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4 de diciembre.

Juan Manuel Trinidad Berlanga bandera de andalucía 4 diciembre 1977
para pensar la memoria histórica.

El 4 de diciembre de 1977, el joven malagueño de 17 años Manuel José García Caparrós, trabajador militante de Comisiones Obreras, murió por disparo de la Policía durante la manifestación por la autonomía de Andalucía. Nunca se identificó al culpable y el crimen sigue impune. La figura de Caparrós se cruza y a veces se confunde con Juan Manuel Trinidad Berlanga, chico que durante la manifestación logró trepar por la fachada de la Diputación hasta colocar una bandera de Andalucía. 40 años y 1 año después, Antonio Delgado Cabeza reconstruye aquel día:


TRAGICOMEDIA

Aquel día fue premonitorio. Trágico. Triste, muy triste. Hoy, aún impune. Si hubiéramos sabido leer los augurios del destino, habríamos concluido que no nos iban a permitir transitar a ninguna parte. Pero el dictador había muerto hacía poco y la ilusión colectiva era enorme, inmaculada, contagiosa y, sobre todo, ciega. No supimos ver ni esa señal ni otras muchas que vinieron después en la misma dirección. Muerto el perro, la rabia continuaría.

Habíamos entendido la convocatoria como un día de celebración, una jornada festiva, una explosión de júbilo. Todo el mundo se echó a la calle para abrazar la llegada de la democracia. En las semanas previas el ambiente se fue caldeando, nos convencíamos los unos a los otros de la necesidad, de la importancia de participar. Incluso mis padres, que habían padecido la guerra y eran reacios a manifestarse públicamente, se contagiaron de aquel espíritu festivo.

Aquella mañana el paseo del parque estaba espectacularmente lleno. Ni lo había visto antes así, ni después. Nos manifestábamos masivamente en un ambiente familiar distendido, como si estuviésemos acostumbrados a ello, como si tuviéramos experiencia. Con naturalidad, la gente buscaba su familia, sus amigos, su peña, su partido, su sindicato y se iban formando filas, filas y filas, infinitas filas llenas de color, de pancartas con mensajes de esperanza.

Iba con mi hija de año y medio a horcajadas, con su madre al lado, mis padres y algunos amigos. Recuerdo todavía emocionado las sensaciones de esos momentos, la inmensa alegría compartida, el flotante olor a libertad, los cánticos y las consignas reivindicativas, la magia transformadora de un acto cívico ejemplar de una madurez democrática impropia de unos ilusos recién llegados.

Cuando íbamos pasando a la altura de la diputación, un joven trepaba al balcón con una bandera. Fue el final de la fiesta, el final de la celebración. Sirenas, coches de policía, furgonetas de policía y policías. Policías por todas partes que sin mediar palabra iniciaron un brutal ataque contra unos ciudadanos sorprendidos e indefensos que nos preguntábamos incrédulos qué había pasado, qué habíamos hecho para merecer tan desproporcionada agresión.

Gritos de pánico, carreras, caídas, balas de goma, heridos, barricadas en el puente, autobuses atravesados, autobuses ardiendo… llevamos como pudimos a mi hija y a mis padres a su casa perchelera y cuando volvimos a la batalla, junto a la esquina del viejo diario, la policía seguía disparando, pero ya no balas de goma. Nos miramos angustiados cuando lo que recogimos del suelo fueron los casquillos de un fusil ametrallador.

Poco después empezó a correr el rumor de que un chaval había muerto.


En el cumpleaños de la Constitución de 1978 y recién vueltos los fachas a campar por sus respetos y, con Vox, por sus escaños, [eLTeNDeDeRo] anima a profundizar en lo que llamamos libertad, democracia o autonomía.

La autonomía que aquel 4 de diciembre Andalucía reclamaba hoy se llama (ayer también, aunque con otras palabras) derecho a decidir. Y es curioso que mucha Andalucía democrática y autonomista ese derecho a decidir se lo niega a Cataluña (y a Andalucía misma se lo niega).

La democracia del 77 se hizo Constitución el 78 y, a partir de ahí como si no hubiera más democracia en este mundo. Y, aunque el Podemos del 15-M habló de echarle el cerrojo a la Constitución del 78 y aunque todos los partidos que todavía se llaman “de izquierdas” insisten en que hay que reformar la Constitución (entre otras razones, para el encaje federal de Cataluña), lo cierto y verdad es que nunca se reforma ni partidos nacionales “de izquierdas” llaman a salir abiertamente a la calle por la libertad en referéndum para Cataluña.

La libertad de que habla Antonio Delgado en su artículo, ustedes dirán qué queda de ella. La jerga de la oficial política reparte calificativos y descalificativos a favor de un solo relato: contra Constitución y democracia y Estado de Derecho, lo que se mueve es xenofobia, populismo, chavismo, comunismo, golpismo, etiquetas que manipulan lo que no tiene vuelta: se llama democracia al gobierno mayoritariamente salido de la autodeterminación de las personas y de los pueblos. Y no hay más democracia que la que vota. ¿Que votan Vox? Que voten. ¿Que votan independencia y república? Hay que aguantarse. No se puede estar a favor de la memoria histórica (y Caparrós lo es) y en contra del futuro histórico de comunidades y ciudadanías que quieran ser lo que quieren ser. ¡Sea por Andalucía libre, España y la Humanidad!

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Formación del Espíritu Nacional.

Éramos chicos y había Formación del Espíritu Nacional.
Somos mayores y nos viene Susana Díaz con instrucciones para cursar
por la Administración Pública.


Administración Pública Andaluza Foto Rubén Pérez Trujillano

La foto la pasa Rubén Pérez Trujillano con este pie:

Material para oposiciones a una categoría elevada de la Administración pública, en concreto de la Junta de Andalucía. Quien quiera servir a la autonomía andaluza debe absorber este tipo de sucedáneos de constitucionalismo democrático e imparcialidad burocrática. La falta de diversidad social, cultural y política afecta terriblemente al servicio público y la actuación administrativa. Adivina a qué ideologías y estratos de la población beneficia.

El texto, habiendo BOJA electrónico, no está disponible en internet.

Gracias: Rubén


 

el joven Marx.

El joven Marx

Buscando al joven Marx en su película
el Día de Andalucía (de hasta el moño
de, andaluces, levantaos y pedid tierra
‑al señorito, se supone‑ y libertad),
entre palomitas y una cero cero infame,
me encontré a mí como quien dice tal como éramos.
Y éramos pedantes, sectarios, dogmáticos,
igual, igual, igual que el joven Marx.
No había 28‑F. No éramos parias.
Estábamos de vuelta de la guerra fría.
Al salir del cine, mientras pedíamos
asilo político en un bar y una cerveza
de grifo en condiciones para olvidar agravios,
de arriba abajo me escaneó mi novia:
–Con esa pinta y con tu oído, Danielito,
demasiado, el Manifiesto Comunista y,
no digamos, la Internacional.


[LA CORTE DEL REY BOBO]


 

nacionalismos.

bandera andalucía

Otros pueblos ‑quizás envidiosillos
del ser universal de aquella gente‑
tenían una lengua común en las escuelas
y una moneda internacional para cerrar los tratos.
Cancillerías de todo el mundo darían el pláceme
al himno, a la bandera. Pues no se conoce
en los anales un rey sin súbditos
ni súbditos sin patria.


[LA CORTE DEL REY BOBO]


 

pasando del 4‑D.

El 4 de diciembre de 1977 el nacionalismo andaluz fue un anticipo del café para todos que serviría al régimen del 78 para descafeinar los nacionalismos históricos de Galicia, País Vasco y Cataluña, regiones que (lejos de recuperar sus estatutos de la República hurtados por la Dictadura) se vieron equiparadas con Murcia o Santander, Cantabria.

En aquella operación fue clave la sublimación de un hombre que nunca ganó un escaño (Blas Infante, un tipo honrado, un notario) de pronto elevado (por su fusilamiento) a la altura de Lluís Companys, presidente de una Generalitat de pleno derecho, como en derecho republicano hubo un Gobierno Vasco o un Estatuto de Galicia.

La otra equiparación fue aquel esfuerzo por cambiar de dialecto a lengua la modalidad de habla(s) andaluza(s). Juzguen ustedes. Hace dos años se disolvió el Partido Andalucista sin haber logrado nada del ideario andaluz, aparte el himno y la bandera y un vago orgullo que, al margen del folclore cultural, no se refleja políticamente en nada.

40 años después, con Canal Sur de Susana Díaz a la cabeza, el 4 de diciembre de 1977 (fecha reconvertida en memoria democrática y de izquierdas) se ha seguido usando para difuminar lo que está pasando en España con Cataluña.

Parece mentira que mentes lúcidas y gentes bien intencionadas no se den cuenta de la jugada. Pasando del 4‑D.

¿referéndum o guerra de independencia?

sé_parte_sé_demócrata
Ilustración de Rafa Iglesias. La respuesta de eLTeNDeDeRo es: SE PARTE (de partir el voto o negarse a votar quienes no figuran en el censo electoral de Cataluña).

 Todo está preparado para que la opinión pública andaluza o española mire con buenos ojos una intervención de fuerza (armada, incluso) contra la díscola Catalunya.


1º     El sentimiento nacionalista (cualquiera que se da y se ha dado a lo largo de la historia) pone en relieve una marca distintiva, la patria (el lugar de nacimiento o de adopción) que siempre fue ‑con la religión‑ causa de guerras y conflictos.


2º     Nuestras marcas personales, o señas de identidad, se dividen en dos: las naturales inevitables (físicas, exteriores) y las adquiridas. Son naturales sexo y raza. Patria, religión, clase social, sexualidad (no el sexo), son elegidas, aprendidas, heredadas o transmitidas: cultivadas; y está en nuestra mano hacerlas desaparecer de la vida pública por y para un mundo más justo e igualitario. Vista así, toda cultura es, socialmente, retrógrada y, políticamente, reaccionaria pues aunque se predica la alianza de culturas y el multiculturalismo (o, su pariente, la multinacionalidad que se postula como tercera vía), mejor sería que no hubiera nada que aliar: señal de que nada nos había dividido antes.


3º     El nacionalismo colonial (ligado al esclavismo y al feudalismo) consistió en la máxima tenencia de la tierra. En respuesta: las guerras de independencia. El nacionalismo en tiempos del bitcoin pondrá el acento en balanza de pagos, mercado interior, exterior, patentes, rentabilidad financiera, acuerdos bilaterales y organismos de gestión. El nacionalismo de mi bandera frente a la tuya queda como un arcaísmo aburrido.


4º     La clave está en que, lógicamente (con lógica económica y de la pela es la pela), el nacionalismo de banderas esconde un nacionalismo financiero, de última generación, mediante el cual un grupo dominante se enfrenta o plantea sus relaciones de poder con otro grupo de poder. En este cuadro, las masas trabajadoras, de clase media para abajo, el afán nacionalista que tienen es igual al de un soldado raso francés contra un soldado raso alemán o el que un obrero alemán en paro pueda tener contra un inmigrante turco. Fobia inducida.


5º     Hasta aquí el pensamiento crítico. Bajemos al pensamiento democrático (donde aún brillan instituciones tan arcaicas como monarquía, religión, mis fiestas, mis costumbres, mi mi mí) y reconozcamos que la cuestión catalana es una cuestión cultural, de opinión pública, que incumbe, se quiera o no, al censo electoral de Cataluña. No es una cuestión de España, como tampoco Portugal o las colonias americanas consultaron a España su independencia de España y como Estados Unidos, tampoco, a Reino Unido. De otra forma: si un pueblo (esa construcción cultural) se empeña, ese pueblo se independiza, antes o después, y el referendo es lo más moderno y pacífico: no querrán que Cataluña se levante en armas como en armas se levantaron Cuba o Filipinas.


6º     La máxima estulticia la pone el andaluz gracioso en chistes contra catalanes. Soldadito o peón de ajedrez donde mandan los reyes del tablero, solo por no aguantarlo merece Cataluña verse libre de semejantes socios incapaces de rebelarse contra sus propias clases dominantes. A un andaluz andante, los partidos soberanistas que mueven la cuestión catalana no le han hecho absolutamente nada pero el andaluz enterado y graciosillo cree que sí. Todo está preparado para que la opinión pública andaluza o española mire con buenos ojos una intervención de fuerza (armada, incluso) contra la díscola Catalunya. Constitución del 78, Rajoy: no en nuestro nombre; no en el mío, por lo menos.