luces y sombras de altos oficios.

A la muerte de un reconocido juez, decía eLTeNDeDeRo que si fuéramos razonando de modo distinto al modo en que razonamos (con esa razón que da en salvar al amo y en condenar a quien ensilla el caballo) no habría habido golpe judicial contra el estado de alarma. Porque el poder ejecutivo, representativo del voto en las urnas, prevalecería en todo caso (estaría aforado, tendría reconocida impunidad). Y el titular no sería la renovación del poder judicial, sino el concepto mismo de poder judicial.

El estado de emergencia, decía eLTeNDeDeRo, pertenece a la esfera de la administración, y no de la política. Pasa que el gobierno más progresista quiso empoderarse poniéndose al frente de aquella jugada. Y otra oposición, la más reaccionaria de la historia, se le ha enfrentado en tribunales y ha vencido.

Una liturgia o mito pone a la justicia como el mayor bien que tienen o tuvieran los hombres, cuando ya me dirán si no es o sería mejor que la justicia no hiciera falta porque no hubiera desigualdad, base de toda injusticia.

La justicia es toda ella como era el pollo de pitigrilli:

—Si yo me como un pollo y usted ninguno, comemos medio pollo cada uno.

Eso, por no citar al viejo Marx (Todo derecho es el derecho de la desigualdad):

—Jueces y juezas parten de un predicamento social de clases altas que les coloca, de entrada, en el lado conservador (o derechoso) de la vida. Su labor (que se basa en leyes escritas y, por tanto, en el pasado) viene marcada por un pecado original del que la justicia no puede escapar, pues tratar a todos por igual cuando al presente nadie es igual, no hace más que apuntalar y aumentar la injusticia.

Naturalmente, nada exime a otros oficios (empezando por el mío, docente) de trabajar al servicio de la injusticia o la desigualdad, en mi caso, como maestro he vivido de la ignorancia y de la incultura general.

Dirán ustedes, y con razón, que peor sería si no hubiera sistema de educación. Pero algo hay interno que el profesor que lo lleva, como el juez, lo entiende. Y sería una humildad que no se suele despachar en los altos oficios.

Qué menos que reconocer nuestro triple privilegio: el privilegio de cuna o nacimiento, el privilegio de estudios o formación, y el privilegio de ejercicio o profesión, ego cultivado, nómina y honores.

/ a Plácido Fernández-Viagas Bartolomé /

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