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campanas de San Lorenzo.

Procesión en San Lorenzo mayo 2010 006 Daniel Lebrato con Ángel Esteban
Con el último ángel rebelde, Ángel Esteban.

Campanas de San Lorenzo

Agradece cuando dan la una y la y media. Pero si te tocan las doce del día o la misa el domingo o por fiesta grande de la cristiandad, entonces ‑hermano, hermana‑, ya puede ir gustándote la percusión metal. Porque todas las campanas de todas las torres y espadañas del barrio de San Lorenzo (más o menos seis mil, vendrá en la Wiki) te llamarán, nos llamarán a todos. Y no serán Blas de Otero ni Paco Ibáñez sino los bronces y carillones de la vecindad. ¿Vive alguien aquí que no sea cura ni monja, beata o capillita o con un pedazo de cielo en el cielo? Cuando tocan a deshora o a desdía, miedo me da preguntar por quién tocan.


Gracias y desgracias del toro de lidia.

SEIS TOROS, 6.
Tauromaquia en espirales a la manera de Luis Martín‑Santos


1º. Matar toros es ‑mucho más que animalista‑ conservacionista. Y de una especie que, sin la Fiesta Nacional (pongámosle las mayúsculas cuanto antes), estaría en peligro de extinción. El toro bravo es un ser para la muerte. Podemos decir ‑sin temor a equivocarnos‑ que ha leído a Heidegger.


2º. La especie toro bravo o toro de lidia incluye su hábitat, finca donde se cría y grey humana que lo cuida hasta llevarlo con mimo a su destino: desde el ganadero o empresario terrateniente y latifundista, hasta el veterinario, el mayoral, el picador, el mulillero, el mozo de cuadra, peones o gañanes de los de Los santos inocentes, o la criada de ahora mismo los recibe don Eduardo. Todo esto, en la España piel de toro y toro de Osborne, mejor sitio del mundo que eligen los toros de lidia para realizarse como mito, lo que determina el paisaje económico y social de la baja Andalucía y de vastas comarcas de la Ruta de la Plata, esa luna enamorada de los toros y de los caballos de raza que se las verán con ellos en el señorito arte del rejoneo.


3º. A ese paisaje agrario con toda su geografía humana se añaden ciudades y grandes y medianos pueblos (los pequeños soltarán vaquillas), con sus concejalías de cultura o fiestas mayores, que tienen dispuestas sus ferias con sus plazas de toros, sus taquillas, su venta anticipada por internet, sus guiris y forasteros, sus verdaderos aficionados o entendidos, sus bares y restaurantes, sus hoteles y comercios del entorno, más  vendedores ambulantes ‑reventa de entradas incluida‑ con algún Cortadillo de bolsos y carteras ajenas. Más policía, pues. Todos esperan el cartel de no hay billetes, máxima condecoración en días de corrida. Al conjunto, lo llamaremos cultura y civilización y casi, casi, religión: algo en lo que ‑para ser buen español‑ hay que creer y, si no, ahí está Cataluña, cuya anti españolidad se demuestra andando con la abolición.


4º. Existe además una promoción de muchachos (y unas pocas atrevidas) que, sobrados de facultades y medios familiares, no obstante eso, eligen no las cómodas carreras de medicina, derecho, ingeniería o ni siquiera el balompié; eligen la arriesgada carrera superior de tauromaquia: perito en capotes y banderillas, maestro o diestro matador de toros con la muleta: torero (o toreador, en otras latitudes) de los de a ver dónde está ese bicho, a ver si tiene cuernos (huevos) como dice, que me lo despacho aquí mismo de una estocada. Opcionales: la folclórica tras el abanico en el tendido sombra y recibir ante los toriles a porta gayola.


5º. Va a terminar la corrida y la crónica es siempre igual y la misma. Leemos en ABC: Torerito de Tal (de azabache y oro) muy bien que estuvo (quien dice bien, dice valiente, decidido, animoso, arrojado, entregado,  templado, con voluntad, con ganas, con mando) pero no le acompañó el toro en su faena. Vaya por Dios. Y aquí aparecen calificativos de manso, afeitado, semi toro, saco con cuernos, con percha, con manillar, cabestro, buey, vaca o becerrita; nunca notas por exceso de bravura o de trapío.


6º. Total. Por culpa de las ganaderías y de los toros, que ‑habíamos quedado‑ son los primeros interesados en la fiesta, falla ‑curiosamente‑ la fiesta de los toros. Vuelva a leer el toro número uno y procure no perder el hilo (de Ariadna) o la razón.


Sobrero. Estas espirales martinsantosas (o martinsantinas) excluyen ‑pero incluyen‑ la posibilidad cierta de que el torero muera o sufra algún desgraciado percance en el ruedo, culpa sin duda de la mansedumbre del que ya era manso o de una sobreactuación o insuficiente preparación para el mito. Lo que es seguro es que alguien lo ve en la plaza y al día siguiente en otra plaza ‑de abastos‑ habrá carne de toro de lidia. Especialmente apreciado, el plato de rabo o cola de toro. Exquisito según mercado y máster chef.


¿qué pasa en Siria?

¿Por quién doblan las campanas? es de esos títulos que tienen alcance al margen de la obra que representan.[1] Hemingway lo tomó de un poema de John Donne[2], que se reduce así:

«Si el mar se lleva una porción de tierra, toda la tierra queda disminuida. Ninguna persona es una isla. La muerte de cualquiera me afecta porque me encuentro unido a toda la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti.»

Hoy, que en el hemisferio cristiano es día de campanas que llaman a los oficios del viernes de dolores y alguien rezará por Siria, les propongo este otro toque de campanas, esta pirueta o silogismo, acaso una oración:

«No preguntes qué está pasando en Siria. No preguntes quién mata o quién muere, ni si es por armas químicas o físicas. En la cadena (del bien o del mal, tú eliges) están Rota y Gibraltar, están tu Gobierno y tu partido o sindicato y está el aliado de todos, que es Donald Trump, quien hoy ‑abre el telediario‑ se ha despachado unos tiritos en Siria, capital Damasco (¿o Washington?, ¿o Moscú?) Estoy también yo, que circulo de vacaciones por la A‑2001 desde El Puerto a Sanlúcar. Y tú, que miras el Peñón y su bahía desde lo alto de San Roque pensando qué bella vista. Está quien atornilla la última entrega de Navantia en Cádiz o la penúltima ingeniería ‑por supuesto, de transporte y como si la muerte viajara sola‑ en la Sevilla de las primeras procesiones y del último Airbús. No preguntes qué pasa en Siria. Pasa por ti.»

–enlace a Viernes de Dolores (la edad)

–enlace a Carta a una guardería

[1] For whom the bell tolls, novela de Ernest Hemingway en 1940 y película de Sam Wood en 1943, con Ingrid Bergman y Gary Cooper.

[2] Poeta metafísico inglés, Devociones para ocasiones emergentes (1624).

Añade Rafa Iglesias: 

La joya de la corona de la industria sé…villana. El Airbus 400‑M. eMe de militar, que no se le olvide a nadie. Para transporte de bombas o embajadores de la muerte. Los de otros gobiernos que nos compran el juguetito infame. Somos cómplices de la infamia. Nosotros, también. Y los técnicos que trabajan en ello para alimentar a sus familias, más, mucho más. Que tengan conciencia que otras familias sufren muerte, heridas y terror. Que piensen que podrían ser sus propios hijos los destinatarios de los portes del aparatito que construyen.

Y si el asunto prioritario es crear industria y reactivar el precario empleo en Sevilla, puramente, sugiero invertir todo ese potencial económico destinado al Airbus en hacer minas antipersonales. Esas pequeñas indetectables de plástico llamadas saltarinas (pues al activarse hacen lo propio hasta la altura de la cintura de un adulto, ocasionándole daños más importantes que si explotaran desde el suelo; a un niño, ni te cuento lo que le hacen) requieren muchísima menos inversión en infraestructuras y tecnología, necesitan más mano de obra a contratar (por consiguiente, menos paro) y dejan bastante más beneficio, tanto a empresarios como a demás cómplices.

¿Por dónde cae el Palacio de Buckingham?

Cuando una dinastía o casa real se apropia de la jefatura de una nación, no deja a la nación democrática o republicana más opción que desear su propia muerte. Historia y derecho distinguen entre regicidios cometidos por atentados y regicidios por sentencias dictadas por un nuevo régimen. Notables regicidios fueron los de Carlos I de Inglaterra (1649), Luis XVI de Francia (1793) y Nicolás II de Rusia (1917). Gracias a aquellas ejecuciones, los zares no han vuelto e Inglaterra y Francia se inyectaron de democracia y nuevo estado que todavía les dura. Hoy día, y para evitar extremos de violencia y de sangre, se recomienda que las monarquías, si quieren presidir la jefatura, se pasen por las urnas como cualquier partido o candidato. Khalid Masood, 52 años, ciudadano británico de inspiración islámica, al volante de un 4×4 por el puente de Westminster, no tenía ni puta idea de por dónde cae el Palacio de Buckingham.

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the industrial revolution (2). Antonio Delgado Cabeza.

benagalbon foto Diario Sur

Llegué a Benagalbón en septiembre de 1980. Mi primera tutoría fue un séptimo de EGB. No he olvidado a aquellos alumnos de 13 y 14 años. Pepe, Manolito, Paco, Enrique, Salvador, Salvori, espigados, fuertes, con la piel curtida y callos en las manos. Cuando terminaban el colegio, ayudaban en los huertos familiares, dominaban las labores agrícolas y ganaderas. Sus padres pertenecían a la primera generación que había tenido que cambiar el campo por la construcción, trabajaban de albañiles o de peones en empresas malagueñas que se movían por la costa y los hijos compaginaban la escuela con su responsabilidad en las tareas del campo.

Recuerdo con especial cariño a los alumnos de El Valdés. Eran niños con una sensibilidad diferente. Académicamente fracasaban, eran considerados no aptos por la enseñanza tradicional al uso. Sin embargo, aquellos jóvenes eran capaces de cavar una viña, desmontar y arreglar el motor de su moto de 49 centímetros cúbicos o de estar un fin de semana vendiendo sacos de patatas en un cruce de carreteras del Campo de Gibraltar. Pasaban el verano yendo a Murcia o Manilva por uvas. La viña es un coñazo, maestro, hay que estar alrededor de ella todo el tiempo. Podar, sarmentar, cavar, vinar, sulfatar, despuntar, tapar, vendimiar… todo el año liados en unos pechos en los que no entran tractores ni nada, tenemos que usar amocafres, hasta los palos de los azadones sobran. Después, las pasas en los paseros, pendientes del cielo para poner los toldos en cuanto cae una gota. Antonio, ezo noztá pagao con ná.

Esa fue la última generación de jóvenes que se relacionaban con la tierra, que sabían los nombres de los árboles y de las plantas, que controlaban los cultivos de cada estación y los ritmos de la naturaleza. La mayoría de los adolescentes de ahora no distingue una encina de un olivo, el secano del regadío, las especies autóctonas de las foráneas. De una generación a otra se ha perdido la sabiduría acumulada durante miles de años, se ha producido una desconexión brutal con la Naturaleza, una enajenación artificial de la producción de alimentos, un desenraizamiento con el planeta de consecuencias imprevisibles.

Te he contado hasta ahora cómo he vivido la llegada de los motores a mi vida y a la sociedad que me rodea y quiero que sepas mi opinión acerca de este proceso de industrialización y modernización que ha concluido en la llamada globalización. Cuestionar que ha habido progreso, carece de sentido. Que vivimos mejor después de esta revolución es una obviedad. Que las máquinas en general y los electrodomésticos en especial han hecho más fácil y confortable la existencia es indiscutible. El último siglo ha cambiado radicalmente el paisaje rural y el urbano. Grandes edificios, carreteras, autopistas, coches, metros, aviones, cosechadoras, ordenadores, teléfonos móviles, todo diseñado para aumentar la calidad de vida.

Pero si ponemos la lupa en este macroproceso, descubriremos que no todo se ha hecho bien y, sobre todo, que no se han elegido ni el camino adecuado ni las formas correctas. El desarrollo tecnológico se ha dejado en manos de un poder fáctico supranacional sin escrúpulos que usa a los gobiernos -democráticos o no- para conseguir sus fines: perpetuarse en el poder y enriquecerse cada vez más. Los ricos son cada día más ricos y los pobres cada día más pobres. Se tiran a la basura millones de toneladas de alimentos mientras los habitantes del tercer mundo mueren de hambre. Los medios de producción -como los de comunicación- están en manos de una élite feroz que no entiende de justicia, equidad, solidaridad o redistribución de la riqueza.

Por mantener la sartén por el mango, lo mismo fuerzan guerras -el negocio de las armas es de los más rentables- que ignoran las alarmas de los científicos que advierten de las irreversibles consecuencias del efecto invernadero o del calentamiento global. Las miles de especies desaparecidas y las que están a punto de extinguirse les traen al pairo. Los contratos de los trabajadores son cada día más leoninos. Las petroleras ganan más. Las textiles ganan más. Las farmacéuticas ganan más. Los bancos ganan más. Y cada vez hay más pobres que son más pobres.

Mira este dato como ejemplo. Las grandes empresas españolas de todos los ramos están publicando sus balances de 2016. Todas coinciden en superávits muy positivos y en que la crisis está superada. Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea, el gobierno y la patronal, lejos de aconsejar un reparto equitativo de los beneficios entre los asalariados, apuntan ya a profundizar en las políticas que han dado lugar a esa plusvalía, es decir, más reformas, más recortes, más precariedad en el empleo…

¿Qué podemos hacer? Pues podemos hacer mucho. De entrada replantearnos nuestra participación política, nuestro compromiso social. ¿Qué hacemos además de votar cada cuatro años, a quién votamos, de qué nos sirve? Replantearnos el consumo. Este sistema se hunde si no consumimos o lo hacemos con moderación. Comprar lo indispensable, lo que realmente necesitemos. Mirar las etiquetas, saber de qué está hecho lo que compramos, dónde y por quién. La publicidad nos intoxica hasta hacernos creer que somos más felices cuanto más tenemos, pero en el fondo sabemos que no es así.

Replantearnos nuestra relación con el Universo y con la Tierra. Recuperar el contacto directo con ella, relacionarnos con nuestra energía telúrica, poner consciencia en nuestro cordón umbilical con la atmósfera, reaprender los ciclos de la Naturaleza, aprender a cultivar nuestros propios alimentos ecológicos, hacernos responsables de nuestra salud.

Replantearnos nuestra existencia, a qué hemos venido aquí. Nos pasamos la vida en un estado de ensoñación permanente, de anhelos y frustraciones, de apegos y miedos, a caballo entre los errores del pasado y los posibles éxitos futuros, sin disfrutar del presente, sin aceptar lo que ya es. Esperamos soluciones externas -políticas, financieras, amorosas- pero la solución está en nuestro interior. Somos seres completos. Tenemos que recuperar nuestra capacidad de oírnos y encontrarle sentido a Todo.

Nuestra razón de ser es crecer, hacernos mejores personas, ser más comprensivos y amorosos y e influenciar en nuestro entorno en la medida de nuestras posibilidades. Para este crecimiento personal hay un camino milenario que en occidente se usa poco pero que da los mejores resultados: la meditación. Pero eso es otra historia.

La próxima.

Antonio Delgado Cabeza, 10/03/2017

PlayaBenagalbon foto inforural

the industrial revolution (1)

tractor-john-deere-foto-foro-de-tractores-antiguos
tractor John Deere (foto foro de tractores antiguos)

Antonio Delgado Cabeza

THE INDUSTRIAL REVOLUTION (I)

Una pequeña foto en blanco y negro sintetiza perfectamente lo que hoy te quiero contar. Debe ser de julio o agosto del 56 o 57. Con tres o cuatro años estoy desnudo rodeado de la familia de mi madrina, todos sentados en círculo en sillas de enea en el porche, pelando patatas. En el centro junto a mí, la madre cocina con leña en el suelo una enorme sartenada de papas sostenida por una trébede de hierro.

Recuerdo esos veranos en San Pablo de Buceite como los más felices de mi vida. Mis padrinos no tenían hijos y para mis padres mi ausencia era una boca menos, todo el mundo contento. Me llevaban a la finca familiar, un naranjal precioso a orillas del río Guadiaro. La casa de campo sin luz ni agua corriente, tenía una planta baja con cocina y salón diáfanos y una habitación despensa con sacos de granos y grandes tinajas de cerámica con tapaderas de madera que conservaban aceite, sal, harina y los panes que amasábamos y cocíamos una vez al mes en el horno árabe que había junto al porche y el pozo. Siempre en penumbra, con un olor característico, con los restos de la matanza colgados del techo. Chorizos, morcillas, salchichones, morcones. En la primera planta, los dormitorios.

Junto a la casa, había otra con la cuadra para los mulos y la pocilga para los cerdos. Arriba, un pajar y una habitación en la que vivían los caseros, el matrimonio que ayudaba todo el año en las faenas agrícolas y domésticas y su hijo Ildefonso, mi amigo. Con siete y ocho años, con él ejerciendo de porquero oficial y yo de ayudante, sacábamos al campo de madrugada la piara de setenta y tantos cochinos, antes de que pasara la pareja de la guardia civil. Cuando alrededor de las ocho pasaban los civiles inspeccionando, los marranos estaban ya comidos y recogidos, saltándonos así la prohibición expresa de sacarlos del redil a causa de la peste porcina africana. Claro, el ahorro en pienso era importante. Para ser tan pequeñitos, teníamos ya un cierto sentido de la responsabilidad… y de la clandestinidad.

Aunque desde la perspectiva de hoy te parezca mentira, a Ildefonso y a mí no nos despertaba nadie. Nos levantábamos al alba con el canto de los gallos, antes de amanecer del todo. Hacíamos nuestras necesidades y nos aseábamos en un pequeño arroyo, cumplíamos con nuestra única obligación diaria y teníamos el resto del día para jugar y holgar. Holgar, dulce holgar. Con el barro que se formaba junto al pozo, modelábamos figuritas que metíamos en el horno que irremediablemente se resquebrajaban y partían. No importaba, hacíamos más.

Uno de nuestros pasatiempos favorito era fabricar barcos de corcho con la navaja, ponerles un palo de mástil, una vela triangular de trapo y hacer apasionantes carreras en las acequias de riego. Otras veces, cortábamos las cañas más largas del cañaveral y construíamos auténticos coches de competición. La parte gruesa de la caña, descansaba sobre nuestro hombro y justo delante le ajustábamos una corcha circular que ejercía de volante. En la otra parte, atravesábamos la caña con otra más fina que llevaba dos ruedas también de corcho en los extremos. Qué invento, cuántas horas felices echando carreras por el carril de tierra que bajaba hasta el río por detrás de la casa.

Otro momento diario mágico era la recogida de huevos. Con un canasto de mimbre cada uno y aunque había un gallinero en la parte exterior derecha de la casa, como las gallinas estaban sueltas, lo más emocionante era buscar y descubrir los ponederos y volver con el cesto lleno. Después, el baño. En el centro del río emergía un tronco anclado en el fondo. Tirándonos para alcanzar el tronco, aprendimos a nadar. Con el impulso del salto desde la orilla llegábamos al palo, pero había que volver nadando y sorteando la corriente. Hoy, resulta sencillamente increíble. Dos mocosos solos en el río, disfrutando del sol, del agua y la libertad.

La comida cocinada por la madre de mi madrina era servida en dos mesas. En una comían los padres, los hermanos, los sobrinos y mis padrinos. En la otra, los padres de Ildefonso y seis o siete jornaleros que había cada estío para las faenas propias de esa estación. A mí me encantaba comer con ellos, no solo porque estuviera mi amigo sino porque no había platos individuales como en la mesa de los patrones. De un enorme perol central comíamos todos en un ambiente genial dicharachero, de igualdad y camaradería en el que los adultos comentaban la rutina de sus tareas, contaban historias intrigantes y nos ayudaban a los pequeños a alcanzar los alimentos.

Cenábamos con las últimas luces de la tarde. Encendían los quinqués y los niños caíamos rendidos en la cama. Algunas noches de luna llena, nos escapábamos a los cortijos vecinos. Sabíamos dónde tenían protegidos en fresqueras los melones y sandías en su punto. Eran hoyos en el suelo disimulados con matorrales. Qué emocionante y qué placer disfrutar de lo prohibido a la luz de la luna. Algún atracón de estos me produjo un cólico con diarreas, única enfermedad que padecí en aquellos meses de la canícula, de noches cortas y días infinitos.

Un verano, con diez u once años, llegué y no estaban ni Ildefonso, ni sus padres, ni los temporeros, ni los mulos ni los cerdos. Había un extraño vehículo verde con cuatro ruedas, las dos traseras gigantescas y me presentaron a Miguel el tractorista, que se encargaría de hacer las labores de todos. Los padres de Ildefonso se habían ido a la costa, a San Pedro de Alcántara a buscarse la vida en la construcción o en la hostelería, como los demás trabajadores del campo.

Ni que decir tiene que nunca volví a aquella querida huerta de riquísimas naranjas, a pesar de que ya tenía agua corriente y luz eléctrica.

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Antonio Delgado Cabeza, 17/02/2017.

*

 

instrucciones para encontrar el paraguas.

diego-gomez-de-ribera-el-adelantado-del-romance-de-alora

Siempre me hizo gracia la greguería de Jardiel Poncela de que en esta vida solo unos pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan. El otro día, volviendo a la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, sede del CAAC  (centro andaluz de arte contemporáneo), en su sala capitular me pedí hacerme la foto que ven ustedes. Yo diría que el caballero, don Diego Gómez de Ribera, ligeramente vuelto de espaldas a su señora[1], ni sueña ni está muerto: el hombre ronca como un bendito.

diego-gomez-de-ribera-detalle

Y eso que armadura con espada debió ser pijama algo incómodo. Y menudo salto de cama. Como para la ducha diaria. Reza el mármol (pues los mármoles rezan): «Aquí yace el ilustre señor Diego Gómez de Ribera (ω 1434), adelantado mayor de Andalucía, hijo de los ilustres señores Perafán de Ribera, asimismo adelantado, el cual, después de haber ganado Iznájar en el Reino de Granada y otras muchas fortalezas y vencido muchas batallas contra moros, cercó la villa de Álora, asimismo en el dicho reyno y, habiéndola combatido y hecho un portillo, y viniendo a partido[2] y a hablarle, él se quitó la babera[3] y le dieron una saetada por la boca de que murió. El cual gastó todo su tiempo en guerra contra moros por cuya causa su memoria siempre vive y vivirá porque quien a Dios sirve es razón que sea así.»

Diego Gómez de Ribera el Adelantado del romance de Álora inscripción.jpg

De manera que este era el adelantado del romance de Álora, la bien cercada, uno de los romances más vivarachos del romancero viejo (sección fronterizos) y yo sin saberlo y a dos pasos de mi casa. Menos mal que al revelar la foto he caído en la cuenta y me permito el disfrute de tanta gentil coincidencia: el CAAC, a donde íbamos a ver la Confesión general de Luis Gordillo antes de que la levanten y los 25 años de ¿Qué piensan los artistas andaluces de ahora? que incluye la película La Alameda (1978), donde vivimos, película que disfrutamos hora tan larga que nos dio la del cierre. Y todo, buscando el paraguas que el Centro nos habían retenido en su paragüero, para no mojar ni estropear nada, mientras duraba nuestra visita la tarde de un viernes de lluvia y de febrero que mi novia y yo no teníamos nada mejor que hacer. Dirán que esto de ser tan inculto no tiene sus entresijos y sus divertimentos.

 

Romance de
ÁLORA LA BIEN CERCADA

Álora, la bien cercada,
tú que estás en par del río,
cercóte el Adelantado
una mañana en domingo,
de peones y hombres de armas
el campo bien guarnecido;
con la gran artillería
hecho te habían un portillo.
Viérades moros y moras
subir huyendo al castillo;
las moras llevan la ropa,
los moros harina y trigo,
y las moras de quince años
llevaban el oro fino,
y los moricos pequeños
llevan la pasa y el higo.
Por encima del adarve
su pendón llevan tendido.
Allá detrás de una almena
quedado se había un morico
con una ballesta armada
y en ella puesto un cuadrillo.
En altas voces diciendo
que del real le han oído:
-¡ Tregua, tregua, Adelantado,
por tuyo se da el castillo!
Alza la visera arriba
por ver el que tal le dijo:
asaetárale a la frente,
salido le ha al colodrillo.
Sácole Pablo de rienda
y de mano Jacobillo,
estos dos que había criado
en su casa desde chicos.
Lleváronle a los maestros
por ver si será guarido;
a las primeras palabras
el testamento les dijo.

Romance de Álora en la Wikipedia
–Iznájar, la mejor página
Álora, página municipal
–película La Alameda (1978) de Juan Sebastián Bollaín (hora y 10 minutos de duración)

*


 

 

[1] Doña Beatriz Portocarrero (ω 1458).

[2] venir a partido : sacar provecho o ventaja, aunque aquí parece que es ‘por hablarle aparte’.

[3] Pieza de la armadura antigua que cubría y protegía boca, barbilla y mandíbulas.


advierte en greguería Félix Morales Prado:

Los paraguas que se pierden se van a los cuadros de Magritte.

golconde-rene-magritte
René Magritte, Golconde (1953)

 

El título Golconda (sinónimo de mina de riquezas según el Oxford English Dictionary) fue sugerido por el poeta y amigo del autor Louis Scutenaire. Golconda es una ciudad en ruinas del estado de Telangana, en India, centro de la legendaria industria del diamante. [Wikipedia]