Clase obrera mundial: crecimiento, cambio y rebelión.

(VientoSur.Info)

Clase obrera mundial: crecimiento, cambio y rebelión. Kim Moody. 19 febrero 2021. VientoSur.Info. Clase obrera mundial: crecimiento, cambio y rebelión

La clase obrera del siglo 21 es una clase en formación, como era de esperar en un mundo en que el capitalismo solo se ha vuelto universal recientemente. Las fuerzas motrices que subyacen han sido la globalización desigual del capitalismo en general y el ascenso simultáneo de empresas multinacionales tras la 2GM. La caída de la tasa de beneficio que comenzó a finales de la década de 1960 hizo que el capital saliera de sus antiguas fronteras, provocando crisis recurrentes, así como la apertura al capitalismo de las antiguas economías comunistas y, más recientemente, la profundización de las cadenas de valor global. Estas CVG han determinado el crecimiento y el cambio económico en muchas economías en desarrollo al incorporar el trabajo de reproducción doméstico antes no remunerado, la pequeña producción de mercancías y las cadenas de suministro domésticas preexistentes en la esfera de las cadenas de producción de valor del capital multinacional. Así, pese a que el peso de los países desarrollados en la producción mundial ha disminuido, EEUU y UE producen hoy más valor añadido que antes.

Según la OIT, la fuerza de trabajo mundial creció un 25% entre 2000 y 2019. El número aumentó de 2.6 M a 3.300. De estas personas, el 53% percibe un salario o sueldo (frente al 43 en 1996), el 34 se considera por cuenta propia (sube del 31), el 11 son familiares colaboradoras (la mitad del 23 en 1996), y un 2% empleadoras (antes 3,4).

El trabajo por cuenta propia o autónomo es a menudo un truco de empleadores para ahorrarse impuestos, prestaciones y responsabilidades. Las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de ser empleadas informalmente. Para el Banco Mundial las personas que trabajan en casa, desproporcionadamente mujeres, constituyen una parte considerable del extremo inferior de las cadenas de valor empresariales mundiales.

Las CVG se expandieron alrededor del 45% del comercio mundial a mediados de la década de 1990, a casi el 55 en 2008. Los sectores que han crecido más rápidamente han sido infraestructura y funcionamiento de estas CVG. El empleo en transporte y comunicaciones ha crecido en las dos primeras décadas del siglo 21 un 83% (en la construcción un 118) a un ritmo mayor que cualquier otro sector. En empleo directo, estos sectores emplean sobre todo a trabajadores masculinos. No obstante, un resultado importante de la expansión de las CVG ha sido el aumento de la proporción de mujeres, mientras en la fabricación que depende de estas cadenas de valor, el porcentaje de mujeres ha aumentado del 41 al 44 en 2019. Mujeres constituyen dos tercios de la fuerza de trabajo en educación, sanidad y servicios sociales a escala global.

La producción de bienes es esencial para la prestación de servicios y viceversa. No hay servicios que se presten sin cosas y no hay bienes que se produzcan sin el insumo de servicios. Se supone que el trabajo invertido en ambas actividades genera plusvalía. El valor de uso de la mercancía que produce es secundario. Mientras que el empleo en el sector servicios mundial ha crecido un 61% entre 2000-19, la fuerza de trabajo industrial internacional aumentó un 40. Contra la noción de un mundo postindustrial, la fuerza de trabajo fabril ha crecido de 393 millones (M) en 2000 a 460 M en 2019, mientras que la fuerza de trabajo industrial (fabricación, construcción y minería) ha crecido de 536 M a 755 M, sin contar mano de obra de transporte, comunicaciones y servicios urbanos, que empleaban a otros 226 M de personas en 2019, cuando dos décadas antes eran 116. En conjunto, este núcleo industrial representaba en 2019 el 41% de la fuerza de trabajo no agraria mundial.

Aunque los países desarrollados todavía producen la mayor parte del valor añadido industrial (VAI), los países en desarrollo han incrementado su parte del 18%, en 1990, al 40 en 2019, mientras el de países industrializados ha caído del 79 al 55. La parte de la UE ha descendido del 33% del VAI mundial al 22 en 2018, mientras Asia ha aumentado del 24 al 37 y China del 5% del VAI mundial en 2000 al 20% en 2018. La parte de los países industrializados en el empleo industrial ha descendido del 30% en 1991 al 18 en 2018. Personas migrantes fuera de su país han aumentado de 173.6 M en 2000 a 271.6 M en 2019, un incremento del 57%. La mayoría, en edad de trabajar y, casi la mitad, mujeres. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) clasificó en 2017 a unos 111 M como trabajadores migrantes, que en 2018 enviaron remesas de dinero a sus países por importe de 689.000 M de dólares para 500 M de personas que reciben esas remesas que contribuyen a la reproducción de la clase trabajadora y a la reducción de los costes del trabajo para el gran capital.

Globalmente, la renta del trabajo en el PIB ha menguado desde mediados los 70s hasta 2019. Por tanto, la renta del capital ha aumentado. La parte del 10% más rico en la renta de las economías ha aumentado, mientras que la del 50 más pobre ha disminuido. La clase obrera ha perdido la partida en todas partes. Para cientos de miles de trabajadoras y trabajadores de todo el globo, el trabajo sigue siendo ante todo un esfuerzo físico agotador, aparentemente eliminado del régimen de automatización de alta tecnología y de gestión digital, que no ha hecho más que intensificar el trabajo. No importa cómo ni dónde están trabajando, el ritmo y el esfuerzo vienen dictados por esta medición digital y las instrucciones de trabajo a lo largo de las vastas cadenas de suministro justo a tiempo que ahora recorren el mundo entero.

Lo que más ha cambiado en la naturaleza del trabajo en las dos últimas décadas es el grado, penetración y aplicación de tecnologías digitales que controlan, cuantifican, estandarizan, modulan, trazan e instruyen el trabajo de individuos y grupos. Se recopilan datos del personal y se utilizan en contra suya en estos ámbitos, como en una fábrica o un almacén. Así, la labor de un o una enseñante se mide por el nivel del alumnado (que es su producto) a la luz de pruebas estandarizadas basadas en un conocimiento estándar, de modo que el personal docente se ve forzado a enseñar para superar la prueba. Las enfermeras de hospital ven su trabajo dictado mediante GPS por sistemas algorítmicos de tratamientos estándar o apoyo a las decisiones clínicas. En ambos casos, el personal puede ser sustituido por personas menos cualificadas y de menor coste. Puesto que estas son en su mayoría mujeres que desempeñan una labor emocional, el contenido emocional del puesto de trabajo se concibe como un regalo no reconocido al capital: el aspecto no remunerado del trabajo de reproducción social, realizado en el lugar de trabajo en vez del hogar.

Amazon es el ejemplo más citado de personal dirigido digitalmente, y con razón. Para coreografiar el balet brutal que se desata tan pronto un cliente clica envía tu pedido para entregar al día siguiente en Amazon Prime, la empresa hace uso de su poderío algorítmico y técnico dentro de su red masiva de tecnología digital y de comunicación, sus instalaciones de almacenaje y su maquinaria, al tiempo que flexiona numéricamente su mano de obra arriba y abajo de forma sincronizada con la demanda fluctuante de su clientela. En centros idénticos en todo el mundo, el trabajo propiamente dicho está dirigido por escáneres y ordenadores de mano o de pulsera que siguen, cronometran y guían al personal al producto en cuestión. El personal tiene 30 minutos por turno de tiempo sin tarea, es decir, tiempo en el que no están en movimiento. Además, se ven empujados por robots que también localizan y recogen productos.

Como subrayó la revuelta internacional de Black Lives Matter en 2020, la raza y el racismo, aunque están especialmente atrincherados en EEUU, tienen arraigo en todo el mundo desde los tiempos de la esclavitud y del colonialismo. El racismo bajo el capitalismo no solo es un medio para dividir a la clase trabajadora, sino también de imponer la condición de clase obrera a los grupos raciales o étnicos cuyas oportunidades en la vida están limitadas por barreras raciales o étnicas. Es una fuerza en la formación de la clase. De ahí, que la población negra sea clase obrera y pobre. La inteligencia artificial (IA) y los algoritmos los programan seres humanos que se han criado en este contexto histórico, que a menudo mantienen sus supuestos ancestrales, en general inconscientemente, mientras que el mismo tiempo utilizan datos necesariamente basados en el pasado. El pasado es un lugar muy racista. Y solo tenemos datos del pasado para formar la inteligencia artificial. Uno de los ejemplos más escandalosos es el de la tecnología de reconocimiento facial, que utilizan empresas y departamentos de policía y que suele ser incapaz de distinguir a individuos de tez oscura. El racismo es una de las armas del capital en la lucha de clases, ahora injertada en su tecnología. Lo mismo podemos decir del género y del machismo. Por ejemplo, los sistemas de apoyo a las decisiones clínicas se basan en estudios clínicos que han excluido sistemáticamente a mujeres y minorías.

La tecnología, los patrones de empleo y los flujos de bienes, servicios y capitales que caracterizan la producción nacional y configuran el mundo del trabajo, se apoyan a su vez en una infraestructura material internacional cada vez más profunda para el transporte de los productos y del valor por todo el mundo: carreteras, ferrocarriles, rutas de navegación, puertos, tuberías, aeropuertos y almacenes tradicionales; ahora también grandes conglomerados logísticos de base urbana con sus instalaciones y su mano de obra, kilómetros de cables de fibra óptica, centros de datos y almacenes diseñados más para el trasiego que para el almacenamiento y reconvertidos tecnológicamente.

Esta infraestructura en su mayor parte incrustada es fruto del trabajo de millones de personas que la construyen y mantienen y de las cuales depende. Si la tecnología impone controles, la dependencia de la infraestructura de trabajos continuados proporciona a la mano de obra su propio instrumento de control: la posibilidad de frenar o detener el constante movimiento de valor y, por tanto, el proceso de acumulación.

Ninguna parte de esta infraestructura, como tampoco los bienes de equipo que pasan por ella, funciona sin la mano y la mente de la persona que trabaja. Hasta el sistema más automatizado requiere un mantenimiento y una reparación constantes. Por ejemplo, a comienzos de 2020, los 39 centros de datos supuestamente automatizados al 100% en EEUU e Irlanda emplearon a 10.000 personas para su mantenimiento.

Lo que se llama la nube o ciberespacio es nada más que un extenso complejo material de cables de fibra óptica, centros de datos, transmisores y ordenadores. Como señala el New York Times, la gente piensa que los datos están en la nube, pero no. Están en el océano. De hecho, también se encuentran encima y debajo de tierra firme, al igual que bajo el mar, siguiendo los trazados fijados originalmente a mediados del siglo 19 para los cables de telégrafo. Los cables de fibra óptica actuales transportan el 95% del tráfico de internet. El conjunto del sistema material conectado y sus partes son sumamente vulnerables y abundan las interrupciones y disrupciones.

En un periodo de niveles relativamente bajos de inversión en bienes de equipo se han dedicado innumerables miles de M en la extensión y profundización de esta infraestructura. Fijándose en una medición un poco más amplia, Price Waterhouse Coopers calcula que la inversión privada en infraestructura ha sumado 1,7 MM de dólares de 2010 a 2017, en un sector donde la inversión pública suele tener un peso importante. Y tan pronto como se ha completado el proyecto y se inaugura oficialmente, comienzan los trabajos de reparación. El trabajo muerto implicado en la infraestructura requiere la aportación constante de trabajo vivo durante toda su vida operativa.

Una importante fuerza impulsora de esta expansión de la infraestructura es la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda del presidente chino Xi Jinping, lanzada en 2013. Al amparo de ella se ha financiado, en gran medida a base de préstamos, una red de superautopistas, líneas ferroviarias (tres de China a Europa), puertos y aeropuertos que se extiende al océano Pacífico, al Índico y al corazón de África, así como a Oriente Medio y Europa. Hasta 2015, China había reservado 890.000 M de dólares para invertirlos en 900 proyectos. Estos planes implican la contratación de enormes números de trabajadores en los vastos territorios del centro y sur de Asia, Oriente Medio y África, que realizan estos proyectos y tienen la posibilidad de paralizarlos mediante su acción colectiva.

Todo ha ocurrido en un periodo de turbulencia económica y de crisis recurrentes, una crisis climática que ya no se puede negar y ahora la pandemia de covid-19. Cada uno de estos factores ha contribuido, de una manera u otra, a un incremento drástico del activismo social, del número de huelgas y de la movilización masiva en oposición a la situación imperante. En casi todas partes, estas huelgas, manifestaciones masivas y movilizaciones se han producido a raíz de cambios económicos, disrupciones y estados de angustia a veces ocasionados por guerras. Pero han sido de carácter político por el hecho de que en su mayor parte se han dirigido contra los gobiernos y las políticas neoliberales y la corrupción concomitante, que han causado sufrimiento a la mayor parte de la población de todo el globo. En 2019 estas protestas han abarcado todas las regiones del mundo, con algunas acciones importantes en EEUU, incluidas varias huelgas generales, la enorme revuelta de Black Lives Matter y las manifestaciones masivas y huelgas en Puerto Rico. Muchas de estas movilizaciones las iniciaron estudiantes o activistas de diversos orígenes de clase y algunas de las huelgas de masas se han producido en medio de movilizaciones más amplias en calles y plazas, como en Hong Kong, Chile, Tailandia, Ucrania, Líbano e Iraq. El Instituto Sindical Europeo calcula que entre 2010 y 2018 hubo 64 huelgas generales en la UE y la OIT calcula, con respecto a tan solo 56 países, que hubo 44.000 paros obreros entre 2010 y 2019. El China Labour Bulletin contabilizó unas 6.694 huelgas entre 2015 y 2017 en una gran variedad de sectores, pese a la naturaleza precaria del trabajo, la migración interna masiva a las ciudades y la prohibición de las huelgas por el gobierno. La apariencia interclasista de huelgas y manifestaciones también se debe a la proletarización de sectores educados, como maestras y enfermeras, cuyos puestos de trabajo estaban estandarizados y sometidos a una gestión empresarial más estricta, así como la incorporación de milénials a empleos de clase obrera. En estos casos, las divisorias de clase aparecen borrosas, pero el destino social de la mayoría de esta generación y la siguiente es sin duda la clase trabajadora.

Ahora bien, en ninguno de los casos las huelgas o movilizaciones de masas aspiraron a tomar el poder para la propia clase trabajadora o a aplicar un programa de instauración del socialismo. Participantes se articularon en una multiplicidad de formas de acción y organización más variadas, a menudo mediante el uso de las redes sociales.

Es imposible predecir si esta recomposición ayudará a organizar una revuelta general de la clase trabajadora, pero las revueltas obreras se producen a menudo en el contexto de profundos cambios sociales, como una dislocación económica abrupta y extendida, una profunda pérdida de legitimidad de las elites gobernantes o una inestabilidad política insólita.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s