Etiqueta: cine

un amor de película.

2006 12 24 pilarEn Belle époque, él es Fernando Fernán Gómez,
viejo artista pintor, y su exmujer,
una vital cantante de ópera.
Los dos siguen queriéndose a pesar de.
Sus encuentros, ruidosos por la parte milagro
bajo el mismo colchón,
tienen mucho de escándalo y de ternura.

Como Fernán Gómez, soy un cascarrabias.
Siempre contra el estúpido sistema
que nos da de comer.
Mis horas felices, las de la cerveza y la mesa y la cama contigo.
Más los planes o viajes que yo pueda asumir.
Nada me gusta más que llevarte del brazo
y presumir de mi novia.

Las horas que yo no llego, tienes tus alas.

O Belle époque o Nelly y el Señor Arnaud.

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la literatura no salva.

La manipulación de la Historia con fines partidistas no es rara ni nueva, y al juego se prestan la historiografía oficial y los libros de texto, pero también los medios, las artes y la literatura. Lo vimos cuando estudiábamos el 98, aquel Cid y aquel don Quijote que cada uno interpretó a su imagen y semejanza de una idea de España. La reescritura tiene sus propios géneros específicos y, así, el recurrente cine del Oeste o de esclavos negros de los Estados Unidos: algo sigue pendiente en la conciencia estadounidense ‑en la sociedad de ahora mismo‑ que al cineasta mueve, esparce y desordena. Lo mismo podría decirse de nuestra literatura ambientada en la posguerra, posguerra que no termina nunca de acabar. Viene esto a cuento de El hoy es malo, pero el mañana es mío, última novela de Salvador Compán. La virtud del autor, su honradez intelectual, consiste en no manipular con ojos del presente un pasado que ya quisiéramos modificar; manipulación que otros novelistas se permiten hacer, y vamos a no dar nombres en este país donde series como Cuéntame cómo pasó o El ministerio del tiempo van directamente a la percepción que el pueblo español tiene de un frustrante pasado. Los personajes y los años 40‑60 son los que fueron. Enhorabuena a Salvador Compán. Cambiada España ‑ese cargo de conciencia ‑, cambiará su novelística.

–Enlace a  Lo que queda de Franco.


sucedió en Casablanca.

SUCEDIÓ EN CASABLANCA

Volví a ver a Ingrid Bergman.
Fue una noche de abril.
No había sitio en el bar.
Yo le dije: –Aquí, sí.

Caí tarde en la cuenta
de que no estaba sola.
(Te repites, chaval.)
Dijo: –¡Ponte a la cola!

La amistad que nos queda
me consuela, Claude Rains.
Pilló el vuelo con Laszlo.

Yo, pensando en París
y ella, en Play it again!
–Venga, llena otro vaso.

El bar como impostura y apropiación. Notas de poética y retórica.

Primero fueron arte poética y arte retórica, creación y discurso, pensamiento y elocución, dicho en tres y en latín: inventio, dispositio y elocutio: hallazgo, género (composición o estructura) y estilo. Vino después el cuadro de la comunicación y fueron emisor y receptor, creación y público. La filología dio paso a la estilística con el comentario de textos y siguieron las viejas figuras retóricas pasadas ahora por las pautas de la pragmática: adecuación, coherencia y cohesión, donde manda la adecuación: la intención del emisor y la función (o utilidad) de un acto de comunicación en una situación determinada.

El proceso de creación o la creación como proceso genera dos estampas: en una, ya tópica, la persona, hombre o mujer a quien llamaremos creador, está buscando la inspiración mirando a las musas delante de una página en blanco (puede ser un lienzo, un teclado de ordenador o piano, puede ser una cámara): el creador está con la pre ocupación de cuál será su ocupación, nueva obra que vencerá el horror vacui que experimenta. Si es profesional que vive de eso, se suma además el horror pagui por miedo a perder la dichosa paguita. En la segunda estampa, el creador es alguien que va por la calle o de viaje o asiste a una conferencia y, de pronto, tiene una idea, se le enciende una luz, ha pensado algo original y nadie sabe si la idea se plasmará en verso o en prosa, en óleo o acuarela, foto, performance o exposición. Lleve la dirección que lleve el acto de creación (de la inspiración al medio y al mensaje o del medio al mensaje, inspirado o no), hablamos de un qué y un cómo que son tres: tema, punto de vista y lenguaje. Un tema antiguo y manido (la muerte, el amor) se puede tratar con un lenguaje nunca usado o desde un punto de vista insólito. Y un tema nuevo se puede abordar desde un punto de vista rancio y con un lenguaje antigüito (ocurre con la mala ciencia ficción). Temas nuevos no abundan; si acaso, quienes llegaron primero y lo hicieron bien: Petrarca a la rosa, Manrique a la muerte de un padre, Lorca a la de un torero, Garcilaso al carpe diem en endecasílabos castellanos. Puntos de vista y lenguajes nuevos: la picaresca sobre las vidas ejemplares, Cervantes sobre el plagio, Juan Ramón Jiménez sobre la prosa, Salinas sobre el amor posromántico, Muñoz Seca o Valle‑Inclán sobre el teatro que parodian, Martín‑Santos sobre descripción, narración y diálogos en la novela.

Lo que caracteriza el cine de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) es su punto de vista y su lenguaje. En el caso de El bar que acaba de estrenar, el bebedor de cerveza se imaginaba un enfoque original a un tema de sangre española y que nos haría ver de otra forma el mundo de la barra y su parroquia, del café y las tostadas, de las tapas de ensaladilla, con su cupón de la once, sus maquinitas de juego y su tabaco, y que el genio Álex de la Iglesia consistiría en presentar el bar sin caer en las garras de series tipo Antena 3. Lejos de ese genio contra costumbrista o periférico a Joaquín Sabina, De la Iglesia apenas pisa el bar, no nos parodia un mundo real con un lenguaje irreal, como hizo con las comunidades en La comunidad (2000), con las compras en Crimen ferpecto (2004), con los concursos televisivos en Muertos de risa (1999) o con la superstición en El día de la bestia (1995). El bar es, para este club de fans, decepcionante. Y lo peor es que machaca un título tan patrimonio nacional como la siesta. eLTeNDeDeRo diría que hay una gran crisis de creación, que muy pocos tienen algo nuevo que decir y, sin embargo, artistas y creadores se aferran a su condición privilegiada y piden y vuelven a pedir para sus productos un iva más bajo que para la barra de pan. Mucha cara y mucha casta es lo que hay. (Si ha llegado hasta aquí, vuelva a leer desde el principio, a ver si las piezas de este artículo, de retórica y poética, le encajan.)


Incierta gloria o Madrid Barça.

Incerta glòria, de Agustí Villaronga (el mismo de Pa negre, Pan negro de 2010), sugiere la trampa en que caemos al llamar a las cosas no por su nombre, sino por el nombre que les han dado, en este caso: guerra civil en vez de golpe de estado. Se trata de minimizar la resistencia al golpe por parte de la República y maximizar las supuestas dos Españas como si fueran dos países o naciones que en fecha y hora predeterminadas y en igualdad de condiciones celebran sus combates más o menos como un clásico Madrid Barça.


Moonlight, crítica de la ficción pura.

Sabido es que los géneros narrativos (cine o relato) buscan un público argumental; poesía o ensayo, la asociación de palabras; y el teatro es género mixto, entre la intriga y la palabra. Viene esto a propósito de Moonlight, oscarizada película. Tanto si el niño protagonista sale al final un adulto calco de su entorno, como si emerge del lodo o resulta extremamente original, uno tiene la impresión de estar a merced del argumento, cuando el tema (la vida conflictiva en barrio conflictivo) podría tratarse en no ficción, en un documental o, mejor aún, en consejo de ministros. Antes, de un argumento había que sacar una moraleja, una aplicación personal; ya, ni siquiera. No es Moonlight película de didáctica aplicable al espectador. Gran parte del cine denuncia que se hace ahora (particularmente el cine antibélico) refleja una sociedad que gusta de lamerse sus heridas. Arte y artistas denuncian una y otra vez (caso: abundante literatura del holocausto) y lo denunciado sigue y sigue (caso: el Estado de Israel, que ejerce hoy de nazi). Y eso provoca en el espectador ingenuo impotencia y perplejidad. Lo dijo el reportero de Elecciones generales Todo a cien en su teoría del sismógrafo: o retina de quien todo lo ve y no levanta al herido por no descomponer una exclusiva. Quien como Dios o premio Pulitzer.

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Fígaro frente a Marx | apocalípticos e integrados ante las nuevas tecnologías.

«Más miedo que las cabezas nucleares dan las cabezas de personas e instituciones aferradas a culturas, civilizaciones, tradiciones o ejércitos convencionales.»

Nos depare lo que nos depare el porvenir, el futuro será tecnológico, pacífico y social. Aunque se nos siga fomentado la vida entendida como una carrera individual y de obstáculos, en competición (o en competencia) con otras vidas, vamos hacia un mundo colaborativo donde nociones como dinero, poder, nacionalidad, sexo, moda, religión o familia pasaran a otra dimensión. El armamento atómico, con todo su espanto encima, ha traído la paz. Porque jamás será utilizado. Y más miedo que las cabezas nucleares dan las cabezas de personas e instituciones incapaces de imaginar y todavía aferradas a culturas, civilizaciones, tradiciones o ejércitos convencionales.

Piénselo la buena gente que ve amenazada su integridad o su privacidad a cada paso que dan las nuevas tecnologías, que harán verdad que dios existe, omnisciente y omnipresente. Lo que hoy son Whatsapp, Google o Facebook, será una única sigla o nomenclatura que la humanidad habrá tomado como antes se tomaban Bastillas y Palacios de Invierno. Y nos dará igual que dios nos vea qué hacemos, cómo follamos o cómo cagamos. Porque la idea de pudor, una vez que todos nos hayamos visto haciendo de todo, cambiará la idea de privacidad. Cuando el ojo que nos ve nos mire con nuestro permiso y por nuestro propio bien.

En el siglo 19, otro tiempo de cambios, un observador de las costumbres empezó a criticar el mundo en pequeño formato. Ese fue Larra, Mariano José, Fígaro (1809‑37). Otro observador, nueve años más joven, hizo la crítica del sistema económico, histórico y filosófico que había heredado y propuso una solución internacional. Ese fue Carlos Marx (1818‑83). Ante las nuevas tecnologías, no se queden en Larras costumbristas. Imaginen el porvenir y, mientras tanto, vayan a ver Manchester frente al mar, película que este Fígaro frente a Marx quería recomendarles y no sabía cómo decírselo.

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