Etiqueta: polémicas

apostillas a incitación al mundicidio.

Bomarzo
Bomarzo

La acción política ha sido mi pasión y mi presa. Las premisas eran dos: el mundo está mal hecho, y quien más sufre la injusticia del mundo será el grupo que se beneficiará con cambiarlo. Hoy falta esa función dialéctica del grupo de progreso, ese que antes fue, frene a la burguesía, el proletariado (antes siervos de la gleba y antes esclavos) y la política se reduce a cuestión de poder (quién y cómo ocupa escaños predeterminados) y nada de eso me interesa. Por eso, mi Incitación al mundicidio, título que tomo prestado de Pablo Neruda en su Alabanza de la revolución chilena (1973). El mundicidio es figurado. ¡Vayan a acusarme de violencia terrorista!


 

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el lado oscuro de la psicología positiva, en Nido de Águilas.

filosofos1La concepción de la felicidad de la psicología positiva ni siquiera está emparentada con la concepción del primer liberalismo, como a veces se pretende. Para los liberales clásicos la felicidad estaba asociada al deber social, no a la satisfacción individual, que se consideraba despreciable por su autocomplacencia y su egoísmo. Así que en realidad el modelo de felicidad que presenta esta psicología está directamente relacionado con el capitalismo postmoderno, el darwinismo social y el pensamiento neoliberal contemporáneo, que es mucho más que una teoría política de las prácticas económicas.

Origen y artículo completo: El lado oscuro de la psicología positiva | Nido de Águilas


 

¿amnesia o memoria histórica?

 

Bar Taberna Juan Sanlúcar banderas de España (4)

Admiré el progreso de la civilización romana pero no participé en el apuñalamiento de Viriato. Odié a Napoleón pero no grité ¡vivan las cadenas! al paso del rey absolutista. No lamenté el Desastre de 1898 ni el 18 de julio de 1936 celebré, como un mal menor y necesario, el levantamiento de Franco. Fui gente de orden contra el Tribunal de Orden Público. Nunca creí en la libertad del ser humano pero pedí libertad y amnistía para toda clase de presos políticos. De izquierda y de derecha. Aunque amé la democracia, algo me hizo no votar la Constitución de 1978. Es verdad que no hice nada por la protección del lince ibérico ni por preservar su espacio natural y tampoco me arrepiento: primero, las personas. De izquierdas o de derechas. Y no comprendo la actual inacción de la nación española ante la represión en Cataluña. Me parece mentira que no se den cuenta de que una nación no será libre mientras una parte de la nación no sea libre también.



 

para ser feliz en esta hora de España.

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Yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas.
Antonio Machado

Para entender la actual moral de dominio público en España, hay que remitirse no solo a la larga noche del franquismo sino a lo que aportó la izquierda (Psoe, Pce, IU, Podemos). Dando por sabido que un partido es la suma de voluntades de militantes, simpatizantes y votantes y que esa suma actúa por impregnación, u osmosis, de arriba abajo y de abajo arriba, izquierda y derecha han amoldado el pensamiento de tal manera que en España ha desaparecido la moral, tanto la pública como la privada, y la ética dominante es que todo vale: el teniente piloto en su avioncito y el ingeniero trabajando para el Airbus (más bajito, lo de Military): todo eso es paz, progreso o nuestro modo de vida al que no estamos dispuestos a renunciar. (Muletilla válida en caso de ataque yihadista.) Y España le gustará a quien acepte la política profesional, un grado de corrupción política razonable; a quien acepte el ejército, sus misiones de paz; las tres religiones y su alianza a título de culturas o civilizaciones; las oenegés, las campañas de acogida. Y en lo personal le gustará España si le gusta el varón feminizado, el bebé en el carrito, la niña en el conservatorio, su bici o su perro por Chueca, la Barceloneta o la Alameda, generación post movida y del orgullo con su tatuaje en la piel. Esa es la España que heredó el sueño de un mundo distinto y lo cambió por el sálvese quien pueda, que no estamos tan mal y la democracia es lo menos malo que se conoce. Hemos pasado de un mundo de etiqueces a un mundo de esteticienes.

Quien ‑como yo‑ ve así la realidad, ha podido recibir o recibe todavía etiquetas de marxista, comunista o últimamente bolivarista. Todas esas cosas, acumulativa o sucesivamente, las ha podido uno ser. Lo que no somos es de la letra chica de la política, de tal o cual carnet o sigla partidista. Porque todo es mentira programada por tipo de creencias o por masas más o menos conversas o creyentes, lo que incluye creer en partidos que no son partidos pero funcionan por admiración: el partido del arte, el partido de la cultura. Quien así piensa puede ser una persona feliz que le diera la vuelta a aquel Machado: yo vivo en guerra con los hombres y en paz con mis entrañas. También me hace feliz el disfrute de mis bienes materiales ante los reproches de alguien que quisiera verme dando lo mío al banco de alimentos o a inmigrantes sirios. Ninguno de esos terrenos, ni discutir nuestro modo de vida (a la fuerza, burgués) ni echarnos al monte o a la guerrilla son nuestro territorio, que es ninguno. Como mucho, tenemos el peso de haber visto las trampas del sistema, trampas que antes se llamaban el Capital, la Iglesia y el Estado y, hoy, se llaman acogida, solidaridad o multiculturalismo. Para el paseante: más de buenismo y tiro porque me toca. Yo no tiro. Yo no juego. Y soy más feliz que mi vecina, quien, por la bandera que veo en su balcón, está, la pobre, muy preocupada por lo que está pasando en España y Cataluña.

diálogos a la izquierda.

Teoría y práctica, una cosa es el pensamiento de izquierdas y otra la acción de izquierdas, que sin duda está muerta por cuanto carece de clase o grupo social que ejerza y sostenga la acción revolucionaria. La izquierda, sin base, ha quedado en parole, parole, parole: todos somos palabristas; unos, de nombres propios y concretos (supongamos: clase obrera, sindicatos, partidos, Anguita, Garzón, Psoe, Izquierda Unida) y, otros, de pensamiento radical y al margen. En esta última casilla está Daniel Lebrato y lo que él firma en [eLTeNDeDeRo]. Me resulta imposible, por tanto, discutir con quien usa un lenguaje de izquierdas que yo, si lo tuve, no tengo en absoluto. Respecto a Cataluña, me aplico las tres normas que dictan al corazón y a la cabeza su bonhomía: libertad (como objetivo humano), democracia (como mayoría para regir los grupos; no como sistema político, en el que tampoco creo) y realización (personal o colectiva). Por esa regla de tres, a mí me sale que Cataluña será lo que quiera ser, no lo que quiera el Gobierno ni yo ni deGregorio, cuyas apostillas a Un cuento chino (en obligado derecho de réplica) dejo a ustedes para que ustedes juzguen. Como editorial de [eLTeNDeDeRo], sirva el publicado ayer comparando la generación de 2017 con la que fue generación de 1898 ante la independencia de Cuba. Salud y lucidez y alégrense conmigo: un andaluz no airado con Cataluña. ¡Ya somos dos! Daniel Lebrato, 26/11/2017.


PEQUEÑAS DISCREPANCIAS DOMÉSTICAS
de deGregorio con el artículo Un cuento chino.

A él me refiero cuando dice Sancho no salía en defensa de don Quijote cuando se rifaba un mamporro entre su amo y gente noble o caballeros. En primer lugar, yo no tengo ni la grasa ni la, digamos, timidez (para que no se sientan denostados tanto canalla como hay en este país) de los que serán llamados al reino de los cielos; y en segundo lugar, el Quijote que tú pintas tenía mucho más bemoles y muchas más pretensiones de justicia social que el que patrocina el sujeto cuyas actividades tú defiendes. Cuando dices Hablar del odio que en Cataluña cultivan a lo español y al castellano, de la insolidaridad catalana o de su corrupto capitalismo, sería como entrar en asuntos de Inglaterra o de EEUU, estás haciendo una equiparación entre la política económica y social que llevó a cabo la Pérfida Albión con lo que consideraba una colonia (me pregunto por qué le conferirían tal apelativo, al igual que ocurrió con la semblanza que Cervantes le imprimió a los molinos del Quijote) y las relaciones que más allá de la basura que han caracterizado a los dos gobiernos de la postransición, se ha seguido en el desarrollo de las autonomías. La Generalitat ha sido tan corrupta, y me atrevería a decir, hasta incluso más especializada en sus labores de desgobierno que la Junta de Andalucía. Y el pedirles a ambas que tengan huevos de echarse mutuamente cuentas, como tú mencionas sería tanto como decir entre villanos anda el juego. Lo que ha ocurrido en Cataluña desde antes de la Marca de Gotia hasta esa democracia que tú relacionas con el populismo ha sido un permanente odio a lo español y al castellano. Un odio (y si no queremos ser tan descriptivo, una animadversión), provocado por las diferencias que concurren, y se pretenden mantener, entre dos lenguas que en lugar de servir para entenderse, sirven para diferenciarse. Unas diferencias que son aprovechadas no sólo por los mandarines locales, sino especialmente por una burguesía catalana que aprovechando las disparidades estructurales a las que hemos contribuido el resto de las comunidades con nuestro trabajo y con la aportación de capitales que los terratenientes andaluces y extremeños transfirieron a esta comunidad para mantener en éstas salarios de miseria, ahora tratan de justificar en función de lo que representa aquello de la pela es la pela. Y por si todo esto fuera poco, en este drama ha intervenido una Izquierda trasnochada, que como siempre le ha venido ocurriendo a la Izquierda, en lugar de forjar un frente con el que combatir a la Derecha, en función de intereses electoralistas que demuestran que la Izquierda es sólo una resta, por no decir una sopa de personalismos, apoya unas reivindicaciones que no sólo secundan los intereses de esa burguesía, sino que, y lo más lamentable, tiran por tierra la unidad y la esperanza que experimentaron nuestros ciudadanos en el 15M. Saludos, deGregorio.

a quienes hablan de otra cosa.

En una sociedad frivolona que ha transmitido y multiplicado consignas como “sé tú mismo”, “es tu derecho”, “si a ellas les gusta” (el velo islámico, sin ir más lejos) o “a quién le importa” (lo que yo haga) y otros lemas soberbios, válidos para la educación, la moda, los modales, las opiniones o los tatuajes, surge de pronto el soberanismo, soberana estupidez cara a la Aldea Global.

Pasa que no es la hora de salir con “¡menuda tontería!” y con lo que de verdad importa: “las clases sociales” o “las condiciones económicas de las clases bajas” versus “los Pujol”, que lo explican todo. Dada una sociedad que fomenta estos tres valores, que son, a saber: democracia, libertad y realización personal, el nacionalismo (como plasma colectivo) es mejor que quienes desde la patria autoritaria pretenden desprestigiarlo.

Y, en todo caso, desafío soberanista, y no otro, es el partido que se juega. Ojalá lo gane Cataluña con toda su pamplina a cuestas, porque ganaremos todos; también para que pasado mañana hablemos de otra cosa.


lección de ecología.

El texto se publicó por primera vez en 2015 y está recogido, sin firma, en LaVozDelMuro.net (10/08/15). No está claro que sea obra de Francisco Casero. Se llama Lección de Ecología. En la fila del supermercado, el cajero le dice a una señora mayor que debería traer su propia bolsa, ya que las de plástico no son buenas para el medio ambiente. La señora pide disculpas: Es que no había esta moda verde en mis tiempos. Y sigue ella relatando lo que había: botellas retornables, escaleras de escalones, se iba andando, no en coche, se lavaban los pañales, se secaba en tendederos, los pequeños heredaban la ropa de los mayores, no siempre modelitos nuevos; había un televisor o radio por casa; en la cocina, molíamos y batíamos a mano y empaquetábamos usando periódicos, no bolitas de plástico. Para cortar el césped usábamos una podadora a músculo. Hacíamos ejercicio trabajando, no necesitábamos gimnasio para correr sobre cintas eléctricas. No había agua embotellada. La gente tomaba el tranvía o el bus y los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o andando, en vez de mamá o papá como taxista las 24 horas. Teníamos un enchufe por habitación, no una regleta para alimentar una docena de artefactos. Y no necesitábamos un aparato electrónico para encontrar la pizzería más próxima. Así que no me parece lógico que la actual generación se queje de lo irresponsables que éramos los ahora viejos por no tener esta maravillosa moda verde en nuestros tiempos. [Cursivas de eLTeNDeDeRo]

Leído lo cual, se llama maravillosa moda a la conciencia ecologista y, a renglón seguido, la señora hace una crítica de costumbres del tipo cualquier tiempo pasado fue mejor como si no hubiera habido miserias, hambrunas, carencias y posguerras, en plan tos por igual, y como si no hubiera clases sociales. Ni antes ni ahora las generaciones se gestionan conscientemente. Las fuerzas hegemónicas, ayer como hoy, siguen siendo el Capital, la Iglesia y el Estado; incluyendo Iglesia lo que llamamos cultura, civilización, filosofía, arte, educación, ese etcétera de creencias que moldean la ideología a través de los medios y del sistema educativo trasmisor de cuarto y mitad de lo mismo; y, donde ayer el cura en la parroquia, hoy, oenegés. El Capital sigue siendo el mismo, aunque se haga llamar inteligente, emprendedor o solidario. Y el Estado, que titula del Bienestar o Democracia, sigue estando ahí para darnos miedo y para que una minoría viva del cuento de la política, de la judicatura o de la milicia. Otro análisis, no lo conozco.

Cuando, en tiempos militantes, yo hablaba de política con mis amistades ecologistas o feministas o animalistas (ismos teníamos de todos los colores), mi conversación era siempre la misma: cambiado el sistema, cambiarían los ismos porque ‑aunque no de la noche a la mañana‑ el mundo más justo que creáramos iría asumiendo, haciendo suyas, las reivindicaciones parciales. Y, al revés. La supuesta victoria de algunos ismos sin salir del sistema (el capitalismo se lo traga todo), ha demostrado la adulteración del ismo original, como hemos visto en la lucha feminista (desaparecida desde que dio por bueno el tapadismo islámico) o en la lucha homosexual (y ahí ese Orgullo, espectáculo integrado). Una sumisión de la ecología la vemos con el carril bici exportado desde Sevilla, dándole título de carril a lo que es acera y molestando a las personas que van andando y sin plantar cara al gran depredador, que sigue siendo el coche y que circula ahora más a sus anchas que nunca, y cuando una rara bici se atreve por la calzada el airado automóvil le grita: ¡A tu carril, imbécil! A eso, círculos ecologistas lo llaman sostenible. Yo todavía espero de ecologistas la declaración del hombre como primera especie protegida de la humanidad (la Tierra, su hábitat natural) y la abolición de la guerra y las fronteras (para la libre circulación de las personas bajo el pasaporte único de unas verdaderas Naciones Unidas) y el fin de la explotación del hombre por el hombre. Con esa ecología, estarían a salvo los linces ibéricos y los toritos bravos y las dehesas y las bellotas y las lechugas.

Ni la señora ni el muchacho del supermercado: la autogestión de las generaciones futuras mediante una revolución, pacífica, se entiende. ¿Revolución? ¿Eso qué es?