la ciudad y las bicis.

Tras la Fábula de la bicicleta y el lince ibérico, hay quien me achaca una excesiva vinculación o dependencia con Sevilla.

Sevilla o no Sevilla, el punto de partida para cualquier ciudad, histórica o no histórica, ha de ser el índice de siniestralidad que el vehículo bicicleta ocasionaba, a ciclistas y no ciclistas: de ahí, que la bicicleta hubiera que aislarla como se aísla una infección contagiosa o, digamos malamente: los indios, a la reserva. Impuesta la segregación, su éxito alumbraría un mayor número de rutas urbanas que migrarían, del coche, a la bicicleta.

Buscamos “bicicleta urbana y siniestralidad” o “problema” o “mal de la ciudad”, y DGT y barómetros y observatorios de la bicicleta se limitan a personar la bicicleta en el lugar del percance, no cuantifican ciclistas culpables o inocentes, algo que sí se hace en accidentes de carretera. Tampoco hay datos científicos sobre disminución del tráfico de coches debido a un mayor uso de la bicicleta. Tecleando en Google por ese epígrafe, mucho ruido (338.000 resultados) y pocas nueces. En el escamoteo de tan elementales demoscopias, pudiera haber intencionada y perversa inteligencia: no es fácil reconocer que, después de tanto blablablá por el carril bici ¡ya!, el ¡ya! consiste en que el tráfico de coches continúa igual que antes.

En el aumento de usos de la bicicleta por ciudad, no sería ético incluir bicis de carreras -de pronto, por zonas peatonales- ni de montaña haciendo alpinismo por los bordillos de las aceras. Lo único asentado es el uso de la bici como transporte escolar y, posterior, al instituto, al conservatorio o a la universidad (lo que asegura una cantera: el músico o el profesor seguirán yendo al trabajo en bicicleta).

Buscábamos un ciclismo de traje y de corbata o de tacones y falda destino a la oficina, con su presencia y su cartera. Esa bicicleta laboral pide su amarre o aparcamiento ligera de cadenas y de rápido anclaje y desanclaje, tanto en domicilio como en destino. Y pide su red de talleres y reparaciones y servicio técnico o asistencia en ruta de modo que un mal pinchazo o una salida de cadena no nos amargue el traje o la jornada ni nos haga perder la sonrisa por llenarnos de grasa. Cuando las bicis reciban las mismas calidades que los coches.

Si, para eso, los ayuntamientos deben regular sobre tráfico y calzadas, comunidades y negocios…

Si, para eso, las bicicletas han de pasar por Hacienda y pagar impuestos (que serían pocos, como vehículo protegido)…

Si, para eso, hay que pasar por DGT, y someterse a matriculación y uso de luces y casco normalizados y cumplir mínimas normas de circulación…

Si, para eso, hay que asegurar la bici frente a daños a terceros…, la bicicleta no tendría nada que perder y mucho que ganar.

Planes bici como el Plan Bici de Sevilla son para la bici de paseo, infantil o dominguera, destino Parque del Alamillo. Para ese plan, no merece la pena a las ciudades perjudicar aceras y zonas peatonales. ¡Y todo para que el coche siga como sigue en Sevilla nada más transitar por ella: campando a sus anchas! Y ahora más que antes, porque al raro ciclista que se siga atreviendo a mezclar su rodadura con los automóviles, los conductores airados le recriminan:

—¡Al carril bici, idiota!

Daniel Lebrato, 25 del 11 2020

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