Etiqueta: Cataluña

penúltima crítica al nacionalismo.

bandera andalucía

1.
La crítica a un nacionalismo emergente es eso que, o se ampara bajo el derecho a decidir, o se contagia por nacionalismos previos (inconscientes, minis o macros) que son de la misma estirpe que el nacionalismo que se quería criticar.

2.
Únicamente quien vive inmune a experiencias nacionales (esa supuesta ciudadanía del mundo del “no soy de aquí ni soy de allá”, de Alberto Cortez; ese Métèque, de Moustaki) tendría autoridad para descomponer el concepto nación y, aún así, con reparos, pues la nación es la hacienda pública donde uno paga impuestos y recoge prestaciones y, en principio, todo el grupo crítico con el referundismo catalán (incluyendo Charlie Hebdo, recién incorporado) tiene patria conocida, siendo patria no solo la expresa en el carnet de identidad sino un sistema de creencias que incluyen Unión Europea, Otan, Occidente, democracia, defensa con fuerzas armadas, parecidas expectativas ante el extremismo, el cambio climático o la Aldea Global.

3.
Denostar el referundismo en Cataluña equivale a sostener (de pensamiento, obra u omisión) la España que tenemos: monarquía hereditaria, país alineado, colonia y metrópolis (Morón, Rota, Gibraltar; Ceuta y Melilla) y, por decir algo, insensible a la unión política de España con Portugal. Quienes critican el referundismo en Cataluña ven el nacionalismo en el ojo ajeno (de hecho, independentismo no es: es referundismo) y no lo ven en el ojo propio, de ahí que se las den de progresistas, de izquierdas, de humanismos muy avanzados. Lo menos que podía hacer el grupo anti, es callar y pedir que el referundismo llegue a buen puerto. O, al margen del referéndum, ¿saben ustedes, los demócratas, de mejor método de resolución del conflicto? ¿Persecución judicial? ¿Condenas y cárceles? ¿Invasión armada del territorio disidente?


EL LIBRO como impostura, amnesia y vanidad.

Instagramos_inmaculada_putrefacciOn

Semana marcada por la muerte del librero José Manuel Padilla, último representante del mester de librería. La república del libro anda, con ello, vindicándose (a sí misma) frente a la que se nos viene encima: que toda biblioteca es sueño y, los libros, sueños son. El siglo 20 nos legó bibliómanos espléndidos y ratas de biblioteca que se dejaron las pestañas entre volúmenes, pasando por célebres servidores de biblioteca o librería. Pero nadie ignora que los libros matan como el tabaco (y debería advertirlo Sanidad) y que, sin religiones del libro sustentadoras de las monarquías, no hubiera habido ni Santa Inquisición ni santas Cruzadas ni guerras entre naciones que llegaron a durar cien años. También las Constituciones, como la de España 1978, son libro y, en su nombre, te prohíben o persiguen: miren, si no, a Cataluña.

Hay pocos libros libres (Quevedo) y hasta la verdad os hará libres (San Juan evangelista) se refería a la verdad de la fe escrita, no a la verdad que trae consigo el conocimiento a través de la razón y de la ciencia. Nuestro simple Cervantes ponderó las armas por encima de las letras, lo que faltaba: ejércitos, Constituciones y libros sagrados (nuevos y viejos Testamentos o Coranes). Y así está el mundo.

Solamente la vanidad de inéditos que se empeñan en ser éditos, junto a la confusión interesada entre lo viejo y lo nuevo (lo que fue acorde con su tiempo y lo que ya es arcaísmo), sigue dando vigencia al libro Gutenberg. Ese buen conversador que fue Padilla me hubiera acompañado en esta reflexión.


españoles de dos mundos.

Cataluña vista desde España

1º) disparidad informativa

Antes que nada, póngase en situaciones que en la historia han sido y multiplique sus fuentes de información. Seguro que los periódicos franceses contaron nuestra Guerra de Independencia (1808-14) como otra guerra distinta. No solo la historia la escriben los vencedores, también la prensa.

2º) disparidad de fuerzas

Sea cual sea el grado –condenable– de violencia y actos de sabotaje en Cataluña, el origen de la violencia radica en la disparidad de fuerzas. Todo Estado tiene leyes, jueces y fuerzas armadas que una región insumisa no tiene.

3º) toma de postura

Con la democracia en la mano, Cataluña alza un argumento imbatible: Cataluña solo quiere votar. Es ahí donde usted, el aragonés o la andaluza, se involucra. Como le han dicho que Cataluña es España y, España, todas las regiones, usted argumenta: –Pero que votemos todos -dice usted, que, sin embargo, no exige referendo ninguno. Ahora imagínese que la ciudadanía francesa o inglesa o española hubiesen sido consultadas en su día respecto de la independencia de España, de EEUU o de Cuba. En los tiempos que corren no hay más solución que las urnas.

4º) lógica del respaldo popular

Insistentemente se oye que el independentismo, como mucho, está al cincuenta por ciento y no representa la voluntad de la mayoría del censo catalán. De acuerdo. ¿A qué temer entonces? El independentismo sería el primer convocante de referéndum para perderlo. Otra lógica, que es, al fin, la misma: ¿Quién le ha dicho a España que usted o yo queremos ser españoles de este mundo?


cuatro admiroses feroces.

ADMIROSE UN GERUNDÉS
al ver que, en su democracia,
todos los votos de gracia
beneficiaban al Rey.
–Arte borbónica es,
dijo pensando en el vado
entre Ley d’Hont y Senado.
¡Que un notable en catalán
llegue a viejo y vote mal
y allí lo borde un muchacho!


ADMIROSE UN CAMARADA
federal por la república
viendo en el Rey a la única
forma de Estado aceptada.
–¿Del referéndum no hay nada?,
dijo pensando el Proceso
que del Monarca está preso.
¡Que una parte le dé el bote,
con be, y que el resto lo vote
precisamente por eso!


ADMIROSE UN PEDIGRÍ
viendo aquel Reino de España:
–¿De la República, Azaña,
qué puede quedar aquí?
–¿Qué más daría eso, si,
como nos dan a Leticia,
nos dieran todas noticias
de revista y corazón.
–No hay para tanta. –¡Es razón!
–Y lo demás… –¡Estulticia!


ADMIROSE UNO EN FACEBOOK
al ver que, más que to be
or not to be, Bi and Bi
supiesen hablar me too.
¡Que, en crucigramas, un ñu
viaje en iglú, Blablacar,
y un osado en metricar
busque en Google o Amazón
y le salgan un montón…!
–¡Aquí no hay más que rimar!

‑cerró el turno una Espiné
de las de en lista de espé‑.


 

adjetivos descalificativos.

El recurso no es nuevo. Para hacerme valer, lo más fácil es desacreditar a mi contrario. En política, gran reclamo de la izquierda ha sido el miedo a la derecha, miedo que la derecha abandera aún mucho más. Y es increíble la cantidad de estigmas o anatemas con que partidos intentan ganarse el voto mediante adjetivos descalificativos.

El gran descalificativo de la serie democrática fue terrorista. En terrorismo de Eta (hubo Grapo, Frap y Gal) se mezclaron violencias que no tenían nada que ver: el ajuste de cuentas (Melitón Manzanas, torturador asesinado por Eta en 1968), el magnicidio (Carrero Blanco, 1973), el chantaje al Estado (secuestro de Miguel Ángel Blanco a cambio del acercamiento de presos al País Vasco, 1997), la extorsión a personas por rescate en dinero (Julio Iglesias Puga, Papuchi, secuestrado a final de 1981), hasta la muerte por grupos de riesgo (víctimas del atentado contra la casa cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza, 1987) o la muerte a discreción (atentado contra Hipercor, Barcelona, 1987). Tanto se generalizó, que, cuando los atentados del Metro de Atocha (11 de marzo 2004) y por ocultar la responsabilidad del presidente Aznar en las 193 muertes y casi dos mil heridas, todo el empeño del Estado, y del Gobierno que lo manejaba, consistió en culpar a Eta, es decir, al viejo antiterrorismo tantos años cuidado y acariciado como vivero de votos para la derecha.

Menos mal que la campaña No a la guerra fue suficiente para echar al PP, y el Psoe –sin acusar a Aznar por su intromisión en la Guerra del Golfo– reconoció que en terrorismo había que incluir el yihadismo, que es el que, desactivada Eta, continúa siendo amenaza. Sin embargo, no conviene indisponer a la comunidad musulmana. El terrorismo islámico es excepción dentro de una plácida alianza de culturas y civilizaciones, mientras el terrorismo de Eta se extiende y abarca a pacíficas generaciones vascas limpias de sangre que nunca logran redimirse por una España que cree que bildu o geroa bai son tacos que nos ofenden (como me cago en tus muertos) propios de un tipo al que nos está permitido linchar, quemar o apedrear: ese Puigdemont en el Carnaval de Cádiz o en los Judas de Coripe. A terroristas e independentistas han venido a sumarse descalificativos como golpistas, soberanistas, que quieren romper España, populistas, extrema izquierda (dicho sea de IU Podemos), incluso podemitas: una España más excluyente y más sucia que nunca a base de “líneas rojas” o “cordones sanitarios”.

–Mira que os tengo dicho -avisaba el otro- el boicot a las elecciones y que no votéis a ningún partido de la actual política (sin clase ni clases sociales). Pues nada. Id otra vez a votar en nombre de ¡Que viene la derecha!

Hay que joderse.


 

España ‑ Estados Unidos.

Solo una España que ejerza su derecho a decidir podrá dejar que Cataluña, que Andalucía, que usted o yo, decidamos. ¡Otan no, bases fuera!

Detengan a Trump. Rompan con Estados Unidos, guardián y gendarme. No teman qué será de España. La España que merece no es la España que se vende por las bases de Rota o de Morón; a la Otan, por Gibraltar.

Hagan patria, señorías, y prueben a que los Estados Unidos incluyan a España en el Eje del Mal junto a Cuba, Venezuela, Irán o Corea. Y no personalicen en un loco llamado Trump. Fue así con Kennedy y con Obama, presidentes demócratas. Desde que se independizó de Inglaterra, Estados Unidos es siempre lo mismo: Imperio y, el resto: gobiernos títeres o Astérix y Obélix en su aldea gala, más global sin portaviones de la Sexta Flota.

Manden parar a Trump y detener el armamentismo usa con la colaboración del glorioso Ejército español, con Navantia y con Airbus.

Manden parar las costosísimas misiones de paz en las que España está involucrada sin que nos vaya nada en ello.

Hagan que se regule el tráfico de drogas y personas no al dictado de la voz de su amo desde Washigton y el Pentágono.

Hagan que España se declare neutral en el concierto de unas auténticas Naciones Unidas con renuncia a la guerra como forma de resolver conflictos. Por la paz y el desarme, ¡Otan no, bases fuera!

Y, si llueve, que llueva.


lo que le faltaba a Podemos.

Aplicando la teoría o método de los quince años que van de generación en generación, para 2020 sería el turno de la Generación de la Crisis. De 1975 (muerte de Franco) hasta 2020 (45 años) caben tres generaciones. Cada una ha tenido su acontecimiento generacional, un sueño y una oportunidad.

El sueño de la Generación por el cambio (1975-89, Caída del Muro de Berlín) (“por el cambio” fue el lema del Psoe de Felipe González en 1982, también Generación Pce), generación ya cumplida en sus 60 años, fue una España federal y republicana sobre una democracia avanzada. Después vino la Generación Berlín (1989-2005), que va a cumplir 50 y cuyo sueño fue un mundo plano y sin bloques, de oenegés sin fronteras en el marco de un Estado del Bienestar creíble a condición de que se lo dieran a estudiantes que no querían saber del suburbio más que como causa humanitaria. El sueño de aquel mundo plano duró bien poco: hasta el 11 de septiembre de 2001 (Torres Gemelas), imagen de un mundo que se venía abajo, en picado tras la crisis del 2007. Ante semejante sacudida de conciencia, cuajó el tercer y último sueño de tres culturas o civilizaciones donde íbamos a caber todos, residentes, migrantes y refugiados. Fue la Generación Podemos (2005-20) que hoy calza 35 años y lleva 17 con derecho a voto.

El movimiento Podemos nació bajo el Yes, we can, Sí se puede, de Barack Obama (2008). La generación del Sí se puede había ido calentando motores agitando el mileurismo (2005), saludó el ¡Indignaos! de Hessel y Sampedro (2010) y la ¡Democracia real, ya! que querían recuperar los valores de Occidente (algo parecido al Pablo Iglesias que hemos visto con la Constitución como libro de campaña electoral). En apenas tres años, Podemos pasó de acampar en la Puerta del Sol el 15 de mayo de 2011 (el 15-M) a constituirse en partido en enero de 2014. El sueño de Podemos no fue sueño sino espejismo de mileuristas que despreciaban a seiscientistas y quinientistas al amparo de los valores de la vieja Europa y con lo fácil que es pedir y pedir al Estado del Bienestar sin cuestionar ni quién paga la factura ni el capitalismo ni la Otan.

Ayer Ada Colau, en nombre del 71 por ciento de sus votantes, escenificó el último grano que le ha salido en el culo a Podemos, la última china en el zapato, que era el derecho a decidir, no de Cataluña, de toda España. Hijo pródigo que ha vuelto a la casa del padre: Podemos, partido constitucionalista y por la unidad de España.

Se ve que la “solución federal” y lo que “de verdad importa a la gente” no eran más que tapadera para poner el cojín a escaños y alcaldías. Y no nos vengan con Kichi y con que siempre nos quedará Cádiz. Un señor que gana votos a base de la Virgen del Carmen o del Rosario y de Navantia, fábrica de guerra, no tiene nada, no ya de izquierdas, de dignidad ni de nobleza, le cante lo que le cante Joaquín Sabina en su soneto. Idéntica canción podrán hacerle a la alcaldesa de Barcelona. ¡Adiós, Podemos! Vendrá otra generación y te hará más buena.