Etiqueta: economía

oficios.

La crítica de Marx a la división social del trabajo tiene una aplicación en lo personal y es que tendemos a creernos nuestra profesión y a vincularnos de por vida al desempeño que nos da de comer. Y nos creemos estibadores, militares o profesores, oficios que podrían desaparecer en cuanto la enseñanza sea telemática, haya paz en el mundo o las grúas las pueda manejar un discapacitado. Salvo ingeniería y medicina, cualquiera puede hacer lo que haya que hacer: subir al andamio, bajar a la mina, recepcionar turistas o conducir vehículos. Y podríamos hacerlo según edad, sexo y condición física, alternativa o sucesivamente, sin que ninguna de esas actividades nos defina más que otra. En todo caso, es de justicia distributiva el reparto de los trabajos manuales. Pasa que el sistema educativo, que se presenta a sí mismo como expendedor de capacitaciones, es desde el principio un sistema selectivo que, unido a lo que ya nos selecciona por herencia, nacimiento y nivel de renta, incapacita a la mayoría para acceder al estatus de una minoría.


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desmontando xenofobia y populismo.

Populismo y xenofobia son maniobras de signo opuesto. Por populismo se entiende comunismo (tabú político del siglo 20) + demagogia. De ahí, que al populismo no hay que hacerle caso, ninguneo demostrado a la moción de censura de Podemos. En cambio, la xenofobia ‑o su contrario, la inmigración‑ está muy exhibida por los medios y con gran apoyo de oenegés: continuas imágenes de gentes ‑sobre todo infancia‑ que quieren llegar a Europa por una vida mejor. Para no ser xenófobo hay que aceptar, como mínimo, la política de inmigración de la Alemania de Merkel y de Refugiados aquí. Sin embargo, y con la actual política, resulta evidente ‑hasta para el más apasionado invidente‑ que abrir fronteras y hacer de Europa zona franca de acogida y de adopción es algo que ni contempla Europa ni nación a nación ni casa por casa meteríamos un inmigrante ni nos lo rifaríamos por toca. ¿Qué pasa? Que el discurso xenófobo ‑aunque desagradable‑ es más sincero y realista y más ajustado a posibilidades económicas y, en especial, al paro: solo las clases trabajadoras sufren la competencia del ejército de mano de obra de reserva. Por eso, la xenofobia cunde electoralmente entre estas clases que ven en peligro su puesto de trabajo (Brexit, Le Pen). Lo que, desde luego, parece populista ‑y aristocrático‑ es pegar la pancarta de ¡venid!, ¡venid!, ¡solidaridad y acogida!, que el pensamiento solidario espera del Estado, no de su propio bolsillo y en su propio hogar. Además de votar bajo influencias de propagandas e ideologías, se vota también lo que egoístamente trae más cuenta para llegar a fin de mes. Ese problema no lo tienen la patronal ni la clase política que ‑especulando con dramas humanos‑ le ríe las gracias.


crítica del sindicalismo.

Desde Algeciras a Barcelona, la clase trabajadora se reivindica: estibadores, contra la liberación de la estiba; taxistas, contra Uber o licencias de arrendamiento de vehículos con conductor (VTCs). Cierta izquierda y esa segunda patronal que son los sindicatos parecen ignorar que las relaciones laborales, de carácter gremial (mijita medieval, que es todo), basadas en la especialización profesional, en la división social del trabajo y en “una persona, un trabajo” (de por vida) son ya insostenibles. Y no por culpa de Bruselas, ni de tal o cual gobierno o patronal, ni de un sistema capitalista, sino por lógica de la revolución científico técnica que hará cambiar (está cambiando ya) el concepto del salario en función de una vida (individual) laboral activa computada en horas, jornadas y años trabajados. Y cambiarán conceptos como desempleo, seguridad social, planes de pensiones o planes educativos, donde se irá a la exacta formación de personas que no van a ser especialistas en nada ni tampoco ajenas a ninguna tarea productiva. En una sociedad que espera cambios tecnológicos vertiginosos que ni nos podemos (aunque sí podemos) imaginar, hombres y mujeres sin oficio conocido intercambiarán empleos necesarios y transitorios. Y ni la economía colaborativa, contra la que se alza el sector del taxi, ni la pluri contratación, que presume haber vencido el sector de la estiba portuaria, tienen marcha atrás. No solo el capitalismo es un lastre para el progreso de la humanidad. También, el sindicalismo pedigüeño de trabajos fijos para personas fijas, tan antigualla como el signo de victoria con el puño cerrado y como cantar La Internacional.

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cultura, valor y precio.

Si la cultura es un bien para todos ‑como se ha dicho: la segunda naturaleza del hombre‑, no se entiende que alguien quiera vivir de ella. Sería ganarse la vida (privada) a costa de un bien público. Perder dinero, tampoco, estamos de acuerdo, pero ¿ganarlo?

Un libro donde se escribe “alzar una frontera porque no quiero este mundo. Porque el mundo de aquí no lo quiero. Para crear mi pradera bastan las palabras nosotros resucitaremos” cuesta 16 euros (por 120 páginas, a 0,13 euros la página). De esos 16 euros, 3,36 se los lleva Hacienda (en concepto 21% de iva general; no cultural como la cultura quiere hacernos creer). Total, yo ni contribuyo al autor ni contribuyo a Hacienda. Y todo, gracias a la revista Mercurio, de la Fundación José Manuel Lara, que, con sus reseñas de novedades, me libra de comprarlas y, sobre todo, de tener que leérmelas. El lema “cultura para todos”, que ilustra la contraportada del Mercurio de febrero 2017, arroja en Google 373 mil resultados en 0,8 segundos. No estamos solos.

–enlace a Literatura, valor y precio.

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la revolución laboral.

Malo es esperar salud en muerte ajena, decía Sempronio en La Celestina. En economía, malo es esperar progreso en atraso. La lucha contra las máquinas es histórica en el movimiento obrero pero, por dar trabajo a los carteros, no volverán las cartas de sobre, sello y buzón. Es la revolución científico técnica. Revolución que parecen no querer ver ni patronal ni sindicatos ni partidos políticos que les ríen las gracias, y a autónomos y pequeños oficios o empresas no competitivas, en vez de fomentar la productividad mediante el cooperativismo y las grandes empresas nacionales o nacionalizadas. La patronal lleva muy mal la reducción de jornada porque, a sueldos iguales, supondría una subida salarial. Los sindicatos no van más allá de sus narices decimonónicas, como en las novelas de Dickens: pedir trabajo y, a igual trabajo, igual salario, consigna que ya desmontó Carlos Marx, pues no habría que medir solo lo que cada obrero trabaja sino también lo que a cada uno le cuesta y lo que cada uno necesita y, más aún, lo que no trabajan las clases parasitarias, rentistas o improductivas. A Comisiones y Ugt, por combatir el desempleo o el cierre de factorías, les da igual fabricar barcos o aviones de guerra (Navantia en Cádiz, Airbus en Sevilla). Pero Amazon, Uber, Airbnb y plataformas colaborativas son el futuro y hasta se da la absolución por internet. La pérdida de oficios por causas tecnológicas tendría un final feliz en cualquier sociedad menos la nuestra. Lo que, en cálculo anual y poblacional, hoy son horas de trabajo pasarían a ser horas de ocio. Extrapolando el fenómeno, la ciencia ficción sería realidad: una sociedad de robots, pantallas y mandos a distancia que habría vencido, por fin, la maldición del trabajo. Claro que el violinista algún bien material, tangible, tendría que producir para la sociedad, algo tendría ‑lejos de su violín‑ que trabajar: muy poco, porque el total de horas de trabajo necesarias divididas entre el total de personas en edad y condiciones de trabajar sería, a nivel mundial y persona a persona, una cantidad de horas de trabajo ridícula. Y, a cambio, más público ocioso llenaría los conciertos. El comunismo, o sea.

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autónomos.

Para saber si una idea o un pensamiento que tenemos es correcto, lo mejor es extrapolarlo. Se lleva halagar a los autónomos. ¿Podríamos ser todos autónomos? En cambio, ¿podríamos todos trabajar en régimen de cooperativas o grandes empresas (que podrían ser públicas y nacionalizadas)? Pues eso. Dicho sea con perspectiva de bien común, de PIB y de Estado. Otra cosa será que el autónomo (pequeño capitalista) quiera seguir siendo autónomo. Y el marqués, marqués, claro.

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los impuestos.

1º) Los de arriba los quieren bajos, claro: lo que el Estado no cubre se lo pueden pagar con su dinero (en realidad los de arriba casi no quieren ni que haya Estado; con que haya leyes y policía que les guarden lo suyo, tienen bastante). Los de abajo, en cambio, los impuestos los necesitan altos (pues ¿cómo, si no, financiar prestaciones y servicios sociales que los de abajo no alcanzan?).

2º) De los impuestos, el más justo es el que grava la riqueza y ‑no digamos‑ la herencia. ¿Qué valor añadido, qué aporta al PIB heredar? Al menos, el rico que se hizo rico, algo hizo (y éticamente discutible: acumular capital a costa de los demás). Pero el heredero, sin hacer nada, ya es rentista. Y no hay riqueza sin pobreza: expolio de materias primas, de mano de obra, márgenes abusivos.

3º) Y, al fondo, la familia. Una cosa es que padre madre acumulen para el día de mañana de sus descendientes y, otra, que un hijo hija quiera vivir de la renta acumulada por sus antepasados.

Arriba los impuestos directos e indirectos y abajo las herencias y donaciones en vivo.

eLTeNDeDeRo no apoyará la campaña Hereda 100 x 100. Por mucho que se presente vía Change.org, la campaña la carga el PP.