etiquetas.

Un tópico en exaltación de la obra de arte o de cultura es calificarla de incalificable. Montero Glez, en elogio a Criando ratas (2017), película de Carlos Salado (completa en YT, pinchando aquí, 1:19):

«La película que ha firmado Carlos Salado es un derroche de vocación cinematográfica (etiquetas de discurso, en cursivas de eLTeNDeDeRo), una declaración de principios que supera toda etiqueta posible. Cuando se le pone etiquetas a una expresión artística se está restando sus posibilidades. Al contrario de lo que se piense, marcar con etiquetas una novela, una película o un disco, sólo favorece a la industria mal llamada cultural, es decir, a la empresa que distribuye el trabajo artístico y que busca su nicho en el mercado, fetichizando un producto cuyo origen es el trabajo vivo de los creadores (¿?, se pregunta ET). La mercadotecnia es cosa de los despachos, un asunto que poco o nada tiene que ver con el criterio cualitativo. Ejemplo es cine neoquinqui, un subgénero del quinqui; marca con la que se vende una obra de arte que es mucho más que una simple mercancía (?). Porque la película es un derroche de vocación cinematográfica (?), una declaración de principios que supera toda etiqueta posible (?). Con un estilo realista, y una realización virguera, pongamos que de vanguardia, una película valiente. Luego está la música, banda sonora de gitanería y vacilón al estilo rumbero. [Sigue un repaso por los antecedentes del género: Eloy de la Iglesia, nuestro Fassbinder nacional (?). Pero se canonizó el cine de Almodóvar (?), un cine frívolo influido por la españolada de Pajares y Esteso (?), pero con su toquecito de humor escatológico. La Movida necesitaba un cineasta y Almodóvar fue el elegido.] La etiqueta, que en su día no se puso, serviría para marcar un género que hoy está absorbiendo el mercado (?). Los macarrillas de entonces, con sus bardeos y sus tirones, son mitos que forman parte del imaginario colectivo de una generación. Carlos Salado lleva la marca neoquinqui, algo de lo que tendrá que escapar si quiere seguir vivo. Lo peor que le puede pasar a una expresión artística es que lleve un código de barras con su fecha de caducidad. (?)(?)(?)»

Hablando de etiquetas, el pasado 23 de septiembre (día festivo en Sevilla en recuperación del que hubiera sido Día de San Fernando, que no se pudo celebrar) el Ayuntamiento de Sevilla entregó sus distinciones de hijas, hijos, predilectos o adoptivos, y declaró predilecta a mi tía Angelita Yruela, mujer a la que convienen etiquetas del tipo: saetera, poeta, cofrade, pregonera, honda, sevillana y, ahora, predilecta, además de tita por la parte viuda de José Lebrato Sánchez que me toca. Daniel Lebrato Martínez honra la nueva etiqueta de Angelita Yruela y celebra esa familiaridad con palabras de orgullo, yo que fui castigado con no ver en Jesús del Gran Poder de Juan de Mesa más que un vecino muy particular. Y que le vayan dando etiqueta a quien ve etiquetas en el ojo ajeno y no en sus propias narices como crítico o periodista. En hora buena estén los ángeles que a una de los suyos tienen etiquetada Yruela Rojas.

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