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luces de bohemia y de noviembre.

bululú y florisel
Teatro La Paz, Valverde del Camino,  28 de mayo 1986. 

Valle-Inclán, ciego y bululú, entra en escena
de la mano de Florisel (paje Javier Lebrato)


[eLTeNDeDeRo] deja a ustedes con el último corto del ciclo de chiringuitos a pie de playa: El corazón del Pirata (en playa Montijo, entre Chipiona y Sanlúcar). Y el primer corto nacido del frío: Halloween. Sospecha uno que los calendarios los carga el trabajo, esa maldición, y que las fiestas son solo una trampa, un disimule. No hemos salido del esperpento; si acaso, nos escapamos también con Luces de bohemia.


Ramón María del Valle‑Inclán. Luces de bohemia (1920 y 24) escena 14 y penúltima. Diálogo de Rubén Darío y el Marqués de Bradomín. La escena en un patio en el cementerio del Este. La tarde fría. El viento adusto. La luz de la tarde, sobre los muros de lápidas, tiene una aridez agresiva.

RUBÉN: ¡Es pavorosamente significativo que al cabo de tantos años nos hayamos encontrado en un cementerio!

EL MARQUÉS: En el Campo Santo. Bajo ese nombre adquiere una significación distinta nuestro encuentro, querido Rubén.

RUBÉN: Es verdad. Ni cementerio ni necrópolis. Son nombres de una frialdad triste y horrible, como estudiar Gramática. Marqués, ¿qué emoción tiene para usted necrópolis?

EL MARQUÉS: La de una pedantería académica.

RUBÉN: Necrópolis, para mí es como el fin de todo, dice lo irreparable y lo horrible, el perecer sin esperanza en el cuarto de un Hotel. ¿Y Campo Santo? Campo Santo tiene una lámpara.

EL MARQUÉS: Tiene una cúpula dorada. Bajo ella resuena religiosamente el terrible clarín extraordinario, querido Rubén.

RUBÉN: Marqués, la muerte muchas veces sería amable si no existiese el terror de lo incierto. ¡Yo hubiera sido feliz hace tres mil años en Atenas!

EL MARQUÉS: Yo no cambio mi bautismo de cristiano por la sonrisa de un cínico griego. Yo espero ser eterno por mis pecados.

RUBÉN: ¡Admirable!

EL MARQUÉS: En Grecia quizá fuese la vida más serena que la vida nuestra…

RUBÉN: ¡Solamente aquellos hombres han sabido divinizarla!

EL MARQUÉS: Nosotros divinizamos la muerte. No es más que un instante la vida, la única verdad es la muerte… Y de las muertes, yo prefiero la muerte cristiana.

RUBÉN: ¡Admirable filosofía de hidalgo español! ¡Admirable! ¡Marqués, no hablemos más de Ella!

Callan y caminan en silencio. LOS SEPULTUREROS, acabada de apisonar la tierra, uno tras otro beben a chorro de un mismo botijo. Sobre el muro de lápidas blancas, las dos figuras acentúan su contorno negro. RUBÉN DARÍO y EL MARQUÉS DE BRADOMÍN se detienen ante la mancha oscura de la tierra removida.

RUBÉN: Marqués, ¿cómo ha llegado usted a ser amigo de Máximo Estrella?

EL MARQUÉS: Max era hijo de un capitán carlista que murió a mi lado en la guerra. ¿Él contaba otra cosa?

RUBÉN: Contaba que ustedes se habían batido juntos en una revolución, allá en Méjico.

EL MARQUÉS: ¡Qué fantasía! Max nació treinta años después de mi viaje a Méjico. ¿Sabe usted la edad que yo tengo? Me falta muy poco para llevar un siglo a cuestas. Pronto acabaré, querido poeta. RUBÉN: ¡Usted es eterno, Marqués!

EL MARQUÉS: ¡Eso me temo, pero paciencia!

Las sombras negras de LOS SEPULTUREROS -al hombro las azadas lucientes- se acercan por la calle de tumbas. Se acercan.

EL MARQUÉS: ¿Serán filósofos, como los de Ofelia?

RUBÉN: ¿Ha conocido usted alguna Ofelia, Marqués?

EL MARQUÉS: En la edad del pavo todas las niñas son Ofelias. Era muy pava aquella criatura, querido Rubén. ¡Y el príncipe, como todos los príncipes, un babieca!

RUBÉN: ¿No ama usted al divino William?

EL MARQUÉS: En el tiempo de mis veleidades literarias, lo elegí por maestro. ¡Es admirable! Con un filósofo tímido y una niña boba en fuerza de inocencia, ha realizado el prodigio de crear la más bella tragedia. Querido Rubén, Hamlet y Ofelia, en nuestra dramática española, serían dos tipos regocijados. ¡Un tímido y una niña boba! ¡Lo que hubieran hecho los gloriosos hermanos Quintero!

RUBÉN: Todos tenemos algo de Hamletos.

EL MARQUÉS: Usted, que aún galantea. Yo, con mi carga de años, estoy más próximo a ser la calavera de Yorik.

UN SEPULTURERO: Caballeros, si ustedes buscan la salida, vengan con nosotros. Se va a cerrar.

EL MARQUÉS: Rubén, ¿qué le parece a usted quedarnos dentro?

RUBÉN: ¡Horrible!

EL MARQUÉS: Pues entonces sigamos a estos dos.

RUBÉN: Marqués, ¿quiere usted que mañana volvamos para poner una cruz sobre la sepultura de nuestro amigo?

EL MARQUÉS: ¡Mañana! Mañana habremos los dos olvidado ese cristiano propósito.

RUBÉN: ¡Acaso!

En silencio y retardándose, siguen por el camino de LOS SEPULTUREROS, que, al revolver los ángulos de las calles de tumbas, se detienen a esperarlos.

EL MARQUÉS: Los años no me permiten caminar más de prisa.

UN SEPULTURERO: No se excuse usted, caballero.

EL MARQUÉS: Pocos me faltan para el siglo.

OTRO SEPULTURERO: ¡Ya habrá usted visto entierros!

EL MARQUÉS: Si no sois muy antiguos en el oficio, probablemente más que vosotros. ¿Y se muere mucha gente esta temporada?

UN SEPULTURERO: No falta faena. Niños y viejos.

OTRO SEPULTURERO: La caída de la hoja siempre trae lo suyo.

EL MARQUÉS: ¿A vosotros os pagan por entierro?

UN SEPULTURERO: Nos pagan un jornal de tres pesetas, caiga lo que caiga. Hoy, a como está la vida, ni para mal comer. Alguna otra cosa se saca. Total, miseria.

OTRO SEPULTURERO: En todo va la suerte. Eso lo primero.

UN SEPULTURERO: Hay familias que al perder un miembro, por cuidarle de la sepultura, pagan uno o dos o medio. Hay quien ofrece y no paga. Las más de las familias pagan los primeros meses. Y lo que es el año, de ciento, una. ¡Dura poco la pena!

EL MARQUÉS: ¿No habéis conocido ninguna viuda inconsolable?

UN SEPULTURERO: ¡Ninguna! Pero pudiera haberla.

EL MARQUÉS: ¿Ni siquiera habéis oído hablar de Artemisa y Mausoleo?

UN SEPULTURERO: Por mi parte, ni la menor cosa.

OTRO SEPULTURERO: Vienen a ser tantas las parentelas que concurren a estos lugares, que no es fácil conocerlas a todas.

Caminan muy despacio. RUBÉN, meditabundo, escribe alguna palabra en el sobre de una carta. Llegan a la puerta, rechina la verja negra. EL MARQUÉS, benevolente, saca de la capa su mano de marfil y reparte entre los enterradores algún dinero.

EL MARQUÉS: No sabéis mitología, pero sois dos filósofos estoicos. Que sigáis viendo muchos entierros.

UN SEPULTURERO: Lo que usted ordene. ¡Muy agradecido!

OTRO SEPULTURERO: Igualmente. Para servir a usted, caballero.

Quitándose las gorras, saludan y se alejan. EL MARQUÉS DE BRADOMÍN, con una sonrisa, se arrebuja en la capa. RUBÉN DARÍO conserva siempre en la mano el sobre de la carta donde ha escrito escasos renglones. Y dejando el socaire de unas bardas, se acerca a la puerta del cementerio el coche del viejo MARQUÉS.

EL MARQUÉS: ¿Son versos, Rubén? ¿Quiere usted leérmelos?

RUBÉN: Cuando los haya depurado. Todavía son un monstruo.

EL MARQUÉS: Querido Rubén, los versos debieran publicarse con todo su proceso, desde lo que usted llama monstruo hasta la manera definitiva. Tendrían entonces un valor como las Pruebas de aguafuerte. ¿Pero usted no quiere leérmelos?

RUBÉN: Mañana, Marqués.

EL MARQUÉS: Ante mis años y a la Puerta de un cementerio, no se debe pronunciar la palabra mañana. En fin, montemos en el coche, que aún hemos de visitar a un bandolero. Quiero que usted me ayude a venderle a un editor el manuscrito de mis Memorias. Necesito dinero. Estoy completamente arruinado desde que tuve la mala idea de recogerme a mi Pazo de Bradomín. ¡No me han arruinado las mujeres, con haberlas amado tanto, y me arruina la agricultura!

RUBÉN: ¡Admirable!

EL MARQUÉS: Mis Memorias se publicarán después de mi muerte. Voy a venderlas como si vendiese el esqueleto. Ayudémonos.


 

cortos:

El corazón del Pirata

Halloween

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gurumelos y palomas: una lectura de Ibn Hazm.

Al repasar las idas y venidas del nombre del instituto de Valverde del Camino, la guerra entre gurumelos y palomas del collar de Ibn Hazm, hay que mencionar a un profesor fundamental aquellos años, que fue José Juan Díaz Trillo, quien, con mano en el Servicio de publicaciones de la Delegación, con un ojo para El Fantasma de la Glorieta y otro para Condados de Niebla, sirvió de enlace rico y fecundo para la conexión Valverde Huelva, sin la cual no hubiéramos salido de unas gafas de ver ombliguistas o pueblerinas. J.J. Díaz Trillo nos llevó a Juan Cobos Wilkins en Condados de Niebla y a Félix Morales en El Fantasma de la Glorieta. Obligado es mencionar también a Salvador Mora Villadeamigo y a María Paz Sarasola, delegada que fue de Educación. Dioses protectores.

/ por los cinco /

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En junio 2015 Daniel Lebrato puso un anuncio en [eLTeNDeDeRo] recabando información y materiales sobre los años 82·86, cuatro cursos que ejercí, como Daniel Lebrato y otros heterónimos, en el intenso instituto de Valverde del Camino. El profesor cuenta en su currículo que, gracias a lo que no tiene gracia, la muerte de Diego Angulo Íñiguez (1901·1986), el instituto se libró de llamarse IES Gurumelo, que era el nombre ganador entre la asociación de madres y padres (Ampa) hasta octubre del 86, cuando murió en Sevilla el historiador de arte y valverdeño ilustre a quien el instituto debe su nombre. He contado también que, por nuestro gusto y el suyo, el IES de Valverde del Camino se hubiera seguido llamando así, hasta la o de Camino, o, en todo caso, El collar de la paloma, a honor de su autor, Ibn Hazm (994·1064), quien, aunque nacido en Córdoba, perteneció a familia onubense convertida al islam (muladí) con casa y tierras entre Huelva y San Juan del Puerto (km 3,5) en lo que fue Manta Lisham, Motlícham, Montíjar o Montija, diócesis o condado de Niebla, hacienda donde Ibn Hazm regresó para morir un 15 de agosto, día de la Virgen de la que había renegado. ¿Collar de la paloma? ¡Valiente mariconería!, dijo un macho ampa. (Ponerle Ibn Hazm lo teníamos descartado: nada más escribirlo y pronunciarlo en fonética andaluza, ¿se imaginan?) Si Ibn Hazm pasó por Valverde o por el Andévalo, era lo de menos: la revista Condados de Niebla, que dirigía Juan Cobos Wilkins, y Niebla y el Condado eran, como se decía en pedantería, caros a nuestro corazón y, caro, el Ibn Hazm que había escrito Si me preguntas si hay cielo, digo que sí, y que sé dónde está la escalera. Por último, todo pasaba y todos pasábamos entonces por Valverde, peligro para caminantes; yo en una casa de tango luminoso: Barrio Viejo Uno. Hoy, releyendo los números custodiados de la revista Condados de Niebla, me sale Ibn Hazm con esta otra perla: Trata a los hombres como tratas al fuego: te calientas con él pero no te metes en medio de sus llamas. El artículo titula Otoño onubense y lo empaqueta Juan Drago (1947·2017). Otro Juan entrañable, Juan Andivia, escribió hace poco sobre lo que va de la nostalgia a la melancolía. Sostiene Andivia, mi Dupont y Dupont, que con la nostalgia se vive y con la melancolía nos abatimos. No podrá con ninguna mi persona, este que ha desobedecido a Ibn Hazm. Me he quemado y me quemo y, aparte algún peldaño o palitroque, sigo sin saber dónde está la escalera.

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Abenházam por Juan Drago en Condados de Niebla nº 6, Huelva, octubre, 1988, páginas 19 a 34

Trata a los hombres como tratas al fuego: te calientas con él pero no te metes en medio de sus llamas.
(página 25)
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disputa del clérigo y el maestro ajuglarado.

cartel y trigeo
cartel y trigeo

DISPUTA DEL CLÉRIGO
Y DEL MAESTRO AJUGLARADO
–Valverde del Camino, 1984–

De un clérigo se cuenta y, por ende, no me callo
que anduvo en las paredes allá en el mes de mayo
quitándole un cartel, sañudo y sin desmayo,
al Teatro de La Paz, non es pequeño fallo.

Mencionelo en un Claustro sin ánimo enemigo,
que siempre cuando fablo me pienso lo que digo.
Dixo que no era çierto, quedé peor que un higo,
non supe que acusar exige un buen testigo.

Faciendo averigüanzas por ese derrotero
díxome Eladio Ortiz, alumno de tercero,
haberlo visto y visto doña Isabel Rentero
al clérigo que digo quitando aquel letrero.

Non quiero fer maldat a clérigo ninguno
pero creer que miento tampoco es oportuno.
Yo tengo mis testigos que acusan de consuno,
podéis echar la cuenta: ya son dos contra uno.

Siendo clérigo él, fablé en cuaderna vía,
que cada cual decida quién es el que mentía.
Yo pido por mis trovas lo que Ioan Ruiz pedía:
non juzguemos por uno a toda la maestría.

Compúsolo el maëstro
Daniel Lebrato
el año del Señor
del 84

*


misiones pedagógicas contra excelencia docente.

retrato de familia (Valverde, peligro para caminantes)

Al publicar yo ayer mi placa al mérito cultural recibida del Ayuntamiento de Valverde del Camino, he querido exclusivamente insertarme dentro de lo que fueron años y personas excepcionales. Mi único mérito, si alguno tuve, fue estar con la gente adecuada en la hora adecuada. Eran los años de la movida (1982‑86, primera legislatura del Psoe) y, aunque de Roma y de Varsovia llegaban aires recalcitrantes (Juan Pablo II, papa; Lech Walesa, nóbel de la Paz), en España fueron malos tiempos para la derecha y quien no lo supo ver se quedó al margen. Poner yo en portada la placa que me entregó Américo Santos, alcalde de Valverde, no es vanidad: es cifrar en una sola imagen, que vale más que mil palabras, la sintonía que hubo entre instituto y pueblo de Valverde (que daría para hacer un senatus de procesión) un cuatrienio que, conmigo o sin mí, no se iba a poder repetir. (No escapa al mármol de su día. Es ya difunto irrepetible, en divinas palabras de J.J. Díaz Trillo.) De todas formas, gracias a quienes habéis dedicado a mi persona alguna palabra cariñosa: si no llegué a ser el García Lorca de Valverde ‑como quería Manolo Becerro‑, puede que sí el Almodóvar o la Alaska local: personaje pop (de popular) más que personaje de culto (por mi cultura entre las culturas). Con deciros que la continuidad de Teatro La Paz fue Jesucristo Superestar (algo en mis días impensable) y con deciros que, a instituto donde llegué después, instituto donde ‑siendo yo el mismo‑ choqué con expedientes disciplinarios, podéis haceros una idea de cómo los tiempos habían cambiado. También encontré mucho Gandhi y mucha paloma de la paz, mucha Teresa de Calcuta y, mira por dónde, mucho alumno engreído como Jesucristo Superestar pues me tocó asistir al parto de la Escuela, espacio de paz y no violencia, cosa más casposa non vi en la enseñanza. Mi resumen explicación es que el cambio que prometió el Psoe para llegar arriba hizo al Psoe olvidarse de lo que había abajo y la excelencia docente triunfó en toda la enseñanza pública disfrazada de bilingüismo, de bachillerato internacional o de otros bachilleratos de tablón de honor por disputarle a la privada y concertada, colegios en manos de la Iglesia, onerosos privilegios y tráfico de influencias que tampoco esa vez iban a cambiar. Por mucha asignatura de Ciudadanía alternativa. Por mucha Igualdad y coeducación mientras entraban en las aulas las primeras niñas tapadas. Honor a quienes creyeron en colegios e institutos como misiones pedagógicas para que otro mundo, con otra educación, fuera posible. Mañana les cuento dos incidentes sonoros que tuve en mi etapa Valverde. Uno con el cura del instituto y otro con la Guardia Civil.

La Barraca en el Instituto de Valverde del Camino.

02 vicedirector 3

Viene de La Barraca en Valverde del Camino (1).

Desde el aula de cultura habíamos puesto en marcha dos iniciativas facilísimas. Una se llamaba aula abierta y consistía en que todas las clases, de la asignatura y grado que fuesen, estarían abiertas a la comunidad escolar: madres, padres, familiares, personal docente o auxiliar. La otra experiencia se llamaba aula de intercambio y consistía en la figura del profesor de apoyo o invitado: el de historia, por ejemplo, reforzando al de literatura en las bases económicas, sociales y políticas del Siglo de Oro, o la delineante de efepé podía venir en refuerzo del arte arquitectónico o de ingeniería en el siglo 20. Las dos aulas se alimentaban de la buena voluntad de profesorado, alumnado y ampa, y las dos querían acabar con el secreto profesional lectivo solo comunicable a través de los exámenes (que esos sí eran documentos públicos) o a través del servicio de Inspección (que podía presentarse a cualquier hora y en cualquier aula). En la práctica, intercambios se hicieron muy pocos pero la política de aulas abiertas tuvo la virtud de invitar a padres y, sobre todo, a madres a que se sentaran en una banca libre y desde allí vieran a su hijo o a su hija y al profesor o profesora y qué doctrina ‑si les parecía buena o mala‑ se impartía: era un derecho que solo reconocerlo ya bastó para quitarnos reclamaciones, tutorías, malos rollos en boca o lengua de nadie contra profesores y métodos heterodoxos. Trajo paz a la guerra que daba Teatro La Paz, mal visto siempre por el cura profesor de religión a quien no gustaban los desnudos de las ninfas ni el adocenamiento de los Hermes (en La Paz no actuaba nadie sin autonomía de mayoría de edad) que, con permiso de Aristófanes y Francisco Nieva, subían a escena y paseábamos por la provincia, con ayuda de Ayuntamiento, Delegación y Diputación, donde nos cuidaba Salvador Mora Villadeamigo. Teatro y aula de cultura iban por libre y no dependían del organigrama ni del presupuesto del centro, quiero decir: yo no necesitaba para nada la vicedirección aunque los puntos, que daba el cargo, a mi currículo irían y a la carrera docente que yo pudiera hacer (el profesor Lebrato tenía 30 años y mucho trienio y mucho funcionariado por delante). También quien me conoce sabe que hasta Alameda se lee (club de lectura del Instituto San Isidoro) me he apuntado toda mi vida a experimentos peridocentes que hicieran algo contra la rutina y el aburrimiento. Con esa mentalidad o con esa inquietud, también con mi ética contraria a todo culto a la personalidad, llegué a vicedirector. Fue así:

El curso 84 85 la vicedirectora, Mercedes Laplaza, dejaría el instituto de Valverde del Camino por concurso de traslado a su lejana patria, Zaragoza. Entre el profesorado con posibilidades o méritos para sustituirla, Daniel Lebrato no era el mejor pero sí el más notorio y con despacho propio a nombre del aula de cultura y con grupo de teatro. Nuestra extraescolaridad preocupaba, y mucho, al ala derecha del Claustro, empeñada (como siguió empeñada durante años hasta imponer a la Consejería de Educación su criterio de excelencia docente) en que las extraescolares perjudicaban el normal orden de las escolares, no había condiciones de estudio, se quejaba el ala más profesional o más seria o más científica (o más facha) del Claustro. Con semejantes argumentos de seriedad, la oposición montó una junta directiva paralela que aprovecharía para desbancar a Maribel la directora y a todo su equipo directivo. Maribel realizó entonces una jugada esperada inesperada: proponerme a mí para vicedirector, aquel trueno vestido de nazareno. Yo acepté encantado y asumí la campaña de imagen que nos diera el éxito en las votaciones en Claustro y Consejo Escolar. Son las fotos que publico ahora y que casi nadie ha visto. Una directora cantarina y bien intencionada con pinta de inocente cristiana de base a quien el vicedirector manipularía a su antojo. Un vicedirector más dado a los botellines de Cruzcampo que a otra cosa. Un jefe de estudios haciendo los horarios al azar de la baraja de cartas y del sorteo de la lotería. Y un secretario a la antigua con los dineros, ni en banco ni en cheques, en la cajita fuerte de a ver quién me la quita. ¿Quería la oposición condiciones de estudio? Pues toma condiciones de estudio. La loca candidatura de Maribel y sus muchachos barrió, barrimos, y las condiciones de estudio, como se veía venir, no hicieron más que empeorar.

–enlace a la campaña en fotos

/ a la memoria de Maribel, Mercedes Laplaza, Guillermo Palomo, Juan Rico, Ignacio Alcaría; a Maruja, a Concha Torres; a Fernando Murillo, a Juan Martínez, a Juan Romero; a Luis Fernando, a Niña Tere; a Teatro La Paz y al instituto y pueblo de Valverde del Camino que fueron perlas de El collar de la paloma /

–enlace a La Barraca en Valverde del Camino parte 1

–enlace a Teatro La Paz todas las fotos

–últimas fotos de Alameda se lee

–enlace a la campaña en fotos

La Barraca en Valverde del Camino.

valverde placa

El curso 82‑83 me destinaron como profesor de lengua y literatura al instituto de secundaria de Valverde del Camino, Huelva, plaza que había dejado vacante mi querido José María Delgado. Pues después de él no tienes nada que hacer aquí, me recibió ‑agradable‑ la delegada de curso de aquel cou de letras. Yo le repliqué que a mí en Valverde no se me había perdido nada y que en cuanto pudiese haría como José María: pedir traslado y salir pitando. Pasado aquel flechazo, Valverde vino a conquistarme cuatro años en los que fui feliz, tanto que ‑por miedo a mi propio declive o al desgaste de mi propia estrella‑ salí de allí con ánimo obligado (sabido es: no vuelvas a donde has sido feliz) de no volver nunca jamás. Corrían los cursos en jornada lectiva de mañana y tarde, salvo los viernes, y esas tardes de lunes a jueves se prestaban para que la muchachada y el profesorado se extendieran en actividades extraescolares. El 82 ganaría las elecciones el Psoe de Felipe González y Alfonso Guerra y el Psoe de Valverde del Camino tendría dos valverdeños muy bien situados en la nueva política andaluza. De Valverde eran el presidente del Parlamento autonómico y de Valverde el presidente de Diputación provincial. Manolo Becerro, teniente alcalde de Américo Santos y jefe del Psoe local, aireaba que a Valverde solo le faltaba una Giralda para igualar a Sevilla y un García Lorca como Granada. Fueron los años de la movida y de la reforma educativa, había dinero y ganas, para entendernos, y en cualquier pueblo de mediano tamaño como Valverde del Camino el instituto era la cima y suma del saber y de la inquietud cultural (la Universidad local) por encima del instituto de efepé (aunque no fuésemos clasistas, había clasismo en la enseñanza) y por encima de los varios colegios públicos, privados y concertados (sobre todos, los de monjas) que iban a dar al bachillerato con vistas a la verdadera Universidad, en Sevilla o Huelva capital. De modo que quien llevaba las actividades extraescolares en enseñanza media ejercía tanta o más influencia que la concejalía de cultura, plaza que recaía en un maestro o maestra que parecía inferior a la cátedra que desde el instituto impartía extraescolares con destino al mejor público que se podía tener: una juventud preuniversitaria y con ganas de comerse el mundo o de dejarse llevar detrás de quien supiera ofrecerle lo nuevo, lo inesperado, lo disruptivo con unos programas docentes que a toda costa había que innovar o contradecir. El caso es que el jefe Becerro, nada más conocer al profesor aquel que había venido de Sevilla con ganas de montar jaleo, se puso a mi disposición para organizar lo que fuese con todo el apoyo de propaganda y medios económicos casi hasta hacer de mi otro concejal de cultura en sintonía con el de verdad, maestro José Antonio Pérez Rite. Y el caso fue que a Becerro se le metió en la cabeza que la Giralda podía esperar pero García Lorca ya estaba allí, vivía en Barrio Viejo 1 y se llamaba Daniel Lebrato y su Teatro La Paz, La Barraca. Mañana les cuento cómo llegué a vicedirector.

–enlace a La paz

–enlace a La señora Tártara

–enlace a El convidado

–enlace a Díaz Trillos pasean por Valverde

–enlace a Teatro La Paz todas las fotos