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de Tinta de calamar 2014, a Vidas fastidiadas 2017 (separata).

Tinta de calamar la foto

He releído, revisado, corregido y actualizado lo que fue Tinta de calamar (TdC 2014). Y me ha salido Vidas fastidiadas, subtítulo entonces. En estos tres años mi biografía es la que ha corrido, ya no el currículo, y he pensado en quien, sufrido lector, está en el ajo de TdC desde 2010 (1ª edición, digital) o 2014 (2ª, en papel) y en quien tropiece ahora por primera vez. Por eso, sobreviven o sobremueren las nueve vidas fastidiadas. La técnica de montaje ‑de escaques titulares que podrían ser otros y escaques suplentes, que quedan en el banquillo‑ me permite espumar ahora lo nuevo sin repetir nada viejo, sin más vida fastidiada que la mía. Soy el rey.

VIDAS FASTIDIADAS


 

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Congé de Conget.

Conget Confesión generalconfesión general (acrónimo: congé) llama la Iglesia a la de todos los pecados a lo largo de toda una vida. En literatura española, confesiones generales, la de Ana Ozores, La Regenta, y la de Ángela Carballino, en San Manuel Bueno, mártir. La Regenta estaba mal, hizo confesión general y acabó fatal. Ángela Carballino, de Unamuno, a modo de confesión nos cuenta el secreto que le contó su hermano del secreto de don Manuel (muy sencillito todo), a quien no sabemos si la Iglesia acabó elevando a los altares (del Don al San). Confesar, se confiesa lo personal que avergüenza y nadie sabe. Contra eso, el Confieso que he vivido, de Neruda, que da la vuelta al pecado, raíz y fuente de la mala conciencia. De esa estirpe, vitalista y no renegrida, es Confesión general de José María Conget, libro recién publicado, con diez relatos como los diez mandamientos.[1]


Queden ustedes con tres cosechas propias que tienen que ver con la confesión y la comunión y que eLTeNDeDeRo dedica a la congé de Conget.


Confesión general. En La Regenta, Clarín presenta primero al halcón, Fermín de Pas, y luego a su presa, Ana Ozores, que afronta como paloma una confesión general. Si será sutil el hilo de su conciencia, que antes de la confesión Anita estaba limpia de pecado y después de la confesión ya ven, adúltera y medio muerta de asco, náusea y vergüenza. En cambio si te confiesas bien te irá fenómeno. Ya puedes ser el abominable hombre de los crímenes, estuprador de querubines, coleccionista de pecados nefandos y contra natura. Todo está en ir apuntando nombres y circunstancias, y en decírselos al cura sin callar ninguno. Que el primer crimen, la primera culpa, como el primer amor, nunca se olvida, pero luego le vas cogiendo el tranquillo (que viene de tranquilo, illo) y puede que vayas al páter y no te acuerdes de qué tenías que confesarte.[2]


ABADÍA DE CÓBRECES (2002)
leyenda infantil del confesor sordo

Un criminal cristiano,
arrepentido
de haber tirado al monte
mujer e hijos,
se confesaba
con el padre Patricio,
que era de Irlanda.
Por toda penitencia,
salió diciendo
un par de avemarías
y un padrenuestro.
(Más que irlandés,
era tapia aquel fraile
como un bedel.)
Pederastas, zoofílicos,
putas y chulos,
chorizos y banqueros
de todo el mundo
mirando al mapa:
–¿Dónde?, ¿Dónde está Có-
breces, Cantabria?
Al poco, en la abadía
creció el negocio,
con buena bolsa vienen
dejando el óbolo.
Y a tantos hombres
encienden las beatas
cirios de noche.
Abajo, en Satanasa,
Poncio Pilato,
que quiere nuevo juicio,
revuelve el patio:
–¿Veis, compañeros?
Las manos tengo limpias
y aquí me veo;
en cambio, si confiesas
tu horrible crimen
con ese fraile que
no puede oírte,
nada que reces,
y te limpias de sangre
sin detergente.
San Pedro, que lo supo,
echó sus cuentas:
–¿A tanto pecador
la puerta abierta?;
esto es un chollo,
mejor mandarle un flato
al fray don sordo.
El abad con el duelo
reunió a su trapa:
–Hermanos: ¡Al confeso-
nario sin guasa!,
que aquí al que peque
le caerá penitencia
con intereses.
Se quedan las beatas
sin criminales
doblando sus braguitas
nuevas de encaje.
Patricio, el pobre,
le pusieron los ángeles
un sonotone.
[3]


Por último, habla la criatura comulgante. Recuerden la que nos daban los curas con cómo había que hacer la sagrada ingesta.


PRIMERA COMUNIÓN

Con habilísima lengua,
recibir tu candoroso
centro, frágil pan de un alba en
mi saliva, hacerte mío en-
tonces, mío. Asegurarme
que ha conseguido no herir-
te mi torpe dentadura,
que mi paladar es leve
cielo al gusto tuyo, como
de algodón mi garganta hasta el
suspense del nunca visto y
más sublime trago. Cuerpo
de Cristo, escuela de amor
única.
[4]


[1] Charo Ramos entrevista al autor en La madurez de Conget.

[2] Tinta de calamar (2014)

[3] Abadía de Cóbreces (Blogspot, 2002)

[4] ¿Quién como yo? (1996)

Manuel Machado y la Virgen del Carmen.

Tinta de calamar, 568. La Virgen del Carmen se celebra el 16 de julio. Cuenta Antonio Rodríguez Almodóvar que Manuel Machado y Ruiz (1874-1947) tuvo su última crisis en lo que va del jueves 16 al sábado 18 de julio de 1936. Manuel se encontraba en Burgos desde el miércoles 15 con su mujer Eulalia para felicitar a una cuñada que se llamaba Carmen, monja de las Esclavas. El alzamiento aisló al matrimonio. Mariano Daranas, corresponsal de ABC de Sevilla en París, publicó una crónica tendenciosa a propósito de una entrevista que otra periodista francesa, Blanche Merris, acababa de hacerle al poeta. En la crónica se habla de Manuel Machado como redactor de La Libertad, funcionario y periodista del Frente Popular. Machado en Burgos se defendió diciendo que él había sido siempre derechista impenitente, prosiguió ensalzando las glorias del Alzamiento Nacional y se lamentó de que la edad no le permitiera ir al frente. Sigue el episodio de su conversión de la mano de su cristianísima mujer (que, viuda, se metería monja) y del jesuita Bonifacio Zamora. En febrero de 1938 ingresó en la Academia. Después ya publicó muy poco, casi todo religioso. En su diario de 1918 abundan conceptos republicanos o moderadamente socialistas que habría querido comerse como arroz con leche o calamares en su tinta. 589

el bebedor y las tapas.

 

Cuzcampo Gambrinus

A los bares, voy buscando el grifo de Cruzcampo. El botellín helado, lo tengo en casa. Voy a beber y bebiendo espero. Porque mi estómago puede esperar y porque no me convence el sistema de pedir la tapa “al centro” y solo si alguien más se anima. Y porque suelo perder en la educada batalla de los tenedores para, al final, quedarme en ayunas. Eso, si no termina el vuelo de la tapa ‑está tan lejos el centro‑ manchándome la camisa o el pantalón.

Con la bebida, los bares ponían un picable de patatas fritas, altramuces, frutos secos o aceitunas. Y era fácil armonizar aperitivo y sed. Ahora, no. Los bares nos dividen. 1) Hay los que siguen sirviendo el picable. 2) Hay bares populares que han hecho de aceitunas o frutos secos una tapa más; los altramuces, no se atreverían a cobrarlos pero se las ingenian para vendértelos en bolsa aparte, como las papas, por motivos de higiene, o eso dicen. 3) Hay bares de barrio que, a la primera consumición, te sirven gratis una tapa (un probaíto) del arroz, guiso, frito o aliño del día. 4) Hay bares que maridan ‑no una vez: tantas como consumiciones‑ bebida y tapa y estos son de dos clases: 4a) Bares populares donde la tapa cumple su función de tapar el alcohol y está entendida como gentileza de la casa y suele ser chica y no elegida por el cliente. 4b) Y hay bares de culto donde el precio del pincho o de la tapa va incluido en la bebida donde no interesa beber sin comer. 5) Hay gastrobares y modernitos con liturgia de restaurantes con reparos. 6) Y hay los bares que han sido y son bares de tapas de toda la vida.

De estos es Casa Bigote, en Sanlúcar de Barrameda. Y, porque va mucha gente a las tapas, el barril de Cruzcampo (ese misterio, cuya figura es el grifo, más llevadero cuanta más gente arrime el vaso) da unas cañas de las mejores de Sanlúcar.[1] Por eso, al caer la tarde, me gusta ir a Bigote. En una de esas, me dio por pensar qué pensarán de nosotros los barcos mercantes ‑ratas, humedad y óxido‑ que pasan. Desde Bigote, gente satisfecha saca sus cámaras. ¡Barco! Al fondo, Doñana. Desde el barco, deben pensar ¡Qué foto tan diferente, la mía y la suya, señor presidente![2]

Caso real del bebedor entre tapas. En verano de 2002, Martín Calamar volvió a Galicia. Viajaron con él cuatro mujeres cabales que iban a lo normal: ver penes por las playas nudistas y comer mejillones, pimientos del Padrón y algún lacón con grelos. ¿Alguno? Uno para todos, si acaso, porque las madrinas ‑así llamadas por lo que nos querían y porque venían de Madrid‑ apenas el camarero nos servía la media ración de mejillones o la media de pimientos fritos, siempre decían ¡Qué barbaridad, con esto ya hemos comido! La consigna era picar algo por ahí, no comer o cenar. Los platos no iban por comensal, sino todos para compartir, siempre al centro de la mesa, uno para todos y todos para uno. El plato individual no servía más que para pinchar o cortar lo que se cogía del común y para echar huesos, cáscaras, raspas y conchas vacías. (Y aun éstas se las tangaban entre madrina y madrina y, en un descuido, se las echaban al plato de la de al lado.) Yo, que no me arranco a comer sin dos o tres cervezas en el cuerpo, pasaba de la cerveza al café porque ‑esa es otra‑ la señal de que, comer, habíamos comido era pedirse enseguida postre, naturalmente, para compartir. Tinta de calamar, 761

[1] Ciudad que no cuida especialmente al bebedor de cerveza.

[2] Canción de Quintín Cabrera, Señor presidente (1975).

El cadáver de la marioneta.

El cadáver de la marioneta (2012), de Lars Iyer, traducción de Susana Lago. La literatura era un recurso finito, como el petróleo, como el agua. Cada nueva manifestación literaria ha sido una prospección que ha ido mermando las reservas hasta acabar con ellas. Antes, cada gran afirmación contenía un manifiesto y cada vida literaria era una invitación a la heterodoxia. Hoy ni la originalidad misma es ya capaz de sorprendernos. Hemos presenciado tantos ejercicios de estilo y forma, que incluso algo original nos resulta reconocible. El prestigio literario solo existe como liturgia. ¿Quién se toma a sí mismo en serio como autor? ¿Quién se atrevería a soñar con archivar sus emails y tuits para que los lea agradecida la posteridad? La idea de autor se ha evaporado, sustituida por un ejército de obreros de la tecla, codo con codo con publicistas y programadores. El crecimiento de internet indica el aumento de una cultura profundamente alfabetizada. Como dice Gabriel Zaid en Demasiados libros (1982), la proliferación de autores apunta a que el número de libros publicados pronto eclipsará al de la población humana. Pronto habrá más libros que personas han existido desde el principio de los tiempos, pero por eso mismo no eres nada si no vendes, si tu nombre no es conocido, si no acuden decenas de admiradores cuando firmas ejemplares.


cuando los escritores se hayan extinguido.

Leo en Babelia a Gonzalo Pontón Gijón que responde a Leonardo Padura que se preguntaba ¿Si se extinguen los escritores, quiénes escribirán sobre el dolor, la belleza, el miedo a la vida y a la muerte? Olvida Padura que los escritores dedicaban a la creación una parte de su actividad, acaso la mejor, pero sin proyectar en ella afanes económicos demasiado importantes. No eran escritores sino militares, eclesiásticos, políticos, editores, periodistas, profesores, médicos, ingenieros, trabajadores en empresas de seguros o en tabacaleras, o simples mantenidos. La práctica de la literatura se percibió como una actividad relevante pero no exclusiva, como parte del ocio y no del negocio. La crisis del libro y la victoria del paradigma digital podrían aportar algunos beneficios. Los escritores en ciernes, a sabiendas de que nunca más se ganarán la vida con su obra, es posible que lo piensen dos veces antes de ponerse a escribir. Y el escritor consagrado, desligado para siempre de los grandes contratos y de los acuerdos editoriales por varias obras, dirá lo que tenga que decir, y ni una palabra de más. ¿Que quién escribirá sobre el dolor, la belleza o el miedo? Pues usted mismo, si cree que tiene algo que decir. Si la edición digital y la competencia de otras formas de entretenimiento acaban arrasando con la hipertrofiada industria del libro, es posible que florezca una escritura más desasida y necesaria, irónica victoria póstuma de la (buena) literatura. Cuando los escritores se hayan extinguido.

escaque.

escaque, árabe hispano, del persa. Cada una de las casillas cuadradas e iguales, blancas y negras alternadamente, y a veces de otros colores, en que se divide el tablero de ajedrez y de damas. De escaque viene escaquear, dicho de una unidad militar que se dispersa o rompe filas de forma irregular. Coloquialmente hablando, escaquearse, escaquearnos, es eludir una tarea u obligación que tenemos en común cargándoles el trabajo a otros. Esta insolidaridad es lo que distingue hacer rabona, novillos o similares, de lo que es escaquearse. Novillos, los que hacíamos los varones desde el instituto San Isidoro por echarnos una novilla en la Pila del Pato entre las niñas del Velázquez, que estaban buenísimas. Escribir es como la vida y puedes escaquearte. Lo que no falla es el jaque mate.