EL CUENTO DE LOS ALTRAMUCES

EL CUENTO DE LOS ALTRAMUCES

«Cuentan de un hombre que un día, / tan pobre y mísero estaba, / que solo se alimentaba / de altramuces que comía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?» Con todos los respetos a las familias que sufren la fuga de cerebros en sus hijos o en sus hijas que han tenido que buscarse la vida por ahí fuera, con LOMCE, con LODE o con LOGSE, alguien tendrá que decir las verdades del barquero (y del banquero) y reconocer que era y es de injusticia retributiva

(1º) que el Estado forme o invierta en la formación de profesionales que luego no dan nada al Estado. Estudio en la pública; trabajo para mí o para la empresa privada. ¿De esa fuga de cerebros y de capitales no se habla?

(2º) y es injusto que familias de clases bajas o medias bajas, que también pagan sus impuestos y cuyos hijos no van o van en número ridículo a la universidad, costeen o ayuden a costear indirectamente las carreras de las clases altas.

Teniendo en cuenta que

(3º) la llamada igualdad de oportunidades habría que concebirla (no como un derecho indefinido a una carrera superior que luego ya veré si la termino, si la ejerzo y cómo y dónde, sino) como un deber que buenos estudiantes asumen y se comprometen a aprovechar para el Estado

(4º) y que, del cerebrito que brote en medio de la pobreza, ya se encargará la empresa o el Estado, como empresa, de ficharlo y darle carrera y oportunidades (por la cuenta que les trae y por que no lo fiche antes la competencia),

es la hora de

(5º) el Estado salir de las universidades o privatizar facultades y planes de I+D que vayan a fugarse a empresas o intereses particulares.

(6º) y estudiantes y sus familias, si reciben ayudas públicas, devolvérselas al Estado al finalizar la carrera con contratos de permanencia o fidelidad por un mínimo de años, que asegure que el patrimonio material e inmaterial del Estado (personal, presupuestos, instalaciones) no va a fugarse, como hasta ahora, a familias con recursos o a empresas que, de recursos, andan sobradas.

Es peligroso halagarle los oídos a una generación, que tenemos en casa estudiando o fuera trabajando, que, se ponga como se ponga, está mejor dotada que otra ninguna para buscarse la vida. ¿En Bruselas (donde está un hijo mío) o en Londres (donde ha estado el otro)? Peor le va al compañero que, atraído por el dinero a corto, dejó los estudios, entró de comercial en una empresa que movía millones y hoy está en paro, sin un mal título y sin más fuga que la de fugarse, si es posible, de la sobreexplotación, la delincuencia o la miseria extrema. Bueno será, madres y padres, antes de quejarnos, recordar el cuento de los altramuces, del Conde Lucanor, en versión libre de La vida es sueño: » y cuando el rostro volvió / halló la respuesta, viendo / que otro pobre iba cogiendo / las cáscaras que arrojó.» Pues eso.

Daniel Lebrato, Ni cultos ni demócratas en el Estado del Posbienestar, 30 del 6 de 2015

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