teoría del diosmonio.

¿QUIÉN COMO YO?

Hermosa es la condena, libre,
ser el rebelde primero de la Historia.
(Juan Cobos Wilkins)
Espejo de príncipes rebeldes

Terrible la caída si es
nostalgia de otros tiempos
mejores: Tú.
(Daniel Lebrato)
¿Quién como yo?

ABSTRACT (TESIS)

No solo el opio del pueblo. Desde la Europa que habitamos, y a partir de las Cruzadas, la religión ha sido una curiosidad de turista occidental que alucina con la alianza de las tres pamplinas: hoy, con la pamplina hebrea o turismo base; mañana –tras Alejandro y Marco Polo– con la pamplina oriente y, al otro, con las barbaridades afroamericanas o precolombinas. Cuando termine el mito hasta alcanzar el logos, ese día seremos más infelices pero con el entendimiento libre. Ocurre que el milagro griego se quedó en algo ingeniosillo para que vivan del cuento la clerecía, la filosofía, la imprenta y la democracia; la universidad, el arte o la literatura.

ANTÍTESIS

El estructuralismo no lo inventó Saussure. Como en lingüística, podríamos discutir cuál es el término marcado, el no marcado y el neutro, pero que dios y su contrario se entienden de maravilla, no hay quien lo dude; en trío con la diosa madre. Lucifer es antónimo de Dios, no su antídoto, y el delito de ambos fue la soberbia, primero de los siete pecados capitales. En el desafío por el trono, el ángel del Señor preguntó a Luzbel, el Portador de la luz: ¿Quién como yo? o ¿Quién como Dios?, pregunta retórica pues el ángel sabía la respuesta. Si el de la Luz daba un paso al frente y respondía “yo”, se auto inculpaba por altanería. Y si respondía “yo no [he sido]”, quedaba como un cobarde o un desertor ante los suyos. El caso es –desde la Vulgata de San Jerónimo (siglo 4) hasta el Espejo de príncipes rebeldes (1989), de Juan Cobos Wilkins– que a Lucifer se atribuye el “non serviam” (no serviré) que lo convertiría en el primer rebelde de la historia. La fábula poética es hermosa y tiene antecedentes desde El Paraíso perdido (1667), de Milton (mejor reinar en el infierno que servir en el cielo), hasta el Retrato del artista adolescente (1916), de Joyce, pasando por El cuervo (The Raven), de Poe (1845), y toda literatura donde manda, de una forma u otra, el pacto con el mal, tipo Dorian Gray, de Oscar Wilde (1890). Como principio activo, lo demoníaco contrapesa los Milagros de Berceo, la didáctica de El conde Lucanor, el Buen Amor del Arcipreste, las buenas intenciones de Chaucer y Boccaccio y Pasolini, quien los llevó al cine a los tres; está en los ultramundos de Shakespeare y Don Juan; de Frankestein (1818) a Nosferatu (Murnau, 1922); del capitán Ahab a Moby-Dick (1851); de Jekyll a Hyde (1886); de Aguirre, el de la cólera de Dios (1972), al Coronel Kurtz, de Apocalipse Now (1979).

SÍNTESIS
DOS MANERAS DE HABLAR DE LUCIFER

Fausto de Goethe (1832). El diablo Mefistófeles tiene unas caídas dignas del caído que fue, y el alma del doctor Fausto se le fue de las manos por haber cedido a “un placer vulgar, un deseo absurdo”. Conectamos con Fausto. Mefistófeles a los ángeles:

«Vosotros sois los auténticos brujos, pues seducís al hombre y la mujer. Bajad, moved vuestros nobles miembros de un modo más mundano. Sin duda, la seriedad os sienta muy bien, pero me gustaría veros sonreír, sería para mí un placer eterno. Me gustaría una sonrisa como la de un enamorado, con un ligero pliegue en la boca. Tú, el más crecido, eres el que más me gusta, esas maneras clericales no te van nada bien, mírame de un modo algo más lascivo. También podríais ir distinguidamente desnudos. Ese largo manto es excesivamente casto. (aparte) Ahora se vuelven para dejarse ver por detrás. Esos pícaros son muy apetitosos.»

□ Daniel Lebrato. De ¿Quién como yo? a De quien mata a un gigante. Era el tiempo del amor como disparos y yo escogí un sitio y un personaje para mi mal de amores. «No elige el desterrado otro destino / que aguije o anestesie su rebeldía / como la luz espejo que le ofrece / esta tarde desde el puente 25 / de Abril, Luzbel, Lisboa.» Era, como se lee, aplicación laica y gozosa de la sabiduría hermética que sostiene que “lo de arriba es igual que lo de abajo”, máxima que las religiones monoteístas deberían aplicarse (el politeísmo no ha sembrado guerras, salvo las de Troya). Quien vende Dios o salvación, nos está vendiendo la burra, está haciendo una proyección de un imposible afán para luego convencernos de que el afán viene de arriba y le ha sido revelado, mira qué bien: ya teníamos al sacerdote de los sacrificios y ahora tenemos al profeta de los libros sagrados. El último en desfilar fue Satán, antes Luzbel o Lucifer cuando era el más bello. La irrupción de un demonio no sujeto a viejos ni a nuevos testamentos, tuvo que darse en el paso del racionalismo al romanticismo y a la teoría del genio –y ahí está Goethe– cuando el demonio encarnó ese mal que nos cae bien, esa maldad que al malo hace víctima y no verdugo, casi inocente más que culpable y, en todo caso, del mismo rango que el bondadoso Dios que andaba en horas bajas. Pasa que la engreída literatura sublimó también a Satanás: fue el malditismo de élite de los dandis y, más tarde, con ayuda del cine y del psicoanálisis, el expresionismo popular de las películas de vampiros y Frankestein. La penúltima manifestación del satanismo es, quizá, Lucifer como símbolo de la revolución (antagonista de la Iglesia, que bendice a la banca y a la patronal) o como tópico orgullo de emancipación de minorías, contraculturas o sexualidades. Al final, lo que sobrevive del demonio como fuerza actuante es una oposición: belleza / fealdad (tema de la bella y la bestia y de la bella durmiente), y una secuencia: combate y derrota; a la derrota hay que llegar. Acudid, héroes, a la derrota, de Carmelo Guillén Acosta, Descrédito del héroe, de José Manuel Caballero Bonald, Héroe de su herida, de J.J. Díaz Trillo, Daimon de la niebla o Para un dios de invierno, de José Antonio Moreno Jurado, fueron libros de poesía por los años 80. Dejo a ustedes mi aportación personal a la estética de la caída que, como esplendor en la hierba, ojalá permanezca en el recuerdo. Son once episodios dedicados al dios demonio (diosmonio) que llevamos dentro. El último, ahora lo sé, podría leerse como una estampa del descreído doctor Fausto antes del pacto con el diablo.

Acierta edad y a ciertas horas uno sabe
cuando la paz
después de un beso es ya imposible
Su nombre no es Luzbel ni Vladimir Ílich
Desconoce a ese tal Borges  Puede
pensar diluvios, y está solo

            * * *

Si fuéramos el verbo, qué tontería
hacernos carne, separar
las tierras de las aguas y éstas
a su vez en ríos y en océanos
los días de las noches, las cosas
en tres reinos, quitarle a nadie
una costilla, en fin
Nos bastaría con la luz

            * * *

Nos bastaría con la luz, pero si el verbo
a pesar de todo insiste y se hace carne
ojalá distinga los distritos, las tarjetas
de visita en los buzones, toque el timbre
y habite entre nosotros

            * * *

Alguien es tu proporción del mal
guarda la parte
de Infierno que te ha sido otorgada
y espada o labios habrán de ser entonces
fatal resignación ceremonial entrega

            * * *

Yo recibí las manos de las gaviotas ariscas
pasión por el cristal de criaturas muy tiernas
frágiles y enamoradas, y ningún vaso
ninguna tierra firme o continente
Ariscas y gaviotas las sílabas que faltan
de seda o de cristal corona fragilísima
para mi frente es tarde para la paz
esa media palabra que pudiera salvarme

            * * *

Imagínate ahora, para olvidar tu oficio
que te diviertes dándole la patria más lejana
las naves más audaces y el rostro más hermoso
a tu enemigo
Imagina la luz más cegadora
de un segundo de arena
de una bala de plata
de un descuido

            * * *

Condenado por los dioses y los juglares
desconozco las proporciones, la fatiga, el desengaño
Inmune a la mordedura
de los días, de la noche y sus inviernos
te ofrezco un horizonte sin límites
Bésame de una vez  No seas
matándome un rutinario

            * * *

Hextermi, hextermi
nado termina
terminad min adoro
doro hextermín
Minado doró
ohexter minador
Oh Hexterminador

            * * *

Dirás metales agudos vértices
mi espada geminada
                                    afiladísima
en la piedra dulce de los sacrificios
            y en el lúpulo
ritual del sacrilegio
Dirás dobles aceros o dobles labios, nunca
el milímetro y preciso filo con que he llegado a herirte
nunca la exactitud del óxido
que tu herida en mi espada provoca

            * * *

Crueldad mayor la de la carne seca
la lengua torpe y la mirada blanca
como el sexo de nieve  Oh seductor
morir morir tan lejos de tus nietos
y de los hospitales

            * * *

He hurgado, ya se sabe, como un ladrón los viejos libros
y las páginas que faltan buscado codicioso
pues piensa el descreído que todo libro es sagrado
y toda obra, incompleta
Si no me interesó la conversación de los hombres
sí en cambio su escritura
                                               Perdí mi luz
por entre líneas de polvo de luminosa fábrica
Memoria confusa guardo de larga arqueología
a veces sólo un versículo, cuatro palabras, ruido
Nunca descifré los renglones del que Todo lo escribe
y hace tiempo aprendí
la dulcísima piedad de la mentira

/ al doctor Fausto, tanto después /

            * * *

Origen: Daniel Lebrato, De quien mata a un gigante (1988) y ¿Quién como yo? (1996)


Enlaces relacionados:

–[eLSoBReHiLaDo] Antología de Mefistófeles

Francisco Izquierdo, De los nombres del bicho o enemigo malo


 

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