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policía.

Lío nazareno RAFAEL_IGLESIAS

Desde los sucesos que perturbaron la madrugá del año 2000, la Semana Santa de Sevilla (y otras partes) se apunta a más de lo mismo: a que haya mucha, mucha, policía. La palabra policía (del griego organización política, gobierno) designa tanto (1) cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad ciudadana, como (2) buen orden que se observa y guarda en las ciudades. O sea, que policías hay tres: la que sale de uno, como educación cívica; la escrita en ordenanzas que se cumplen y la impuesta uniformada: Local, Nacional o Guardia Civil. La diferencia es: cuerpos y fuerzas de seguridad cuestan una pasta y, encima, no aportan al pib absolutamente nada: ni bienes de consumo ni valores de cambio (como sería el caso de la industria de armamento, que sí produce beneficios a través de la exportación).

Entre campañas contra el acoso y maltrato (principalmente a las mujeres) y macabras noticias de sucesos, la tendencia en los últimos telediarios es a reforzar y reforzar seguridad y vigilancia, que habrá que preguntarse quién las paga. Si en lo que pasa en la calle un día cualquiera hay mucho de impredecible, no así en el caso de espectáculos previstos como partidos de fútbol o procesiones de Semana Santa. Y ahí los gastos de policía que los paguen de su bolsillo convocantes y beneficiarios: clubs de fútbol y afición; cofradías y público cofrade. Pero dejen ya de pedir más y más policía (que son también prohibiciones de aquí no se puede estar o por aquí no se puede pasar), que hay mucha Sevilla que pasa de procesiones y hay quien se va al campo o a la playa, donde también hace falta mucha, mucha, policía.

¡Ah!, y a la vuelta, que no nos encontremos la ciudad hecha una mierda llena de cera y peligro para caminantes, motos y bicicletas. Quien manche, que limpie y deje la ciudad como estaba. Bastante hace la ciudad, que cede sus espacios. Y, si no, ya saben: procesiones en carrera oficial por el Estadio de la Cartuja, pasando por caja igual, igual que pasa por caja la afición del Betis o del Sevilla.


 

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sentido y sensibilidad del arte y la cultura (a propósito del Año Murillo que vive la ciudad de Sevilla)

Año Murillo

Cuanto más antigua y consagrada es la obra de arte, más atraso ético y estético en la persona que la disfruta. Y no porque la humanidad progrese en línea recta y la obra se quede obsoleta o desfasada, sino porque desde el siglo que vivimos (y con las luces que, si quisiésemos, podrían alumbrar nuestro análisis y nuestra perspectiva) menos se justifica que se sigan idolatrando las composturas de las clases dominantes que guardaron para sí las llaves de la vida y al resto dieron dominación, explotación, sufrimiento y muerte que hoy se solapan bajo forma de turismo o ciclo cultural, museo, exposición, concierto o efeméride.

La voracidad de las concejalías y áreas culturales y festivas se ve en la celebración de los centenarios de un nacimiento, el de Murillo, por ejemplo, cuando ¿qué era Bartolomé Esteban Murillo, bebé bautizado el 1 de enero de 1618? Lágrimas, caca, mama y coco. Lo cuenta Quevedo en Pronuncia con sus nombres los trastos y miserias de la vida.

Pronuncia con sus nombres
los trastos y miserias de la vida

La vida empieza en lágrimas y caca,
Luego viene la mu, con mama y coco,
Síguense las viruelas, baba y moco,
Y luego llega el trompo y la matraca.

En creciendo, la amiga y la sonsaca,
Con ella embiste el apetito loco,
En subiendo a mancebo, todo es poco,
Y después la intención peca en bellaca.

Llega a ser hombre, y todo lo trabuca,
Soltero sigue toda Perendeca,
Casado se convierte en mala cuca.

Viejo encanece, arrúgase y se seca,
Llega la muerte, todo lo bazuca,
Y lo que deja paga, y lo que peca.

Francisco de Quevedo y Villegas
El Parnaso español
(1648)
*

entrevista a Martín Lucía: «Si fuera alcalde de Sevilla…»

Estamos ante un sevillano radical. O, quizás, ante un máximo exponente del neocasticismo local. Licenciado en Geografía, su verdadera vocación es la poesía y la edición. Fundó «Ediciones En Huida» y tiene dos libros de poesía en el mercado. Si fuera alcalde lo pasaríamos de lujo. Así es Martín Lucía:

 

Origen: Martín Lucía: «Si fuera alcalde de Sevilla pondría en el “mapping” el chiste de los garbanzos de Gandía»

AGOSTO para leer.

agosto

Dado que ninguna editorial se interesa por lo que uno escribe, tengo que ser yo ‑como Lázaro de Tormes o como Juan Palomo‑ quien haga de editor, narrador, protagonista, autor y publicista. Para cuya vanidad, me dije: si uno recomienda los estrenos de sus amigos (los dos más recientes: Salvador Compán y José María Conget), ¿por qué no publicar tus propias novedades? Pues novedad es autoantologarse,[1] ir quitando de cada libro lo que menos pesa y lo que hacía los libros más pesados.

Ligerito, pues, de algún verso de más y de alguna torpeza suelta, os doy Agosto, el diario más o menos poético de un zángano en vacaciones, escrito entre Fuenteheridos‑Sierra y Sanlúcar‑Mar, Sevilla al fondo, cerrando el Triángulo Montpensier de la Buena Vida que me procuro siempre en vacaciones. Noli me tánguere, que me tango yo solo. Que ustedes lo pasen bien y a Dios.

[1] Advierto que el DLE no reconoce antologar, sino antologizar. Gracias al Corominas, me entero de que antología viene del griego ánthos, que significa flor y lego, yo cojo, yo recojo. Por tanto, no hay ninguna razón contra el verbo antologar, regresivo de antologizar, de la cual palabra podríamos decir lo que se dice de ofertar, que es una derivación del sustantivo oferta que usurpa la casilla del verbo ofrecer, que antes estaba. La duplicación antologizar es similar a la que se da en amplificar, que no es mejor que ampliar, o que gasificar, horrible verbo tan horrible como gasear. Antologuemos, pues, y que antologice la Academia lo que ella quiera.


San Isidoro y el Santo Grial o lo mal que está el servicio.

Urna-de-San-Isidoro-Colegiata-de-San-Isidoro-León Foto Pregunta Santoral
Urna de San Isidoro de Sevilla en León. Foto Pregunta Santoral.

Kierkegaard alertó que la peor pamplina es la que se dice ex cátedra porque se sostiene con autoridad y bibliografía. Toda especulación sobre el Santo Grial, que esté o deje de estar en San Isidoro de León, es cierta y es falsa. Cierta, en tanto el cáliz está ahí y, falsa, en tanto el relato es posterior, cuando las pruebas y los testigos se pierden o ya se han ido y empieza el turno del mito, de la leyenda o del folclore. Ese proceso natural, que vale para el Cid o Juana de Arco, vale también para Jesús de Nazaret: persona primero y personaje después. Vean, si no, lo que ha tardado y costado a la Iglesia redondear la biografía del personaje Jesús: ese padre, San José, que duda como marido del embarazo de María por un ángel, duda vigente entre la cristiandad hasta el siglo 16, se dice pronto.[1]

Del grial como palabra ‑no como objeto vaso o plato‑ no hay noticias hasta el siglo 12 y, como ustedes comprenderán, qué comisión del Consejo Superior de Investigaciones Científicas iría a buscarlo. Lo que sí es cierto: la cristiandad adoptó el Santo Grial como leyenda piadosa y con fines literarios, comerciales, viajeros, guerreros o peregrinos. Con el Grial en su poder, cualquier lugar, orden o monasterio, generaría otro Camino como el de Santiago o el del Rocío, que su buen dinerito dejan y, más, en tiempos de crisis.

Lástima que semejante estrategia eclipse la integridad del hombre de mérito que está a su lado: San Isidoro de Sevilla (556‑636), primero de los grandes compiladores medievales, padre del enciclopedismo y patrono católico de Internet, ahí puesto por el papa Juan Pablo II en 2001. Honor a San Isidoro y paciencia con el Santo Grial que verdadero es, no cabe duda: de un auténtico acto de fe. Si ni el evangelista más próximo a Jesús y al grial (ese Mateo dos o tres generaciones posterior) cuenta qué pasó con el célebre vaso, ¿qué autoridad daremos a una chica CSIC en 2017 y al relato doctoral que pueda hacernos? Más quisieran ella y la Iglesia ‑y Turismo de León, ya de paso‑ que hubiese una criada o un camarero recogido y guardado para la posteridad la sagrada vajilla y los sagrados manteles. El propio Jesús se quejaría: ¡Cómo está el servicio! Y nosotros, de su ilustrísima, a lo Faemino y Cansado: Qué va, qué va, qué va. Yo leo a Kierkegaard.

[1] Véase Gómez Manrique en su auto o Representación del nacimiento de Nuestro Señor (1476).


 

San Isidoro y el Santo Grial (1).

Urna-de-San-Isidoro-Colegiata-de-San-Isidoro-León Foto Pregunta Santoral
Urna de San Isidoro. Foto Pregunta Santoral

Vine a San Isidoro de León en viaje cultural organizado y me enseñaron el Santo Grial. Por alguna razón, fácil de entender, todos llevamos dentro el colegio donde hemos estudiado. Y el mío fue el instituto San Isidoro de Sevilla. Ahí hice el bachillerato y el acceso a universidad y ahí volví como profesor pensando ya en mi jubilación. Este mayo del 17 entré en la basílica de San Isidoro de León en busca de mi emérito colega, patrón y epónimo y ‑mira tú por donde‑ me encontré el Santo Grial. ¿Cómo pasó? Permanezcan atentos a la pantalla. De momento, les dejo con lo que dice del San Isidoro Tinta de calamar:

El antiguo Instituto Universitario San Isidoro de Sevilla, decano de Andalucía y fundado por Alberto Lista y Aragón, tuvo su inicio en 1845, dentro de la Facultad de Letras, calle Laraña. En 1859 fue separado administrativamente de la Universidad y en 1868 se trasladó al antiguo convento de San Pedro de Alcántara, sede de la Escuela Industrial Sevillana y antigua mansión de los Zúñiga, en el número 28 de la calle Amor de Dios. El viejo edifico fue demolido en 1961 y los cursos 59 a 64 el instituto tuvo que alojarse, mientras se levantaba el nuevo, en el pabellón de Chile.

Lebrato Martínez, Daniel. Si respondías ¡presente!, sonaba a José Antonio Primo de Rivera y si respondías ¡servidor!, a pelota o plebeyo. Así que empezábamos a responder sí, yo, o aquí, o equivalentes gruñidos guturales que fueron a más con el tiempo, quiero decir a menos, a ruiditos ininteligibles o a una mano apenas levantada, cuando volví a las viejas aulas, ya de profesor.

El instituto no había cambiado tanto. Tenía dos viejas glorias, gloriosa una, que era Esperanza Albarrán, y patética otra, que era el escudo franquista, el cangrejo como le llamábamos, todavía al frente de la fachada.

Yo, que iba con ánimo de incógnito, y en el primer claustro Juan José Perales va y dice Ahora que vuelve al instituto Daniel Lebrato, luchador por las libertades, a ver si Delegación manda quitar de una vez el cangrejo. –Pues yo lo veo arte, dijo la profesora defensora, por supuesto, de las libertades, del arte y la cultura.

El Veni Creator Spiritus (Ven, Espíritu Santo), atribuido a Rabano Mauro (776-856), llamado primer maestro de Alemania, primus praeceptor Germaniae, se canta al comienzo de solemnes actos académicos en las universidades, en recuerdo de los orígenes eclesiásticos de la institución. Musicado para el canto a capella gregoriano, la versión más famosa está dentro de la 8ª Sinfonía de Gustav Mahler.

Rabano Mauro es de la estirpe de Isidoro, arzobispo de Sevilla (556-636), cuyas Etimologías se titulan así por explicar las palabras por su origen y a la inversa, aunque de forma algo forzada. Obra de madurez, escrita a petición de Braulio, obispo de Zaragoza, se trata de una inmensa compilación en la que se almacena, sistematiza y condensa todo el conocimiento de su tiempo, texto el más usado en las instituciones educativas, por lo que Alberto Lista y Aragón y el primitivo claustro de profesores del que sería Instituto Universitario de Sevilla pensaron en San Isidoro para darle su nombre al primer instituto de la ciudad y de Andalucía, todo ello en cumplimiento del plan de estudios de Pedro José Pidal, de 1845, y antes de la ley Moyano de 1857, que preveía la creación de al menos un instituto en cada capital de provincia. Parece que el primero de España fue el Náutico de Gijón, en 1840.

Cómo acabaron los restos de Isidoro de Sevilla en León lo cuenta Ricardo Chao en su Cuaderno de Notas. Con él les dejo, que mañana esta historia del Santo y del Santo Grial continuará.