Etiqueta: Valverde del Camino

disputa del clérigo y el maestro ajuglarado.

cartel y trigeo
cartel y trigeo

DISPUTA DEL CLÉRIGO
Y DEL MAESTRO AJUGLARADO
–Valverde del Camino, 1984–

De un clérigo se cuenta y, por ende, no me callo
que anduvo en las paredes allá en el mes de mayo
quitándole un cartel, sañudo y sin desmayo,
al Teatro de La Paz, non es pequeño fallo.

Mencionelo en un Claustro sin ánimo enemigo,
que siempre cuando fablo me pienso lo que digo.
Dixo que no era çierto, quedé peor que un higo,
non supe que acusar exige un buen testigo.

Faciendo averigüanzas por ese derrotero
díxome Eladio Ortiz, alumno de tercero,
haberlo visto y visto doña Isabel Rentero
al clérigo que digo quitando aquel letrero.

Non quiero fer maldat a clérigo ninguno
pero creer que miento tampoco es oportuno.
Yo tengo mis testigos que acusan de consuno,
podéis echar la cuenta: ya son dos contra uno.

Siendo clérigo él, fablé en cuaderna vía,
que cada cual decida quién es el que mentía.
Yo pido por mis trovas lo que Ioan Ruiz pedía:
non juzguemos por uno a toda la maestría.

Compúsolo el maëstro
Daniel Lebrato
el año del Señor
del 84

*


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misiones pedagógicas contra excelencia docente.

retrato de familia (Valverde, peligro para caminantes)

Al publicar yo ayer mi placa al mérito cultural recibida del Ayuntamiento de Valverde del Camino, he querido exclusivamente insertarme dentro de lo que fueron años y personas excepcionales. Mi único mérito, si alguno tuve, fue estar con la gente adecuada en la hora adecuada. Eran los años de la movida (1982‑86, primera legislatura del Psoe) y, aunque de Roma y de Varsovia llegaban aires recalcitrantes (Juan Pablo II, papa; Lech Walesa, nóbel de la Paz), en España fueron malos tiempos para la derecha y quien no lo supo ver se quedó al margen. Poner yo en portada la placa que me entregó Américo Santos, alcalde de Valverde, no es vanidad: es cifrar en una sola imagen, que vale más que mil palabras, la sintonía que hubo entre instituto y pueblo de Valverde (que daría para hacer un senatus de procesión) un cuatrienio que, conmigo o sin mí, no se iba a poder repetir. (No escapa al mármol de su día. Es ya difunto irrepetible, en divinas palabras de J.J. Díaz Trillo.) De todas formas, gracias a quienes habéis dedicado a mi persona alguna palabra cariñosa: si no llegué a ser el García Lorca de Valverde ‑como quería Manolo Becerro‑, puede que sí el Almodóvar o la Alaska local: personaje pop (de popular) más que personaje de culto (por mi cultura entre las culturas). Con deciros que la continuidad de Teatro La Paz fue Jesucristo Superestar (algo en mis días impensable) y con deciros que, a instituto donde llegué después, instituto donde ‑siendo yo el mismo‑ choqué con expedientes disciplinarios, podéis haceros una idea de cómo los tiempos habían cambiado. También encontré mucho Gandhi y mucha paloma de la paz, mucha Teresa de Calcuta y, mira por dónde, mucho alumno engreído como Jesucristo Superestar pues me tocó asistir al parto de la Escuela, espacio de paz y no violencia, cosa más casposa non vi en la enseñanza. Mi resumen explicación es que el cambio que prometió el Psoe para llegar arriba hizo al Psoe olvidarse de lo que había abajo y la excelencia docente triunfó en toda la enseñanza pública disfrazada de bilingüismo, de bachillerato internacional o de otros bachilleratos de tablón de honor por disputarle a la privada y concertada, colegios en manos de la Iglesia, onerosos privilegios y tráfico de influencias que tampoco esa vez iban a cambiar. Por mucha asignatura de Ciudadanía alternativa. Por mucha Igualdad y coeducación mientras entraban en las aulas las primeras niñas tapadas. Honor a quienes creyeron en colegios e institutos como misiones pedagógicas para que otro mundo, con otra educación, fuera posible. Mañana les cuento dos incidentes sonoros que tuve en mi etapa Valverde. Uno con el cura del instituto y otro con la Guardia Civil.

La Barraca en el Instituto de Valverde del Camino.

02 vicedirector 3

Viene de La Barraca en Valverde del Camino (1).

Desde el aula de cultura habíamos puesto en marcha dos iniciativas facilísimas. Una se llamaba aula abierta y consistía en que todas las clases, de la asignatura y grado que fuesen, estarían abiertas a la comunidad escolar: madres, padres, familiares, personal docente o auxiliar. La otra experiencia se llamaba aula de intercambio y consistía en la figura del profesor de apoyo o invitado: el de historia, por ejemplo, reforzando al de literatura en las bases económicas, sociales y políticas del Siglo de Oro, o la delineante de efepé podía venir en refuerzo del arte arquitectónico o de ingeniería en el siglo 20. Las dos aulas se alimentaban de la buena voluntad de profesorado, alumnado y ampa, y las dos querían acabar con el secreto profesional lectivo solo comunicable a través de los exámenes (que esos sí eran documentos públicos) o a través del servicio de Inspección (que podía presentarse a cualquier hora y en cualquier aula). En la práctica, intercambios se hicieron muy pocos pero la política de aulas abiertas tuvo la virtud de invitar a padres y, sobre todo, a madres a que se sentaran en una banca libre y desde allí vieran a su hijo o a su hija y al profesor o profesora y qué doctrina ‑si les parecía buena o mala‑ se impartía: era un derecho que solo reconocerlo ya bastó para quitarnos reclamaciones, tutorías, malos rollos en boca o lengua de nadie contra profesores y métodos heterodoxos. Trajo paz a la guerra que daba Teatro La Paz, mal visto siempre por el cura profesor de religión a quien no gustaban los desnudos de las ninfas ni el adocenamiento de los Hermes (en La Paz no actuaba nadie sin autonomía de mayoría de edad) que, con permiso de Aristófanes y Francisco Nieva, subían a escena y paseábamos por la provincia, con ayuda de Ayuntamiento, Delegación y Diputación, donde nos cuidaba Salvador Mora Villadeamigo. Teatro y aula de cultura iban por libre y no dependían del organigrama ni del presupuesto del centro, quiero decir: yo no necesitaba para nada la vicedirección aunque los puntos, que daba el cargo, a mi currículo irían y a la carrera docente que yo pudiera hacer (el profesor Lebrato tenía 30 años y mucho trienio y mucho funcionariado por delante). También quien me conoce sabe que hasta Alameda se lee (club de lectura del Instituto San Isidoro) me he apuntado toda mi vida a experimentos peridocentes que hicieran algo contra la rutina y el aburrimiento. Con esa mentalidad o con esa inquietud, también con mi ética contraria a todo culto a la personalidad, llegué a vicedirector. Fue así:

El curso 84 85 la vicedirectora, Mercedes Laplaza, dejaría el instituto de Valverde del Camino por concurso de traslado a su lejana patria, Zaragoza. Entre el profesorado con posibilidades o méritos para sustituirla, Daniel Lebrato no era el mejor pero sí el más notorio y con despacho propio a nombre del aula de cultura y con grupo de teatro. Nuestra extraescolaridad preocupaba, y mucho, al ala derecha del Claustro, empeñada (como siguió empeñada durante años hasta imponer a la Consejería de Educación su criterio de excelencia docente) en que las extraescolares perjudicaban el normal orden de las escolares, no había condiciones de estudio, se quejaba el ala más profesional o más seria o más científica (o más facha) del Claustro. Con semejantes argumentos de seriedad, la oposición montó una junta directiva paralela que aprovecharía para desbancar a Maribel la directora y a todo su equipo directivo. Maribel realizó entonces una jugada esperada inesperada: proponerme a mí para vicedirector, aquel trueno vestido de nazareno. Yo acepté encantado y asumí la campaña de imagen que nos diera el éxito en las votaciones en Claustro y Consejo Escolar. Son las fotos que publico ahora y que casi nadie ha visto. Una directora cantarina y bien intencionada con pinta de inocente cristiana de base a quien el vicedirector manipularía a su antojo. Un vicedirector más dado a los botellines de Cruzcampo que a otra cosa. Un jefe de estudios haciendo los horarios al azar de la baraja de cartas y del sorteo de la lotería. Y un secretario a la antigua con los dineros, ni en banco ni en cheques, en la cajita fuerte de a ver quién me la quita. ¿Quería la oposición condiciones de estudio? Pues toma condiciones de estudio. La loca candidatura de Maribel y sus muchachos barrió, barrimos, y las condiciones de estudio, como se veía venir, no hicieron más que empeorar.

–enlace a la campaña en fotos

/ a la memoria de Maribel, Mercedes Laplaza, Guillermo Palomo, Juan Rico, Ignacio Alcaría; a Maruja, a Concha Torres; a Fernando Murillo, a Juan Martínez, a Juan Romero; a Luis Fernando, a Niña Tere; a Teatro La Paz y al instituto y pueblo de Valverde del Camino que fueron perlas de El collar de la paloma /

–enlace a La Barraca en Valverde del Camino parte 1

–enlace a Teatro La Paz todas las fotos

–últimas fotos de Alameda se lee

–enlace a la campaña en fotos

La Barraca en Valverde del Camino.

valverde placa

El curso 82‑83 me destinaron como profesor de lengua y literatura al instituto de secundaria de Valverde del Camino, Huelva, plaza que había dejado vacante mi querido José María Delgado. Pues después de él no tienes nada que hacer aquí, me recibió ‑agradable‑ la delegada de curso de aquel cou de letras. Yo le repliqué que a mí en Valverde no se me había perdido nada y que en cuanto pudiese haría como José María: pedir traslado y salir pitando. Pasado aquel flechazo, Valverde vino a conquistarme cuatro años en los que fui feliz, tanto que ‑por miedo a mi propio declive o al desgaste de mi propia estrella‑ salí de allí con ánimo obligado (sabido es: no vuelvas a donde has sido feliz) de no volver nunca jamás. Corrían los cursos en jornada lectiva de mañana y tarde, salvo los viernes, y esas tardes de lunes a jueves se prestaban para que la muchachada y el profesorado se extendieran en actividades extraescolares. El 82 ganaría las elecciones el Psoe de Felipe González y Alfonso Guerra y el Psoe de Valverde del Camino tendría dos valverdeños muy bien situados en la nueva política andaluza. De Valverde eran el presidente del Parlamento autonómico y de Valverde el presidente de Diputación provincial. Manolo Becerro, teniente alcalde de Américo Santos y jefe del Psoe local, aireaba que a Valverde solo le faltaba una Giralda para igualar a Sevilla y un García Lorca como Granada. Fueron los años de la movida y de la reforma educativa, había dinero y ganas, para entendernos, y en cualquier pueblo de mediano tamaño como Valverde del Camino el instituto era la cima y suma del saber y de la inquietud cultural (la Universidad local) por encima del instituto de efepé (aunque no fuésemos clasistas, había clasismo en la enseñanza) y por encima de los varios colegios públicos, privados y concertados (sobre todos, los de monjas) que iban a dar al bachillerato con vistas a la verdadera Universidad, en Sevilla o Huelva capital. De modo que quien llevaba las actividades extraescolares en enseñanza media ejercía tanta o más influencia que la concejalía de cultura, plaza que recaía en un maestro o maestra que parecía inferior a la cátedra que desde el instituto impartía extraescolares con destino al mejor público que se podía tener: una juventud preuniversitaria y con ganas de comerse el mundo o de dejarse llevar detrás de quien supiera ofrecerle lo nuevo, lo inesperado, lo disruptivo con unos programas docentes que a toda costa había que innovar o contradecir. El caso es que el jefe Becerro, nada más conocer al profesor aquel que había venido de Sevilla con ganas de montar jaleo, se puso a mi disposición para organizar lo que fuese con todo el apoyo de propaganda y medios económicos casi hasta hacer de mi otro concejal de cultura en sintonía con el de verdad, maestro José Antonio Pérez Rite. Y el caso fue que a Becerro se le metió en la cabeza que la Giralda podía esperar pero García Lorca ya estaba allí, vivía en Barrio Viejo 1 y se llamaba Daniel Lebrato y su Teatro La Paz, La Barraca. Mañana les cuento cómo llegué a vicedirector.

–enlace a La paz

–enlace a La señora Tártara

–enlace a El convidado

–enlace a Díaz Trillos pasean por Valverde

–enlace a Teatro La Paz todas las fotos


 

el otro nombre de la rosa

El otro nombre de la rosa facsímil El fantasma de la glorieta (1).jpg

En octubre del 84 entré en contacto con José Juan Díaz Trillo, quien vino al mismo instituto de Valverde del Camino destinado, entonces como profesor de filosofía. Jota Jota sabía de qué pie (literario) cojeaba su nuevo colega: aquel era el autor de Bitácora y final, un libro que, bajo plica y seudónimo, conocía como prejurado del premio Juan Ramón Jiménez de poesía de aquel año. Algo de la Bitácora le debió llamar la atención porque no tardó en pedirle a Daniel algo para El Fantasma de la Glorieta, suplemento literario de la Noticia de Huelva que coordinaba Félix Morales Prado. Por alguna razón, Lebrato no dio a J.J. verso sino prosa, dos cortos relatos que se publicarían los sábados 24 de noviembre y 22 de diciembre de 1984: A vosotros que sois y El otro nombre de la rosa, firmados por un desconocido DL. Con J.J. y Félix vinieron o volvieron al currículo de Lebrato Buly, Sonia Tena y los Tena, Maribel Quiñones Martirio, Salvador Mora y Juan Cobos Wilkins, también José Antonio Moreno Jurado, justo ganador del Juan Ramón Jiménez de poesía. Narrador o poeta, o todo lo contrario, Daniel Lebrato más parecía del círculo de Huelva que de Sevilla. A Huelva y a mis viejas amistades, gracias, gracias a la vida que me dieron entonces. Y a Pedro Domínguez, que me hace el honor de llevar la rosa a escena como monólogo que es.

El nombre de la rosa

Bajo el poderoso influjo de Umberto Eco y de El nombre de la rosa, con el mecenazgo de José Juan Díaz Trillo y de Félix Morales Prado, quien en 2004 lo publicaría con hermosura en El Fantasma de la Glorieta digital, donde aún se puede leer, con ustedes: El otro nombre de la rosa, primera de las Vidas fastidiadas en Tinta de calamar (2014), ahora con fotos del facsímil original:

EL OTRO NOMBRE DE LA ROSA (1984)

Quería más a la amistad que a los amigos mismos
(André Gide)

La costumbre es otra naturaleza, y el mudarla se siente como la muerte
(Miguel de Cervantes)

De repente, aquella firma. Todo bien hasta llegar a aquella firma. Todo en orden. Los estoy bien. Los mi madre no para de alimentarme. Los cuando me veas no me reconoces, de morena que estoy. Todo, hasta lo de abrazos, tan previsible en su postal. Pero aquella firma. Algo fallaba en aquella firma. ¿Qué pintaba aquel María añadido a su nombre? Manuel mirando la foto una y otra vez. Pueblito costero con playa y barcos de pesca. El matasellos. La fecha. Viñamar, veintitrés de agosto. La forma de la letra. Todo en orden, pero ¿por qué firmaba Rosa María y no Rosa? Él sabía el nombre completo de ella. Cómo no lo iba a saber. En este país todas las mujeres llevan antes o después el María. Pero Rosa jamás se identificaba con él de esa forma, con su María y todo. Manuel se preguntaba bajo qué influencia Rosa se había saltado un código que venía funcionando entre los dos desde hacía mucho. Él nunca había firmado Manuel José. Y eso que a él su mamá, de chico, lo llamaba así. Qué cosas tenía su madre. Rosa María. Rosa María. Allí estaba letra a letra. Sin lugar a dudas. Un güisqui. Luego pensó que el asunto carecía de importancia. Que no era ni siquiera un incidente. No seas celoso, seguro que los de su casa la llaman así, Rosa María. Otro cigarro. Familia, padres, marido o ex marido. Ahí te jodiste, hermano. Error en una carta. Error. Manuel se acordó de Cartas de mamá de Cortázar. Fue a la estantería. Conan Doyle, Conrad, Cortázar, Queremos tanto a Glenda, no, aquí está. Lo de Nico por Víctor. Error en una carta. El error en la carta de mamá. Manuel, libro en mano, regresando a su estudio: No creo que lo de María sirviera como argumento a ningún escritor, ni siquiera a Cortázar, que con poco que le den te monta una historia. La importancia de los nombres. ¿Ernesto? El Nominalismo. Occam. De los nombres de Cristo. ¿Se puede escribir un libro sobre los nombres de Cristo? Reflexión. Se puede. Idea productiva. Preparar clases. Erasmismo y Contrarreforma. Preparar. Olvidar el nombre de Rosa. ¿El nombre de Rosa? ¡Claro! Vuelta al cuarto de los libros. Espronceda, Engels (todavía Engels), Apo­calípticos e integrados. Desanduvo el pasillo con El nombre de la rosa bajo el brazo. Al final, hombre, las últimas palabras. Stat rosa pristina nomine, nomine nuda tenemus. ¡Este Eco! A saber quién era el padre del latinajo. Resistencia a dar el episodio por concluido. Dónde está el mechero. Allá cada uno con su nombre. Mejor preparar clases para el año que viene. Septiembre o setiembre. Erasmismamente, calor, agobio. Devolvió las novelas a su estante y se trajo el Bataillon. En serio, esta vez. Un güisquisito. 750, 754, 762: El Enchiridion había lanzado a través de España hacia la época en que Luis de León venía al mundo. Erasmo había invitado a buscar los misterios escondidos bajo la letra de la Escritura, y apoyarse en. ¿Misterios escondidos? Rosa María. ¿Qué misterio se escondía bajo el lapsus de Rosa? Seguro que Rosa (un trago) no se había dado cuenta de su error. Se le habría escapado a fuerza de oírselo a su familia y a su ex, que pueden mucho los ex maridos cuando hay por medio paguita y niños. Y a la hora de firmar la postal se te va sin querer, tía. ¿Sin querer? Pero entonces era que ella se había olvidado de él, su amante de corazón, su Manuel del alma desde hacía. Repasó con ojos suspicaces el resto de la carta. Abrazos en vez de te quiero. Todo encaja. Rosa nunca se mostraba muy efusiva y él lo sabía, aunque (digo yo) podía haber escrito cosas más cariñosas, después de los días puta madre que pasamos juntos antes de irse a la playa, y no esta postal tan fría, me cago en la. Quizá Rosa la escribió delante de su ex y Rosa María será como la llame su ex marido. Sus viejos no van a ser, Rosi, Nena o Niña (a fin de cuentas, hija única). Los hijos tampoco, Mamá o Rosa, que hay muchachos que nos llaman por el de pila, como a mí el mío, te jodes como Herodes. Otro cigarro. Bataillon muerto de risa encima de la mesa. 762, 763. Más güisqui. Coñazo cubitos. No eran celos, qué tontería. Pero ella debería cuidar ciertos detalles. Ellos dos eran Rosa y Manuel. Lo demás, pamplina. ¿Eran los celos una pamplina? Peripatético total, Manuel reflexionaba, pasillo va, pasillo viene, sobre los nombres. Títulos y maneras de llamarse. La forma en que los tíos hablan de su pareja. Mi señora: feudal ya casi. Mi esposa: policial se quiera o no. Mi compañera: de progre de museo, ¡ay Víctor Jara! Mi compañera sentimental: para páginas de sucesos. Mi costilla: qué pasada. Mi rollo: autocrítico. Por no hablar de Mi parienta: de talleres de almanaque con tías en pelota. Mi mujer: posesivo cuan­do menos y el posesivo siempre por delante. Mi lo que sea, pero mi. Mi, tu, su. Mi. Y ellas ¿por qué no dirán mi señor o mi hombre? Es verdad que tampoco nosotros usamos mi marida. Tengo que consultarlo con algún colega de lengua. Alguna razón habrá, digo yo. Luego venimos los que no damos título ni damos posesivo. Los que decimos Ana, Pedro, Andrés (le debo carta, pobrecillo). El nombre y punto. Lo menos comprometido. Jodidos los chuchi, piluchi, ani, petri, pepote, pedrín, gatita, cielo. Como apropiaciones ilegales. Más güisqui. Y el más hortera todavía: tíos tan mayores diciéndoles a sus mujeres: Mamá. ¿Edipo?. Y ellas, con más arrugas que un plato de callos, llamándoles a ellos: Papá. De puta pena. Será que quieren volver a la infancia o que se lo oyen decir a los niños: Papá, Luisito me ha pegado. Dice Mamá que me limpies el culo. Jo. Manuel pensó que podría escribir un libro. ¿Cómo lo titularía? ¿Función escatológica del cariño? No. ¿Hipocorística en la sociedad de consumo? Psssseeeée. ¿De los nombres del cónyuge?, ¿de la pareja?, ¿del otro?, ¿del más allá?, ¿de Rosa? No, de Rosa no. No hay más Rosa que Rosa y aquí uno es su profeta. Nunca Rosi ni Rosona ni Rosita ni Rosa Rosae ni Mari Rosi ni Rosa Mari ni Rosaofú. Siempre Rosa (nomina nuda). ¿A dónde va con lo de Rosa María? Pedazo cigarro. El había respetado escrupulosamente la pureza de los nombres (pristina nomine). Manuel, no Manolo, Lolo, Inmanuelo, Lolillo, Lolete, Lete, Lele, Le. Pero ahora, con su María, algo había fallado y no por exceso sino por defecto. Mujeres casadas. Amantes y maridos, lo que va. Tomar partido. Ella tomaba partido, se distanciaba. Rosa María sólo existía en la playa, en la familia. Tribu, los maridos, los ex que no caducan nunca. Rosa se había olvidado de a quién enviaba la postal. Eso era. Mundo legal y mundo clandestino. Manuel lo sabía. Era otra. El nombre de otra. El nombre de la casada. Ex madre y exposa. De buena reputa. En vacación respetable, ja. En playa horteramente respetable, ja, ja. Domingueros al fin y al cabo, ja, ja, ja. Güisqui. No tiene gracia. Patada a la pared. Mierda. No es para tanto. No seas injusto, Manuel. Un trago. Tú también vas de respetable, por mucho que te las pegues de. Manuel, Manuel José. Rosa, Rosa María. Lo que va. Padres. Facturas por medio. Recibos. Colegios. Dentistas. Fin de mes. ¿No será que ahí te jodiste? ¿Se fastidió para siempre? ¿Fue ahí? Manuel Micasa. Rosa Mihijito. Manuel Susvacaciones. Rosa Mimujer. Manuel Miex. Mi. Mi. Mi. Leche. Moderneces. Otro trago. Nuestro cuerpo es siempre monárquico. El nuevo desorden amoroso, ¿nuevo? Manuel volvió al cuarto a por otro cigarrillo. Allí, sobre la mesa, el cuerpo del delito. Playa y barcas. Viñamar. Veintitrés. Agosto. Rosa María. Coñomaría. Rosacoño. Fumar. Fumar. Mechero. Le prendió fuego a la postal. El ducados le supo a gloria.

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Rosa. Dibujo de Chema Lumbreras Kramel

 

nieva sobre la paz

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Juan Manuel Rentero, el corifeo: “Ah desdichado Trigeo y desdichado pueblo griego.”

«Ah desdichado Trigeo y desdichado pueblo griego. Pobre ensalada de pueblos mal avenidos. Aquí será Troya y más. Todo se hunde. Nos comeremos el codo. Haremos de nuestros dientes caramelos consoladores.»

Aristófanes escribió La Paz el año 421 antes de nuestra era en plena Guerra del Peloponeso. El jueves 30 de junio de 1977 la Compañía Corral de la Pacheca estrenó en el teatro romano de Mérida La Paz, celebración grotesca sobre Aristófanes, de Francisco Nieva. Seis años más tarde, el domingo 10 de julio de 1983, en el cinema teatro de Valverde del Camino, la banda de Teatro La Paz estrenó su versión de Francisco Nieva que estuvo tres años por esos teatros de Dios. La última salida a escena fue el viernes 13 de junio de 1986 en Aracena.

La Paz dio guerra a la mediocridad y nombre a lo que fue Teatro La Paz. Después de La Paz vendría La señora Tártara, mucho Francisco Nieva, el hombre que nos dejó el mismo día que Leonard Cohen. Hay días que mejor no poner las noticias.

Pueblo y gente de Valverde: Recordad a Nieva en paz y sus palabras premonitorias en estos tiempos infames cuando realmente nos estamos comiendo el codo, a falta de otra cosa, y haciendo de nuestros dientes caramelos consoladores.

–Página de Francisco Nieva.

–La Paz estudio por Francisco Peña Martín.

Tinta de calamar, edición digital para leer en pantalla, con episodio dedicado a La Paz, el 94.

álbum de fotos de Teatro La Paz de Valverde del Camino.

–enlace a página La señora Tártara.