Pive Amador, fotógrafo de fotos.

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve
(Antonio Machado).

Pive Amador. Maquinaciones para un decenio. Años 70, siglo XX, exposición en sala Atín Aya (calle Arguijo 4, bocacalle a calle Laraña de Sevilla, frente a Facultad de Bellas Artes), de aquí hasta el 20 de septiembre de 2026.

Lo más y lo mejor que se puede pedir a una exposición de género fotográfico, es que exponga o arriesgue a exponer todo un punto de vista, un carácter didáctico. Y más, cuando parece que fotografías hace un tonto con móvil.

Pive Amador, Maquinaciones tiene ese didactismo que es también su gran virtud: Sevilla, 1970~1980 tal cual veía la ciudad y su movimiento un reportero enamorado de su cámara y de su ciudad, y de la edad y de su siglo en tránsito hacia otro siglo. Pasen y vean. Fran G. Matute al mando, Gloria Rodríguez ayuda, Pive Amador, fotógrafo.


“Siempre acabo hablando de Silvio”. Pive Amador. La sala municipal Atín Aya acoge una exposición con fotografías hechas por Pive Amador en los años 70, cuando Sevilla era unos de los núcleos más activos de la cultura underground en España. Luis Sánchez-Moliní, 31 05 2026


José Amador Gemio, Pive Amador (Sevilla, 1950), llega a la cita a lomos de una vespa ochentera y con sus gafas de sol negras de rockero sin redención posible. Antes de un par de cervezas en Er Tito visitamos, en la sala Atín Aya, su exposición Pive Amador. Maquinaciones para un decenio. Años 70, siglo XX. En la muestra, comisariada por Fran G. Matute y con la colaboración de Gloria Rodríguez, se revela la para muchos desconocida faceta de fotógrafo de este señor de la calle Asunción que lo ha sido prácticamente todo en el panorama cultural sevillano: diseñador gráfico, librero, batería, productor, manager, escritor, jurado de Se llama copla. El visitante de la exposición se quedará asombrado con una obra que va desde la foto documental y realista hasta los experimentos influenciados por las vanguardias de los 70. El Reina Sofía y el Caac guardan obras suyas. Aunque interrumpió sus estudios en Filosofía, en cuya facultad conoció a Kiko Veneno, para dedicarse plenamente a la música, sigue guardando devoción por la disciplina y es autor de libros dedicados a Spinoza, Gracián y Montaigne. Pero, como él dice, su gran aventura fue cuando se encontró con Silvio, con el que colaboró en todo: manager, letrista, batería e incluso biógrafo.

Pregunta.–Permítame que me quite el panamá para felicitarle. Entre los muchos Pives que conocíamos no sabíamos que había un fotógrafo de tanto valor.

Respuesta.–El noventa por ciento de estas imágenes están hechas cuando yo tenía entre 20 y 25 años, en la época que va de 1970 a 1975, año en el que empecé a meterme en la música. A partir de ahí fui abandonando la fotografía, aunque seguí haciendo carteles, portadas de discos… Yo había sido el primero en olvidarme de que había sido fotógrafo. Es curioso que haya estado metido en mil cosas: músico, manager, letrista de canciones, diseñador de carteles, locutor, escritor de libros sobre música y filosofía, librero… Y al final me he hecho famoso por ser jurado en el programa Se llama copla…

P.–El trabajo de Fran Matute, el comisario de esta muestra, es destacable.

R.–Fran ha sido decisivo. Si él no llega a intervenir yo me hubiese ido a la tumba con todo este material metido en un armario de mi casa.

P.–La exposición demuestra, una vez más, que el underground sevillano fue uno de los más importantes de España. Quizás el que más junto a Barcelona.

R.–La liebre de mi trabajo fotográfico saltó cuando Pedro G. Romero hizo en el Caac la exposición Vivir en Sevilla, que iba sobre este ambiente en la ciudad en los años 70. En esa época Madrid no brillaba. Tendría que esperar hasta los 80 y la Movida. Barcelona era el otro núcleo y destacaba más que nosotros en la prensa, por lo que podemos decir que los que verdaderamente respondíamos al término underground éramos nosotros.

P.–Su acercamiento a la fotografía y el cine fue a través del Cine-Club Vida. Probablemente, las nuevas generaciones no sean conscientes de que la modernidad de la imagen en Sevilla entró por los jesuitas.

R.–Los jesuitas hacían sesiones privadas donde podíamos ver El acorazado Potemkin y otras películas prácticamente inaccesibles en la época. Además, el cine-club hacía ciclos oficiales estupendos, como el de Buster Keaton. A mí me intentaron captar como jesuita. Siempre he sentido una admiración por la orden, pero no tanto como para eso.

P.–Maquinaciones, el título de la exposición, recupera el que tuvo su primera y única muestra en los 70.

R.–La hice en la Casa Damas de la calle Asunción, un lugar precioso, con un diseño modernísimo. Hubo alguna crítica buena en la prensa.

P.–En la exposición se ve que en sus inicios hace una fotografía documental y realista, para ir evolucionando hacia un universo más conceptual.

R.–Esas fotos están en la primera sala porque son las más asimilables para el gran público. Es una foto más fácil de entender. Conforme vas subiendo el discurso se va purificando. Yo nunca fui un reportero, excepto en algunos trabajos concretos para M-11.

P.–Me han sorprendido las fotos de los niños de Miraflores, el antiguo manicomio de Sevilla. Entroncan con el espíritu barroco y tienen una sensibilidad humana muy especial.

R.–Son imágenes muy crudas, pero sinceras. Al final de los años 70, Ricardo Pachón organizó un festival que se llamaba Salta la Tapia. Se reivindicaba la desaparición del manicomio y la manera en la que vivían los entonces llamados locos. Fueron magníficos conciertos con Lole y Manuel, Pata Negra, Silvio, incluso había un interno que cantaba muy bien por Joe Cocker. Aproveché aquello para hacer las fotos.

P.–Muy buenas también las del Rocío.

R.–Entonces el Rocío era más auténtico que ahora, no había tanta revista del corazón. Esas fotos las hice por encargo de Alfonso Grosso para su novela Con flores a María, pero al final no salió aquel proyecto. Él quería que buscase cosas raras, como un cura dando besos… Yo le dije que no iba a ir por ahí buscando curas dando besos… No soy rociero, pero tengo el número cinco de Los Panaderos, porque mi padre me apuntó a la hermandad antes que en el Juzgado. Rociero soy al estilo de Silvio. Una vez le preguntaron si le gustaba la romería y él contestó: Sí, pero hasta la Pañoleta.

P.–Así que rociero no, pero sí sevillano de pro.

R.–Mis amigos comunistas se quedaban alucinados de que yo pudiese salir de nazareno, montar a caballo en la Feria y después les ayudase con sus panfletos. Como decía Séneca, hay que ser respetuoso con las costumbres de tu pueblo.

P.–¿Montaba usted en la Feria?

R.–Sí, porque mi abuelo domaba caballos y mi padre era tratante de ganado. En mi familia era costumbre. Siempre he estado en mundos muy distintos que, para mí, no eran contradictorios.

P.–¿Y su condición de librero?

R.–Fundamos Trajano 12, cuyo cartel se puede ver en la muestra. Éramos distribuidores y libreros, pero lo tuve que dejar porque mi socio era homosexual y estaba todo el tiempo intentando meterme mano. Y a mí, con todos mis respetos, no me interesaba ese tema.

P.–También perteneció al centro M-11, galería muy importante para la renovación del arte sevillano en su momento.

R.–Por supuesto, allí estaban Quico Rivas, Manuel Salinas, Bonet, Diego Carrasco. Era en la supuesta casa natal de Velázquez. Colaboré con ellos como fotógrafo y los convencí de que M-11 podía hacer lo mismo que Andy Warhol, que había potenciado desde su Factoría el grupo The Velvet Underground. Me pagaron la formación del grupo Goma, que fue mi entrada en la música. Solo grabamos un disco, con García Pelayo de productor, pero pasó a la historia.

P.–Silvio ha sido un personaje fundamental en su vida. Llama la atención que en esta exposición apenas salga.

R.–Es que entonces Silvio era un alegre millonario que vivía en un chalet de la Costa del Sol que le había regalado su rico suegro inglés. Yo empecé a tratarlo a mediados de los 70, cuando lo dejó la mujer por dilapidar su dinero. Yo fui el que lo convenció para que cantase, porque él había sido batería. La única foto suya que aparece en la exposición es la portada del disco Al este del edén, de 1980.

P.–La que sí aparece es una foto que luego sirvió para ilustrar un disco de Lole y Manuel. En ésta vemos un solar cuyo caserío ha sido derribado y, al fondo, la Giralda. Una tristísima realidad en aquella Sevilla en la que se tiró una buena parte de su casco histórico.

R.–Es del 75. Era al final de la Calle Abades, donde estaba la Escuela Francesa, un derribo enorme. El día que lo vi me quedé impresionado y comprendí su potencia como imagen.

P.–¿Cuáles fueron sus primeras fotos?

R.–De Semana Santa. Eran otros tiempos y cuando ibas con la cámara el público te dejaba pasar, te hacían sitio. Ahora te encuentras una barrera de quinientos móviles. A Silvio le pregunté en la tele cuándo tuvo su primer contacto con la música y dijo: ¡Los tambores, los tambores de la Semana Santa! Para los de mi generación la música en directo está muy vinculada a las bandas de Semana Santa. Por eso, en 1988, sacamos las canciones dedicadas a la Virgen. Este año he hecho el pregón de El Llamador.

P.–Como buen underground era antifranquista a su manera.

R.–Contra Franco vivíamos mejor. A mí me tocó el tardofranquismo, la dictablanda, cuando las libertades no existían pero nos las tomábamos. Correr delante de los grises era una vacilada y un orgullo. Después se presumía de ello con las niñas, pero ya no se corrían riesgos tan grandes. Se vivía con la alegría de que la democracia estaba al llegar. Cuando murió Franco me dediqué a recortar sus esquelas para un proyecto. Estaba toda la sociedad sevillana: hermandades, Sevilla y Betis, los comercios.

P.–Fundó incluso un partido.

R.–Eso fue una ironía en la época que empezaron a surgir cientos de partidos. Yo fundé el Partido Quimérico Revolucionario Sevillano de los Tarados Universales (PQRSTU), e hice un pasquín político-filosófico que repartía en El Jueves, La Palanca. Era un rollo situacionista.

P.–Hay guiños irónicos a los plastas de la época. Se ve en su obra Materialismo Dialéctico, una señora desnuda manipulando una imagen de Lenin.

R.–Era una novia muy potente que yo tenía por entonces. Esa serie salió hasta en El País. Como decía Spinoza, que es mi filósofo favorito, no hay que sollozar ni indignarse, sino comprender.

P.–En un par de fotos sale el camarada Pepe Cala.

R.–Pepe es muy amigo mío desde los 70, fue el que hizo el cartel de mi primera exposición y participamos en alguna colectiva en Juana de Aizpuru. En un momento dado a Pepe lo dejó su novia prochina y le robaron el vespino en la calle Amor de Dios. A partir de ahí se hizo muy de derechas. Perdimos el contacto, pero no por cuestiones políticas. Las ideologías son cárceles del pensamiento. Es un personaje genial y un buen poeta. A ver si los de Caín y Abel sacan su poesía completa.

P.–¿De qué letras se siente más orgulloso?

R.–De haber adaptado y mezclado dos poemas de San Juan en Las criaturas. También de aquella que decía “aunque no seas virgen ni yo San José”. Quico Rivas lloró de emoción al escucharla. Creo que es ingeniosa Sureños, sobre todo cuando dice: “menos mal que aquí en Sevilla la vida tengo ganada, porque con tanto calor sudo aunque no haga nada”.

P.–¿Y las que le dedicaron a la Virgen? Fue toda una santa provocación

R.–La que tengo más en estima es la que menos le gusta a la gente, La Pura Concepción (Swing María): “María es la pura concepción que antes que Roma Sevilla proclamó”. Para mí la concepción no tiene que ver con el nacimiento, sino con el pensar, con el concepto. En el pregón dije: “Silvio decía que Cristo es la mejor costumbre y María, su Madre, es la mejor idea, la pura concepción”. Esta copla me gusta mucho más que Rezaré, que nació buscando un tema para la cara b de un single. Es una versión del Stand By Me, por lo que no cobramos ni un duro por derechos de autor. Cuando grabamos las dos canciones éramos conscientes de que iban a gustar mucho en Sevilla. Monseñor Amigo estaba encantado.

P.–Siempre sale Silvio.

R.–Silvio era un filósofo, yo lo admiraba. Sus preguntas eran más interesantes que sus respuestas. Yo me pasaba el tiempo leyendo a Nietzsche, pero cuando quedaba con Silvio me daba cuenta de que estaba con un filósofo de verdad. He hecho todo tipo de cosas, pero la única que considero imprescindible es mi aventura silviana. Ha sido lo más fascinante y gratificante de mi vida. Tenía olor de santidad. Curro Romero, cuando lo veía, lo tocaba mucho. Silvio decía que lo tomaba por un talismán. Al final, siempre acabo hablando de Silvio.

Deja un comentario