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apostillas al 8 de marzo.

Mariadolores González Cantos: apostillas a discurso desagradable contra el feminismo residualpublicado por eLTeNDeDeRo con motivo del 8 de marzo.

La emancipación de la mujer significa su realización personal sin dependencia del hombre, como nos decía mi padre cuando exigía un título que facultara para ser independientes, se casaran o no, sus tres hijas. A los tres hijos no les tenía que decir nada. Y eso supone una concepción de la mujer -por parte suya y de los hombres- que aún está por llegar.

Por lo menos se me ocurren estos rasgos: sin sumisión esperada o actuada por el otro; sin proteccionismo activo del otro; sin celos del otro ante éxitos profesionales mayores o supuestamente superiores de la otra…

¿y qué más?

…sin que funcione el patriarcado, la prevalencia del padre, hermano, esposo, compañero de trabajo, compañero de autobús, varones en general -dentro o fuera de su ámbito cercano- que conviven en el barrio, en la ciudad, en el país, en el mundo.

Mariadolores González Cantos, 9 de marzo 2017

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8 de marzo | discurso desagradable contra el feminismo residual.

El feminismo que convivió con la lucha de clases corrió el riesgo ‑o hizo el ridículo‑ de hacer de las mujeres una clase social (Partido Feminista, de Lidia Falcón, 1977). Desde el punto marxista, una mujer trabajadora tenía que abordar una doble emancipación: como feminista y como luchadora por la cuestión social. Un siglo después, no hay clase naturalmente beneficiaria de ninguna revolución que merezca el nombre de revolución social: la lucha de clases está desaparecida. Y el feminismo también está desaparecido desde el momento que asumió el tapadismo de mujeres que alegaban sus motivos culturales e identitarios para taparse con gusto. Sigue, eso sí, un feminismo sindical del tipo a igual trabajo, igual salario entre varones y hembras, y poco más. Y no es de extrañar que un frívolo presentador de TV felicitara el 8 de marzo a las mujeres de su programa como se felicita el día de la madre.

Queda pendiente la asunción de la maternidad como realización personal independiente del varón y del Estado. Queda la abolición de la familia ganancial y como unidad económica tal y como ahora se entiende. Y queda que el Estado empiece a hablar de población y no de fomento a la natalidad.

La pregunta en euros a las mujeres, a cada mujer una a una, es cuánto cuesta ser madre, quién lo paga y quién lo va a pagar cuando el Estado, entendido como sociedad de contribuyentes, no tenga por qué apoyar ni subvencionar una institución estrictamente privada.

No querrán reconocerlo, pero quienes desde el Bienestar abogan por el apoyo a la familia, por el reparto de tareas o por la conciliación de las vidas laboral y familiar están diciendo lo mismo que la santa madre Iglesia. Algún día tendrán que callar.

Hombre o mujer: la vida que tengas, págatela. Y eso incluye a las mujeres que acuden entusiasmadas y sin pasar por caja a recibir los frutos de su maternidad.

eLTeNDeDeRo deja a ustedes con un poema de nuestro Antonio Machado quien escribió Pascua de resurrección para Campos de Castilla en mayo de 1909. El poeta, de 34 años, estaba por casar con Leonor, de 15. Tal vez por eso, escribió así

PASCUA DE RESURRECCIÓN (fragmento)

Buscad vuestros amores, doncellitas,
donde brota la fuente de la piedra.
¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,
atónitos, el sol de primavera,
ojos que vienen a la luz cerrados,
y que al partirse de la vida ciegan?
¿No beberán un día en vuestros senos
los que mañana labrarán la tierra?
¡Oh, celebrad este domingo claro,
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!

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las causas (el escultor).

¿No se cansan ustedes de la enésima indignación por la enésima víctima del enésimo atentado contra la enésima víctima, provocado por los enésimos motivos que enésimas personas y asociaciones condenan por enésima vez? La lógica las llama las causas. Ir al origen del problema. Aristóteles distingue cuatro causas: material (el bronce de la estatua), formal (la forma de la estatua), eficiente (el escultor) y final (adornar un templo). De las cuatro causas, una responde a la pregunta para qué y, por tanto, es finalidad. Dos responden a cómo y con qué y, por tanto, son circunstancias (necesarias, si se quiere). Solo una causa responde a la pregunta por qué, cuya respuesta remite a un quién, el sujeto humano protagonista de una acción motivada. [Quién pasaría a qué, como sujeto de cosa, pero eso solo incumbe a la gramática: es evidente que las cosas, al no tener conciencia, no pueden tener motivación; a ciegas sí: una lluvia torrencial es causa de una inundación]. Lo indiscutible: las cuatro causas aristotélicas se reducen a una, la que sirvió a Tomás de Aquino y a la escolástica para demostrar que Dios existe: puesto que el mundo existe (premisa), alguien tuvo que hacerlo (conclusión). Y si el cuadriculado pensamiento escolástico se las ingenió para llegar a la causa primera (no de la existencia de Dios, sino de la Iglesia), ¿qué no podrá hacer el pensamiento dialéctico sobre el desquiciado mundo del que no paramos de quejarnos, de invocar enésimas soluciones que solucionan poco o nada?

Una causa se conoce por su efecto. Una causa es primera cuando detrás de ella ya no hay efecto y cuando, sin ella, tampoco.

Las causas nunca van solas. Las causas del bien deseado (las del gracias a) se juntan para parecer buenísimas. Ocurre con libertad y democracia, causas eficientes del mejor de los mundos posibles. Y las causas del mal aborrecido (las del por culpa de) se juntan para generar confianza y opinión favorable.

La causa origen de todas las guerras está en las fuerzas armadas. Sin embargo, nos hacen creer que armas y ejércitos son un bien para nuestra defensa. O para fabricar el Airbus, crear trabajo y combatir el paro.

La causa origen de las guerras de religión es la religión. Sin embargo, nos hacen creer que la religión es cultura o civilización.

El causa origen de la violencia de género es la familia. El machismo se genera ahí.

El escultor, o sea.

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sobrevivir a la navidad.

Nonainos mesa

“Sobrevivir a la navidad” no es tan raro: 2.420.000 apariciones en Google. Pasa todos los años y esta navidad hemos sido 7.473.687.818 personas en el mundo. Para sobrevivir a la navidad, algunos hemos tenido que sobrevivir a ciertos yernos y cuñados impresentables y a algunas madres, hermanas y cuñadas; y, ellas, a quienes no hicimos nada por el cordero, por el pavo, por el cochinillo que nos pusieron en la mesa (y esto se dice con perdón del sindicato del hambre), mujeres en debate entre el maternalismo del “todo por mis hijos” y el, digamos, feminismo del “nada por el resto”, extremos difíciles de conciliar cuando se abre la casa a familiares más lejanos.

La página Locas del coño ilustra con un corto de minuto y medio (El sentador de madres) lo que se puede hacer: o todos de pie o todos sentados, o todos en la cocina o todos en el comedor, o todos sirviendo o todos servidos. Y, si no, se contrata a un cáterin o se sale de casa y se va a comer fuera, y no habría más desigualdad que la que distingue ‑y no es poco‑ a quien no trabaja de quien trabaja y sufre en su horario la tristeza de las fiestas laborables.

Renunciad, madres, a un papel de cenicientas que está en vuestra mano cambiar por el de princesas y reinas contertulias o tertulianas (como se dice ahora) entre varones que disfrutan de la copa y el puro de la conversación de sobremesa. Recordad que la filosofía empezó en un Banquete, cuyos platos (y es chiste malo) no sirvió precisamente Platón.

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hora de la democracia.

electores y elegidos | cándidos y candidatos. Según Público.es, el 62 por ciento de las mujeres en Austria ha votado izquierda y el 38, derecha. Entre los hombres, ha sido al revés, 56 a 44. Visto lo cual, un análisis feminista ha llegado a ver en las mujeres austriacas una vacuna contra el fascismo. La cuestión es: conceptos como izquierda, derecha, feminismo o fascismo son conceptos para creyentes. El feminismo crítico murió el día que abrazó la alianza de civilizaciones, con el tapado islámico que trajo consigo, lo que vino muy bien al cristianismo oficial que ostenta crucifijos, Inmaculadas y belenes vivientes. En Europa la gente no vota opciones políticas (en el sentido civil que tuvo el voto en los siglos 19 y 20) sino opciones laborales. Y ahí, amigas mías, tanto monta el NO a la inmigración que sostiene la derecha (a la que llamaremos fascismo, xenofobia o eurofobia) como el SÍ a la inmigración que sostiene la izquierda (a la que llamaremos solidaridad con los refugiados). Abandonada la vieja lucha de clases, y sin que nada ni nadie cuestione con rigor capital y trabajo, la política queda en un asunto doméstico más o menos como sigue: voto por repartir lo que hay entre los que somos o voto por que la inmigración nos deje los mejores trabajos y mejor retribuidos. Economías como Inglaterra y Alemania necesitan mano de obra inmigrada (el Brexit prueba que el factor Unión Europea no es determinante) y países como España, con su alto índice de paro, mejor harían con dar trabajo a su propia población. Alemania juega con fuego (el Islam es jodido y nunca se integra), Inglaterra juega con el mismo fuego aunque poniendo reválidas y aquí en España, desde el PP a Podemos, ningún partido tiene la valentía de reconocer que inmigración y acogida vienen en muy mal momento mientras ‑a nivel personal‑ quienes dan la tabarra con que hay que acoger y acoger no acogen en su casa a nadie: un sirio, un marroquí, un subsahariano. Háganse caso, señoras y señores y señorías: aprovechen que viene la Navidad y sienten un inmigrante a su mesa y acojan a su cargo y bajo su techo una de esas criaturitas que nos refriegan en sus telediarios solidarios. Y a la verdad (con su mala conciencia) déjenla en paz: Occidente no tiene solución.

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límites de la novela histórica

La novela histórica limita al norte con la actualidad; al sur con un tiempo pasado que fue mejor o peor; y al este y al oeste, con el autor o autora, quien se retrata por mucho que nos lleve de viaje en su doble evasión, de espacio y tiempo.

Leo El cirujano de Al‑Ándalus (2010). En principio, el esplendor de Al‑Ándalus me merece tanto como el de la América de Frank Sinatra o el del llamado milagro sueco: lo que usted diga, jefe. El cirujano de Al‑Ándalus respira bestséler, habilidad que admiro. La escritura bestséler nos sienta en la misma butaca que las películas del Hollywood clásico, que te las zampas y no te enteras; las ves pero también puedes dormirlas. Lo primero que me interesa del género histórico no es su mecánica, sino la intención. ¿Qué persigue un contemporáneo novelando o filmando una parte, y no otra, del pasado? En este caso, un cirujano español, Antonio Cavanillas de Blas (Madrid, 1938, el hombre es mayorcito), se mete en la voz y en la piel de un colega en la Córdoba califal del siglo 10. La respuesta, como todas: el autor cree haber encontrado un tema inexplorado, un filón[1], con que ganar éxito y dinero no a través de la historia, sino de él y de nosotros mismos.

Yo, lector, Abul Qasim Cavanillas de Blas, quiero ligar con Carmen, cristiana que rechaza el harén. El ya dos veces casado se defiende. «Míralo desde otro punto de vista. Los hombres somos, normalmente, más fogosos que las hembras. Vosotras, en asuntos sensuales, sois pasivas lo mismo que las gatas; nosotros somos activos, parecidos a los canes. Sé por experiencia que mis mujeres agradecen a veces la soledad nocturna, poder dormir a pierna suelta sin sentir la calidez en ocasiones pegajosa de un hombre ebrio.» Carmen insiste en su idea de mujer libre que no quiere compartir su hombre, y el cirujano responde. «Raros son los cristianos que no tienen una amante. Ninguna mujer en ninguna parte posee en exclusiva a un hombre.» Mucho antes, el hombre había sido convencido por su madre a serle infiel a su primera esposa por el generoso expediente de agregar la nueva mujer deseada a su harén, mucho mejor que el ir de putas o de amantías como hacían los cristianos. Carmen, la cristiana, acepta el juego y se hace del harén. Ya sabe que ha de ser fiel al varón pero, el varón a ella, ni mijita.

El moralista que soy, el educador, piensa que la poligamia como antídoto contra la infidelidad masculina y la prostitución femenina no se tiene en pie, ni como explicación ni como aplicación, ante lectores de ahora mismo, hombres y mujeres a quienes quieren hacer creer que el burka es cultura y feminista el burkini, que al final es de lo que hablamos, Cavanillas de Blas, cirujano propagandista de la alianza de inculturas e incivilizaciones.

Otro día vemos cómo mi amigo el diputado psoecialista se inventó otra novela histórica para dar paso a Mariano Rajoy y seguir siendo él muy de izquierdas: la culpa no es del Psoe sino de Pablo Iglesias por no haber ingresado a Podemos en el harén de Pedro Sánchez.

–enlace a carta a un diputado

[1] No tan inexplorado como para una tesis, que el autor publicaría si pudiera, argumento que utilizó Umberto Eco para justificar El nombre de la rosa: tenía tanta información de aquella Edad Media que solo inventándose una novela podía echarla fuera.