Grave y penoso de los viejos oficios liberales (aquellos que tocan las ciencias y las letras, las artes, las ideas, la cultura, la política, el pensamiento o la religión) es el por culo que van a dar hasta extinguirse en buena hora. Vamos con caso CTXT (que encima pide que te suscribas y pagues por esta gloria):
Las imágenes que hemos visto estos días con arcos detectores de metales y detectores de radiofrecuencias en la Prueba de Acceso a la Universidad (Pau) son tan desoladoras e inquietantes como tristemente paradójicas; y la prueba demoledora de un enorme fracaso. Desoladoras e inquietantes porque duele ver a nuestros jóvenes ser tratados, en una institución educativa, como defraudadores en potencia, suspendida su presunción de inocencia y naturalizada la cultura de la sospecha y la vigilancia supuestamente para garantizar la igualdad de condiciones en una prueba que por diseño ni es homogénea, ni es objetiva y que, por su misma naturaleza, dista mucho de realizarse en igualdad de condiciones. Tras más de 12 años de escuela, la entrada a la adultez y al futuro prometido se produce a través de un detector de metales y bajo el estigma de la sospecha. ¡Bienvenidos a la Universidad! ¡Bienvenidos a la sociedad de la desconfianza! No se me ocurre una metáfora visual más elocuente para escenificar este fracaso. Todo un oxímoron visual (así lo suelta el pavo). No está de más recordar que en esos algo más de 12 años de escolaridad, y a pesar de una sensible mejora en los últimos años, muchos jóvenes se siguen quedando atrás. Pese a la persistencia del relato de la bajada de nivel y la escuela como un parque de atracciones, en el curso 2022·23 la tasa de idoneidad a los 15 años era del 75,4 (siempre en %), es decir, casi un 25 de los estudiantes no estaban en el curso que les correspondía por edad porque habían repetido antes. En el curso 23·24 la tasa bruta de graduados en la Eso fue del 81,6 respecto a la población de 15 años. Por si fuera poco, las dificultades en el camino no son iguales para todos. En el curso 23·24, el 9,9 del alumnado de 1º Eso no pasó de curso en los institutos públicos, frente al 0,8 en los centros privados. Y en el año 25, el abandono temprano de la educación y la formación en España se situó en el 12,8 de media, 9,8 entre los españoles y 30,7 entre la población que no posee la nacionalidad española.
Estamos fallando a nuestros jóvenes. Les fallamos prometiéndoles un bachillerato que les dará madurez intelectual y humana, además de conocimientos, habilidades y actitudes, y dándoles, a cambio, un estrecho sucedáneo centrado exclusivamente en el entrenamiento para unos exámenes. La sombra de la Pau vacía la etapa de cualquier otro objetivo. El bachillerato ejemplifica el lado más performativo de la educación; la lógica de un sistema que sigue privilegiando los resultados sobre los procesos. Fallamos a nuestros jóvenes con un falso discurso de igualdad de oportunidades donde en realidad hay una reproducción del statu quo y un mantenimiento estructural de la desigualdad educativa. Les prometemos un futuro basado en el esfuerzo y el mérito cuando sabemos que ni uno ni el otro son suficientes. Les prometemos reglas igualitarias en el acceso a la universidad cuando en realidad las notas con las que compiten para entrar en los grados dependen en gran parte de la comunidad autónoma donde hayan estudiado el bachillerato, la titularidad del centro educativo, los profesores que hayan tenido y dónde se hayan presentado a la Pau. La Pau, con toda su parafernalia, y ahora sus controles de aeropuerto, en realidad no hace más que reflejar, certificar y amplificar las diferencias acumuladas a lo largo de los años de escuela. El sistema de acceso a la universidad (Bachillerato+Pau) profundiza la inequidad educativa. Beneficia sistemáticamente a quienes provienen de contextos más favorecidos y penaliza a quienes enfrentan mayores barreras desde la infancia. La meritocracia no deja de ser una ilusión que esconde los múltiples mecanismos de reproducción de la desigualdad educativa. Lejos de ser un instrumento de equidad, la Pau certifica y oculta la inequidad educativa. Aunque los jóvenes con ambos progenitores nacidos en España representan el 80,9, son el 88,7 en los universitarios. Por otro lado, aunque los jóvenes con ambos padres nacidos en el extranjero representan el 14,7 del total de jóvenes, solo son el 6,6 de los universitarios. En la universidad, hay una sobrerrepresentación de los jóvenes nacidos de padres españoles y una infrarrepresentación de los jóvenes nacidos de padres extranjeros. Las carreras más demandadas en los últimos años, aquellas con notas de corte más altas, por ejemplo, Medicina, Ingenierías o Matemáticas, concentran casualmente los mayores porcentajes de alumnado cuyos progenitores tienen estudios superiores y o ocupaciones altas. En el curso 21·22, el 20 de los estudiantes universitarios tenían a los dos progenitores con ocupaciones altas. En el Grado de Trabajo Social ese porcentaje bajaba hasta el 10,5, mientras que en Medicina o en Matemáticas subía hasta el 35,2 o el 30,9 respectivamente. El 57 de los estudiantes de Medicina y el 53 de los de Matemáticas en la universidad pública tienen ambos progenitores con estudios superiores, frente al 20 de Trabajo Social o Educación Infantil. Si atendemos a las variables socioeconómicas y culturales de los estudiantes, vemos que la distribución en los diferentes ámbitos de estudio dista mucho de la que cabría esperar si el origen social no condicionara las trayectorias educativas. Queda claro que las condiciones de vida y las variables socioeconómicas y culturales de origen no solo condicionan el acceso a la universidad y a los estudios elegidos (o permitidos según la nota obtenida), sino también toda la trayectoria escolar previa, influyendo directamente en la titulación o no en la Eso, en el abandono temprano, en los itinerarios académicos elegidos y finalmente en las carreras cursadas. La desigualdad no afecta solo a los recursos materiales o al rendimiento académico, sino que se filtra también en los horizontes de posibilidad que el alumnado percibe como propios. La aparente igualdad de oportunidades que proyecta el diseño del sistema español contrasta con unas prácticas institucionales, sociales y culturales que refuerzan la reproducción de las desigualdades. Tenemos tan metidos en los huesos los procesos selectivos y segregadores que cada vez que abrimos opciones en las trayectorias educativas (escuela pública, concertada o privada; bilingüismo; opciones en 4ºEso; vía académica o profesionalizante al terminar la Eso; las distintas modalidades de Bachillerato) el resultado es un proceso de segregación. Cada proceso de elección produce selección y segregación. La evidencia acumulada muestra que los procesos de elección educativa no operan de forma neutral. Lejos de ser un proceso racional de evaluación de costes y beneficios como sostiene la teoría de la acción racional, las decisiones educativas están fuertemente atravesadas por las condiciones materiales de vida del alumnado. Cuando los recursos, la información, las expectativas familiares y las condiciones de vida no están distribuidos por igual, cada proceso de elección tiende a producir también procesos de selección y segregación educativa. Fallamos a nuestros jóvenes, principalmente, al no invertir lo que habría que invertir en Educación, lo que provoca que no haya plazas públicas suficientes en la universidad y unas notas de corte inasumibles para muchos. Miramos con una mezcla de fascinación y admiración que la nota de corte en el doble Grado de Física y Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid sea 13,698 sobre 14 o 13,37 en la Universitat Autònoma de Barcelona, cuando lo que representan de verdad es un ejercicio vergonzoso de elitismo extremo que no debería estar permitido en unas universidades públicas. Que haya 40 grados o dobles grados en Madrid por encima del 12,5 sobre 14, es un verdadero disparate que debería sacarnos a la calle para pedir explicaciones. Significa, para quien no sea consciente, una media en los dos cursos de Bachillerato y en la Pau de 8,92 sobre 10. Que se necesiten hasta tres decimales para saber si entras en una carrera universitaria es distópico (así). Cuando el futuro se decide por milésimas, el aprendizaje queda reducido a un decimal. En Ciencias y en Ciencias de la Salud, uno de cada tres estudiantes no accede a su primera opción. La tasa de adecuación media en Madrid es del 58,1, es decir, más de 4 de cada 10 estudiantes no entran en su primera opción (muchos ni solicitan, porque se autodescartan antes). En Ciencias de la Salud en la Universidad Autónoma de Madrid es de 51,10. Los informes se refieren a esta falta de inversión con el eufemismo de tensión entre demanda y oferta. La infrafinanciación de la universidad pública nos ha llevado a una tasa de preferencia media para toda España de 193,4, es decir, hay dos solicitudes por plaza ofertada. La dificultad para acceder a muchos grados pone en cuestión el derecho a la educación superior sostenido por la Unesco. Y les fallamos, por último, cada vez que, con una mirada paternalista y condescendiente, les repetimos desde niños que son una generación de cristal; que no soportan el fracaso; que no se esfuerzan; que no saben; que son una generación ansiosa y superficial. Proyectamos sobre ellos nuestros miedos y malestares. Decimos que nos preocupa el efecto de las pantallas en su salud emocional, pero ignoramos una de las causas principales de esos malestares, la ansiedad académica y el estrés escolar. Un 54,4 de las chicas de 17·18 años señala que el trabajo escolar les agobia mucho. Individualizamos y trasladamos a cada uno de ellos y ellas un problema que es una responsabilidad colectiva, social y política. Volvamos al principio. No sé en qué momento decidimos que era una buena idea flanquear el acceso a la universidad con un arco detector de metales y convertirnos en policías en lugar de educadores. No sé quién pensó que tenía sentido transformar la universidad en un panóptico donde, antes de que sean estudiantes universitarios, empezamos a tratarlos como infractores en potencia. Una vez dentro ya no les dejaremos quitarse el cartel de sospechosos. En los últimos meses, entre los universitarios de todo el mundo se ha extendido la ansiedad y miedo constante a que una entrega sea marcada falsamente por un detector de iA. Ansiedad por falso positivo de iA, estrés por sospecha algorítmica, o flagxiety son algunas de las expresiones que nombran este nuevo fenómeno. La parte buena, si es que tiene algo bueno, es que nos hemos quitado la máscara. La Prueba de Acceso a la Universidad se muestra ahora como lo que siempre ha sido: un aparato de disciplina y un ejercicio de violencia institucional sobre el alumnado. Como ciudadanos, llevamos algo más de dos décadas cediendo espacio a un poder vigilante que nos trata como sospechosos. Basta ver cómo los controles de seguridad de los aeropuertos se extienden a otros ámbitos, incluidos la universidad. No siempre con las garantías jurídicas esperables. Llevamos años normalizando la vigilancia masiva. Solucionismo tecnológico y solucionismo punitivo mano a mano. El detector de metales a la entrada de la Pau no es una herramienta de justicia para evitar el fraude. Es un mecanismo de escenografía institucional. Una última ficción que busca, como en el teatro, una suspensión voluntaria de nuestra incredulidad. Quiere trasladar a la sociedad un mensaje de tranquilidad y de que todo está bajo control. La realidad es que el acceso a la universidad está descontrolado. Roto. Se nos ha ido de las manos. En pocos ámbitos se mide mejor la falta de voluntad de los responsables del sistema educativo español de enfrentarse a los problemas que en la permanencia del sistema de acceso a las universidades públicas. Y cuanto más tardemos en exigir a esos responsables que asuman su responsabilidad, más profundo será el problema.
