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resignación a la antítesis.

Desde que el mundo existe, existe su contrario (norte, sur; Caín y Abel), que puede ser su suplementario (falda o pantalón) o su complementario (macho y hembra). Analicen sus pasiones y sabrán las pasiones contrarias que suscitan. Quien no tiene enemigos, decía Gracián, tampoco suele tener amigos. Lean el artículo de Manuel Rivas sobre el español antitaurino y verán cómo defender la tauromaquia de sangre o de maltrato, en nombre de su larga tradición entre nosotros, atenta contra la no menos larga y tradicional postura abolicionista.


¡caracoles!

Un pañuelo de lágrimas para Morante, foto El País

/ ¡caracoles! interjección igual a ¡caramba! /

La ventaja del pensamiento público (o político) consiste en criticar a un Estado (de cosas) y en disculpar al individuo. Dos casos vienen a propósito. El primero ha salido en los periódicos: «Polémico gesto de Morante de la Puebla en la Maestranza de Sevilla. El matador secó las lágrimas del toro picado y banderilleado que iba a matar.» El otro es una anécdota particular no tan rara en plazas próximas a bares con veladores donde menores juegan a la pelota mientras sus mayores se echan su cerveza con caracoles. El suceso lo habrán adivinado: de pronto, un balonazo descompone su mesa, rompe el vaso o directamente le echa a usted en su luciente traje su tapa de caracoles. Como el futbolista es menor de edad, y además educado, la víctima, mientras recompone la estampa como puede, se ve incapaz de reñir al chaval. Y a lo que vamos. ¿No debería lo público (gobierno, alcaldía, plaza o bar) haber previsto el incidente? Pues nada. Por toda exculpación solemos oír, del padre o la madre: ¡Perdone! ¡Ha sido sin querer!, mi hijo es un magnífico muchacho y los chiquillos en algún sitio tienen que jugar; que le pagan a usted otra de caracoles o una cerveza nueva como la que se estaba tomando, la lavandería también se la pagan y, si usted sigue con el enfado, todavía le increpan que si usted no ha sido nunca un niño o si nunca cometió alguna travesura cuando era chico.

La moraleja es clara. Cuando la lógica del piense en los demás o el sentido común (único comunismo que nos queda) no funciona o no existe, el individuo sale a juicio y las personas pelean o dirimen sus cuestiones a base de voluntarismo y de moral. Tampoco debemos juzgar en primer lugar al torero que saca su pañuelo y enjuga las lágrimas del toro que va a matar. Debemos criticar al Estado que permite los toros y, de paso (igual que al padre o madre del futbolista urbano), juzgar al público que está detrás. Rafael Sánchez Ferlosio abominaba de la fiesta de los toros “no por compasión de los animales sino por vergüenza de los hombres”. Pues eso. ¡Marchando una de caracoles y dos de vergüenza ajena!

Foto de portada: El País


¿toreros o matadores?

Los toreros no quieren morir ni verse corneados.

El toro quiere que lo dejen en paz en su dehesa.

El público que goza viendo sangre de una u otra parte no puede, ni debe, ser tenido en cuenta.

Quienes únicamente ganan con la tauromaquia de sangre son las ganaderías, esas de “a toro muerto, toro vivo que vendo” (pura ley capitalista de la mercancía y de la plusvalía), ganaderías que se lucran con la falacia de que el toro bravo ha leído a Heidegger y se sabe un ser para la muerte.

Es de cobardes picar y banderillear al toro para que el bravo herido pierda su bravura y entonces el diestro, no tan valiente, entre a matar.

Toreo de capote, puede ser; toreo de muleta y estoque, nunca jamás.


 

el público de los toros.

salida de los toros.jpgSevilla, domingo 7 de mayo 2017, 20:45 horas. Terminó la corrida. La afición deja La Maestranza. Tendido sol, a la calle Adriano. Las fotos están hechas a la altura de la Bodega San José. Son los culpables de la fiesta. Unos porque entienden de toros pero no entienden que los tiempos no están para matar toros. Otros porque van ‑más que a ver‑ a que los vean. Casi todos se alegrarán el día de la prohibición. Qué dinero nos ahorramos, vida mía, y qué pesadas las tardes viendo seis veces lo mismo. Cuando fuimos a Roma no había sangre en el Coliseo y nos pareció tan hermoso.

reportaje pinchando aquí: fotos.


Gracias y desgracias del toro de lidia.

SEIS TOROS, 6.
Tauromaquia en espirales a la manera de Luis Martín‑Santos


1º. Matar toros es ‑mucho más que animalista‑ conservacionista. Y de una especie que, sin la Fiesta Nacional (pongámosle las mayúsculas cuanto antes), estaría en peligro de extinción. El toro bravo es un ser para la muerte. Podemos decir ‑sin temor a equivocarnos‑ que ha leído a Heidegger.


2º. La especie toro bravo o toro de lidia incluye su hábitat, finca donde se cría y grey humana que lo cuida hasta llevarlo con mimo a su destino: desde el ganadero o empresario terrateniente y latifundista, hasta el veterinario, el mayoral, el picador, el mulillero, el mozo de cuadra, peones o gañanes de los de Los santos inocentes, o la criada de ahora mismo los recibe don Eduardo. Todo esto, en la España piel de toro y toro de Osborne, mejor sitio del mundo que eligen los toros de lidia para realizarse como mito, lo que determina el paisaje económico y social de la baja Andalucía y de vastas comarcas de la Ruta de la Plata, esa luna enamorada de los toros y de los caballos de raza que se las verán con ellos en el señorito arte del rejoneo.


3º. A ese paisaje agrario con toda su geografía humana se añaden ciudades y grandes y medianos pueblos (los pequeños soltarán vaquillas), con sus concejalías de cultura o fiestas mayores, que tienen dispuestas sus ferias con sus plazas de toros, sus taquillas, su venta anticipada por internet, sus guiris y forasteros, sus verdaderos aficionados o entendidos, sus bares y restaurantes, sus hoteles y comercios del entorno, más  vendedores ambulantes ‑reventa de entradas incluida‑ con algún Cortadillo de bolsos y carteras ajenas. Más policía, pues. Todos esperan el cartel de no hay billetes, máxima condecoración en días de corrida. Al conjunto, lo llamaremos cultura y civilización y casi, casi, religión: algo en lo que ‑para ser buen español‑ hay que creer y, si no, ahí está Cataluña, cuya anti españolidad se demuestra andando con la abolición.


4º. Existe además una promoción de muchachos (y unas pocas atrevidas) que, sobrados de facultades y medios familiares, no obstante eso, eligen no las cómodas carreras de medicina, derecho, ingeniería o ni siquiera el balompié; eligen la arriesgada carrera superior de tauromaquia: perito en capotes y banderillas, maestro o diestro matador de toros con la muleta: torero (o toreador, en otras latitudes) de los de a ver dónde está ese bicho, a ver si tiene cuernos (huevos) como dice, que me lo despacho aquí mismo de una estocada. Opcionales: la folclórica tras el abanico en el tendido sombra y recibir ante los toriles a porta gayola.


5º. Va a terminar la corrida y la crónica es siempre igual y la misma. Leemos en ABC: Torerito de Tal (de azabache y oro) muy bien que estuvo (quien dice bien, dice valiente, decidido, animoso, arrojado, entregado,  templado, con voluntad, con ganas, con mando) pero no le acompañó el toro en su faena. Vaya por Dios. Y aquí aparecen calificativos de manso, afeitado, semi toro, saco con cuernos, con percha, con manillar, cabestro, buey, vaca o becerrita; nunca notas por exceso de bravura o de trapío.


6º. Total. Por culpa de las ganaderías y de los toros, que ‑habíamos quedado‑ son los primeros interesados en la fiesta, falla ‑curiosamente‑ la fiesta de los toros. Vuelva a leer el toro número uno y procure no perder el hilo (de Ariadna) o la razón.


Sobrero. Estas espirales martinsantosas (o martinsantinas) excluyen ‑pero incluyen‑ la posibilidad cierta de que el torero muera o sufra algún desgraciado percance en el ruedo, culpa sin duda de la mansedumbre del que ya era manso o de una sobreactuación o insuficiente preparación para el mito. Lo que es seguro es que alguien lo ve en la plaza y al día siguiente en otra plaza ‑de abastos‑ habrá carne de toro de lidia. Especialmente apreciado, el plato de rabo o cola de toro. Exquisito según mercado y máster chef.


Sevilla.

Una encuesta de Irísaz Sociedad Civil nos pregunta a gente de Sevilla por la percepción que tenemos sobre nuestra ciudad. Este encuestado, para empezar, desconfía de sociedades civiles en la medida que admiten la existencia de la sociedad militar, la sociedad religiosa o la sociedad política. Quejarnos de la política o de los políticos sería un tópico. Quejarnos de la gente común sería otro tópico. Dicho lo cual,

Sevilla es el espejo donde se mira la actual política patrocinada por el llamado Estado del Bienestar: sociedad fuertemente clientelada a mayor voto para el Psoe a través de la oferta de empleo y subvenciones de la Junta de Andalucía. Susana Díaz, Macarena y Gran Poder, Betis y Sevilla y el ¡arsa y ole! cara al turismo y las fiestas, son el espejismo de una ciudad que caerá del sueño en cuanto un musulmán radical estalle su artefacto entre nosotros. Eso, por lo que toca a la proyección exterior de la ciudad. En cuanto a sus entresijos internos, ¿qué decir de la mendicidad, de la desigualdad y del feísmo de quien enseña su muñón en calle Sierpes a cambio de una moneda?, ¿qué decir del qué hay de comer de quien hurga en los contenedores de basura?

De ejemplo del cainismo sevillita entre clases medias, sirve el Plan Sevilla Bici que no esconde el rechazo que la Sevilla del automóvil siente por la Sevilla de la bicicleta, y hablamos de dos gestiones en manos izquierdamente próximas: una mano el Psoe, desde tráfico y urbanismo, y otra mano Izquierda Unida (el tiempo que formó coalición en el gobierno municipal), desde participación ciudadana. Al día de hoy, Sevilla en bici por el casco antiguo: salvo si circula por la alfombra roja o verde de los itinerarios bicis de Izquierda Unida, más acera‑bicis que carriles (que, diez años después, muestran su deterioro como obra pública y a ver de dónde salen los dineros), los feroces adoquinados en bruto que el Psoe no ha refilado (en nombre, se supone, de conservar los empedrados históricos) parten el culo y taladran el cuerpo de ciclistas por la calzada. (Sonríe el conductor en su 4×4 y el ciclista se queja y toca el timbre por zonas, por su presencia en bicicleta, escasamente peatonales.) Total: una pareja cogida del brazo no puede pasear por Sevilla (un carrito minusválido, tampoco) sin descomponer la pareja (¡se ven tantas parejas en tándem o fila india!), sin saltar obstáculos (Sevilla: la ciudad de los bolardos), sin subir y bajar ridículas aceras (que marcan el carril‑coche) y sin que le piten unos y otros. Y eso que Sevilla era la ciudad de las personas. Mientras no acabemos con el señoritismo, cuya capital mundial es Sevilla.

Próximamente, el carril‑cofradías por la Carrera Oficial, el carril-paseíllo por la Maestranza y el carril-paseo de caballos por la Feria de Abril. ¡Qué arte!

Daniel Lebrato, eLTeNDeDeRo, 21/02/2017

# enlace a Triana en primavera (photwalk, sábado 25 de marzo, con Juan Duque)