

La religión es como la tauromaquia, temas que evaden las preguntas y las respuestas. Tanto Dios como los Toros, son teatro o representación y, en los dos casos, cuentan con nosotros como dócil público. En sociedades carnívoras, el torero primero opina de {otras muertes de otros animales} para que resulte creíble que él, como gran maestro matador, mata con arte y amando al toro y poniéndose él como artista en peligro, así parece la corrida un duelo entre iguales, igual que el sacerdote o el monje opinan del {yoga o de otras espiritualidades o filosofías} o hasta la tapada musulmana niega el machismo y se compara con {otras tapadas culturales}, como las monjas cristianas u otras cabezas por modas guionizadas. Mientras, alguien sale triunfando, bien sea el terrateniente o el latifundio, el patriarcado o el ganadero.
Yendo al tema creyentes, tendríamos que remitirnos a los oficios parásitos o parasitarios y posicionarnos respecto a ellos: filosofía, poesía, literatura, universidad, política, nobleza, etcétera, frente a la mina o al andamio. En el libro de texto sobre la Edad Media nos lo contaban bien clarito para una sociedad en tres estamentos: oratores, bellatores y laboratores, donde los oratores o clérigos eran los que medían o intermediaban entre los dueños y los no dueños: otras cuentas no había y seguimos creyendo que había algo justo en esas tres divisiones. ¡Va siendo hora de cambiar de opinión!
/ a Juan Lebrato, por su atención y por su tiempo /
