the telegram

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THE TELEGRAM

por Antonio Delgado Cabeza
17/10/16

                        Llegó a principio de los setenta huyendo de la guerra de Vietnam. Un anuncio en el San Francisco News Daily puso fin a veinte años de pintura, sexo, drogas y rocanrol. Atrás quedaban su galerista, su amigo íntimo y su hijo, que seguiría sus pasos para evitar el servicio militar en una contienda que ambos consideraban que defendía unos intereses ajenos a ellos.

                        Arrendó una finca en un precioso pueblo interior desde el que se divisaba el mar en la lejanía. Se integró rápidamente, repudiando desde el principio los guetos que los anglosajones emigrados acostumbran a formar entre nosotros. Era un hombre culto, moderno y abierto y le interesaba muchísimo la cultura autóctona. Sentía que no había marcha atrás, que había dado con el lugar idóneo para lo que buscaba: serenidad para ordenar sus ideas y paz para pintar.

                        Papá, me quedo, voy a hacer la mili en Saigón. Ni el telegrama ni las posteriores conversaciones telefónicas convencieron al padre de aquel repentino furor patriótico que no había estado nunca sobre la mesa. Pero no podía hacer nada para evitarlo. La impotencia ante esta renuncia unilateral imprevista, le produjo un desgarro que le acompañará el resto de su vida y que somatizaría años más tarde en forma de una grave enfermedad.

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Terminado el contrato inicial, buscó, hasta encontrar, la casa de su vida y en cuanto la vio de lejos supo que era aquella: un palacete de verano derruido rodeado de una huerta a las afueras de un pequeño pueblo blanco, en el valle de un arroyo casi siempre seco. Gastó los ahorros que le quedaban en reconstruir aquella ruina a su imagen y semejanza, pero respetando el estilo noble y andaluz de sus gruesos muros.

                        En la soledad de su fabuloso estudio de la planta superior, pasó las mejores horas de su vida. Creaba con facilidad, pintaba con soltura, se inspiraba, como siempre, en las viejas fotos de la caja que le regaló su querida abuela. Con unas sutiles pinceladas blanco sobre sepia, hacía surgir del lienzo sus personajes icónicos apenas insinuados. El resto lo ponía el espectador que con su fantasía completaba la propuesta del artista, imaginando personalidades o escenas no definidas en el cuadro.

                        La propia cuadrilla de albañiles, a la vez que le daba la forma deseada a la construcción, era su escuela de idiomas y gastronomía. A todos recompensó generosamente con obras cuya lectura no acababan de comprender. Pero agradecían el gesto de aquel guiri raro que ponía en valor pequeñas cosas en las que nadie reparaba ¿Qué sentido tenía poner cada mañana violeteros con flores del campo en las ventanas?

                        Esta afabilidad, este carácter ameno, dicharachero y cariñoso hizo que su círculo de amigos creciera rápidamente entre artistas, médicos, abogados, profesores y gente del pueblo. En poco tiempo, la adaptación a su nueva vida, se había completado con éxito. Recibía visitas de todo el mundo, organizaba fiestas y saraos, paellas y reuniones siempre con un ambiente agradable alrededor de una copa.

                        Todo iba bien. Hasta que empezó a recibir llamadas periódicas, dolorosas y monotemáticas. Su hijo, no solo no había cumplido con la patria, si no que había ido estafando sistemáticamente a todos sus amigos empresarios, que eran muchos. En nombre de su padre lo contrataban, trabajaba un tiempo hasta ganar su confianza y entonces desaparecía con la caja.

                        El viejo truco de los yonquis.

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