Etiqueta: literatura

gracias a la vida.

Cementerio_daniel y familia

Hoy en mis bandejas de entrada se cruzan los correos y mensajes con motivo de mi 64 cumpleaños, con los que ha originado, dos días después, la noticia de la muerte de mi madre. Nada grave ni nada extraordinario. Ya se sabe que Envejecer, morir, es el único argumento de la obra, Gil de Biedma, y Somos el tiempo que nos queda, Caballero Bonald.


La propiedad de las madres longevas es que a sus hijos nos hacen todavía jóvenes. Muerta la madre, se acabó el artificio: la próxima nos toca. Según mis cálculos y mis genes, ahora lo sé, moriré en 2044 y de un cataclismo instantáneo. Espero que de aquí a entonces me sea leve, no la tierra: el espejo, el afeitado, el corte de uñas, el qué me pongo y el control de esfínteres.


Se lo tendré dicho el día 22 a mis cursillistas dentro de La muerte y la literatura, posgrado de cuidados paliativos y para una muerte digna: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado (Jorge Luis Borges). No me atrevo a pedir que la doctrina Borges valga a todo el mundo, pero dejo constancia. Imagínese usted que ya es cadáver, lo que incluye triunfar, no del morir, sino del malmorir; ni es tampoco no envejecer, sino no perder la dignidad y las facultades que en los demás seguirán vivas: Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, Juan Ramón, lo cual: conviene cumplir con los pájaros y pajaritos de nuestra biografía y no dejar deudas ni rencores y para que luego no tengamos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero (Miguel Hernández, a Ramón Sijé). Dura lo que dura el partido y no habrá tiempo añadido.


Las conversaciones tenidas, las paces hechas, la cuenta echada y la misión cumplida, Daniel Lebrato ha muerto y cada día que pase es un día de gracia. De gracias a la vida.


 

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día mundial de la poesía.

Poeta en Bicicleta, de Jean-Frnçois Martin
Llevaba 60 años celebrando este día
y se quitaba edad haciéndose preguntas
de a dónde vamos o de dónde venimos,
eso sí: en limpios endecasílabos
como jóvenes de 18.
Definitivamente, por aquella poesía
no pasaban los años.


[LA CORTE DEL REY BOBO]


orgullo y prejuicio de escritores.

Daniel Lebrato en su rincón Alamin fotógrafo 2005 06 05Vamos de chicos a viejos y de uno hacia los demás. Las dos distancias las recorremos a ciegas, a base de hostias, de error y acierto, muy determinados por familia y herencia. El resto es biografía. Pero elegimos bien poco. Aunque algún cursi diga que las palabras alimentan, va contra la teoría de conjuntos comparar palabras con manzanas o patatas y es injusto confundir el oficio de escribir (si es que fuera un oficio) con el del panadero o del mecánico, cuyos productos dejan de ser suyos (son trabajos alienantes) mientras mi poema o mi novela van protegidos por derechos de autor. Yo me imagino un mundo donde todos escriban y todos lean: cuando la división social del trabajo (sin apenas movilidad laboral) haya desaparecido. Mientras tanto, nuestra grandeza como escritores es semejante a la del médico que, tras haber decidido vivir de la enfermedad, cerraría con gusto su consulta a cambio de un mundo sin enfermedades; o al profesor que dejaría de serlo si el aprendizaje en su alumnado fuese un proceso innato y espontáneo. Que en la vida juguemos un papel que nos gusta, no niega que somos actores de un mal teatro y la obra no puede ser más horrorosa.

–enlace a Escritores 3.0


reivindicación del Libro de Buen Amor.

Juan Ruiz

Por distintas razones (algunas de ellas, más políticas que literarias) la crítica literaria y la historia de la literatura española niegan al Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, su condición y méritos como primera novela en lengua romance castellana. Si en el sentido actual de la palabra (no de entonces), novela es “voluntad de estilo (biográfica, autobiográfica o pseudobiográfica) por narrar una vida o fragmento de vida (verdadera o falsa) de alguien que no sea ni héroe ni santo” (a quienes la épica daba voz y narrador), el yo narrador de Juan Ruiz es el primero y, por su tamaño, el más grande de toda la literatura española en lengua romance. Mayor afán de novelar no se verá hasta La Celestina y El Lazarillo y hasta la segunda parte del Quijote.


poesía y canción (en las nubes o en la nube).

omega-cartel

Poesía y canción eran lo mismo (las coplas de Manrique fueron coplas) hasta que el verso libre o poema en prosa abrió un cisma entre una y otra, juglares y trovadores y pueblo llano, que los tres cantaban. El poeta (culto) del siglo 20 pudo tener un pésimo oído y ningún sentido del ritmo ni del compás. Su poema lo imaginaba en libro, impreso en páginas de imprenta: la poesía había dejado de cantar. Y el poeta, como un genio instalado en su torre de marfil, vivía en las nubes. Que todo como un aura se venga para mí, pidió Manuel Machado.

Llegaron los cantautores (de repertorio mixto) que rastrearon en la poesía clásica y contemporánea. Y los versos de Manrique, y hasta del Arcipreste de Hita, se volvieron a cantar (mayormente a la guitarra). La cumbre de ese reencuentro entre la poesía culta y la canción (pura fusión) yo la sitúo en la ópera Omega, de Morente y Lagartija Nick, el año 1996. El verso libre de Poeta en Nueva York, de García Lorca, por fin, a compás.

Sobre ese panorama nacional, y europeo, el rap que venía de América siempre fue entonación, aquí diríamos canción protesta. Su inconveniente: un tono entre la predicación y el mitin político que puede parecer pedante egolatría de barrio y redención personal, que también es algo religiosa.

Ahora que los libros de imprenta desaparecen o tienen que imaginarse en la nube, en digital, el universo pop (popular) de la canción todavía nos ayuda a enamorar, a socializar o a sobrevivir. Y el universo culto de la poesía nos hace seguir perteneciendo a (o llamar a las puertas de) un elenco formal, académico y restringido: eso que llaman (y habrá quien crea en ella) la cultura.

aparición de los negros en las letras españolas, por Santiago Auserón.

Durante los siglos XVI y XVII, coincidiendo con el incremento de la trata atlántica, la presencia de esclavos africanos se volvió costumbre en la literatura española. El tipo jocoso del negro músico y lenguaraz surgió en las coplas, se instaló en el escaparate de la vida social que fue el teatro ligero e hizo su aparición en la incipiente novela. Los poetas jugaron a imitar las alteraciones que el «habla de guineo» hacía sufrir al castellano y a reproducir con pies métricos su ritmo musical, contagiados por la viveza de las jergas de germanías en ambientes donde la rítmica sincopada de los africanos despertaba un viejo poso de sonoridades mestizas. En sus obras dejaron constancia de un sorprendente estado de proliferación de la lengua muy distinto del marmóreo ejercicio de erudición aprendido en los colegios jesuitas, relacionado con la movilidad social y con el hechizo expansivo de las modas musicales de la época. Coplas con estribillos marcadamente rítmicos, bailes con nombres propios que retumban con afán de mito efímero, revelan una erótica de la fonación complementaria de la expresión danzante de la libido denunciada por los censores. A lo largo de los dos siglos siguientes a la invención de la imprenta, una marea musical y poética llevó en España la tradición oral hasta su extremo desarrollo. Esa actividad febril amplió el radio de acción de las canciones tanto como era posible antes del advenimiento de la era electrónica. Este es un aspecto de la literatura del Siglo de Oro poco tenido en cuenta hasta la fecha.

Origen: Aparición de los negros en las letras españolas – Jot Down Cultural Magazine