
Rodrigo Gamarra Sánchez-Palencia
AL SUR DEL SUR
Embriagado por el aroma de Andalucía, después de varios días recorriendo Sanlúcar de Barrameda y Jerez de la Frontera, y de regresar a Sevilla, ciudad en la que habito gran parte del año, no he podido evitar preguntarme cómo debía de ser el paraíso. Pasear por sus calles, alternar en sus tabernas, respirar su aire o detenerse a contemplar sus paisajes hace que uno experimente la sensación de encontrarse ante algo sublime y misterioso, donde cada una de sus partes parece engarzarse en un todo casi perfecto. Al pensar en el paraíso, la primera imagen que suele acudir a nuestra memoria es la del Jardín del Edén descrito en el libro del Génesis. Allí, el paraíso adopta la forma de un jardín fecundado por un río que, según el texto sagrado, se divide en cuatro brazos: Pisón, Guijón, Tigris y Éufrates. Esta descripción hizo que, desde la Antigüedad, autores como Flavio Josefo interpretaran que el paisaje del Creciente Fértil podía corresponderse con el escenario del Edén, favoreciendo así su identificación con Mesopotamia. La pujanza de las antiguas civilizaciones que florecieron entre el Tigris y el Éufrates contribuyó, sin duda, a consolidar esa tradición. Menos conocida para una cultura de profundas raíces cristianas es la imagen del paraíso que nos ofrece el Jardín de las Hespérides. Custodiado por ninfas y por el dragón Ladón, de cien cabezas, fue el escenario del undécimo trabajo de Hércules. Aquel jardín, exuberante y poblado de árboles que daban frutos de oro, se encontraba, según los griegos, más allá de los límites del mundo conocido. Algunos autores de la Antigüedad y la tradición posterior terminaron relacionándolo con Tartessos y el bajo Guadalquivir, en el extremo occidental de la Península Ibérica. También Platón dirige su mirada hacia ese Occidente remoto. En el Critias, poniendo en boca de Critias un antiguo relato atribuido a Solón, describe la Atlántida como una civilización de extraordinaria prosperidad: una inmensa llanura fértil, recorrida por canales, regada abundantemente y situada más allá de las Columnas de Hércules. Sus habitantes rendían culto al toro; una vez al año capturaban uno sin herirlo para ofrecerlo en sacrificio durante una solemne ceremonia religiosa. La desaparición repentina de aquella poderosa civilización ha llevado a algunos investigadores modernos a establecer paralelismos con Tartessos, cuya historia parece desvanecerse bruscamente hacia el siglo VI a. C. Hubo que esperar, sin embargo, hasta finales del siglo XVIII y, sobre todo, al siglo XIX para que el sur de la Península Ibérica adquiriera una nueva dimensión mítica. El Romanticismo, con su exaltación del sentimiento, de la identidad y del paisaje, encontró en Andalucía una tierra donde parecía sobrevivir el recuerdo de un mundo primordial. Viajeros, escritores, pintores y poetas comenzaron a describir este sur como un lugar en el que el hombre cree recordar, aunque nunca lo haya vivido, una armonía perdida entre el agua, la luz, el jardín y el tiempo. Quizá nadie expresó esa impresión con tanta delicadeza como Washington Irving en Cuentos de la Alhambra. En sus páginas aparecen jardines, patios y estancias atravesados por acequias en las que el agua parece cantar, devolviendo al lector la sensación de encontrarse en un espacio suspendido entre la historia y el sueño. Quizá el Jardín del Edén no se defina únicamente por la exuberancia de la vegetación, sino por representar el lugar donde el hombre vive reconciliado con la naturaleza. En ese sentido, el bajo Guadalquivir constituye un paisaje de transición difícil de olvidar. Allí el río se hace inmenso; en sus márgenes conviven dunas, pinares, viñedos, huertas y playas; el agua dulce comienza a confundirse con la sal; resuenan todavía los ecos de Tartessos, de Roma, de Al-Ándalus, del Barroco y del sueño de un mundo nuevo. Contemplar una puesta de sol sobre Doñana despierta una emoción semejante a la que evocan los antiguos relatos del paraíso: no porque aquel sea el Edén del Génesis, sino porque pocos paisajes parecen conservar con tanta intensidad la memoria de un mundo soñado. El vino, alimento del alma, ocupa también un lugar esencial en esa visión edénica de Andalucía. En estas tierras, el vino no pertenece únicamente a la gastronomía; pertenece también a la memoria. Los vinos de Jerez y la manzanilla sanluqueña, tan singulares, despiertan sensaciones que difícilmente se encuentran en ningún otro vino. Beberlos no constituye únicamente un placer para los sentidos; es también una forma de entrar en contacto con la profundidad cultural de esta tierra. Su crianza posee algo de milagro natural. La albariza, los vientos de poniente y de levante, el velo de flor y el sistema de criaderas y soleras conforman un equilibrio casi irrepetible. De sus uvas nacen vinos cuyo color recuerda al ámbar, sangre de una tierra blanca bañada por el sol y acariciada por la brisa marina. Jorge Luis Borges confesó haber imaginado siempre el paraíso como una biblioteca. Tal vez por mi juventud aún no haya pensado cómo quisiera amueblar ese paraíso al que uno modestamente aspira. Me gusta creer, sin embargo, que el paraíso termina adoptando la forma de aquello que cada persona ama más profundamente. El extremo sur de la Península Ibérica ha sido, desde hace siglos, uno de esos lugares sobre los que Europa ha proyectado sus mitos, sus sueños de felicidad, de abundancia y de belleza. Allí confluyen el recuerdo del Edén, el Jardín de las Hespérides, la Atlántida y la memoria de Tartessos; no porque todos esos relatos hablen necesariamente del mismo lugar, sino porque todos encontraron en estas tierras un paisaje capaz de acogerlos. No sé dónde estuvo aquel Edén perdido. Quizá nunca existió sobre un mapa. Pero hay lugares que despiertan en nosotros su recuerdo. La luz dorada de una tarde en Sanlúcar, el rumor del Guadalquivir, una copa de manzanilla mientras el sol se pierde sobre Doñana, el sonido lejano de una guitarra, la gracia de un gitano de Jerez o el aroma de los naranjos en la primavera sevillana bastan para comprender por qué, desde hace siglos, tantos hombres han imaginado que el paraíso debía de parecerse al sur del sur.
Rodrigo Gamarra Sánchez-Palencia
