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the meditation (II). Antonio Delgado Cabeza.

relajación de Antonio Delgado

«Hay mucho tópico alrededor de la meditación. Se divulga la imagen del meditador en posición de loto, con un mudra en los dedos y una sonrisa estúpida en la cara como algo inútil propio de sectas raras. Corre el bulo de que los meditadores son como encefalogramas planos que no sienten ni padecen, que meditar es de majaretas. Elegir la meditación, como forma de sentirse mejor con uno mismo y con el entorno, es una libre decisión personal a la que cada uno llega justo cuando tiene que llegar.» Artículo completo: THE MEDITATION (II), de Antonio Delgado Cabeza en elSoBReHiLaDo.

relajación de Antonio Delgado a la inversa o bocabajo


the meditation (I). Antonio Delgado Cabeza.

THE MEDITATION (I)

«Budismo, cristianismo e islamismo no son más que interpretaciones interesadas que han convertido en dogmas fundamentalistas, en religiones integristas que rivalizan con los nacionalismos a la hora de ostentar el siniestro record de muertes. En nombre de Dios y de la patria han muerto más seres humanos a lo largo de la historia que por ningún otro motivo.»

–artículo THE MEDITATION (I), de Antonio Delgado Cabeza
en versión completa original publicada por elSoBReHiLaDo.

the industrial revolution (2). Antonio Delgado Cabeza.

benagalbon foto Diario Sur

Llegué a Benagalbón en septiembre de 1980. Mi primera tutoría fue un séptimo de EGB. No he olvidado a aquellos alumnos de 13 y 14 años. Pepe, Manolito, Paco, Enrique, Salvador, Salvori, espigados, fuertes, con la piel curtida y callos en las manos. Cuando terminaban el colegio, ayudaban en los huertos familiares, dominaban las labores agrícolas y ganaderas. Sus padres pertenecían a la primera generación que había tenido que cambiar el campo por la construcción, trabajaban de albañiles o de peones en empresas malagueñas que se movían por la costa y los hijos compaginaban la escuela con su responsabilidad en las tareas del campo.

Recuerdo con especial cariño a los alumnos de El Valdés. Eran niños con una sensibilidad diferente. Académicamente fracasaban, eran considerados no aptos por la enseñanza tradicional al uso. Sin embargo, aquellos jóvenes eran capaces de cavar una viña, desmontar y arreglar el motor de su moto de 49 centímetros cúbicos o de estar un fin de semana vendiendo sacos de patatas en un cruce de carreteras del Campo de Gibraltar. Pasaban el verano yendo a Murcia o Manilva por uvas. La viña es un coñazo, maestro, hay que estar alrededor de ella todo el tiempo. Podar, sarmentar, cavar, vinar, sulfatar, despuntar, tapar, vendimiar… todo el año liados en unos pechos en los que no entran tractores ni nada, tenemos que usar amocafres, hasta los palos de los azadones sobran. Después, las pasas en los paseros, pendientes del cielo para poner los toldos en cuanto cae una gota. Antonio, ezo noztá pagao con ná.

Esa fue la última generación de jóvenes que se relacionaban con la tierra, que sabían los nombres de los árboles y de las plantas, que controlaban los cultivos de cada estación y los ritmos de la naturaleza. La mayoría de los adolescentes de ahora no distingue una encina de un olivo, el secano del regadío, las especies autóctonas de las foráneas. De una generación a otra se ha perdido la sabiduría acumulada durante miles de años, se ha producido una desconexión brutal con la Naturaleza, una enajenación artificial de la producción de alimentos, un desenraizamiento con el planeta de consecuencias imprevisibles.

Te he contado hasta ahora cómo he vivido la llegada de los motores a mi vida y a la sociedad que me rodea y quiero que sepas mi opinión acerca de este proceso de industrialización y modernización que ha concluido en la llamada globalización. Cuestionar que ha habido progreso, carece de sentido. Que vivimos mejor después de esta revolución es una obviedad. Que las máquinas en general y los electrodomésticos en especial han hecho más fácil y confortable la existencia es indiscutible. El último siglo ha cambiado radicalmente el paisaje rural y el urbano. Grandes edificios, carreteras, autopistas, coches, metros, aviones, cosechadoras, ordenadores, teléfonos móviles, todo diseñado para aumentar la calidad de vida.

Pero si ponemos la lupa en este macroproceso, descubriremos que no todo se ha hecho bien y, sobre todo, que no se han elegido ni el camino adecuado ni las formas correctas. El desarrollo tecnológico se ha dejado en manos de un poder fáctico supranacional sin escrúpulos que usa a los gobiernos -democráticos o no- para conseguir sus fines: perpetuarse en el poder y enriquecerse cada vez más. Los ricos son cada día más ricos y los pobres cada día más pobres. Se tiran a la basura millones de toneladas de alimentos mientras los habitantes del tercer mundo mueren de hambre. Los medios de producción -como los de comunicación- están en manos de una élite feroz que no entiende de justicia, equidad, solidaridad o redistribución de la riqueza.

Por mantener la sartén por el mango, lo mismo fuerzan guerras -el negocio de las armas es de los más rentables- que ignoran las alarmas de los científicos que advierten de las irreversibles consecuencias del efecto invernadero o del calentamiento global. Las miles de especies desaparecidas y las que están a punto de extinguirse les traen al pairo. Los contratos de los trabajadores son cada día más leoninos. Las petroleras ganan más. Las textiles ganan más. Las farmacéuticas ganan más. Los bancos ganan más. Y cada vez hay más pobres que son más pobres.

Mira este dato como ejemplo. Las grandes empresas españolas de todos los ramos están publicando sus balances de 2016. Todas coinciden en superávits muy positivos y en que la crisis está superada. Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea, el gobierno y la patronal, lejos de aconsejar un reparto equitativo de los beneficios entre los asalariados, apuntan ya a profundizar en las políticas que han dado lugar a esa plusvalía, es decir, más reformas, más recortes, más precariedad en el empleo…

¿Qué podemos hacer? Pues podemos hacer mucho. De entrada replantearnos nuestra participación política, nuestro compromiso social. ¿Qué hacemos además de votar cada cuatro años, a quién votamos, de qué nos sirve? Replantearnos el consumo. Este sistema se hunde si no consumimos o lo hacemos con moderación. Comprar lo indispensable, lo que realmente necesitemos. Mirar las etiquetas, saber de qué está hecho lo que compramos, dónde y por quién. La publicidad nos intoxica hasta hacernos creer que somos más felices cuanto más tenemos, pero en el fondo sabemos que no es así.

Replantearnos nuestra relación con el Universo y con la Tierra. Recuperar el contacto directo con ella, relacionarnos con nuestra energía telúrica, poner consciencia en nuestro cordón umbilical con la atmósfera, reaprender los ciclos de la Naturaleza, aprender a cultivar nuestros propios alimentos ecológicos, hacernos responsables de nuestra salud.

Replantearnos nuestra existencia, a qué hemos venido aquí. Nos pasamos la vida en un estado de ensoñación permanente, de anhelos y frustraciones, de apegos y miedos, a caballo entre los errores del pasado y los posibles éxitos futuros, sin disfrutar del presente, sin aceptar lo que ya es. Esperamos soluciones externas -políticas, financieras, amorosas- pero la solución está en nuestro interior. Somos seres completos. Tenemos que recuperar nuestra capacidad de oírnos y encontrarle sentido a Todo.

Nuestra razón de ser es crecer, hacernos mejores personas, ser más comprensivos y amorosos y e influenciar en nuestro entorno en la medida de nuestras posibilidades. Para este crecimiento personal hay un camino milenario que en occidente se usa poco pero que da los mejores resultados: la meditación. Pero eso es otra historia.

La próxima.

Antonio Delgado Cabeza, 10/03/2017

PlayaBenagalbon foto inforural

the industrial revolution (1)

tractor-john-deere-foto-foro-de-tractores-antiguos
tractor John Deere (foto foro de tractores antiguos)

Antonio Delgado Cabeza

THE INDUSTRIAL REVOLUTION (I)

Una pequeña foto en blanco y negro sintetiza perfectamente lo que hoy te quiero contar. Debe ser de julio o agosto del 56 o 57. Con tres o cuatro años estoy desnudo rodeado de la familia de mi madrina, todos sentados en círculo en sillas de enea en el porche, pelando patatas. En el centro junto a mí, la madre cocina con leña en el suelo una enorme sartenada de papas sostenida por una trébede de hierro.

Recuerdo esos veranos en San Pablo de Buceite como los más felices de mi vida. Mis padrinos no tenían hijos y para mis padres mi ausencia era una boca menos, todo el mundo contento. Me llevaban a la finca familiar, un naranjal precioso a orillas del río Guadiaro. La casa de campo sin luz ni agua corriente, tenía una planta baja con cocina y salón diáfanos y una habitación despensa con sacos de granos y grandes tinajas de cerámica con tapaderas de madera que conservaban aceite, sal, harina y los panes que amasábamos y cocíamos una vez al mes en el horno árabe que había junto al porche y el pozo. Siempre en penumbra, con un olor característico, con los restos de la matanza colgados del techo. Chorizos, morcillas, salchichones, morcones. En la primera planta, los dormitorios.

Junto a la casa, había otra con la cuadra para los mulos y la pocilga para los cerdos. Arriba, un pajar y una habitación en la que vivían los caseros, el matrimonio que ayudaba todo el año en las faenas agrícolas y domésticas y su hijo Ildefonso, mi amigo. Con siete y ocho años, con él ejerciendo de porquero oficial y yo de ayudante, sacábamos al campo de madrugada la piara de setenta y tantos cochinos, antes de que pasara la pareja de la guardia civil. Cuando alrededor de las ocho pasaban los civiles inspeccionando, los marranos estaban ya comidos y recogidos, saltándonos así la prohibición expresa de sacarlos del redil a causa de la peste porcina africana. Claro, el ahorro en pienso era importante. Para ser tan pequeñitos, teníamos ya un cierto sentido de la responsabilidad… y de la clandestinidad.

Aunque desde la perspectiva de hoy te parezca mentira, a Ildefonso y a mí no nos despertaba nadie. Nos levantábamos al alba con el canto de los gallos, antes de amanecer del todo. Hacíamos nuestras necesidades y nos aseábamos en un pequeño arroyo, cumplíamos con nuestra única obligación diaria y teníamos el resto del día para jugar y holgar. Holgar, dulce holgar. Con el barro que se formaba junto al pozo, modelábamos figuritas que metíamos en el horno que irremediablemente se resquebrajaban y partían. No importaba, hacíamos más.

Uno de nuestros pasatiempos favorito era fabricar barcos de corcho con la navaja, ponerles un palo de mástil, una vela triangular de trapo y hacer apasionantes carreras en las acequias de riego. Otras veces, cortábamos las cañas más largas del cañaveral y construíamos auténticos coches de competición. La parte gruesa de la caña, descansaba sobre nuestro hombro y justo delante le ajustábamos una corcha circular que ejercía de volante. En la otra parte, atravesábamos la caña con otra más fina que llevaba dos ruedas también de corcho en los extremos. Qué invento, cuántas horas felices echando carreras por el carril de tierra que bajaba hasta el río por detrás de la casa.

Otro momento diario mágico era la recogida de huevos. Con un canasto de mimbre cada uno y aunque había un gallinero en la parte exterior derecha de la casa, como las gallinas estaban sueltas, lo más emocionante era buscar y descubrir los ponederos y volver con el cesto lleno. Después, el baño. En el centro del río emergía un tronco anclado en el fondo. Tirándonos para alcanzar el tronco, aprendimos a nadar. Con el impulso del salto desde la orilla llegábamos al palo, pero había que volver nadando y sorteando la corriente. Hoy, resulta sencillamente increíble. Dos mocosos solos en el río, disfrutando del sol, del agua y la libertad.

La comida cocinada por la madre de mi madrina era servida en dos mesas. En una comían los padres, los hermanos, los sobrinos y mis padrinos. En la otra, los padres de Ildefonso y seis o siete jornaleros que había cada estío para las faenas propias de esa estación. A mí me encantaba comer con ellos, no solo porque estuviera mi amigo sino porque no había platos individuales como en la mesa de los patrones. De un enorme perol central comíamos todos en un ambiente genial dicharachero, de igualdad y camaradería en el que los adultos comentaban la rutina de sus tareas, contaban historias intrigantes y nos ayudaban a los pequeños a alcanzar los alimentos.

Cenábamos con las últimas luces de la tarde. Encendían los quinqués y los niños caíamos rendidos en la cama. Algunas noches de luna llena, nos escapábamos a los cortijos vecinos. Sabíamos dónde tenían protegidos en fresqueras los melones y sandías en su punto. Eran hoyos en el suelo disimulados con matorrales. Qué emocionante y qué placer disfrutar de lo prohibido a la luz de la luna. Algún atracón de estos me produjo un cólico con diarreas, única enfermedad que padecí en aquellos meses de la canícula, de noches cortas y días infinitos.

Un verano, con diez u once años, llegué y no estaban ni Ildefonso, ni sus padres, ni los temporeros, ni los mulos ni los cerdos. Había un extraño vehículo verde con cuatro ruedas, las dos traseras gigantescas y me presentaron a Miguel el tractorista, que se encargaría de hacer las labores de todos. Los padres de Ildefonso se habían ido a la costa, a San Pedro de Alcántara a buscarse la vida en la construcción o en la hostelería, como los demás trabajadores del campo.

Ni que decir tiene que nunca volví a aquella querida huerta de riquísimas naranjas, a pesar de que ya tenía agua corriente y luz eléctrica.

antonio-delgado-en-grupo-en-blanco-y-negro

Antonio Delgado Cabeza, 17/02/2017.

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neuroeducación.

Publica El País una entrevista que no tiene desperdicio para padres, madres, maestres y educadores en general. El neurólogo Francisco Mora, autor del libro Neuroeducacion. Solo se puede aprender aquello que se ama, retrata indirectamente, pero con nitidez, la artificialidad de la enseñanza que se imparte actualmente y el origen del fracaso escolar. Hay dos frases espeluznantes. Una, que hasta los seis años el cerebro humano no está neurológicamemte formado para descifrar letras y números. Se puede empezar a los tres a leer y escribir, claro, pero como un papagayo y con sufrimiento. Y la otra, atroz también, es que la escuela se ha actualizado tan poco, que un maestro podría tener en su clase a un niño del Neolítico, sin detectarlo. Tan patético como triste y cierto. Antonio Delgado Cabeza.

Enlace a entrevista en El País.

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