Cómo decir que ¡no a la guerra! y hacer la guerra 

 con Otan, Bases, Airbus y Ejército en España creando empleo.

Eliminar al líder y alcanzar un acuerdo con figuras del propio aparato para una relación política y comercial favorable, es, en esencia, la estrategia de Donald Trump con Caracas, algo que se plantea mucho más complicado para el caso de Irán. En todo caso, oponerse a DT con el lema de ¡No a la guerra!, como hacen Psoe y Sumar, es insípido porque DT no está haciendo exactamente la guerra (que la hace la Otan con Rusia con Zelensky), sino abriendo un nuevo modo de intervención.


¿Puede replicar Trump en Irán el modelo Venezuela? Esa es, en esencia, la estrategia que ha permitido a DT abrir una nueva etapa de cooperación con el gobierno de Caracas tras la captura del ex mandatario Nicolás Maduro a principios de enero. Sin embargo, lo que en Venezuela ha ocurrido con una fluidez sorprendente se plantea mucho más complicado para el caso de Irán. Usa e Israel han acabado con el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, y algunas de las principales figuras de poder de la República Islámica tras varios días de ataques aéreos que han desatado una guerra de dimensión regional en Medio Oriente. Trump ha sugerido que el resultado podría asemejarse al logrado en Venezuela e incluso ha insinuado que podría surgir en Teherán un gobierno, y especialmente un nuevo líder, dispuesto a cooperar con Washington. «Tengo que estar involucrado en su nombramiento, como con Delcy en Venezuela», declaró DT días después de definir la actual situación en Caracas como el escenario perfecto para Irán. Sin embargo, trasladar esa estrategia al país persa presenta importantes retos: está mucho más poblado (unos 92 M de habitantes frente a 28 M en Venezuela) y cuenta con un potente ejército, una élite clerical fundamentalista y una sociedad heterogénea en la que confluyen diversas corrientes e identidades sociales y religiosas, incluidas minorías separatistas. La comparación entre Venezuela e Irán revela profundas diferencias, empezando por la propia naturaleza de las operaciones militares de Washington en ambos escenarios. En Caracas fue una incursión rápida y limitada: el pasado 3 de enero fuerzas especiales Usa bombardearon objetivos militares y capturaron al entonces presidente Nicolás Maduro, que fue trasladado a Nueva York junto a su esposa para enfrentar cargos de narcotráfico y terrorismo. Apenas unos días después, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió el poder de forma interina y las instituciones del Estado venezolano siguieron funcionando. El ataque contra Irán ha sido muy diferente: Usa e Israel lanzaron una ofensiva mucho más amplia contra la estructura militar y política del país con ataques contra miles de objetivos, desde instalaciones de misiles hasta centros de mando, que acabaron con la vida del ayatolá Jamenei y otros altos cargos del régimen. La operación ha desencadenado una nueva guerra en Medio Oriente que amenaza con propagarse e impactar la economía y la seguridad a escala global. En Caracas, los Usa eliminaron a la figura principal y llegaron a un acuerdo con el resto del régimen, mientras en el caso iraní acabaron con Jamenei pero el resto del régimen sigue en su lugar. No hay ningún acuerdo con ellos y el país, su gobierno, su ejército, siguen contraatacando de forma feroz. Ahí entra en juego otro factor: Irán tiene una capacidad de defensa muy superior a la de Venezuela, con un gasto militar entre tres y cuatro veces mayor, el mayor arsenal de misiles balísticos de Medio Oriente y una industria propia que, pese a décadas de sanciones internacionales, fabrica en masa proyectiles, drones y otros sistemas avanzados de armas. Aun en el supuesto de que Usa e Israel neutralizaran por completo el sistema de defensa de su enemigo, el escenario político en Teherán plantea serias dificultades. Tras años de crisis económica y división social, el aparato político venezolano estaba altamente concentrado en torno a la figura presidencial y un círculo relativamente reducido de dirigentes. Irán, en cambio, cuenta con una arquitectura política mucho más compleja: desde la revolución islámica de 1979 el poder se distribuye entre instituciones religiosas, órganos electos y militares como la Guardia Revolucionaria. Esto refuerza la resiliencia institucional del sistema y, sobre todo, indica que la muerte del ayatolá no implica necesariamente un colapso o un giro político. Cambiar esa estructura, hacer un verdadero cambio de régimen, no consiste solo en matar a Jamenei o bombardear instalaciones. Va a requerir tropas sobre el terreno y enormes esfuerzos de cambio de régimen. También hay que tener en cuenta el componente religioso de la República Islámica, que se autodefine como un sistema político basado en la autoridad clerical chiita y se otorga una legitimidad ideológica distinta de la de otros gobiernos autoritarios convencionales. Esto implica que sus dirigentes tienden a interpretar las presiones externas como una amenaza existencial, lo que refuerza la cohesión interna en momentos de crisis y complica la posibilidad de encontrar agentes dispuestos a alinearse con las demandas de Washington. Si Washington quiere un dirigente de confianza en Irán, lo va a tener mucho más difícil que en Venezuela, que está en el patio trasero de Usa y es mucho más fácil de interferir y moldear. Al margen de la política, la composición de la sociedad iraní también es un importante factor a tener en cuenta: mientras Venezuela es un país relativamente homogéneo desde el punto de vista religioso y étnico, la nación persa presenta una mayor complejidad. En la República Islámica conviven distintas minorías étnicas, desde árabes hasta kurdos, baluches o azeríes, concentradas sobre todo en regiones fronterizas e históricamente consideradas potenciales fuentes de inestabilidad. Los expertos creen que esa diversidad introduce riesgos adicionales en cualquier intento de transición política, ya que algunos de estos colectivos podrían aprovechar la debilidad temporal del sistema para tomar el control por la fuerza en ciertas regiones o establecer milicias que desestabilicen el proceso. Otra diferencia fundamental es el peso geopolítico de ambos países. Pese a contar con las mayores reservas de petróleo probadas del mundo, la capacidad de Venezuela para proyectar poder militar o político más allá de su entorno cercano ha sido prácticamente nula. Irán, en cambio, es un actor clave en Medio Oriente, donde mantiene una red de aliados y milicias en distintos países, desde Hezbolá en Líbano hasta los rebeldes hutíes en Yemen, lo que de hecho ya ha ampliado el alcance de la guerra en curso. Irán puede causar muchos más problemas y tiene mucha más capacidad de influencia en su región de la que tenía Venezuela, lo que hace mucho más difícil un cambio de régimen o incluso una transición. Además, su posición geográfica es clave para el comercio energético global: el estrecho de Ormuz, cuyas aguas bañan la costa occidental iraní, es paso obligado del 20% del transporte mundial de petróleo. Hasta el pasado sábado unos 20 M de barriles pasaban cada día por este estrecho, lo que representa un monto anual de más de 500.000 M$. Irán podría dirigirse hacia un escenario de guerra civil o de colapso si el conflicto persiste, algo que implica riesgos para todas las partes. Teherán sabe que prolongar la guerra supondría elevados costes para Occidente y el mundo en términos económicos y geopolíticos, por lo confía en que en algún momento sus adversarios opten por detener la ofensiva y negociar. Otro elemento que diferencia el caso iraní del venezolano es la implicación de un actor externo fundamental: el Estado de Israel. Mientras el gobierno de Trump podría ver con buenos ojos un acuerdo con Teherán que implique la continuidad de la República Islámica, tal y como está operando, por el momento, con el chavismo en la República Bolivariana de Venezuela, el de Benjamin Netanyahu aspira a acabar de una vez por todas con el régimen de los ayatolás. El objetivo de acabar por completo con la teocracia iraní está presente en el oído de Trump, lo que marca otra diferencia muy importante con el caso de Venezuela.

Daniel Rapanelli, 14 02 2026 | Donald Trump, Venezuela y un imperialismo en retroceso | Después de la incursión armada del 3 de enero, que bombardeó Caracas junto a varias ciudades venezolanas, y de la extracción a sangre y fuego del presidente Nicolás Maduro y su compañera, DT advirtió que administrará el país invadido por tiempo indeterminado, incautando todo el petróleo venezolano. El acto de guerra fue la culminación del bloqueo naval a Venezuela montado por Usa ante la pasividad cómplice de las burguesías nacionales de Latinoamérica. En una sucesión de amenazas, Trump prometió que Cuba caerá a la brevedad, se metió de lleno en la campaña electoral de Colombia para condicionar a Gustavo Petro, declaró que Usa está dispuesto a cruzar la frontera para combatir a los carteles narcos en territorio mexicano con el concurso de la Cía, y en un plano más general intimó a Groenlandia a venderle la Isla si quiere evitar una intervención directa del ejército norteamericano. Trump quiere reordenar el continente americano que Usa considera su patio trasero desde la Doctrina Monroe y sus corolarios. Las amenazas de una segunda ola de ataques, si la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, no entrega los 50 M de barriles de petróleo o incumple con otras exigencias comerciales, tienen como propósito hacer de la República Bolivariana un protectorado yanki. Si Trump logra imponer su política pirata, Venezuela retrocederá a la condición de una semicolonia directa del imperialismo y, por lo tanto, al convulsivo escenario que llevó, más de tres décadas atrás, al Caracazo, al derrumbe de los partidos tradicionales venezolanos y a la emergencia del chavismo. A un mes de la agresión militar a la República Bolivariana, Trump y Rubio se jactan de que Delcy Rodríguez está cumpliendo a rajatablas con la senda trazada por la intervención del 3 de enero. La Encargada de Negocios norteamericana se trasladó a Venezuela para monitorear de cerca la agenda trumpista. Sin embargo, la postergada transición política en Venezuela abre un terreno tan incierto como potencialmente explosivo. El dúo Trump & Rubio condiciona esta transición tutelada a la estabilización previa del país. Este primer tiempo prioriza los acuerdos con la cúpula del gobierno chavomadurista como garantía de paz social y contención del movimiento popular para avanzar en el saqueo a Venezuela. El apoyo a Delcy Rodríguez no cayó del cielo: la actual presidenta encargada fue además de la vicepresidenta de Nicolás Maduro, la responsable de la política energética y de los asuntos petroleros del madurismo. Estos vínculos con los pulpos del petróleo y las posteriores declaraciones de Trump alimentan la presunción que detrás del golpe con olor a petróleo está la connivencia de la actual presidenta y un sector dirigente del gobierno venezolano. Las dudas se extienden al propio Nicolás Maduro y al rol jugado por el ahora expresidente encarcelado en Usa. Todavía deben esclarecerse las condiciones en que fueron masacrados los custodios cubanos de Maduro. A Trump no le alcanza con el despliegue de su formidable aparato militar, al que llama su ejército soñado. Necesita del colaboracionismo del gobierno venezolano para apoderarse de los 50 M de barriles. La llamada segunda fase de reconstrucción no es sino la apropiación de la reservas petroleras calculada en 300.000 M de barriles, la mayor del planeta. La insistencia de Trump en que su preocupación inmediata es el petróleo sirve como zanahoria y promesa de ganancias extraordinarias futuras, y está dirigida a los grupos petroleros norteamericanos para que inviertan en el refinamiento del crudo pesado en la Faja del Orinoco. Usa es, en este momento, gracias al fracking, líder mundial en producción petrolera y no solo se autoabastece, sino que incluso exporta. Importa solo algunas variedades de petróleo pesado para sectores determinados de la industria (aunque sus reservas actuales alcanzan un promedio de 5 o 6 años). ¿Por qué entonces tanto interés en controlar el petróleo venezolano? Uno de los objetivos de la dominación imperialista es controlar la fuente de reservas de materias primas, no solo para su uso, sino para bloquear el uso por parte de potencias rivales. Esto es parte de la lucha contra el avance de China en el continente. A partir de la intervención yanqui en Venezuela han retrocedido considerablemente las exportaciones petroleras venezolanas a China. El camino elegido por Trump está plagado de contradicciones. Esto aumenta las dudas y las fracturas políticas en el propio imperialismo norteamericano, incluso en la base trumpista. Según encuestas de opinión, el 70% de la población norteamericana no apoya la invasión y menos aún que Usa se instale en Venezuela como una fuerza de ocupación permanente. La incertidumbre política se mide por las reticencias de las petroleras yanquis a invertir de inmediato los 100 mil M de dólares que se les exige. Hoy Venezuela extrae menos de un tercio del petróleo que se extraía en la época del boom petrolero con Hugo Chávez pero además el precio del petróleo cae en el mercado mundial por la sobreproducción del crudo, la crisis capitalista mundial y la ralentización del crecimiento económico de China. Grandes empresas han declarado que el aumento de los seguros y las primas de riesgo encarecen la operatoria y el proceso. Una escalada bélica contra Irán podría modificar radicalmente esta tendencia por el papel que juega la República Islámica como país exportador de petróleo con China como principal comprador. A medida que escala la posibilidad de una guerra, el precio sube. DT anunció que venderá los barriles arrebatados a Venezuela bajo su control directo y sin subsidios. Por ahora Trump lanzó al mercado lo sustraído con el bloqueo naval. Las prioridades de los grandes pulpos petroleros que operaban en tiempos de Chávez como asociaciones estratégicas es otra muy distinta en el corto plazo. Grandes empresas desconfían del éxito del Plan Trump que descansa, en buena parte, en la estabilidad política y social que pueda aportarle un chavismo residual, descompuesto y desprestigiado. Temen que un agravamiento de la crítica situación social y económica sea el caldo de cultivo para una irrupción popular con Trump y su gobierno pegados a Delcy Rodríguez y al bloque colaboracionista del chavomadurismo. Recientemente un directivo de ExxonMobil declaró que no hay condiciones para invertir en Venezuela. Estos grandes pulpos que hicieron enormes ganancias en tiempos de Chávez pretenden primero cobrarse los juicios que Venezuela fue perdiendo a partir de que Hugo Chávez tomase el control del 60% de las empresas. En una reunión explicativa de los beneficios que les traería la Reforma de la Ley de Hidrocarburos, Delcy Rodríguez reunió a representantes de las petroleras Repsol, Chevron, Shell y otras multinacionales para reafirmarles que podrán invertir en Venezuela sin temores y con plenas garantías para su capital. El articulado votado por la Asamblea Nacional incorpora la figura de arbitraje internacional para el caso de diferendos en la política petrolera u otras reclamaciones de las multinacionales. La ex vicepresidenta de Maduro se declara una entusiasta defensora de la inversión privada para que Venezuela se convierta en un boom exportador y autorizó con la reforma de la ley petrolera que los fondos de Pdvsa sean utilizados por los privados. Del estatismo burgués, el régimen chavista pasó a la apología de los pulpos petroleros extranjeros. Despejada la ficción mentirosa de una restauración democrática, DT dinamitó a la reaccionaria oposición derechista tildándola de incapaz para gobernar. Desandando caminos, el matón del mundo le bajó el pulgar a Corina Machado por carecer de apoyo popular interno, un golpe al relato de la legitimidad opositora. Por ahora, DT seguirá presionando y pactando con Delcy Rodríguez, quien, por su parte, le prometió a la Casa Blanca una nueva relación diplomática y económica con Usa. El apoyo del secuestrado Maduro a su ex vicepresidenta confirma que el giro hacia el Imperio es una política común de la mayor parte, si no toda, de la cúpula chavista. La aprobación de la reforma parcial de la ley de hidrocarburos, la reciente jura de obediencia de las fuerzas armadas bolivarianas a la autoridad de la presidenta encargada y el nombramiento de la hija de Diosdado Cabellos como ministra del gobierno de Delcy Rodríguez apuntan a presentar la apertura petrolera, los pactos con el imperialismo y la transición, incluido el diálogo político con la oposición que apoyó la invasión, como una respuesta unificada del chavismo. Por lo pronto el reingreso de una parte de los dólares que fueron producto de la venta del petróleo confiscado no irá a mejorar las condiciones de vida de los venezolanos sino a los bancos y el mercado financiero para contener la subida del dólar. Las masas de Venezuela tendrán la última palabra. El diario Página 12 editorializa sobre la situación venezolana a treinta días de la intervención norteamericana presentando la apertura al capital privado y extranjero como un recurso de Delcy Rodríguez para ganar tiempo, evitar un segundo ataque y desarmar políticamente a la oposición antichavista. La agenda que lleva adelante el gobierno venezolano va mucho más allá de un compromiso dictado por la fuerza y las amenazas de Trump. Los hermanos Rodríguez disimulan la brutal injerencia imperialista cuando hablan de la estabilidad política importante como un gran triunfo del pueblo venezolano. La estabilización es el discurso hipócrita del imperialismo. Por las dudas, Marco Rubio le recordó a Delcy Rodríguez que el apoyo Usa a la estabilización de Venezuela, primera fase de la agenda Trump, no es incondicional. La exigencia siguiente es la de una amnistía general que incluya a quienes conspiraron y fueron parte de intentos de golpe de estado. Trump siembra el terreno para la proimperialista oposición antichavista. El interinato de Delcy Rodriguez no es sino el prólogo de nuevas reformulaciones políticas. El apoyo a la paz y estabilidad que pregona el chavismo sustituto es un camino de mayores derrotas para los trabajadores venezolanos. Lo que pueda terminar ocurriendo en Venezuela es el gran interrogante para una amplia franja del capital estadounidense y mundial que tienen muy presente el fracaso de la invasión a Irak, el desastre en Libia, la desarticulación de Siria y el resultado ruidoso de la guerra en Afganistán que terminó con los talibanes en el poder. La arremetida yanki contra Groenlandia abrió una crisis con Dinamarca y otros estados europeos de la Otan. La crisis con la Otan sobreviene cuando la alianza militar comandada por Usa está perdiendo la guerra en Ucrania. Vale aquí detenerse en los escritos de la Fundación Mises que tiene en la Argentina una colateral llamada Fundación Libertad. Esta última cuestionó la invasión Usa a Venezuela desentonando con Javier Milei, a quien apoyan y llamaron a votar. La Fundación Mises (con sede en Usa) es una fábrica de la escuela austríaca y del liberalismo. Según esta fundación, Trump le está infringiendo un golpe mortal a la autoridad moral de Usa al violar la Constitución que subordina todo ataque militar a la autorización del Congreso, y agrega que el gobierno de Trump solo considera el derecho internacional cuando éste es funcional a Usa y a su aliado, Israel. La preocupación principal de los libertarios imperialistas es lo que pueda ocurrir en Venezuela si Trump tensa la cuerda y termina fracturando al precario gobierno de Delcy Rodríguez. Para la Fundación Mises la situación política en Venezuela es peligrosa e inestable porque las distintas fracciones del chavomadurismo están agrupadas provisoriamente en apoyo a Delcy Rodríguez. Los padrinos de Milei temen que el remedio sea peor que la enfermedad y que termine radicalizando a las masas venezolanas. Acusan al gobierno del Partido Republicano por querer descargar el costo de una guerra de ocupación sobre los contribuyentes norteamericanos. Venezuela no es un capítulo cerrado y tendrá que atravesar todavía por nuevas crisis en un escenario mundial cuya tendencia es hacia la guerra y a la conformación de bloques imperialistas y capitalistas antagónicos que se preparan para una gran confrontación militar. La invasión de Venezuela retrata la política imperialista Usa y a la vez sus debilidades: Trump necesita del descompuesto aparato chavista para abrirse paso, así como de la colaboración de las burguesías latinoamericanas. El izquierdista Petro le recordó al mundo que fue él quien le propuso a Maduro, antes de la incursión armada, incorporar a la oposición antichavista al gobierno. Mirando las encuestas presidenciales a la baja, el presidente colombiano le propuso a Delcy Rodríguez una alianza militar con la participación de Usa para aplastar a las guerrillas disidentes de las Farc y del Eln que tienen pequeñas bases de refugio en la República Bolivariana. Repitiendo el libreto de Trump, Petro tildó al frente guerrillero Farc y Eln de narco- terrorismo. Trump se apoya en los gobiernos de derecha de América del Sur como el de Milei mientras negocia el colaboracionismo de los gobiernos progresistas. En este 2026 habrá elecciones presidenciales en Brasil, Colombia y Perú, país este último donde el derrumbe de los partidos burgueses está elevando la intención del voto en blanco al 50%. DT no deja de recordarle a Milei que La Libertad Avanza ganó las elecciones legislativas de octubre gracias a su apoyo y a la amenaza de dejar que la Argentina colapse y entre en default. A pesar del terreno comercial perdido frente a China, los Usa siguen siendo la potencia imperialista dominante en Latinoamérica. La crisis política en Irán, las movilizaciones populares contra el régimen de Jamenei y las renovadas amenazas militares de Trump contra la nación irania parecen haber desplazado la atención sobre Venezuela de los medios de prensa. Los llamados de Trump a terminar con el régimen teocrático de los ayatolas, prometiéndole a los manifestantes que la ayuda Usa va en camino, confirma que los intereses de la primera potencia mundial no se reducen al disputado espacio trasero o al saqueo del petróleo de Venezuela. Usa y su aliado el genocida estado de Israel están embarcados en un reordenamiento completo de Medio Oriente. Para los manifestantes que ganan la calle en Irán, que protestan contra la caída a pique del nivel de vida y el tarifazo, para las mujeres víctimas de una opresión brutal, y para el movimiento juvenil y estudiantil que lucha contra la censura y la persecución política, la invasión a Venezuela debería ser una lección política. Algunos analistas internacionales ven en la invasión a Venezuela el fruto de una negociación a tres bandas entre Usa y China y Rusia para repartirse el control de sus áreas de influencia. La realidad va por otro lado. Crece la escalada militar y los choques cada vez más violentos de Usa con los imperialismos y estados capitalistas rivales. Recientemente las fuerzas navales de Usa y Gran Bretaña y Japón y Filipinas realizaron ejercicios de despliegue naval en el Mar de la China que apuntan directamente contra el gigante asiático más allá de Taiwán, un territorio históricamente chino. El imperialismo norteamericano está en un retroceso comparativo con respecto a China que ha pasado a ser el principal socio comercial de numerosos países de América del Sur. Hay una contradicción cada vez mayor entre la dominación del imperialismo yanki en América Latina y la pérdida de negocios e inversiones a manos de China.

La República Popular China ha pasado a ser el país capitalista con mayores inversiones en infraestructura en el continente americano, el comprador privilegiado de materias primas, incluida la Argentina de Milei, y el artífice de la inundación de mercancías baratas que llegan a los mercados latinoamericanos. El ultraderechista presidente de Chile tiene por delante el cumplimiento de la monumental obra que unirá ese país con Hong Kong, un cable submarino portador de un flujo de información y datos que Usa considera un peligro para su seguridad y un aliento a la expansión de China. Trump implementa el garrote a costa de un extraordinario gasto militar que ascenderá al billón y medio en el presupuesto. Esta brutal maquinaria de guerra está asfixiando a la economía Usa en beneficio del Complejo Militar Industrial y de los negocios tecnológicos y de iA con aplicación bélica. La proliferación de conflictos y el intervencionismo norteamericano implican una escalada cada vez más brutal que empuja hacia una tercera guerra mundial, y una carga cada vez más onerosa a los contribuyentes que está polarizando al establishment Usa sumada a la secuela de derrotas electorales de los Republicanos a manos del Partido Demócrata.

La referencia obligada a la Doctrina Monroe es pertinente en tanto denuncia el expansionismo imperialista, sin embargo es necesario situar esta referencia en el tiempo. La Doctrina Monroe data del siglo 19 cuando Usa estaba en pleno desarrollo capitalista perfilándose como el país más importante del continente americano. El corolario Roosevelt de 1904 legitimó las ocupaciones militares yankis cuando iban agudizándose las contradicciones imperialistas que desatarían la 1ªGM. Trump aplica su propio corolario en nombre de la seguridad nacional y la lucha contra el narcotráfico pero éste corresponde a un imperialismo que está en retroceso, que pierde posiciones, y que debe recurrir una y otra vez al papel de policía del mundo y de ejército de ocupación en su propio territorio. El talón de alquiles de Trump y del imperialismo norteamericano es la crisis cada vez más aguda en los propios Usa, la inflación, la precariedad laboral y el empobrecimiento de la población. No son pocos los que consideran que dentro de Usa hay una virtual guerra civil no declarada pero en proceso por las enormes desigualdades sociales, el despliegue del ejército y las fuerzas militares contra la población y las ciudades santuarios, por la radicalización de las movilizaciones populares y de la población migrante, y por la quiebra y pérdida de autoridad de las instituciones del estado, acicateada por las derrotas electorales de Trump y su avasallamiento del Congreso. Los datos son concluyente: el 1% de los súper ricos concentra el 31 de la riqueza nacional y si se extiende la franja hasta el 10% de los más pudientes, éstos se quedan con el 70 de la torta. El tercio restante del ingreso se divide en un 50 que apenas recibe un 2,5 y la otra mitad compuesta por una clase media cada vez más empobrecida. El cine está recogiendo esta crisis en distintas películas que dan cuenta del clima de guerra interna que se vive en Usa, donde la pobreza alcanza a 40 M de estadounidenses. Si Trump desmoraliza a la oposición derechista negociando con Delcy Rodríguez, los restos del chavismo hacen lo propio con la combativa clase obrera venezolana que supo derrotar el golpe contra Chávez en el 2002. Los explotados venezolanos tienen que sacudirse décadas de regimentación y estatización de los sindicatos. El balance sobre la complicidad de las burguesías nacionales latinoamericanas es abrumador: donde no apoyaron explícitamente la invasión, tampoco fueron más allá del palabrerío impotente sobre la violación del derecho internacional, una coartada para no luchar contra la injerencia militar de Trump en Venezuela. Es lo que hace el peronismo en el país sudamericano y lo que hará si Trump avanza sobre Cuba. Las centrales sindicales burocráticas argentinas acompañan esta política de desmovilización funcional al imperialismo. Es el caso archi ejemplificador de la Cgt y de las CTAs que no luchan por defender a Venezuela como tampoco luchan contra la Reforma Laboral Esclavista de Milei. El papel que está jugando el peronismo es ilustrativo del derrumbe político del nacionalismo burgués argentino que diferencia positivamente el proteccionismo imperialista de Trump del liberalismo aperturista e industricida de Milei. La cantinela del Trump nacionalista y peronista es un golpe mortal a los trabajadores. El nacionalismo de los países imperialistas necesita del liberalismo semicolonial y entreguista para imponerse.

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