Etiqueta: marxismo

la revolución del ocio y tiempo libre como una de las bellas artes.

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Mierdas iluminadas por Navidad.

Desde la revolución industrial, mitad del siglo 18, hasta antes de ayer, y todavía en alguna vieja guardia que no se entera de nada, la teoría de la emancipación se ha basado en el reparto del trabajo y la riqueza. Así lo expresó el Manifiesto comunista de Marx y Engels, en 1848, que contaba con un objeto y un sujeto y un método; un qué y un quién y un cómo. Qué: el modo de producción capitalista. Quién: el proletariado. Cómo: mediante la conquista del Estado. La revolución traería nacionalizaciones y socializaciones que regirían por el principio “a cada cual según su aportación”, hasta el “a cada cual según sus necesidades”, que regiría la fase superior o comunismo.

Marx ni Engels ni Lenin ni Trotsky, tampoco Bakunin ni el anarcosindicalismo, pudieron prever las resistencias del capitalismo; unas, por las armas, el bloqueo y la confrontación contra todo lo que se movía en colonias y zonas preindustriales (confrontación, desde Rusia en el 17) y, otras, por hegemonías inyectadas al proletariado del primer mundo que actuarían como un virus o como un troyano: ese fue el Estado del Bienestar, que hizo, del proletariado, clase obrera; después, trabajadora y, por último, clase media involucrada en Estados sistemáticamente tenidos por democráticos donde mediante las urnas sería posible no solo la resolución de conflictos (se acabó la lucha de clases) sino la máxima expresión de la libertad del individuo (el comunismo, como totalitarismo; la democracia y el capitalismo, con sus inconvenientes, como lo menos malo que se conoce), de manera que si la explotación del hombre por el hombre y el capitalismo seguían dándose, se daban por mayorías nacidas de las propias clases dominadas, porque de todo se puede hablar en las urnas de los países libres. Se acabó la revolución gracias al voto a partidos socialdemócratas o democristianos y a la dormición de los viejos sindicatos y de las viejas consignas (aunque perduren en el lenguaje de una vergonzosa izquierda).

Dos revoluciones vinieron tras la industrial: la revolución científico técnica y digital (formulada a finales de los años 70) y la revolución de la información que está empujando ahora. La clase obrera no volverá ni será sustituida por olas migratorias ni por minorías en lucha; tampoco por colectivos o por grupos de sexo (ese feminismo que saca pecho). Todos esos movimientos, con oenegés y solidaridades, no moverán los cimientos de este mundo; tampoco, el islamismo como alternativa a la decrepitud de Occidente. La revolución basada en el reparto del trabajo se quedó sin vehículo y sin piloto. Lo que nos queda es el reparto del individualismo y del tiempo libre y del ocio como revolución pendiente. Otro día hablamos de Internet como Palacio de Invierno o Bastilla que habrá que conquistar.

En esa revolución ocupa un primer lugar la conquista del calendario laboral, vinculado al trabajo, y, cómo no, ahora que se aproximan las navidades, las fiestas y celebraciones que nos vienen impuestas en nombre de tradiciones y artes y costumbres populares.


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incitación al mundicidio.

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El marxismo tenía una razón de ser en una clase, el viejo proletariado, cuya emancipación traería la emancipación de toda la humanidad. Hoy, acaso por mis pocas luces, no veo clase ni grupo social sujeto protagonista de la revolución. La acción política y su hija guapa, la izquierda, son un cadáver. El feminismo, la solidaridad, la economía compartida, la ecología, el animalismo, la infancia, el tercer mundo, la lucha por la igualdad, por la educación, la enseñanza o la cultura, todos esos valores que conforman lo que llamamos occidente y progreso, pasado y presente, se han desplomado. Sigo las conversaciones, conecto la prensa o los telediarios, estoy en redes sociales, respondo cuando me preguntan, pero cada vez opino menos. Como entrar en detalles, sería aburrirles (y los detalles están en eLTeNDeDeRo), me acojo al Manuel Machado que decía: con dejarme, lo que hago por vosotros, podéis hacer por mí. La noticia que espero de los telediarios, no es presentable y nadie estaría de acuerdo: que explote el primer mundo, que el ciudadano medio vea en peligro su modo de vida, que a mi vecina la que saca la banderita de España a su balcón, contra Cataluña, se le seque la hierbabuena, que partidos y sindicatos vean deshojarse su voto y su militancia, que estallen metros y torres gemelas en todas la ciudades del turista occidental, que se quemen la ferias del libro y las librerías, que haya un artefacto en la butaca de la ópera, del concierto, del teatro, de la película o de la conferencia. Que no esté el colegio, el trabajo, la lavadora, el lavavajillas; ni el fin de mes ni el fin de semana ni a dónde vamos de vacaciones; ni tatuajes ni orgullo nada, ni elegetebés, ni parejas guais por la alameda con perro y con bebé. Que se muera el mundo guapo. No me hablen de Estado del Bienestar ni nada que termine en palabras como solidaria, de acogida, compartida o sostenible. Basura para mantener estatus y privilegios, empezando por los míos. Llámenme, eso sí, para las viejas luchas contra el capitalismo, contra el trabajo, contra las religiones y contra los amos del mundo. Pero eso, me temo, no va a pasar. Porque los amos del mundo nos creemos nosotros y nadie está dispuesto a suicidarse.


comentario de un texto que comenta otro texto.

La_Regenta_portada (1884-1885)

Sobre Clarín y su personaje, Ana Ozores, la Regenta, comenta Ángeles Caso: «Quiero creer que la amó y que detestó a la sociedad que obligaba a todas las Regentas del mundo a padecer. Pero recuerdo al mismo tiempo sus patriarcales y duras palabras contra la educación igualitaria de las mujeres, que “pugna tanto con las costumbres, con las preocupaciones y acaso con el temperamento nacional”. Recuerdo sus críticas a Emilia Pardo Bazán por querer ser académica. Y recuerdo sobre todo, como un bofetón, que la llamó “puta” en una carta a Pérez Galdós por atreverse a tener opiniones propias.» (Ángeles Caso, Las regentas, Mercurio, febrero 2018, pág. 13.)

La tentación es legítima y común: salirse del texto para interpretar (no el texto) otro texto. Imagínese usted que el texto es anónimo o de autor desconocido, que le falta la última o la primera página y la biografía de quien lo escribió. Lo que Leopoldo García‑Alas y Ureña (1852‑1901) hizo o pensó en su vida no tiene por qué coincidir con Clarín, ni Clarín con La Regenta. Para saberlo, no hacía falta inventar el psicoanálisis ni el marxismo ni haber leído a Heidegger.

–enlace al artículo de Alfonso Vázquez, Emilia Pardo Bazán, una mujer que se atreve.

 

la Generación del 98 pasea por Cataluña.

La izquierda de la revolución para cambiar el mundo dejó de existir al final del siglo 20 (pongamos a la caída del Muro de Berlín en 1989) y en el siglo 21 sobrevive como epígono o parodia[1], como etiqueta o marca (Psoe) solo reconocible por contraste con la derecha, que, esa sí, sigue viva. Seguramente, la desconfiguración de la izquierda tuvo que ver con la hegemonía del Estado del Bienestar tras el abandono del marxismo como método de análisis (no como praxis tal y como la entendieron la URSS y los partidos de la II Internacional).

La izquierda del siglo 21 solo es oposición (parlamentaria) a un régimen (conservador todo él) que se presenta en bloque ante cualquier cosa que se mueva y que ponga en peligro las bases del sistema. Rajoy y Sánchez son como Cánovas y Sagasta en la España de la Restauración (conservador uno, liberal otro) y Cataluña es Cuba, cuya independencia rechazaron conservadores y liberales y tan solo la apoyó el partido federalista de Pi y Margall, casualidad que fuera él también catalán para hablar ahora de Cataluña.

Por un lado, se sacan argumentos del viejo armario social y progresista: el independentismo es de derechas (ya me gané al obrerete y a mi asistenta) y, por otro, se da un salto hacia el mundo único y global donde las fronteras y banderas serán antiguallas (ya me he ganado a la utopía). Otra opción es el escapismo hacia el mejoramiento o crecimiento personal: ya me he ganado a mí mismo.

Está al llegar otra generación del 98 que haga ‑o no‑ la digestión intelectual del gran desastre que está resultando España. Pero, eso sí, la izquierda quiere seguir apostando por el romanticismo y seguir siendo romántica mientras machacan a un pueblo, puro y duro realismo.

[1] epígonos (nombre epiceno) son los tardíos, los rezagados, los últimos brotes verdes que da un ismo ya desaparecido o antes de desaparecer del todo. Epígono, Gustavo Adolfo Bécquer, romántico en pleno realismo, o el Quijote, parodia, también, como La venganza de don Mendo sobre el teatro poético.

 

comunismo y vanguardia.

Escribe Manuel Altolaguirre en España en el recuerdo (1949): En la revista Ambos (1921) no se expresó ni una sola idea revolucionaria. Unas ingeniosas greguerías de Gómez de la Serna y unos dibujos de Picasso producían confusión entre los comentaristas familiares de nuestra poca difundida revista. Para ellos futurismo, cubismo y comunismo eran una misma cosa.

Yo sabía por Mayakovski la sintonía inmediata entre futurismo y comunismo, fácil de entender entre dos movimientos que apuntaban a un mundo más funcional y más bueno. De los dos ismos, el comunismo (mejor: el marxismo) lo aprendí y, del futurismo, confieso que (aparte de aquel coche de carreras que era más hermoso que la victoria de Samotracia)[1] mi conocimiento fue siempre muy primario. Lo que no se me pasó por la cabeza es que el comunismo fuese interpretado, en su día, como una manifestación más de las vanguardias artísticas.

Cuatro años después de la Revolución del 17, en 1921, mismo año de la revista de Altolaguirre, se consumó en España la negación del futurismo político.[2] Desde entonces, el Psoe que administra la noble palabra socialista (socialista soviética fueron las eses de la URSS, entendido el socialismo como fase superior al capitalismo y hacia una sociedad sin clases) no ha hecho más que torpedear las luchas sociales. La misma biografía de Santiago Carrillo, pasándose al Psoe en su edad provecta, ilustra la trayectoria de tanta militancia del Pce que emigró al Psoe, que se hizo psoecialista. Y si algo ha puesto de relieve la cuestión catalana es la cantidad de reaccionarios (hay quien dice fachas) que había, y al presente afloran, en el Psoe y alrededores.

Otro día hablamos de cómo las expectativas electorales del Psoe son tan bajas (bajaría en toda España y desaparecería del voto influyente en Cataluña) que por eso se ha convertido en el principal apoyo del PP (ved la pacata reprobación anunciada de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría) en lo que a todas luces se debería arreglar convocando elecciones y que las urnas decidan (tanto en referendos como en elecciones generales anticipadas), no que ‑en vez de eso‑ aquí mandan los demócratas Ferreras, Marhuenda, Inda y compañía de la Sexta a la Primera. El viejo comunismo, el de la unidad popular y del frente común, pasado un siglo, sigue siendo vanguardia. Honor a quienes en su vida custodian y defienden sus ideas.

–enlace a España en el recuerdo en ProyectoRosaleda.com

[1] Manifiesto futurista publicado en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Cuando fui al Louvre, me dio penilla aquella victoria alada que parecía distribuir, por aquí o por allí, la gran escalera que da acceso a la primera planta del museo. Una azafata de congresos.

[2] El Psoe se quedó en la Segunda Internacional y el recién creado PCE se entendió como sección española de la Tercera Internacional.


 

los impuestos.

1º) Los de arriba los quieren bajos, claro: lo que el Estado no cubre se lo pueden pagar con su dinero (en realidad los de arriba casi no quieren ni que haya Estado; con que haya leyes y policía que les guarden lo suyo, tienen bastante). Los de abajo, en cambio, los impuestos los necesitan altos (pues ¿cómo, si no, financiar prestaciones y servicios sociales que los de abajo no alcanzan?).

2º) De los impuestos, el más justo es el que grava la riqueza y ‑no digamos‑ la herencia. ¿Qué valor añadido, qué aporta al PIB heredar? Al menos, el rico que se hizo rico, algo hizo (y éticamente discutible: acumular capital a costa de los demás). Pero el heredero, sin hacer nada, ya es rentista. Y no hay riqueza sin pobreza: expolio de materias primas, de mano de obra, márgenes abusivos.

3º) Y, al fondo, la familia. Una cosa es que padre madre acumulen para el día de mañana de sus descendientes y, otra, que un hijo hija quiera vivir de la renta acumulada por sus antepasados.

Arriba los impuestos directos e indirectos y abajo las herencias y donaciones en vivo.

eLTeNDeDeRo no apoyará la campaña Hereda 100 x 100. Por mucho que se presente vía Change.org, la campaña la carga el PP.

crítica de la crítica de los derechos humanos.

El Estado del Bienestar nos ha dejado encantadoras igualaciones. La base fue la Declaración universal de derechos humanos de la Onu en 1948,[1] que respondió al modelo de los países aliados que querían con la Declaración prevaler sobre los totalitarismos fascista y nazi, ya derrotados, y sobre el estalinismo, no derrotado y con enorme auge en Europa al final de la SGM a través de los partidos de la Segunda Internacional, que inmediatamente fueron descalificados como dictatoriales a partir de una interesada interpretación de la futurible dictadura del proletariado, hecha por Karl Marx un siglo antes, donde la dictadura, al ser ejercida por la mayoría (la clase obrera), dejaba de serlo y pasaba a ser más democracia que la democracia. La Declaración fue instrumento propagandístico para un estado de opinión favorable a la libertad de los países libres (frente a los comunistas) como grado superior de organización social, democracia política que impedía en la práctica la democracia económica y laboral, sin las cuales, ¿qué democracia era esa? Papel votado: un voto cada cuatro años y ahora pidan ustedes derechos humanos, que, por pedir, que no quede. Por eso, la primera crítica que tienen los derechos humanos es su palabrería, su frivolidad, su insoportable levedad del no pasar, de las buenas intenciones, a leyes vinculantes y perseguibles por tribunales internacionales en el seno de unas Naciones Unidas que no tenían otra cosa que hacer, más que pasar del dicho al hecho, y no lo hicieron. En respuesta, un anciano que había participado en la primera redacción de la Declaración quiso antes de morir dejar testamento testimonio de su indignación y ese fue Stéphane Hessel (1917-2013), quien animó a la juventud a indignarse. Su ¡Indignaos! (2010) tuvo la altura intelectual de un mosquito. Su enorme éxito entre gente bien preparada y de universidad, que ya calzaba los treinta años (Pablo Iglesias, 32; Monedero, 47), fue el infantilismo más lamentable que ha padecido la reciente izquierda y, a siete años vista, ya sabemos en qué acabó tanta indignación: en tierra, en polvo, en sombra, en humo, en nada.

La segunda crítica de la Declaración no es histórica sino lógica y conceptual. La fórmula nos la dio el viejo Marx en su Crítica del programa de Gotha (1875): Todo derecho es derecho de la desigualdad. El derecho sólo puede consistir, por su naturaleza, en la aplicación de una medida igual; pero individuos desiguales sólo pueden medirse por la misma medida siempre y cuando se les mire solamente en un aspecto determinado y no se vea en ellos ninguna otra cosa, es decir, se prescinda de todo lo demás (“a igual trabajo, igual salario”, unos obreros están casados y otros no; unos tienen más hijos que otros, etc; a igual salario, unos obtienen más que otros). El derecho no tendría que ser igual, sino desigual.

Jóvenes: pedir derechos es fácil. ¿Quién en su sano juicio se va a oponer? Lo difícil es pedir deberes a uno mismo y a quienes por sus niveles de vida y renta llevan siglos explotando a los demás. Pedir es fácil. Lo jodido es quitar a quienes les sobra. De ahí, el buenismo. Mejor, ¡nos vemos en la revolución!

de la serie Ni tontos ni marxistas, 16 de enero 2016

[1] De 30 artículos que son, la palabra todos aparece 44 veces. Como adjetivo: todos los miembros de la familia humana, todos los pueblos y naciones, todo[s los] ser[es] humano[s], toda persona, todo individuo, todos los niños, en todas partes. Como pronombre: todos son iguales, para todos.