Etiqueta: fiestas

La fiesta según Sevilla.

Fiestas de Primavera

un ensayo sobre la crueldad o una temporada de confort

Temo al infierno porque es la temporada del confort.
Arthur Rimbaud, Une saison en enfer (1873)

1.
«La prueba está en abril, cruel, que hace florecer a las lilas.» La letra es de Juan Cobos Wilkins, en su prólogo a De quien mata a un gigante (1987), y la idea, de T. S. Eliot en su obertura a La tierra baldía (The Waste Land, 1922), poema titulado El entierro de los muertos (dedicado por Eliot a Ezra Pound, il miglior fabbro): «Abril es el mes más cruel: engendra/ lilas de la tierra muerta, mezcla/ recuerdos y anhelos, despierta/ inertes raíces con lluvias primaverales./ El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo/ la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo/ una pequeña vida con tubérculos secos». [lila, flor de la lila y coloquialismo por tonto, fatuo. abril, raíz aphr, aphro, acortamiento de Afrodita, diosa de la belleza y del amor, o de aprire, abrir, por el abrir de las flores, primera juventud como la de quien cuenta sus años por abriles.] Sea como sea, desde el 21 de diciembre, solsticio de invierno, los días han ido durando más, primavera antes de las doce uvas del año viejo y antes del Ya es primavera en El Corte Inglés. Únicamente el calendario cristiano, con su paso atrás (o flashback) de la Pasión, disturba una cronología recta, simple y natural (como dictada por naturaleza).

La antropología de la conservación ha hecho infinidad de cabriolas por demostrar que la pasión y muerte de un particular es alegría. Y ahí están los carteles de Fiestas de Primavera que unen Semana Santa y Feria de Abril (desde 1912, cartel de García Ramos), con toques de Toros en la Maestranza. Por algo, Isidoro Moreno[1], Jiménez Barrientos y Gómez Lara[2] se empeñaron en armonizar un mundo cofrade con una visión más progresista y social. Y la Semana Santa la han resuelto en ¡fiesta de los sentidos!: cómo se ve, cómo se toca, cómo se huele, cómo se oye, cómo se bebe, se come y nos seduce la Semana Santa de Sevilla. El problema es que la misma antropología se registra en otras latitudes y estaciones más frías.

2.
Sevilla se la inventó el capataz que bajó de Itálica o del Aljarafe hasta la Alfalfa, lo más alto y lo menos malo de Híspalis, la infelice en cuanto se desmadraba el río. Este señor dio en señorito. [señorito, nombre epiceno que abarca señorito macho y señorito hembra, nada que ver con señorita.] Precapitalista y reacio a la revolución industrial, la antítesis del señorito no es el obrero sino el criado, la servidumbre. Lo señorito se asienta en la tenencia de la tierra, viene de una injusticia de siglos: el latifundio; saca sus cuartos de olivos y naranjales y de la ganadería y se los gasta en la ciudad, cifra y compendio del ocio como negocio. Lara el editor lo expresó desde la cama: Si un negocio no da para levantarse a las once de la mañana, ni es negocio ni es nada. El criado ama y odia al señorito, todo, menos el término medio; del señorito aprende y a señorito aspira.

–No tenemos una gorda, pero vamos al Rocío.

Igual que se dice del habla andaluza, que ninguno de sus rasgos lingüísticos es exclusivo andaluz, diríamos del señorito, que nada en él es exclusivo. Los santos inocentes están aquí como en Valladolid o en Extremadura; y La escopeta nacional, lo mismo en Madrid que en Valencia. Lo pertinente, o impertinente, de Sevilla es la concentración de rasgos; su mirada de César o de Carmen la cigarrera viendo morir gladiadores; idéntica mirada, la de las santas y venerables cofradías, antiguas de nobles:

–Que carguen en silencio costaleros bajo faldones, que no quiero verlos, que no quiero oírlos ni olerlos.

Y, por eso, el incienso y las flores.

Desde 1972, los hermanos costaleros no corrigen sino culturizan esta mirada frente a otros modos, menos violentos para el cuerpo, de llevar los pasos, por Málaga o Cádiz. Para el señorito costalero, hecho al gimnasio y a la ostentación, los cargadores del puerto, sindicales, no hacían más que quejarse por vicio:

–¡La fe no pesa!

Y en tauromaquias los caballeros de Sevilla, cortos de rienda y de hacienda, reservaron sus jacas árabes y jerezanas para el rejoneo de salón dando la venia a sus gañanes, otra vez gladiadores a pie sobre la arena:

–¡Que corneen a Pepe-Hillo y nosotros, maestrantes, a ver los toros desde la barrera!

Como, desde la barrera, se asoma el señorito a la Feria de Abril, ese baile macho por sevillanas, que reducen a faena de aliño con su bajonazo final a la cintura. Cuando del tablao de Feria se pasa al tablao flamenco, el señorito abdica en el bailaor de turno, que es quien expone su cuerpo serrano, con lo que es el miedo al ridículo en un español de Sevilla. En el flamenco se gasta el señorito la estética de convidar y de ir marcando el compás con los nudillos sobre la mesa. Antes, marcaba también a la gitana (tal vez gitano) que se exhibía para él, que es quien pagaba las copas y quien peritaba la mercancía antes del reservado donde el señorito a la gitana, como a la criada, se la tiraba, ¡vaya si se la tiraba!, equivalente hombría a la que, por el Rocío, denunció Alfonso Grosso en Con flores a María (1981). Vázquez García y Moreno Mengíbar, en Poder y prostitución en Sevilla (1995), han puesto en orden, ya que no en limpio, ese mundo de cafés cantantes por la Alameda y ventas Antequera, donde no han faltado ni el pecado nefando ni la pederastia, con clientela de cortijo, quepis, tricornio y sacristía.

Y es que, de los cinco sentidos, de ninguno se goza el señorito como de la vista y ser visto (luciendo la cartera: Sevilla en sus bares). Y no será porque Viena, Venecia o Praga se contemplen menos. Es que tienen otras clases dirigentes y otras hegemonías.

3.
Una vez sometidos por la Corona los incómodos tercios moro, judío y protestante, la ciudad barroca fue pura Contrarreforma, más romana que Roma. Y ahí está la aportación de Sevilla (su I+D) a la cultura universal: el dogma de la Inmaculada. En esa mujer virgen y madre el señorito se retrata a sí mismo en su auto de fe en lo inmutable mutable, Don Juan en los altares. No hay una Sevilla frívola frente a otra a la altura de la historia. No hay más Sevilla que la que arde en cirios de nazarenos, habanos de la Maestranza y candelas del Rocío. De Sevilla, se puede decir lo que del dinero y la buena vida: la hay más barata, pero ya no es vida. Hay más Sevilla, pero ya no es.

–Ese tío no es rociero.

Esa otra Sevilla tendrá que preguntar a su intelectualidad y artisteo de copyright qué hacen por ella. La mayoría, cultivarse a sí misma, como hicieron los Caro, Arguijo, Laffón o Romero Murube. Biblia del Oso, Abate Marchena o Blanco White vienen al pelo para sostener la historia de los heterodoxos sevillanos. Esa propensión al mito y algún arquero fino de Sevilla cautivaron a Jaime Gil de Biedma. Pero del mito al misterio hay mucho trecho y, más aún, hasta la ciudad profunda y esquiva. Como en la máscara de Esopo o en la canción del roquero Silvio, no busquen más, que no hay. Sevilla, belleza hueca como la cabeza del señorito.

La cara popular, y no libresca, del mito se resume en Cernuda: el Sur es una tierra que llora mientras canta (aunque Cernuda se refería a un blues) y en Manuel Machado: cantando la pena, la pena se olvida. Para penar y cantar, el pueblo está doblemente motivado. Por solidaridad con los suyos y por contraste con la vida que se pega el señorito en la ciudad de la gracia.

No menos gracia tienen en Cádiz y ya vieron cómo acabaron con la Pepa de 1812, con ¡Vivan las cadenas! ¡Vivan las cadenas! que hoy expresan clases cautivas del Psoez Estado del Bienestar: pedid y se os dará: más servidumbre y más criados. La Andalucía libre por sí y por la humanidad asoma la patita por la novena provincia andaluza, Cataluña, ¡Vivan las cadenas!

4.
Recuerdo a mis amigos Jiménez Barrientos y Gómez Lara, Jorge y Manolo, empeñados en conciliar las esencias de Sevilla en un proyecto vital y (miedo da decirlo) de izquierdas. Cofradías. Rafael de León. Concha Piquer. Acaso aquel esfuerzo fue comparable al que hicieran ilustres del siglo 18 por aunar patria y progreso sin salir afrancesados en la foto. Bajo el poderoso influjo de Umberto Eco, Apocalípticos e integrados (1964); de la Crónica sentimental de España, de Vázquez Montalbán (1971) y de Isidoro Moreno (1982), con su lectura laica y republicana de la Semana Santa, Jorge y Manolo lo intentaron. Que si la fiesta de la pasión y de los cinco sentidos. Que si la copla como transgresión o escape. A la vista del Giraldillo, que sigue veleteando la herejía, solo nos queda lo que al penúltimo heterodoxo de Ramírez Lozano: caminar por la sombra.

La ludopatía de Sevilla empieza en la Cabalgata y dura de tres a seis meses, Cuaresma y Pentecostés. En ese espacio la Sevilla que puede permitírselo sale de una fiesta y se mete en otra, anda de víspera en víspera, de resaca en resaca, encabalgamiento que ejemplifica el Domingo de Resurrección, ya en la Maestranza. Es ciclo que pasa por el Rocío y se hace verano en Matalascañas con dos citas de cierre y vuelta a la Catedral: Corpus y Virgen de los Reyes (15 de agosto). En ese paquete falta el Carnaval, que huyendo de la ciudad de la gracia se fue hasta Cádiz. Un tiempo hubo carnaval en la Alameda de Ocaña (1947‑83), Nazario y del Teatro Real, pero, tras el sida, derivó en Orgullo Gay agradecido. Y hubo además carnaval no declarado la víspera de la Inmaculada (8 de diciembre), pero en esto llegó Palacio (Arzobispal) y mandó parar. Tampoco ha cuajado la feria de otoño o de San Miguel, cuando Sevilla tira al campo o a la sierra, candelas, setas y castañas. Nota. El señorito sevillano despacha todo el ceremonial casi sin quitarse el traje oscuro de capillita que se puso el Miércoles de Ceniza.

En el tardofranquismo, integrarnos en ese calendario parecía compatible con el cambio que esperábamos. La militancia de la Transición (con tanto cristiano por el socialismo) identificó Reconciliación Nacional con reconciliación con las hermandades y, enseguida, con Felipe González, toda España a bailar por sevillanas, y a la Expo en Ave. En Feria abrieron caseta la Pecera y El Garbanzo Negro, luego vendrían las de distrito. El Cerro del Águila sacó dos hermandades, de penitencia y de gloria al Rocío; también al Rocío, el Polígono Sur. Chavales de barrio, canis vestidos de capillita, cruzaron el Tamarguillo buscando el Centro, engominado y pijo. Parecía que por fin se abría el tarro de las esencias tan celosamente guardadas por la Sevilla de negro y del ABC. Que si quieres. La Sevilla de negro iba a mostrarle a la de colorines quién manda en la Carrera Oficial. Primero, porque la democratización empezaba a ser preocupante y, después, porque la Sevilla católica y mariana iba a acudir con renovado ímpetu de segunda Roma al rescate de Occidente, a contra imagen del Islam, según se entra a mano izquierda con feminismo del 8‑M por sus mujeres tapadas. Con ustedes: ¡Cultura y Civilización!

Nuestro intento (yo me incluyo) se rompió por tres ejes. El eje de las clases sociales, el eje de las creencias (al final, Dios distingue a sus fieles, de entre curiosos, laicos, guiris y diletantes) y el eje de la antigüedad, que en Sevilla es más que un grado. Faltando el eje de las ideas, no pudo ser, no pudo ser.

Abril sigue haciendo florecer a las lilas y, sobre todo, a los lilas. Temo a la fiesta según Sevilla porque es la temporada del confort.

Daniel Lebrato, para TeVeo ©

[1] Isidoro Moreno Navarro: La Semana Santa de Sevilla. Conformación, Mixtificación y Significaciones. 1982.

[2] Jorge Jiménez Barrientos y Manuel José Gómez Lara: Semana Santa en Sevilla. 1992.


montando el Rocío.

En Desmontando el Rocío se pone de relieve que, igual que hablábamos de nacionalcatolicismo en tiempos de Franco, se puede hablar de democatolicismo o socialcatolicismo en tiempos de democracia y clases medias en onda Psoe (psoecatolicismo). El artículo terminaba con esta lápida: no es que Canal Sur y medios informativos se hagan eco de un fenómeno religioso único en el mundo: es que inducen a él. Desde Albacete, Benidorm, Cartagena, Hospitalet, Madrid, Medina del Campo, Melilla, Menorca, Navarra, Sabadell, Salamanca, Santander, Segovia, Terrassa, Torrevieja o Vitoria-Gazteiz, una amplia geografía humana –no toda de andaluces por España, aunque también– se interesa por la romería y quiere venir más en condiciones.

Esta carrera por ser y estar es paralela y la hemos visto en la Semana Santa de Sevilla, Málaga y grandes poblaciones andaluzas: también ahí, con el reclamo de alguna obra de verdadero arte y de algún origen medieval, lo que abunda es mucha artesanía de mérito ninguno. Pura idolatría. Todo ello, al alcance de las dichosas clases medias que, no contentas con contemplar un espectáculo anacrónico que debiera estar en retroceso (vamos, se quiera o no, hacia un laicismo irreversible o, en todo caso, a una religión privada frente a las otras), alimentan al monstruo por dentro y quieren protagonizar con el visto bueno, buenísimo, de concejalías de fiestas y cultura que, con tal de atraer recursos y visitantes, se inventan lo que haga falta por elevar a tradición o bellas artes esos churretes que sacan en procesión.

La emulación mueve montañas y masas. Esa emulación, en Semana Santa, corre de barrios al centro y, en el Rocío, de clases medias al señorito, que era quien se permitía el caballo, la carreta y la casa en la Aldea que aderezaban un abundante cuerpo de criadas y gañanes mal pagados y peor tratados, que iban haciendo “el camino sucio”: las camas, la comida, los bueyes, la cuadra, servir el vino al gusto del señorito, bien fresquito; ese Rocío que pintó Alfonso Grosso en su novela Con flores a María (1981).

Ahora, con un 4 x 4 te crees alguien y, yendo en sociedad, la hermandad funciona como la caseta de Feria: que, compartiendo gastos comunes de montaje y de servicio, de pronto un sueldo medio presume de ir al Rocío a base de endeudarse en algo todos los días del año.

Lo que sí tiene el Rocío frente a otras romerías, las más de ellas en alturas o en rutas de poco aforo o de difícil acceso, es un escenario único, una explanada interminable, un caserío propio y en plena marisma del Coto de Doñana, a dos pasos, por cierto, de la playa de Matalascañas y en un triángulo Sanlúcar · Sevilla · Huelva donde la gente entiende la buena vida, y hace bien. Se citan el turismo de invierno y de verano, el ecológico, la monta, la observación de pájaros y ganaderías, espacios naturales que –manda la Onu– no se pueden estropear. No es poca cosa. La Iglesia no es tonta. El Psoe y clases medias, tampoco. Falta que la Unesco, comandante, mande parar.

–enlace a Desmontando el Rocío


desmontando el Rocío.

No es nuestro entrar en qué hay de auténtico y de falso, de fiesta o devoción, de jolgorio o penitencia, de arte o artesanía, de civil o religioso en el Rocío. Basta saber que el Rocío, tal y como lo conocemos hoy, es creación reciente de clases medias animadas por Junta, concejalías, Gobierno y ayuntamientos que han visto en la romería y en todo lo que esta mueve un filón económico comparable a otros caminos, como el de Santiago.

Vean, si no, las fechas. Una imagen que data de entre el siglo 13 y finales del 15, como tantas, con múltiples restauraciones. Una devoción de 1653, plena Contrarreforma, cuando la Virgen de las Rocinas fue proclamada patrona de Almonte con fiesta el 17 de septiembre (Natividad y dulce nombre de María); en Pentecostés desde 1758, por darle más papel a la abstracción del Espíritu Santo precisamente el siglo de las luces, tantas que en todo el siglo 18 no se fundó ninguna nueva hermandad. Una romería desde 1653 y un salto la reja desde 1969 (antes la procesión salía a las 11 del lunes). Pero fíjense, sobre todo, en las hermandades, por orden de antigüedad de fundación:

Hermandades nuevas y porcentaje:

Siglo 17→       5          4,16 % del total de fundaciones

Siglo 18→       0

Siglo 19→       4          3,33 %

Siglo 20→       86        71,66 %          

1913-1935→    15        12,5 %→7,5 % bajo la República

1939-1975→    23        19,16 % bajo el franquismo
a 0,57 fundaciones año

1977-2019→    74        61,66 % bajo la democracia
a 1,76 fundaciones año

Siglo 21→       26        21,66 %, a 1,36 fundaciones año

Lo que se llama devoción, tradición, la fe de mis mayores transmitida de padres a hijos desde siempre, no es como lo pintan. Que el mayor índice de rociación coincida con la España del Seiscientos, años 60, de la semana inglesa, del finde y de la segunda vivienda (mucha, en Matalascañas) cuando la recalificación residencial del Aljarafe, el auge del turismo y del Coto de Doñana, ya en democracia (a 1,76 hermandades nuevas por año), desmonta la exclusividad de la Fe y de la Iglesia en todo esto.[1] La relación entre Estado del Bienestar y Rocío es más fuerte que entre Iglesia y Rocío. Nada más que en los 80, años de la Movida y del primer Psoe en la Moncloa, se fundaron hermandades a 2 por año, una velocidad insólita. Ese ritmo aumentó en los 90, hasta 2,3. A 1,8 se fundó entre 2000-2009, y ahí están en lista de espera 48 hermandades no filiales, cuatro de ellas americanas, con Albacete, Benidorm, Cartagena, Hospitalet de Llobregat, Madrid (4 distritos), Medina del Campo, Melilla, Menorca, Navarra, Sabadell, Salamanca, Santander, Segovia, Terrassa, Torrevieja o Vitoria-Gazteiz. ¡Hay banquillo!

Y no es que Canal Sur y medios informativos se hagan eco de un fenómeno religioso único en el mundo: es que inducen a él con incluso programas del tipo ¿Cuánto cuesta ir al Rocío?, en plan servicio público y consumidores. Juzguen ustedes.

Enlaces:

Jesús Abades, La autoría de la Virgen del Rocío

El origen del salto de la reja

La fiesta según Sevilla

De la fiesta según Sevilla, a la fiesta según el Vaticano

[1] En seis años de República se fundaron 9 hermandades, a 1,5 por año.


la Sevilla del ABC.

Identificación entre una ciudad y un modo de ver, llamamos “la Sevilla del ABC” (desde el 12 de octubre de 1929; ABC de Madrid, desde 1903) al paquete ideológico que ha ido conformándose entre ciudad y periódico. Este ideario, más masculino que femenino (eran los varones quienes leían la prensa desde primera hora del desayuno: hemeroteca de bar), no hay que tomarlo en el sentido político conservador (y, ante la República, golpista) sino en el sentido de configuraciones mentales que alcanzan a quienes se las dan de progresistas o han sido de la competencia (como su rival histórico, El Correo de Andalucía, fundado por el cardenal Spínola en 1899, o su actual competidor en los quioscos, el Diario de Sevilla, pasando por las ediciones regionales de El País, El Mundo o prensa gratuita). El ABC es guardián de las esencias de Sevilla y el Ayuntamiento lo escucha y le teme: desde la Cabalgata hasta el chiringuito en la playa, desde la Feria a la Feria del Libro, desde la Maestranza hasta el Rocío, desde el Corpus a San Miguel y a Navidad, desde las comuniones por mayo hasta las esquelas y los anuncios por palabras. La ciudad se mira en el ABC, ¡qué buen nombre!, ABCdario de lo que hay que hacer.

Ante la Feria “de sábado a sábado”, la Sevilla del ABC reacciona corta de reflejos y como con miedo a pensar posibles soluciones a lo que evidentemente parece un absurdo: ese último fin de semana ni chicha ni limoná, ni enteramente feriado ni enteramente libre de fiesta, con Toros y Calle del Infierno pero sin casetas, algo incoherente como oferta de ocio para el turismo y para los planes de fin de semana. Y todo porque la Sevilla del ABC es incapaz de no hacer “lo que siempre se ha hecho” y porque frente al “de sábado a sábado” parece no haber más opción que volver al Lunes del Alumbrao. Como si los fuegos artificiales (pirotecnia raquítica para que el espectáculo alcance los quince minutos) tuvieran que ser por fuerza de clausura. Y como si las 24 o las cero horas fueran el único corte autorizado entre un día y otro día y como si el segundo domingo no se pudiera pasar en paz y buena compañía con las casetas abiertas, plan dominguero. Esa falta de imaginación es característica de la Sevilla del ABC. También, no concebir la privatización de la Feria con cargo al bolsillo de la comunidad de feriantes. O hacerse la Feria parque temático que cobrara la entrada a un recinto cerrado y que podría auto subvencionarse por publicidad o patrocinios. Nada de eso le cabe en la cabeza a la Sevilla del ABC, vote al PP o vote izquierda. Como tampoco le cabe que haya un evento en la ciudad sin que yo, sevillita, esté presente:

–¿Diez días de Feria? ¡Si yo con cuatro tengo bastante!

–¡Que la Feria esté abierta no significa que tú tengas que ir!

Narcisismo gregario y autoritario con lo que la ciudad considera sus fiestas, costumbres y tradiciones. Léalo en ABC.


el Estado del Bienestar, fábula y signo.

img-20190507-wa0003

Las ideas personales (que no son de una persona, nadie inventa nada) suelen venir empaquetadas, coherentes unas con otras e incoherentes con las del vecino, de manera que la discusión ideológica rara vez conduce a alguna parte.

Digamos que mi ética actual viene a ser una guerra contra el Estado del Bienestar, conglomerado de ideas que intentan imponer el capitalismo y la democracia como sistema el menos malo que se conoce. Lo de “el menos malo que se conoce” puede ser, pero no lo mejor que la humanidad se puede imaginar y merecer.

La Feria no tiene corazón y Maneras de pensar la feria querían ser una denuncia de unos de los pilares del bienestar que son las fiestas a través del manejo que el Estado ejerce sobre nosotros a partir del calendario (empezando por el domingo como día del Señor) y de la imposición de una agenda de cosas que hay que hacer mayormente dictadas por la Iglesia: celebrar la Natividad de un particular, procesiones que invaden las ciudades sin permiso de manifestación, después las ferias, las peregrinaciones, las comuniones, las bodas, los bautizos y los entierros.¿Estado del Bienestar (Psoe, Izquierda Unida, Podemos)? ¡No gracias!

A esta postura el viejo Marx llamaba desalienación, imprescindible para tomar conciencia y, tras la conciencia, la militancia por unas ideas que de una vez puedan cambiar este mundo. Las personas, yo el primero, tenemos derecho a ser contradictorios, coherentes incoherentes, cínicos llegado el caso. El Estado del Bienestar no es más que un lavado de cara del capitalismo que se cree inmutable (y, como todo lo humano, no lo es) o, si lo es, es a base de frases como que el trabajo salva a las personas y el capital salva a los países (cuando en el mejor de los casos los explota, los esquilma y arruina) o que el liberalismo es el modelo que existe en todos los países desarrollados (de un pasado presente colonial y armados hasta los dientes bajo el dictado de Estados Unidos).


 

maneras de pensar la feria.

20190504_215749

La trampa es doble: primera, si uno participa o no de la fiesta y, segunda, los puestos de trabajo, negocio o beneficios que la fiesta genera.

A lo primero, el gusto de uno, se responde diciendo que eso qué importa. Dejo ahí la foto, testigo de Daniel Lebrato ayer noche en la trastienda de su caseta a todo plato la Noche del Pescaíto, luego del Alumbrado, con más cerveza y manzanilla. Me encanta la Feria porque es laica, sin motivo religioso o militar, y con una concentración de grifos de Cruzcampo como vendrá en el Guinness.

Respecto a que la Feria da de comer a mucha gente, claro que sí, nada que objetar, aparte la dinámica del trabajo como beneficio / explotación, cuando ya es hora de que una sociedad más humana (o al menos su humanismo) plante cara al envenenado dilema que hoy se lleva, que es trabajo / desempleo, y aparte de que el trabajo, todo trabajo, ha de ser digno y para el bien común y ya me dirán qué bien produce poner 24 mil bombillas para una portada que podría ser la misma un año y otro como fue la Pasarela en las primeras ferias en El Prado; trabajo de montaje y bombilleo que nos hace preguntarnos ¿a quién beneficia?

Voy a favor del capitalismo. Si Sevilla fuese Miami, un suponer, el real sería un recinto cerrado, un parque temático al que habría que pagar para entrar; la portada podría estar patrocinada por McDonald’s o Coca‑Cola (con publicidad incluida como podrían llevar anuncios los pasos de Semana Santa) y con seguridad privada de manera que ni un solo policía local o nacional estuviese cubriendo fastos privados (política válida para partidos de fútbol de alto riesgo). En fin, así iría todo. Placeres privados, dineros privados. Y si empresas hosteleras ingresan tanto o cuanto por la celebración de una fiesta, que apoquinen lo suyo como patrocinadores. No veo, la verdad, cuál sería el problema.

Lo que quise decir es que lo que se invierte por ocho días de una ciudad efímera daría para urbanizar El Vacie o Las Tres Mil, lo que es una crítica severa al pensamiento señorito de quienes se precian de buena hermandad entre feriantes (fraternidad igual, en las cofradías o en el Rocío) que no es más que hipocresía. ¡Ande yo en mi caseta y déjenme de puñetas! Es muy señorita y muy insolidaria la que presume de ser la ciudad de la gracia.

Dicho lo cual, me harté de pescaíto, de rebujito y de bailar hasta las tantas de la madrugada, faltaría más. Quédense con el mensaje, si les interesa, y no maten al mensajero.

(Respuestas a La Feria de Sevilla no tiene corazón)


 

La Feria de Sevilla no tiene corazón.

Ante los millones de euros que se van para el montaje de una ciudad efímera –empezando por la portada que no puede ser la misma en ferias sucesivas (y esto en la ciudad inmutable que a la Giralda quiere en su foto fija y al Gran Poder, que transcurra como transcurre un año y otro año)–; ante ese despilfarro en materiales y mano de obra o recursos humanos (los pague quien los pague: ayuntamiento o particulares) por levantar esa segunda casa que es mi caseta por unos días, donde hay tanta gente sin techo…

¿no ha de haber una voz (una oenegé, una cáritas, una petición vía change org) que diga:

–El presupuesto de este año para fines sociales?, –para barrios deprimidos?, –para causas sin casa?

Definitivamente, la Feria de Sevilla no tiene corazón.