de San Lorenzo a Simone Biles.

(un ensayo sobre la mirada)


foto en Diario de Sevilla

Todo empezó el día que el Ayuntamiento de Sevilla puso placa contra el juego de balón (no de pelota) en las fachadas de San Lorenzo, plaza, parroquia y basílica del Gran Poder. Sevilla Laica @SevillaLaica me remitió a Kevin Guzmán Byrne, @KGuzmanByrne con esta perla: «Primero robasteis media plaza a nuestros hijos llenándola de veladores y ahora les prohibís jugar en ella, como se ha hecho de toda la vida, amenazándoles con 120€ de multa. ¡No hay derecho! ¡La plaza es de los niños!»

Eso fue el 27 de julio, el mismo día que la heroína olímpica Simone Biles se desfondaba y lo dejaba todo, reconocía ella, “preocupada por su salud mental”. Curiosamente, ayer vimos Amy, la chica detrás del nombre, película sobre Amy Winehouse, la penúltima que se nos rompió en pleno éxito.

Yo tenía una noticia doméstica muy local -mi barrio de San Lorenzo; mi otra plaza sería la Plaza de San Antonio, esa que resume y expresa los uniformes de la concertada- junto a una noticia de alcance que nos remite a la materia de que están hechos los héroes.

reflexiones

¿De quién son las plazas? No hace falta ser demócrata para plantearse un fallo de base en la democracia de las ciudades, esa voluntad que se expresaría por alcaldías de plaza, calle o barrio. A falta de alcaldía de plaza, cada quien expresará, por conversaciones o redes, lo que le salga del clicli.

La plaza es de los niños, dijo el hombre, y se quedó tan fresco. Señor: suponiendo que los niños voten, la plaza no ha salido a votación. ¿Bares, ancianos, parejas de paseo y de bonito, otros juegos al trompo o a la rueda no ocuparán la plaza? ¿Saldrán con gracia a recibir el balonazo de toda la vida?

Un balón (no una pelota) es un arma que dispara balonazos. Adultos que no lo quieran ver, será por ceguera. Ese balón entre cristales y lozas de velador acaba con la cerveza y con el vino, acaba con la tapa y con el traje, acaba, siquiera como amenaza, con la tranquilidad general.

Solo el balón gana y merece. Al balonazo se accede desde chico por una educación contaminada. El balonazo no se comparte y parte en dos los espacios del patio del recreo. La niña que juega al fútbol no feminiza el balonazo; es la cría la que adopta el rol de macho.

Dicho lo cual, la humanidad no será feliz hasta que no descarte dos verbos terribles: disparar y ganar. El tercero podría ser mirar o aplaudir, válido desde la clientela de los morituri de Espartaco, al tendido siete de los toros y a seguidores de Simone Biles. No es culpable lo que se da o se expone a la vista, que acaso vive de ello; culpable, siempre, el ojo que lo ve y disfruta.

Conversaciones y enlaces:

https://pic.twitter.com/G3X9BoOhtq

Amy, la chica detrás del nombre

De quien mata a un gigante

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