Etiqueta: Sevilla

flamenco fusión Bécquer.

Bienal 2020

En España covirus está haciendo falta una ley para la recuperación de espectáculos y eventos culturales. Demasiado hemos visto con tal de salvar taquilla y turismo: entidades convocantes, con ánimo de lucro, juegan a que lo suyo va a tener lugar sin duda alguna (desde Semana Santa en marzo, hasta las Carreras de Caballos en Sanlúcar en agosto), para desconvocar a última hora, así el daño engaño al sector, parece que no lo fuera.


flamenco fusión Bécquer.

Antes de la Bienal, lo que sabemos de los Bécquer, juntos o separados, Gustavo Adolfo y Valeriano, pone en evidencia la sociedad cultural que se esfuerza en levantar pretextos o conceptos interesados. Por bienal se entiende “cada dos años”, con lo fácil que sería pasar al tres, a la espera del año que viene, sin pandemia. En Bécquer -uno a uno o dos a dos- luchan Andalucía y Castilla, el gusto por lo popular, más la confusión de lo tradicional con el tradicionalismo de la España más conservadora. Y en la universidad, cuele o no cuele, te harán pasar por flamenco lo que es, métrica y temáticamente, género del viejo arte menor o, dicho en simple, poesía popular española en castellano, lo que se dice pronto pero, amigo, defina usted ahora lo que es, forma y expresión, poesía popular.

El flamenco es eso que, cuando suena auténtico, no puedo verlo y, cuando puedo verlo, deja de ser auténtico. Y es que payo y gitano son mundos en gran medida irreconciliables, siendo lo gitano el término marcado (discriminación positiva) y el resto, payos por contraste o por defecto; oposición que, primero, se pone al servicio del purismo y, después, se vende en bandeja de interculturalidad o de fusión más allá de la madre original, que fue siempre el flamenco como fusión de lo gitano y morisco con lo andaluz.

Para que se hagan una idea, el flamenco fusión, en uso desde los años 60, arroja 8.140.000 resultados en Google, frente al flamenco puro, que solo aparece 118.000 veces (aunque es verdad, pensarán ustedes, que la pureza empieza por no volcarse tanto en Internet). En Google Libros, el flamenco fusión alcanza 7.220 resultados, con muchos títulos en inglés.

El flamenco fusión rock (o rock andaluz) aparece 13,3 millones de veces. El flamenco pop: 8,75. El fusión jazz: 6,11. El flamenco punk: 3,35. El fusión rap: 2,57. El flamenco soul: 1,79. El fusión salsa: 1,16. El flamenco chill out: 387 mil. El fusión árabe: 363 mil. El flamenco samba: 211 mil. El flamenco sinfónico: 305 mil. Y con música clásica: 197 mil. Ahora nos vienen con la fusión flamenco Bécquer.

flamenco Bécquer arroja 688.000 resultados en Google, incluidas entradas donde flamenco hace alusión al Flandes del apellido Bécquer, y descontando las veces que flamenco y Bécquer anuncian algún acto relacionado con Fitur, con la Bienal, con Cicus o periferias o anuncios similares en la cartelería y oferta de ocio que dan por hecho el evento:

En 2020 se cumplen 150 años de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer, del “fin de los días del padre de la poesía española contemporánea”, escribe una pluma cursi, “por lo que la Bienal estará dedicada a tan insigne poeta”.

Anunciado lo cual, les puedo asegurar que la fusión está traída por los pelos, y eso en dos maneras: por un lado, se hace flamenco o gitano lo que en los dos Bécquer hubo de gusto o curiosidad -también encargos, que cobraban- por estampas de lo castizo o popular (folclore o costumbrismo, a fin de cuentas) y, por otro, se populariza o se hace castizo lo hondo, o jondo, que caracteriza y define el flamenco. Así sí. Así cualquiera.

Desde García Lorca y el primer Concurso de Cante Jondo (Granada, 1922), lo hondo casi está desaparecido (hondo, en cante: 373 mil gugles; en baile: 156 mil; en toque: 1.800). El flamenco no muere, es cierto, pero da la impresión de que, como el cristianismo de ¡Cristo vive!, el truco consiste en servir a muchos amos a conveniencia de un mercado. Dicho en Antonio Machado: No puedo cantar ni quiero a ese flamenco chusquero sino al que anduvo en el bar.

Cuando intentamos pasar desapercibidos en sitios populares que no son nuestros (por aquello de que el flamenco, cuando lo veo y me ven, deja de ser auténtico), se nos viene a la cabeza La venta de los gatos (1862), de Gustavo Adolfo Bécquer.

Bécquer se extrañaba de sí mismo -el poeta y dibujante, el residente entonces en Madrid- en aquella venta entre Sevilla y San Jerónimo, antes y después del cementerio de San Fernando (1853):

«Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla, mientras otros llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos, que tocan la pandereta y chillan y ríen, y los mozos que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto una tarde templada y serena que fui a visitar aquel célebre ventorrillo. Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.»

Cerrando cada uno de los dos tiempos de La Venta, engarza Bécquer dos coplas o cantares que él, como narrador, dice haber recogido en boca y guitarra del hijo del ventero enamorado de Amparo: quien “más bonita era que la Virgen de Consolación de Utrera”; amores que acabaron, en la segunda parte, a juego con el cementerio: «En el carro de los muertos, ha pasado por aquí. Llevaba una mano fuera. Por ella, la conocí.»

Admiración y extrañeza, la de Bécquer en la venta, que debió ser igual a la del folclorista Demófilo, nacido en Santiago de Compostela, pateando tabernas y cafés cantantes de la Alameda detrás de su colección de Cantes flamencos, publicada en 1881. Ahí brilla con luz propia esta seguidilla gitana, llamada así por el madrileño y amigo de Bécquer, Augusto Ferrán, quien, como a una huerfanita, la recogió en La soledad, de 1861: «Yo no sé por dónde, al espejito donde me miraba se le fue el azogue.» (Yo no sé por dónde, lo flamenco donde me miraba se le fue el cante y el baile y el toque.)

Benito Moreno (muerto en Sevilla el 8 de mayo de 2018) en su disco Me han quitado lo bailado, que el pintor y cantautor grabó en 1999, incluye una canción, Flamenco confusión, que en tres minutos nos despacha su punto de vista contra la fusión. Diferente piensan concejalías de fiestas mayores y cultura que, a los pies de la ciudad turística, necesitan del flamenco como necesitan de los Toros, de la Feria o de la Semana Santa; eventos y más eventos pomposamente llamados tradicionales. Y diferente piensa el artisteo flamenco, necesitado de tratos y contratos. Por lo demás, no se preocupen. Sanidad y fuerzas del orden velarán que máscaras y normas de distanciamiento social no perjudiquen el evento, y porque camino de la Bienal no le arranque “un tironero un brazo a un extranjero”… comillas de Benito Moreno para otro espacio mítico, adonde iremos mejor que al cementerio, mejor que a la Venta de los Gatos y mejor que a la Bienal con mascarilla: al Rinconcillo.

Daniel Lebrato

Nota del día. 22 de julio. Entrando en la página [a-la-venta-las-entradas-de-la-bienal]

http://www.labienal.com/noticias/a-la-venta-las-entradas-de-la-bienal

la respuesta es como la San Miguel: cero cero.

Letra de Flamenco fusión, de Benito Moreno[1]

[1] «Flamenco fusión. Flamenco confusión. Flamenco infusión, desilusión. Flamenco oración de Montesión. Flamenco saetero de barrio de salero que vive y que se mueve en medio el Jueves. Luego la primavera la sangre hortera, flamenco clavellina de carne de gallina. Flamenco caduco, de repeluco. Flamenco calentito de señorito de cuernos y ojana hasta la mañana. Carmen de Mérimée, flamenco en francés, de élite, muy caro, chunguísimo, claro, y, del cuplé, no sé, no sé. Hay mucha faraona y mucha tetona y, de tanto jipío, yo paso, tío. Guitarra de alegría, Paco de Lucía, de guerra y de paz y mucho compás. De una mina de La Unión, el Camarón, garganta de fragua de acero y agua; me gusta lo largo que canta, y lo amargo. ¿Filarmónica de Londres? ¡Venga ya, hombre! En la Universidad lo matan de verdad. El jazz flamenco es el más penco. Con saxo y violín se llama a un flamenquín, flamenco que se pasa, colega, y hay guasa. Cuántas voces gitanas echaron de Triana, que dejaron el río que temblaba de frío, a las Tres Mil: flamenco de candil. El flamenco es arte y vive aparte: flamenco oscuro sin tabaco y sin un duro.»



icononoclasias.

DL estatua

Se llama icononoclastia o icononoclasia a la actitud o doctrina contraria a las representaciones de iconos, de imágenes (en principio, de Dios, pero extensible a todo tipo de prácticas figurativas).[1] En sentido amplio, icono es un ídolo, un símbolo, un modelo que admite ser imitado (los Rolling, del rock; Michael Jackson, del pop) e iconoclasta, lo contrario: algo o alguien que rompe esquemas. El último movimiento iconoclasta está dándose contra las estatuas de personajes reconocidos como esclavistas; anti racismo alimentado por el asesinato de George Floyd, antes o después, descendiente de esclavos.

A esta furia iconoclasta habría que recordarle que arremeter contra las estatuas puede estar muy bien pero, a la corta, responde a fanatismos culturales y, a la larga, desvía el foco de atención de la cuestión palpitante: si se puede releer la Historia con ojos y perspectiva de siglo 21… algo que lleva años haciendo el feminismo revisionista (que opera por presencia/ausencia de mujeres a lo largo de los siglos), y que, en cualquier campo, configura lo políticamente correcto y expande esa corrección a tiempos pasados que ya no se pueden modificar. Derribar una estatua de Colón o estigmatizar Lo que el viento se llevó, puede dar cuenta de un totalitarismo demócrata y buenista que ya podría mostrarse más rebelde con causa contra cuerpos de policía que, en Usa como en España, abusan de nuestra vida.

Otra variante de idolatría nos lleva al calendario de fiestas de primavera de Sevilla, fuertemente icónicas: Semana Santa, Feria, Toros, Rocío y hasta el mismo Corpus (fiesta en principio abstracta hasta que en la Catedral se hizo custodia). El estado de alarma ha demostrado a idófilos y a idófobos que se puede vivir, y se vive y se muere, sin fiesta ninguna. Hermandades, sociedades de casetas, rocieras, o aficiones taurinas y futboleras deberían aprovechar la ocasión para bajar sus humos y sus orgullos: su devoción o alegría no pueden, el año que viene, presumir ya tanto ni pasar por imprescindibles.

[1] El diccionario que distingue Dios, dios, dioses, icono, ídolo, fetiche, etcétera, lo hace desde una teología nacional católica que se empeña en distinguir lo auténtico (la religión verdadera) de lo falso. Lógicamente, el pensamiento laico no debe entrar en teológicas disquisiciones. Hablamos de símbolos o alegorías sin distinguir la sagrada imagen de un Señor del Gran Poder, del fetiche de psiquiatra o de vudú.


foto portada: idiota haciendo la estatua, colección propia.

Sevilla en bici, cuestión de imbíciles (2).

ANIMATION Carril Caballo

Carril bici por Sanlúcar de Barrameda
esquina Carretera de la Vía con Quinto Centenario


En la primera parte de Sevilla en bici vimos el trato que el Plan Bici de Sevilla dio al centro de la ciudad histórica: ninguno. Sevilla, como cualquier ciudad, necesitaba un plan a largo plazo que habría que haber sometido a consulta de toda la ciudadanía, la de intramuros y la de fuera, la acostumbrada a usar la bici (de paseo, bici urbana, de montaña, de carretera o deportiva) y la que pudiera incorporarse. No se hizo esa reflexión y pronto sufrimos un despropósito de obras públicas que cambiaron la ciudad como no se había visto cambiar desde la Expo 92 o desde que Sevilla prescindió de sus murallas.

Hablamos de hábitos circulatorios y de modalidades de tráfico que unas con otras dialogan o tienen que dialogar entre sí: el coche particular, el transporte público, carga y descarga, limpieza, servicios, urgencias, bomberos, coches de caballos, bicicletas, motos, patines, patinetes, personas, perros; más cofradías por Semana Santa o manifestaciones cívicas, coches de inválido, carros de bebé, de la compra, todo ese etcétera. Había que pensar, en futuro inmediato, la Sevilla que se quería y, en lo tocante a la bicicleta, si se quería un ciclismo de agregación o un ciclismo de segregación, esto es: la bici dentro del tráfico general, o al revés: la bici reconducida a itinerarios propios, y si esos itinerarios se harían a costa de los coches o de los peatones, como finalmente se hizo. Demasiada carga para aquel grupo de Izquierda Unida A Contramano que, con más voluntad que cabeza y con ninguna autocrítica, transformó la ciudad como jamás se había visto.

Bicicletas matriculadas (La Enramadilla 1964)

Por calles unidireccionales como por anchas avenidas, el municipio tenía la posibilidad (más visible ahora en tiempos de crisis y sin fondos europeos) de haber hecho de la bici lo que era: un vehículo lento entre vehículos más rápidos, y actuar con dos instrumentos bien baratos: educación cívica y un plan de actuación sobre bordes, bordillos o arcenes de calzadas mayormente perjudicadas por baches, husillos, registros o alcantarillas. Todo eso, con alquitranado y brocha gorda hubiera despejado el carril derecho para el transcurso de las bicis sin invadir aceras ni molestar a nadie. La educación vial hubiera mentalizado a conductores ególatras y mal acostumbrados al “circule por la derecha, adelante por la izquierda”, que decía el viejo código. Esa aplicación junto a otras iniciativas como algún derecho a contramano (según los coches) o como el uso compartido de carriles buses (bus y taxi y bici como transportes públicos) hubiera ahorrado a la ciudad una pasta gansa y redundado en beneficio general.

Bicicletas matriculadas años 60

Donde tanto se miman patrimonio y tradición y cuando lo sostenible es casi moda y tanto se protege lo en peligro de extinción, la bicicleta de nuestros mayores, aquella con su estatus reconocido, con su matrícula y su aparcamiento en las comunidades (no en balcones ni desvanes), ha desaparecido de la ciudad. Imbíciles. [1]

Daniel Lebrato en bicicleta

[1]a. Desconfiad de toda asociación ciclista urbana. La perspectiva se pierde cuando se pasa de la reivindicación al orgullo bici, ese que toca el timbre a las personas por aceras o zonas peatonales.

[1]b. Urbanismo Psoe: tranvía (o metro), rotondas y carril bici: todo por el coche.


Daniel Lebrato en bicicleta por la Avenida de Sevilla 2017 05 22


Sevilla bici, cuestión de imbíciles.

icono-biciculturaicono-biciculturaicono-biciculturaicono-bicicultura


Lo llamábamos BiciCultura, por decir bici educación o bici laboral de casa al sitio y del sitio a casa. Imagínese usted un casco histórico como Sevilla, donde o «ciclistas por la calzada» o nada de nada, monada (porque no hay aceras ni anchas avenidas). De la Sevilla del ensanche hablaremos otro día.

Casco histórico. Aunque no recibiera ese nombre, ese casco histórico ya tenía su carril: el carril automóvil. Carril por donde circulaba el señorito en calesa o coche de punto mientras la plebe se apañaba como podía entre charcos del suelo y ¡agua va! desde el cielo.

A ese carril-coche conviene la calzada de duro adoquinado sin refilar (machaca manillares y sillines) que no se derrite y resiste las altas temperaturas del verano de Sevilla (cuando el señorito andará por la Sierra de Aracena, por Matalascañas o Sanlúcar) y previene el destrozo asfáltico que provocan las procesiones de cera de Semana Santa:

–¡El adoquín en bruto es lo suyo! -dijo el perito en calzadas romanas.

En esas calles hechas a la medida de los coches, acera es lo que sobra o es plaza o alameda. Murallas adentro, no hay mucho más: privilegios de iglesia y nobleza que nadie cuestiona, y una panda de eurocomunistas que también viven en el centro y que ahora, en vez de comunistas, se hacen llamar de izquierdaunida y que han viajado en familia a Ámsterdam o a Berlín, donde han flipado con sus carriles bici:

De ahí, vendrán la Bicicleta del Alamillo o las jornadas bici, con poli municipal cortando el tráfico y siempre en domingo. En esos Días Metropolitanos por la Bicicleta, ¿qué se aprende de la bici diaria? ¡Absolutamente nada! Bicicultura: cero cero. Y será así en cualquier ciudad que se precie de casco antiguo y casco el que lleven ciclistas en la cabeza.

Esa escuálida Izquierda Unida logró un día entrar al Ayuntamiento como ha entrado IU Podemos en el actual Gobierno de Coalición: a rebufo del Psoe y sin hacer mucho ruido:

–Daremos a IU Participación Ciudadana -se dijo el Psoe, sumiso a la Sevilla del ABC mientras se reservaba para sí las poderosas áreas de Urbanismo o Tráfico.

A todo esto, Izquierda Unida, bienintencionada, había logrado ediles gracias al voto de barrios como San Jerónimo o Bellavista. A aquella buena gente, preguntó la concejala que repartía los euros para Presupuestos Participativos:

–Todos y todas (pues ya se empezaba a hablar en lenguaje de géneros): ¿En qué queréis que invirtamos los euritos que tenemos para el barrio? ¿En parques infantiles?, ¿en un polideportivo?, ¿en peatonalizar la calle principal?, ¿en el mercado de abastos?, ¿en carril bici de aquí al centro?

Y votaron todas y todos, como en Villatripas de Javier Krahe:

–¡Carril bici, mucho más!

Y así salió el carril (acera-bici, en realidad) Bellavista-San Jerónimo : 15,9 km de asfalto rojo que algún ingrato comparó con línea de metro y llamó “bicicleta obrera”. El primer tramo, entre Plaza de Armas y Barqueta, lo inauguró en septiembre 2008 el reverendo teniente alcalde de Sevilla Rodrigo Torrijos, con Ricardo Marqués, de A Contramano, de acólito ilustrado. Había llegado Ámsterdam a Sevilla y, de Sevilla, a Andalucía, a España y la humanidad. Lo curioso era que entre Ricardo y yo, los dos viviendo en el centro, no había forma de ir en bici sin que un coche nos pisara los talones. La línea Bellavista San Jerónimo nos pillaba a los dos un poco lejos.


(Próxima parada: en bici por la Sevilla ancha.)

icono-biciculturaSEVILLA EN BICI, CUESTIÓN DE IMBÍCILIS (2ª PARTE)

 icono-biciculturaicono-biciculturaicono-biciculturaicono-biciculturaicono-biciculturaicono-bicicultura


nombre y logo bicicultura compartido con Universidad de Chile
Centro Bicicultura, Amarilis Horta
*
reproducción y montaje
(y pedidos como pegatina)
El Taller de la Copia, Feria 50, 41003 Sevilla


Óptica Sevilla: Semana Santa.

Estadio_Olímpico_de la Cartuja
Estadio Olímpico de la Cartuja, propuesto Carrera Oficial para la Semana Santa de Sevilla.

No lo digo yo. Lo ha dicho el año sabático. Las fiestas de Sevilla son todas prescindibles. Marque usted, feriante o cofrade, la casilla que corresponda: hermandades, Iglesia, Maestranza, ganaderías, socios y titulares de casetas; todo lo que ha vivido a la sombra del Ayuntamiento bajo pomposo título de Fiestas Mayores de alto interés turístico, por su contribución a la economía de la ciudad y todo ese etcétera que el coronavirus se ha llevado por delante y que el año que viene podría volver a volver.

La Semana Santa cambió su ser tras la madrugá del 2000 y, a partir de ahí, tal cual predijo Juan Bonilla, “nadie conoce a nadie”.[1] Nadie conoce a nadie porque, por encima del Consejo de Hermandades y del propio Ayuntamiento, llegó Orden Público (CECOP: Centro de Coordinación Operativa) y mandó parar: vallas de separación por todas partes (más, a la salida y entrada de la procesión), rigurosas filas de espera para verlas venir (propio de Cabalgata de Reyes, en atención al público infantil), sillitas de mano dónde sí y cuándo no, fin del cangrejeo, rigidez de horarios (por retransmisiones tv) y mucha, mucha, policía para una masa que hasta el 2000 se preciaba de una autogestión que daba gusto: esa era la bulla; bulla tan sabia para acertar a dónde ir, como indulgente ante leves libertades que se disculpaban con tal de no molestar y que ningún infractor dejara sin vistas al chico o a la persona más bajita. Verdad que siempre había alguien en la fila que cuando usted, por libre o en caravana de libres, pedía paso franco educado, saltaba el malaje:

–Por aquí, ¡ni uno más!

Pero eran los menos y si sabías navegar entre el gentío evitando la Carrera Oficial, podías ver todas las cofradías y todos los pasos del día y hasta te sobraba para hacer escala en algún bar, Cruzcampo o manzanilla, con su buen urinario sin excesiva cola y medianamente limpio.

Todo lo cambió la ciudad del orden y no es extraño el actual rechazo por parte de capillitas laicos que hemos sido.

Pensando en laico, lo normal sería la Ciudad proponerle a Iglesia y Consejo de cofradías una de dos:

–Un circuito interno o Carrera Oficial por Catedral o gradas adentro de la Catedral

o hacer la Carrera en el Estadio Olímpico de la Cartuja y allí las procesiones dar vueltas las que quieran. El público paga su entrada. El espectáculo empieza y acaba. Estadio cubierto, a prueba de lluvia. Fácil acceso. Amplio aparcamiento. Servicio de orden privado o concertado con el CECOP. La ciudad, limpia de cera y paja. Y al turismo le daría igual. ¿Cuál sería el problema?

¡Como si la Macarena lleva publicidad de Coca-Cola o al Gran Poder lo patrocina una inmobiliaria!

Está muy mal acostumbrada esta ciudad de la gracia a la que no le vemos tanto la gracia.

Mañana en la Óptica: la Feria de Abril de Sevilla, que ya en parte hemos visto pasar por [eLTeNDeDeRo].

[1] Juan Bonilla: Nadie conoce a nadie (1996), novela ambientada en Sevilla, con la Semana Santa y los juegos de rol de fondo. Se hizo película del mismo nombre dirigida por Mateo Gil (1999).


pruebe a leer en horizontal


Si ayer cerrábamos con un poema de Manuel Machado, ahora es su hermano Antonio Machado quien nos da esta estampa de un niño siempre buscando a Dios entre la niebla, niebla que bien podría ser entre dos plazas: la plaza de San Juan de la Palma, de la Amargura, y la de Los Carros, hoy de Montesión, en lo que va del Palacio de las Dueñas, donde fue criado, hasta el Domingo de Ramos y hasta el Jueves Santo, si no un poco más arriba San Pedro, La Mortaja o Los Gitanos. He aquí el niño:

   ES UNA TARDE CENICIENTA Y MUSTIA,
destartalada, como el alma mía;
y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
    La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente comprender siquiera;
pero recuerdo y, recordando, digo:
—Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.

    Y NO ES VERDAD, DOLOR, YO TE CONOZCO,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
    Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
    se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
    así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.

Antonio Machado, Soledades (1903)

Sevilla sin Feria de Abril.

Daniel Lebrato y Pilar Feria de Abril 2014 foto de Pablo Aristoy (6)

Esta Feria de Abril 2020 ha divido a Sevilla en dos: la Sevilla continuista (y hasta jartible) de quienes se han montado la feria en su propia casa; y la Sevilla reflexiva de quienes se han tomado el año como un año sabático, para pensar: [1]

–Si en vez de en mi piso, el simulacro de Feria me lo encuentro en mi plaza de barrio o en mi patio de comunidad, tendría una feria mucho más cómoda que la de un Real cada vez más lejos y contaminante, para mis pies cada año más cansados. [2]

Mis amigos van a decirme:

–Danielito, hijo: para eso, las Cruces de Mayo, lo que en Córdoba son Los Patios [3].

–Será. Pero en abril y sin cruces ni motivos religiosos. Si acaso, con estímulo a los espacios y montajes más conseguidos: barra de bar, restauración, tablao de baile, música, veladores; de manera que nos vemos en mi caseta; caseta de la que podría hacerse cargo el bar más próximo o la asociación civil más interesada o mejor dispuesta. [4]

¿Que el Real de la Feria con Paseo de Caballos y Calle del Infierno seguiría donde diga el Ayuntamiento? Nada que objetar. Se trata de yo elegir entre meterme la paliza en el cuerpo, ir y venir de mi casa al Real, o montármela en mi Sevilla Este o en mi Pino Montano; o en mi plaza San Antonio en torno al Bar Rodríguez, por ejemplo.

La Feria Feria se acomodaría a una portada fija [5] y, en gran medida, podría estar abierta a visitantes y turistas todos los días del año, como un parque temático. ¿Cuál es el problema? ¡Ya quisieran las Fallas de Valencia o los Sanfermines de Pamplona sustitución tan fácil!

Mañana hablamos del baile por sevillanas como fenómeno, negocio o decepción.

[1] sabático, ca < latín tardío sabbaticus < griego σαββατικός, sabbatikós. descanso sabático: El séptimo año, después de seis, que los hebreos daban descanso a sus tierras, viñas y olivares. año sabático: el de licencia con sueldo que instituciones docentes e investigadoras dan a su personal cada cierto tiempo.

[2] Hasta 1973, la Feria estuvo en el Prado; ahora en Los Remedios, y la próxima ya veremos si en el Charco la Pava o más allá.

[3] Nombre oficial: Festival de los Patios Cordobeses.

[4] También podría encargarse la institución o cofradía religiosa más arraigada y más próxima. Lo importante es que el carácter civil y profano de la caseta pública no se desvirtúe ni derive en Cruz de Mayo.

[5] El presupuesto de montaje y desmontaje, con novedad de Portada año tras año, iría dedicado a obras de interés social en una Sevilla con tanto riesgo de exclusión social y con tanta gente sin techo. Ni la belleza ni la alegría de la actual Feria peligrarían por eso.


foto portada: Pablo Aristoy, Feria 2014.