viaje a septiembre.

Hay algo triste en el final de agosto que tiene que ver con cómo vivimos los días y las horas como vísperas de algo. Ocurre el san viernes y ocurre el domingo por la tarde. Puede ser una variante de ansiedad.

A final de agosto de este año raro, imaginamos que septiembre será peor. La inercia o la costumbre de un mes de vacaciones, que se ha mezclado esta vez con quien anda en erte, ha repoblado los chiringuitos. Y aunque la trapa de la política y de la cultura se haya empeñado en preanunciar que todo iba a tener lugar (desde las procesiones por Semana Santa, hasta las Carreras de Caballos de Sanlúcar), se ha impuesto la suspensión de casi todo, y ya sabemos que no habrá Falla en Cádiz el próximo año, suspensión que viene por grupos de más diez que ya mismo estarían reuniéndose y preparando tipos y actuaciones cara al Concurso de Agrupaciones. No pasa nada.

No pasó nada en Semana Santa sin procesiones ni en primavera sin ferias de primavera, sin toros y sin Rocío. No pasó nada. Las cuentas de resultado que daban por pérdidas lo que serían no ingresos han resultado marcadas, ¡pues no es poco el matiz! A nivel de bolsillo o caja personal, perder y no ingresar se perciben como sinónimos, claro que sí, pero, a nivel estatal, se ha visto lo que nadie quería ver: que hay economía y se puede vivir sin fiestas y sin turismo. Que otra España es posible, o sea.

Un periódico serio admite que Sanlúcar de Barrameda casi duplicó la población en la primera quincena del mes de agosto. Y otros destinos turísticos, desde Ayamonte a la Junquera, desde Irún a Vila Real, se han reinventado en parte o han resistido. Es ley de mercado que poco o nada tiene que ver con la pandemia o el estado de excepción. Capitalismo que acude al rescate del Estado no es capitalismo y, en todo caso, el Estado, en vez de reflotar sectores en crisis, que regule o nacionalice.

Para septiembre el gran tema, la gran víspera, es la vuelta al cole. No pasa nada si infantil, preescolar y primaria empiezan en enero con seguridad y buena vida. Peques en contacto, no hay mascarilla ni hidroalcohol ni metacrilato suficientes. La promoción universitaria que conoció el calendario juliano (por el ministro Julio Rodríguez, curso que debía empezar en octubre de 1973 y empezó en enero del 74) no salió, en seis meses, peor parada y preparada que otros cursos en nueve, y era la Universidad. Usar el colegio como guardería, denigrar las “vacaciones de maestros” que no quieren trabajar, es sacar hipocresías del bote. Madre y padre: ¡háganse cargo o no tengan hijos! Profas y profes: ni entren al trapo de maledicencias ni quieran engrandecerse con aplausos al atardecer. Hágase en la enseñanza un erte como en otros sectores, la enseñanza resistiría. Ni la necesidad de enseñar ni la vocación, ni la guardería ni el cangureo, tendrían nada que ver aquí. Es el bienestar el que ha cambiado su cobertura o su fisonomía. Elemental, querido Watson.

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