Etiqueta: bares

nostalgia del autoservicio.

observatorio del defensor de los bares (2)

daniel-lebrato-carrera-oficial-bar-rafita-20170219-13-03

En Sevilla y pueblos grandes de Andalucía, el autoservicio en los bares vino unido a las grandes cervecerías de la ciudad, terrazas y cines de verano donde reinaban la Cruzcampo de grifo y los puestos de pescaíto frito y de patatas, el cocedero de marisco, la venta a granel de aceitunas y encurtidos, frutos secos, picos y regañás. En una barra o mostrador inmenso había que ir retirando la jarra y vasos de cerveza, refrescos y tintos de verano; en otra parte, el tomate, las papas aliñás, la ensaladilla, el montaíto y, más allá, las gambas o el papelón de pescao o el cartucho de patatas; había altramuces, pipas y chucherías, helados, pasteles y golosinas y, como el Humphrey Bogart de la película, se podía fumar y tabaco (junto o por cigarrillos sueltos) se vendía. A ese puesto de mando y suministro se llamaba ambigú o selecta nevería y era normal que mujeres y hombres, chicos y mayores, se distribuyeran o hicieran su tarea de acopio o de reserva, su turno en la cola. Eran grandes patios o grandes solares de albero con muy poca sombra durante el día que se regaban al caer la tarde y se organizaban en sillas y veladores y donde las familias o las parejas se disponían a disfrutar la velada a la fresquita. El autoservicio en los cines de verano estaba más que justificado, apagadas las luces, cuando era más fácil volver al ambigú (escasamente iluminado, allá al fondo) y reponer la jarra o lo que hiciera falta. Otro factor de autoservicio que tenía que ver con la vida al aire libre en calles y plazas (sobre todo, las plazas) de la ciudad, fue el entendimiento entre bares, bodegas, tascas o tabernas, con freidurías, asadores, cocederos o tiendas de ultramarinos de noche abiertas, que compartían la plaza como espacio común. Estamos hablando de un menú que podía incluir el pollo asao, conservas selectas o chacinas o embutidos al corte, más lo que cayera de postre. El orden de intendencia era: coger mesa, comprar comida, pedir o traer bebida y sentarse hasta acabar la película o hasta las tantas, y a casa. Este entendimiento tienda bar (casa bar, porque todo pasaba por la academia de las madres) podía verse, mañana y tarde, desayuno y merienda, entre la churrería de calentitos y el bar que ponía el café. Todavía hoy podríamos discutir ese bar que nos prohíbe consumir alimentos traídos de fuera que el local no nos puede ofrecer: torpeza empresarial porque esos cafeses o bebidas, eso que el bar deja de vender. Lo que está claro: la gente de bar de Sevilla (esa que dicen la parroquia) ha practicado, sabe practicar y sabría seguir practicando el autoservicio, teniendo además el aprendizaje que trajo el invento europeo y yanqui del self service, desde el supermercado, frente al mercado y la tienda, y hasta el bufet libre en el hotel.

Lo que lamenta el defensor de los bares es el autoservicio con pérdida de calidad y como ahorro que le hace el juego a la patronal. A lo apuntado en el informe, añadamos tres observaciones más. 1º) El bebedor de Cruzcampo ha cambiado y rara vez se pide jarra de litro, que se calienta, sino caña a caña glacial hasta juntar el litro y, por eso, el bebedor de cerveza soporta peor que el bebedor de manzanilla o de cubata el régimen de autoservicio. 2º) La proliferación de bares escasamente profesionales y concebidos como solución a familias que quedaron en paro. ¿Qué podemos hacer con los ahorros o la indemnización?, ha preguntado el padre. Montar un bar: tú sirviendo y yo en cocina, ha respondido la mujer con aplauso del hijo o hija de Bolonia, Erasmus o Máster Qué, que echarán una mano como economía sumergida. Esta incorporación de recursos humanos de clase media, mujeres, gente joven y estudiante o de conservatorio ha ayudado además a 3º) La pérdida definitiva del servilismo de los camareros antiguos y la dignificación del trabajo de barra contra el señorito que, desde el tuteo inicial a quien le hablaba de usted, trataba al camarero como si fuese su criado.

Dicho lo cual, y mientras no cambie la división social del trabajo, y por muy jodido que resulte trabajar a la misma hora que los demás comen y beben, no quita que el camarero está ahí, y por eso cobra, por despachar y ser amable y servicial. Si no, que luche o vote partidos y opciones sindicales o políticas, empresariales podrían ser, para acabar con un reparto del mundo que le parece injusto y, a nosotros, también. Lo que no puede el gremio camarero es vengarse de la empresa o de su propia precariedad dándole al cliente una bayeta para que se limpie su propia mesa y, encima, ser de derechas.


Enlace a observatorio del defensor de los bares


 

Anuncios

observatorio del defensor de los bares.

daniel-lebrato-carrera-oficial-bar-rafita-20170219-13-03

(desde Sevilla a Sanlúcar de Barrameda)

Siendo camarero y cliente términos inclusivos de camareras y de mujeres clientes, la conexión camarero cliente se ha polarizado. Por un lado, la informatización de los bares, donde mandan las maquinitas o ipads [aipads] conectadas a un ordenador central, tiende al máximo control y, por otro, la expansión del autoservicio perpetúa la improvisación. Cuatro son los enemigos del viejo bar: la empresa, la clientela, la crisis y la pamplina.

la empresa
Por grados de atención al cliente, estos son los tipos de bares:

□Bares informatizados de servicio asistido por camareros profesionales donde la libertad de circulación se ha perdido. El cliente es un número y su acceso a la barra, como lugar de encuentro y apalanque, está imposible. La barra queda como mostrador o vitrina de productos reclamo para consumo en mesas (bajas o altas, de taburetes) o veladores. El franco tirador de cerveza no tiene nada que hacer aquí.

□Bares todo servicio con autoservicio voluntario o de primera postura. El cliente, ávido de una cerveza inmediata, puede servirse en barra el vaso deseado, más una tapa fría o picoteo de aceitunas o similares. A partir de ahí, todo se le servirá sentado. La camarería ronda mesas y para eso está. Estos son los mejores bares, los más cómodos para el bebedor de cerveza y su compañía.

□Bares de autoservicio grado 1. Los camareros recogen y limpian las mesas pero no admiten comandas, solo las sirven. A cada pedido, el cliente se tiene que dirigir a la barra. En algunos bares, si el camarero emisor no localiza la mesa receptora de la comanda, puede que pregone a voces el nombre del cliente o la mercancía de su tapa. No son bares para ir dos sedientos y en conversación porque uno de los dos se estará ausentando continuamente.

□Bares de autoservicio grado 2. El cliente se encuentra la mesa sucia de un cliente anterior y al ir a la barra pide que preparen su mesa. Si el bar no lo hace agradecido y con presteza, pasaría al grado 3. La buena educación de la clientela (mal entendida) está dando lugar al cliente caracol que reintegra en barra el menaje que él mismo ha utilizado, doble autoservicio; triple, si retiró del cliente anterior. Son bares rompe parejas que, a la larga, no vuelven.

□Bares de autoservicio grado 3. El bar, saturado de gente, facilita al cliente un paño húmedo para que adecente él mismo su mesa. La triple A de autoservicio. El cliente limpia, fija y da esplendor porque, encima, dirá, si le preguntan, lo bien que se come allí, te voy a llevar a un sitio que no veas. El cliente que se arrancó por Ikea, montándosela él mismo, y por Media Markt, yo no soy tonto, termina máster en estrellas Michelín.

La degradación del autoservicio plantea perfiles que no son de desdeñar. Para empezar, el cliente se ve obligado a practicar el intrusismo y acaba siendo, en términos de contratación de mano de obra, un esquirol. Para seguir, habría una cuestión legal de responsabilidad civil si el cliente metido a camarero comete alguna torpeza (la máxima: un accidente ¿laboral?), pasando por un plato volante con salsa que mancha a otra persona, eventualidades que se contemplan en el convenio de un sector servicios donde los haya. Y ¿por qué tengo yo que saber los consumos de Juan Ruiz o Dani Peláez y ellos saber lo que yo consumo? En el futuro, vamos hacia un bar radial de barra panóptica (como cárceles o el castillo de Kafka) y, alrededor, las mesas en círculos concéntricos por orden de llegada o de reserva. Opcional: la megafonía.

la clientela

Desde la incorporación de la mujer a los bares, ya no hay madres ni abuelas que tengan a mesa y mantel la restauración en las casas, cuya varonía iba al bar a socializar y a beber y, si acaso, la tapita de las 13:30 por hacer estómago. El extravío de la palabra almuerzo en español no es casual, pues, entre el desayuno y la comida, se cuela esta parada que tampoco era el almuerzo. La mujer en los bares ha despejado un panorama de bebedores solos pero ha traído dos desconfiguraciones: una función guardería de infancia en los bares (pueden ser perros) y una función restaurante. El bar ya no es espacio de paz o zona de confort, como se dice ahora.

la crisis y la pamplina

Ya no se apunta uno tantas rondas masculinas de, chaval, llena aquí y ponlo a mi cuenta. Y comer fuera cuesta un escándalo con tantos días señalaítos: viernes de colegas, sábados de matrimonios, días de cine y búrguer en el multicentro, segundas viviendas de fin de semana donde en la nevera no hay nada. Esos grupos se tiran a la calle a comer sin comer, porque lo suyo es picar cualquier cosa al centro y para compartir. La Andalucía de las tapas no es precisamente el País Vasco; en verano, por vacaciones y, en invierno, por salir del diario escolar.

El bebedor de cerveza sospecha que el bar saturado y gritón, histérico y sin encanto, es un pacto no escrito entre oferta y demanda, y por eso funciona: yo le sigo dando a usted y a su gente de comer por el mismo o parecido precio y usted sigue campeón del convidar. A cambio, si usted tiene que limpiarse su propia mesa, ni a usted se le nota la crisis de cartera ni a nosotros la crisis de empresa y la miopía del cuantos menos, más: más sueldo o más propinas; más productividad o más beneficio. La patronal está machacando a los tíos de la tiza, hoy también muchachas con ipad.

observatorio en Sanlúcar

Entre el Chiringuito de Las Piletas y el bar restaurante de la Real Sociedad de Caballos, la Sociedad, bajo el pretexto, mujer, de su cocina tradicional, se retrata en el Chiringuito, donde sube el IPG, índice de jinetes (hay quien dice de pijos) por minuto y metro cuadrado. Y están al cerrar o al traspasar dos restaurantes de camarería fina, uno en el Cabildo y otro en Bajo de Guía (otros cerraron antes), sitios abiertos con ojos capitalinos o con vistas a TripAdvisor.

La Sanlúcar del quiero y no puedo y la Sanlúcar de piñón fijo de papas aliñás y tortillitas de camarones no dejan mucho espacio ni para restaurantes ni para gastrobares (quiero y no puedo desde su origen) ni para sobremesas de café, copa y puro. De cenas de amor para dos, ya es que ni hablamos.

Daniel Lebrato, septiembre 2018

putas, poetas, bares, cigarras y hormigas.

20180828_142057

Las fábulas, antes de serlo, fueron piezas de un bestiario elemental. El hombre observó que el burro era animal obstinado, y se llamó a sí mismo burro; que el águila o el lince veían muy bien de lejos, y se aplicó vista de águila o de lince a su propia vista, y así. De todas estas fabulaciones, la más social fue sin duda la de la cigarra y la hormiga; dualidad que puede leerse en un sentido moral, entre perezosos y diligentes, o en un sentido marxista antes de Marx: explotadores y explotados. En todo caso, todos queremos la vida ociosa que se pegan las cigarras y aborrecemos la condena de las hormigas. Poniendo algún ejemplo concreto, cigarras son, Dios nos perdone, las putas y los poetas (por decirlo en Manuel Machado), pues quieren vivir de lo que sucede en el ocio o tendría que suceder, que son el sexo y la inspiración (hechos económicamente improductivos puesto que no general bien material alguno). Sin embargo, estas cigarras, sabiendo que viven en un mundo que pide credenciales económicas y pondera de boquilla la laboriosidad asociada al dinero, pretenden pasar por hormigas, es decir, tener un sueldo, un sindicato, derechos adquiridos para que su oficio no decaiga ni parezca por la cara que viven por la cara ante los demás, ante las condenadas hormigas. Por eso, artistas se agrupan en torno al copyright o a la sociedad de autores y, por eso, hay quien lleva años queriendo sindicar la prostitución. Este proceso, que podemos llamar hormigación, es también el que se da en los bares a un lado y otro de la barra, que más que barra es frontera o línea de división social. Pueden ver un caso de cigarras y hormigas en los bares pinchando aquí. Que sean felices, o sea, cigarras.


rap del tío de la tiza.

20180811_235238

En Cádiz, el tío de la tiza fue Antonio Rodríguez Martínez (1861-1912), quien se hizo célebre por apuntar así lo que le iba debiendo cada mesa que servía. Y tíos de la tiza han sido todos los camareros que nos han servido en bares y tabernas, ventas, abacerías, colmaos y chiringuitos de los de antes; barras o veladores donde las cañas (primero, de manzanilla y, luego, de manzanilla y de cerveza) y donde las escudillas o rabaneras con rábanos, altramuces o aceitunas, serrín cuando llovía o para no resbalar el suelo y un único urinario, de olor intenso, para caballeros. La tiza tras la oreja, normalmente la derecha, cuadrada y, más tarde, redondita, era la prueba, junto al mandil blanco o negro, de que estábamos en un bar de hombres y no de las delicadeces que vendrían con la incorporación de las mujeres. De aquellas tizas, pasando por rotuladores, se ha llegado a las maquinitas estas donde nos apuntan ahora y donde damos problema quienes vamos por libre, quienes pedimos en barra (por vigilar la pulcritud de la caña) o quienes no acabamos nunca de sentarnos, porque sin sitio nadie somos. Se llama PDA [pedeá: de Asistente Digital Personal] a una computadora organizadora o agenda electrónica de bolsillo. Y PDA TPV [pedeá tepeúve: Terminal Punto de Venta] al aparatito que lleva la camarería para recoger y servir y cobrar comandas en bares y restaurantes, mesas y veladores, aplicación (o app) que permite controlarlo todo desde un ordenador central. Otro día hablamos de libreticas o albaranes hasta llegar a esos cuadernos que en el rap se ven.

–vídeo 1:51 Rap del Chiringuito o del Tío de la tiza

–enlace a EL BEBEDOR DE CERVEZA


 

Chiringuito de Las Piletas (☞) literatura de bar.

20180715_212206

Mi vecindad con el Chiringuito de Las Piletas (o de Los Caballos, o de Joselete, o de La Morera), y lo bien que el personal del chiringuito me sirve mis cañas y me aguanta mis neuras y mis lecturas en alto, me ha llevado a juntar todo el material gráfico y audiovisual y, del literario, solamente una parte, a mayor gloria de La Morera, de los cuatro nombres del sitio, el que más me gusta y me conviene: moreras son dos y a la sombra de las dos me cobijo y me cobijan. De paso, repaso la literatura de bar donde camaradería (palabra que viene de cámara, por lo privado o cerrado) se escribe «camarería». Va por ella.

No es lo mismo el bar o bodega, a donde se va en horas de aperitivo (rara vez, a comer o a cenar), que la cafetería, donde se va a desayunar o a merendar; un tercer tipo serían los casinos, los bares de copas y de horario nocturno, y un caso aparte, por su estacionalidad multiuso, el chiringuito. Otra clasificación nos distingue entre el escritor solitario y el que busca conversación o tertulia (célebres, las del Café del Pombo o el Café Gijón, en Madrid, o escenas de Valle-Inclán en la Taberna de Picalagartos, en Luces de bohemia; de Cela, en La colmena, o de Martín-Santos en Tiempo de silencio). Como no pretendo una tesis doctoral de un mundo tan universal que sucede en todas las literaturas y en todo tipo de artistas (donde hay vida bohemia, está el poeta, el pintor o el músico con un vaso en la mano; en Andalucía habría que incluir el mundo de ventas o peñas flamencas), ni es plan hacer un refrito de lo que ya estará dicho (yo ese tiempo ya lo gané y perdí en La fiesta según Sevilla, donde el apartado bares ocupa un lugar de primera, y en El bebedor de cerveza para la Fundación Cruzcampo y la Universidad Pablo de Olavide), ofrezco a ustedes tres estampas elocuentes de mi persona, o sea, que hablan bien o mal de mí en los bares. En la primera estampa, un hombre ya mayor acaba huyendo de su casa el día de su cumpleaños y buscando refugio en el bar de costumbre:


CUMPLEAÑOS

Las cuentas son que en el armario tienes
más camisas que cuerpo en que ponértelas,
mil rayas que te huelen a pijama.
Si la obra es mala, fíjense el teatro.
La calva, radical y venerable.
Las gafas, de curioso impertinente.
Bastón de caña, lazo y panamá.
Qué tal, señor. Ya ves. Galán de barra,
y otra cerveza mientras, no nos saquen
el hígado a concurso de acreedores.
Mis libros, ese hueco, son la herencia.
Me dicen papi y más, que cumplas muchos.
Velas, las que me echen. Sopla. Soplo.
Vendrán más días y traerán pañales.
*

En la segunda estampa y en el mismo bar, el hombre ve llegar a una muchacha con la que intenta ligar aprovechándose de que los veladores están todos ocupados, y él, galán y galante, le ofrece compartir el suyo. El sonetillo está basado en la sensación que experimenta uno en bares en horas solicitadas por tapas y comidas en familias o grupos que hacen más consumos y dejan más dinero en caja que un bebedor solitario.


SUCEDIÓ EN CASABLANCA

Volví a ver a Ingrid Bergman.
Fue una noche de abril.
No había sitio en el bar.
Yo le dije: –Aquí, sí.
Caí tarde en la cuenta
de que no estaba sola.
(Te repites, chaval.)
Dijo: –¡Ponte a la cola!
La amistad que nos queda
me consuela, Claude Rains.
Pilló el vuelo con Laszlo.
Yo, pensando en París
y ella, en Play it again!
–Venga, llena otro vaso.
*

La tercera estampa se explica por sí sola: LITERATURA DE SERVILLETA.

☞ Se llama literatura de servilleta (también poemas de servilleta o literatura de bar) a la que se cría en bares o cafeterías en sociedades alcohólicas. El escritor (rara vez escritora) tiende al hábito y a la superstición y busca en la barra o en el velador su sitio de costumbre. Tanto, que algunos bares llegan a ponerle placa o azulejo reservado a su nombre: El rincón de Tal. Todo será que el inspirado saque de su bolsillo con qué escribir o, del servilletero, uno o dos servicios que le sirvan de cuartillas. Déjenlo solo. Entre el marchando la media de calamares y el chac chac de las cazoletas de la máquina de café; entre el bufido del vaporizador de la leche; entre su tabaco, gracias, y el pinball y las monedas de la maquinita tragaperras; entre el cupón para hoy y la lotería para mañana y con repetición por la tele de las mejores jugadas, Dios está trabajando.

□ ENLACES

para ver:


TRILOGÍA DE LA VIDA

☞ PISPÍS en Las Piletas (vídeo 0:49)

☞ L’ART DE PÉTER (PISPÍS 2) (vídeo 1:18)

☞ EL OJO DEL CULO (PISPÍS 3) (vídeo 2:03)


☞ Daniel Lebrato bajo la morera en La corte del rey bobo (vídeo 1:23)

El chiringuito en fotos de Daniel Lebrato

□ enlaces relacionados:

para ver:

☞ El Profesor Lebrato en bar Casa Perico (vídeo 2:38)

para leer, de menos a más:

Coplas al bar Casa Perico

Coplas a la Taberna Juan y a la Fuente del Cabildo

Daniel Lebrato en Bar Rodríguez, Sevilla, inspiración de Literatura de servilleta

–Daniel Lebrato y autores varios: El bebedor de cerveza

–Daniel Lebrato: La fiesta según Sevilla

Daniel Lebrato, lectura de verano


 

el bebedor y las tapas.

 

Cuzcampo Gambrinus

A los bares, voy buscando el grifo de Cruzcampo. El botellín helado, lo tengo en casa. Voy a beber y bebiendo espero. Porque mi estómago puede esperar y porque no me convence el sistema de pedir la tapa “al centro” y solo si alguien más se anima. Y porque suelo perder en la educada batalla de los tenedores para, al final, quedarme en ayunas. Eso, si no termina el vuelo de la tapa ‑está tan lejos el centro‑ manchándome la camisa o el pantalón.

Con la bebida, los bares ponían un picable de patatas fritas, altramuces, frutos secos o aceitunas. Y era fácil armonizar aperitivo y sed. Ahora, no. Los bares nos dividen. 1) Hay los que siguen sirviendo el picable. 2) Hay bares populares que han hecho de aceitunas o frutos secos una tapa más; los altramuces, no se atreverían a cobrarlos pero se las ingenian para vendértelos en bolsa aparte, como las papas, por motivos de higiene, o eso dicen. 3) Hay bares de barrio que, a la primera consumición, te sirven gratis una tapa (un probaíto) del arroz, guiso, frito o aliño del día. 4) Hay bares que maridan ‑no una vez: tantas como consumiciones‑ bebida y tapa y estos son de dos clases: 4a) Bares populares donde la tapa cumple su función de tapar el alcohol y está entendida como gentileza de la casa y suele ser chica y no elegida por el cliente. 4b) Y hay bares de culto donde el precio del pincho o de la tapa va incluido en la bebida donde no interesa beber sin comer. 5) Hay gastrobares y modernitos con liturgia de restaurantes con reparos. 6) Y hay los bares que han sido y son bares de tapas de toda la vida.

De estos es Casa Bigote, en Sanlúcar de Barrameda. Y, porque va mucha gente a las tapas, el barril de Cruzcampo (ese misterio, cuya figura es el grifo, más llevadero cuanta más gente arrime el vaso) da unas cañas de las mejores de Sanlúcar.[1] Por eso, al caer la tarde, me gusta ir a Bigote. En una de esas, me dio por pensar qué pensarán de nosotros los barcos mercantes ‑ratas, humedad y óxido‑ que pasan. Desde Bigote, gente satisfecha saca sus cámaras. ¡Barco! Al fondo, Doñana. Desde el barco, deben pensar ¡Qué foto tan diferente, la mía y la suya, señor presidente![2]

Caso real del bebedor entre tapas. En verano de 2002, Martín Calamar volvió a Galicia. Viajaron con él cuatro mujeres cabales que iban a lo normal: ver penes por las playas nudistas y comer mejillones, pimientos del Padrón y algún lacón con grelos. ¿Alguno? Uno para todos, si acaso, porque las madrinas ‑así llamadas por lo que nos querían y porque venían de Madrid‑ apenas el camarero nos servía la media ración de mejillones o la media de pimientos fritos, siempre decían ¡Qué barbaridad, con esto ya hemos comido! La consigna era picar algo por ahí, no comer o cenar. Los platos no iban por comensal, sino todos para compartir, siempre al centro de la mesa, uno para todos y todos para uno. El plato individual no servía más que para pinchar o cortar lo que se cogía del común y para echar huesos, cáscaras, raspas y conchas vacías. (Y aun éstas se las tangaban entre madrina y madrina y, en un descuido, se las echaban al plato de la de al lado.) Yo, que no me arranco a comer sin dos o tres cervezas en el cuerpo, pasaba de la cerveza al café porque ‑esa es otra‑ la señal de que, comer, habíamos comido era pedirse enseguida postre, naturalmente, para compartir. Tinta de calamar, 761

[1] Ciudad que no cuida especialmente al bebedor de cerveza.

[2] Canción de Quintín Cabrera, Señor presidente (1975).

El bar como impostura y apropiación. Notas de poética y retórica.

Primero fueron arte poética y arte retórica, creación y discurso, pensamiento y elocución, dicho en tres y en latín: inventio, dispositio y elocutio: hallazgo, género (composición o estructura) y estilo. Vino después el cuadro de la comunicación y fueron emisor y receptor, creación y público. La filología dio paso a la estilística con el comentario de textos y siguieron las viejas figuras retóricas pasadas ahora por las pautas de la pragmática: adecuación, coherencia y cohesión, donde manda la adecuación: la intención del emisor y la función (o utilidad) de un acto de comunicación en una situación determinada.

El proceso de creación o la creación como proceso genera dos estampas: en una, ya tópica, la persona, hombre o mujer a quien llamaremos creador, está buscando la inspiración mirando a las musas delante de una página en blanco (puede ser un lienzo, un teclado de ordenador o piano, puede ser una cámara): el creador está con la pre ocupación de cuál será su ocupación, nueva obra que vencerá el horror vacui que experimenta. Si es profesional que vive de eso, se suma además el horror pagui por miedo a perder la dichosa paguita. En la segunda estampa, el creador es alguien que va por la calle o de viaje o asiste a una conferencia y, de pronto, tiene una idea, se le enciende una luz, ha pensado algo original y nadie sabe si la idea se plasmará en verso o en prosa, en óleo o acuarela, foto, performance o exposición. Lleve la dirección que lleve el acto de creación (de la inspiración al medio y al mensaje o del medio al mensaje, inspirado o no), hablamos de un qué y un cómo que son tres: tema, punto de vista y lenguaje. Un tema antiguo y manido (la muerte, el amor) se puede tratar con un lenguaje nunca usado o desde un punto de vista insólito. Y un tema nuevo se puede abordar desde un punto de vista rancio y con un lenguaje antigüito (ocurre con la mala ciencia ficción). Temas nuevos no abundan; si acaso, quienes llegaron primero y lo hicieron bien: Petrarca a la rosa, Manrique a la muerte de un padre, Lorca a la de un torero, Garcilaso al carpe diem en endecasílabos castellanos. Puntos de vista y lenguajes nuevos: la picaresca sobre las vidas ejemplares, Cervantes sobre el plagio, Juan Ramón Jiménez sobre la prosa, Salinas sobre el amor posromántico, Muñoz Seca o Valle‑Inclán sobre el teatro que parodian, Martín‑Santos sobre descripción, narración y diálogos en la novela.

Lo que caracteriza el cine de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) es su punto de vista y su lenguaje. En el caso de El bar que acaba de estrenar, el bebedor de cerveza se imaginaba un enfoque original a un tema de sangre española y que nos haría ver de otra forma el mundo de la barra y su parroquia, del café y las tostadas, de las tapas de ensaladilla, con su cupón de la once, sus maquinitas de juego y su tabaco, y que el genio Álex de la Iglesia consistiría en presentar el bar sin caer en las garras de series tipo Antena 3. Lejos de ese genio contra costumbrista o periférico a Joaquín Sabina, De la Iglesia apenas pisa el bar, no nos parodia un mundo real con un lenguaje irreal, como hizo con las comunidades en La comunidad (2000), con las compras en Crimen ferpecto (2004), con los concursos televisivos en Muertos de risa (1999) o con la superstición en El día de la bestia (1995). El bar es, para este club de fans, decepcionante. Y lo peor es que machaca un título tan patrimonio nacional como la siesta. eLTeNDeDeRo diría que hay una gran crisis de creación, que muy pocos tienen algo nuevo que decir y, sin embargo, artistas y creadores se aferran a su condición privilegiada y piden y vuelven a pedir para sus productos un iva más bajo que para la barra de pan. Mucha cara y mucha casta es lo que hay. (Si ha llegado hasta aquí, vuelva a leer desde el principio, a ver si las piezas de este artículo, de retórica y poética, le encajan.)