Pájaros de Nueva York.


—la lírica, la poesía y los renglones—

El amor y la sinceridad han sido las dos velas o los dos remos históricos de la nave de la lírica, históricos en tanto libro de texto de la cultura: la lírica, como expresión del yo, y el amor, como expresión de un yo amadamente enamorado, dijo el gran libro de texto de las enseñanzas medias y coloquiales. La universidad añadiría detalle fino a lo que pasajeros y conductores no podrían negarse: fue el espíritu del genio, ese duende ingrávido tan siglo 19 cuando empezó a croar más bajo el coro de los curas que cantan a la luna y fue el grillar más alto y presumido de los nuevos laicos de la poesía, parnasianos o simbolistas, contemporáneos todos. Ese gran río que nos llevaba, acabará con la poesía en verso y dando el verso libre. Verso libre a la moda Walt Withman, desde el versículo con Hojas de Hierba, 1855, o a la moda García Lorca, desde el verso semilibre con Poeta en Nueva York, 1929. A la manera de estos pájaros de Nueva York, ha seguido y sigue grilleándonos la ociosa tribu de versolaris o hemistiquistas con sus renglones quebrados o partidos, a los que vino a sumarse la página en libro de los libreros, de modo que, con permiso del caligrama y de la poesía visual consciente, casi todo el verso libre del siglo 20 y 21 puede decirse poesía visual, o sea, dependiente del libro como partitura ya que, si no vemos el libro, no sabemos si es verso o prosa lo que oímos, la pausa como gran trinchera derrotada. La poesía oral, con medida o rima y acento, quedaría como finura del verso blanco tipo Pedro Salinas con La voz a ti debida, 1933, o como artesanía popular en coplas, canciones o aleluyas del carnaval, del rap o del reguetón. Que Joaquín Sabina fuese algunos años el más vendedor de libros de poesía como Ciento volando de catorce, 2001, dice de qué iba el cuento de los cuentos. Otro día hablamos de cuando a la literatura llegó internet y, a la poesía, la lectura por pantallas móviles.

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