hay una belleza especial en la contemplación de las ruinas; tópico muy literario, muy paspartú de la pintura clásica, muy romántico y decadente tan atractivo o más que la catedral impecable que saldría de las obras o que saldrá de la reconstrucción.

La poesía de ruinas de nuestro siglo de oro (aquella que explicaba la derrota de una Roma pagana para el triunfo de otra Roma, cristiana) no sirve ya. Aparte Víctor Hugo, detrás de Notre-Dame de París no había nada que no fuese grandeur o chovinismo, así lo llamen arte, cultura o patrimonio de tal o cual. Déjenlo arder.

Ensayo sobre Luzbel