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una epopeya de Andalucía, por Rafael Raya Rasero

Si el género literario de la antigua Grecia, con el que se explicaba el mundo, era la epopeya, a Andalucía le faltaba una que explicase su particular carácter. Y ya la tiene. Rafael Raya Rasero, nacido en Montilla aunque establecido en Sevilla desde joven, lo ha intentado y conseguido en La Andalucíada, el texto épico en que narra la historia de esta tierra en términos míticos.

 

Origen: Andalucía también tiene una epopeya que cuente su mito

la literatura no salva.

La manipulación de la Historia con fines partidistas no es rara ni nueva, y al juego se prestan la historiografía oficial y los libros de texto, pero también los medios, las artes y la literatura. Lo vimos cuando estudiábamos el 98, aquel Cid y aquel don Quijote que cada uno interpretó a su imagen y semejanza de una idea de España. La reescritura tiene sus propios géneros específicos y, así, el recurrente cine del Oeste o de esclavos negros de los Estados Unidos: algo sigue pendiente en la conciencia estadounidense ‑en la sociedad de ahora mismo‑ que al cineasta mueve, esparce y desordena. Lo mismo podría decirse de nuestra literatura ambientada en la posguerra, posguerra que no termina nunca de acabar. Viene esto a cuento de El hoy es malo, pero el mañana es mío, última novela de Salvador Compán. La virtud del autor, su honradez intelectual, consiste en no manipular con ojos del presente un pasado que ya quisiéramos modificar; manipulación que otros novelistas se permiten hacer, y vamos a no dar nombres en este país donde series como Cuéntame cómo pasó o El ministerio del tiempo van directamente a la percepción que el pueblo español tiene de un frustrante pasado. Los personajes y los años 40‑60 son los que fueron. Enhorabuena a Salvador Compán. Cambiada España ‑ese cargo de conciencia ‑, cambiará su novelística.

–Enlace a  Lo que queda de Franco.


cantar y contar (con Salvador Compán).

El-hoy-es-malo-pero-el-mañana-es-mío

(Artículo de Alejandro Luque, pinchando aquí.)

(Salvador Compán entrevistado por Jesús Vigorra en Canal Sur, pinchando aquí.)


cantar y contar. Por alguna razón ‑bastante obvia‑, la poesía es género de adolescencia y juventud, y la prosa se alcanza con los años. Es lo que vimos en Antonio Machado. El mito está en morir joven quien los dioses aman dejando una obra única. O la chulería de Arthur Rimbaud, quien abandonó la literatura a los 19 años. Entre mis amigos, el camino verso prosa, de poetas novelistas, lo han andado Juan Cobos Wilkins (1957), J.J. Díaz Trillo (1958) o Manuel Moya (1960). A su lado tengo quien no se movió de la prosa, novelistas o cuentistas, como José María Conget (1948), Salvador Compán (1949), Juan Villa (1954) o Hipólito G. Navarro (1961). Mi conclusión provisional es: aunque el poeta se vista de novelista o dramaturgo, poeta se queda, lo cual no es ni un mérito ni un demérito, sino una marca de agua. Y entiendo cuando se habla de narradores de raza. Véanlo, si no, en la última novela de Salvador Compán, El hoy es malo, pero el mañana es mío, que vivamente les recomiendo. Con novelas así, diga usted ahora que la novela está muerta.

Salvador Compán

(Artículo de Alejandro Luque, pinchando aquí.)

(Entrevistado por Jesús Vigorra en Canal Sur, pinchando aquí.)

Cervantes y la novela moderna o posmoderna.

1º) Novela designa novelas griegas, romanas, bizantinas, del Decamerón, de caballerías y ejemplares; luego vendrán Jane Austen y las hermanas Brontë y la gran novela decimonónica romántica (o aristocrática) y realista (o burguesa).

2º) Si Cervantes es el creador de la novela, ¿cómo llamar a las novelas picarescas, anteriores al Quijote[1]?, ¿por qué no: “la picaresca, creadora de la novela moderna” pues le dio voz en primera persona a personajes nada épicos ni didácticos, en absoluto ejemplarizantes?

3º) Para que haya sociología de un género literario tiene que darse sincronía entre unas obras y un público consciente y no accidental. Don Quijote no creó un público; chupó del de los libros de caballerías.

4º) El tópico “Cervantes, creador de la novela moderna” está bien para aumentar el pib cultural de España y del español frente a otras literaturas pero una lectura no nacionalista del Quijote reconoce que la Primera Parte es una chapuza y la Segunda está más trabajada, no porque aumenten o mejoren las técnicas novelísticas, sino las dialogales o teatrales.

Tomando por canon de novela en español La Regenta, de Clarín (1885) ‑y haciendo abstracción de que La Regenta no es novela abierta, en camino, sino cerrada y de un sitio, Vetusta‑, el Quijote contiene evidentes rasgos novelísticos:

1) La muerte como derecho de autor sobre el personaje para cerrar una serie[2].

2) La interacción entre protagonistas[3].

3) La acción en camino, como hilo conductor[4].

4) La atribución de la historia a otro autor, con ánimo de verosimilitud o distanciamiento.

Más allá de esos recursos, la novela moderna abre nudos psicológicos y del relato que el Quijote no se plantea todavía. Las habilidades de Cervantes son teatrales (Retablo de Maese Pedro, Juicios de Sancho), poéticas (Romance de Altisidora[5]) y de muy buenos diálogos y de muy buenas cartas de género epistolar (las mejores, alrededor de Sancho el analfabeto); sin olvidar sus prólogos.

Visto así, Cervantes no resulta moderno sino posmoderno. Ha hecho literatura con la literatura, novela con la novela. Algo en lo que se salta a Clarín y a toda la producción de novelas realistas cuyos personajes fingen ser de carne y hueso, mientras Cervantes es consciente de un conflicto entre autorías, lo que hoy llamaríamos metaliteratura. O sea, “Cervantes creador de la novela posmoderna” gracias a Cide Hamete Benengueli y al desconocido autor del Quijote apócrifo (1614), que tanto lo perturbó. Impostura sobre impostura, ese juego sigue en vigor mientras que la novela del 19 sucumbió a la llegada del cine, esa última tentación del novelista.


–enlace a Andrés Ibáñez en El País, Cervantes fue el primer posmoderno.

–enlace a su contradictor, Miguel Ángel Garrido Gallardo, Cervantes no es posmoderno.

[1] Lazarillo, 1554; Guzmán de Alfarache, 1599; Quijote, 1605 y 1615.

[2] Más que de novela, la muerte es patrimonio de la tragedia clásica.

[3] Sanchificación de don Quijote y quijotización de Sancho.

[4] Este ir andando es el de Ulises y el de Amadís de Gaula, y el del Cristo que iba obrando milagros y proverbios según le iban saliendo.

[5] Altisidora está al servicio de los duques, en cuyo palacio transcurren los capítulos 2:30‑57 y 68‑70. Los duques ocupan el 41,89% de la Segunda Parte. Lo calcula Alfredo Baras Escolá.

¿Arde este mundo?

Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes. La cita es de Lawrence Durrell en El cuarteto de Alejandría, (1957‑1960). Como todo es espacio y tiempo, el subordinante cuando introduce una condicional (igual a si). Construcciones de este tipo, también con mientras o en tanto que, lo mismo sirven para casos personales, como el del Cuarteto, que para situaciones humanamente universales. Conectamos con Tinta de calamar, 262:

«¿Arde París? (Paris, brûle-t-il?), novela de Dominique LaPierre y Larry Collins (1964), recrea una escena que, si no fue verdad, es muy hermosa. Sucede al teléfono entre un ayudante de Hitler, en Rastenburg, y un mando del ejército alemán de ocupación en París. La mañana del viernes 25 de agosto de 1944 el Führer quiere saber si ya están dentro de París las tropas aliadas y si se habían cumplido sus órdenes de incendiar la ciudad antes de entregarla. ¿Arde París? Por toda respuesta el alemán asomó el auricular a la ventana abierta por donde entraban La Marsellesa y el repique de todas las iglesias de París. Mireille Mathieu cantó para la película su canción Paris en colère y nosotros nos quedamos con su estribillo. Dios nos libre si no es libre París. A imagen de ese estribillo (no hay A sin B), no hay mundo libre si un país no es libre y no es libre una persona si otra persona no lo es.»

Ahora que A y B mutuamente se felicitan como si no hubiera C, y pues solo podemos ser felices en felicidad condicional (no en el telediario de los horrores ni en la plaza pública de la mendicidad) eLTeNDeDeRo opta por la película: ¿Arde este mundo? Felices ideas y prósperas opiniones.

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Palabras para Cándido en la Asamblea, de J.J. Díaz Trillo,

en el mejor de los mundos.

La secuencia “otro mundo es posible” da 399 mil resultados en Google, 352 mil en inglés, 184 mil en francés, 90 mil en italiano, 35.5 en alemán y 1.990.000 en chino. Con “change the world” se expresan 226.000.000 registros[1]. Que la gente no sepa cómo se hará y cómo será, no quita la necesidad sentida de cambiar el mundo o cambiar de mundo. Estamos hablando de un ojalá que ojalá se cumpla.

Frente a “otro mundo es posible” (vale decir: antes que él) tenemos “el mejor de los mundos posibles” del Cándido de Voltaire (1759, a través de Leibniz en 1846). El Cándido de Voltaire es una fábula del “no hay mal que por bien no venga”. A Cándido le va saliendo todo mal para el final feliz. Lo resume Pangloss, su tutor en optimismo: «Todo tiene relación en el mejor de los mundos posibles: porque si no os hubiesen expulsado del castillo por amor a la señorita Cunegunda, si no hubieseis sido entregado a la Inquisición, si no hubieseis atravesado América andando, si no hubieseis dado una gran estocada al barón y si no hubieseis perdido todos vuestros carneros de aquella buena tierra de Eldorado, no estaríais comiendo ahora mermelada de cidra y pistachos. –Muy bien dicho, contestó Cándido, pero lo importante es cultivar nuestra huerta.» Es decir, el Cándido de Voltaire en ningún momento se plantea cambiar de mundo o el mundo, no es un ser de ideas sociales sino uno que va a su avío y se aplica al cuento del beatus ille, como Fray Luis.

La clave está en los mundos que pensador o pensamiento manejan: si los mundos que caben en el corto y azaroso espacio de una biografía, si los mundos de una política de lo posible o si contemplamos ‑más allá del individuo y de los partidos políticos‑ el asalto a la utopía[2].

[1] Change the world es además una canción de Eric Clapton.

[2] En J.J. Díaz Trillo, mala señal, ya asoma la palabra antídoto contra la utopía: populismo.

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patrañas.

Defecto propio es creernos lo que nos interesa creer (que hay otra vida o que soy buen padre y mejor poeta) y, defecto ajeno, creer aquello que interesa a alguien que nos creamos. El diccionario llama patraña (de pastraña, de pastores, de pacer) a una invención urdida con propósito de engañar; fue también relato breve de carácter novelesco, como El Patrañuelo de Joan Timoneda (Valencia, 1567). Patraña rima con España, la de las mentiras y embelecos, y con campañas, las electorales y las mediáticas que llevan al pueblo a pensar como grupos de presión quieren que piensen. Para lo que importa, tan patraña es decir de los mundos posibles[1] como en el peor, porque los dos paralizan que ‑ni mejor ni peor‑ otro mundo es posible y ya tendríamos que estar intentándolo. Recuérdelo quien se acerque o vote al posibilismo de ciertos partidos (que, mientras los voten, siguen viviendo del cuento) y quien se crea las maldades perpetradas por Rusia en Siria o en las elecciones presidenciales USA. Hagan como el detective Hércules Poirot. Averigüen a quién beneficia el crimen, quién es el asesino.


[1] Como plantea el cuento filosófico Cándido de Voltaire (1759), recreado ahora por J.J. Díaz Trillo en Cándido en la Asamblea (novela, 2016).