Elecciones generales | Todo a cien, por José Antonio Moreno Jurado

ELECCIONES GENERALES TODO A CIEN

Daniel Lebrato, septiembre de 2009

Conocí a Daniel Lebrato por aquellos años de ensoñaciones, casi diría ilusiones, en que José Manuel Padilla, desde su librería de la calle Laraña, ya desaparecida, editaba en papel de estraza, que compramos en el mercado de la Encarnación, una sextina libelada, de autor anónimo, escrita contra todas las sextinas pedantes que escribían por entonces diferentes poetas sevillanos en todos los idiomas concebibles; por los años en que asistíamos, crédulos to-davía, a diatribas literarias, más vacías de contenido que de renco-res, como la que mantuvieron poetas como Joaquín Márquez y Abelardo Linares; por los años en que nuestra poesía se revitalizaba por fin tras la década casi hueca de los setenta, de la que hemos conservado en la memoria la frase malintencionada de “la poesía ha muerto, viva la novela”; por los años en que conseguíamos aba-rrotar la Biblioteca Pública de la calle Alfonso XII, cada semana, para escuchar con devoción a los poetas más interesantes del mo-mento; por los años de nuestra desaparecida Dendrónoma, en la que editamos a Isaac de Vando Villar, con su Sombrilla Japonesa y su pa-pada de anticuario bonachón, a Elytis, a Bacarisse, a Pongilioni, a Jacottet, a Juan Cobos; por los años en los que el propio Elytis, con su Nóbel a cuestas, accedió a presentar un libro suyo en Sevilla y a recorrer después el recuerdo de Juan Ramón y de Lorca.
Quiero decir que me une con Daniel, no sólo mi fidelidad, incomprensible para los años que corren, sino una serie de aconte-cimientos externos que constituyen, en definitiva, la vida o el paso de la vida. Recibí y desmenucé, con entusiasmo, cada uno de sus libros, De quien mata a un gigante (1988), De amor como disparos (1995), ¿Quién como yo? (1996) y Hacia (1999), pero me sigo perdiendo, debo confesarlo, entre todos sus escritos de Internet, y más, seguramente, por edad que por desilusión o desgana. De todas formas, intentaré ser lo más lacónico posible en la exposición de mis ideas, como es mi costumbre, para que Daniel nos confirme después mis aciertos y mis equivocaciones.
De hecho, cuando la prensa sevillana se nos ofrecía, se nos presentaba, frente a la creación poética, de manera menos cicatera y menos mezquina que en estos momentos de engaños y miserias, escribí alguna crítica sobre Daniel expresando cuanto creía y cuanto deseaba. Mi sinceridad en este terreno sólo me atrajo enemistades. Y escribí cuanto escribí, porque Daniel entraba de lleno en lo que siempre he venido llamando la estética del riesgo. Dicho sencillamente, se trata tan sólo de aquella poesía que se nutre de la tradición para superarla, para hacerla avanzar, y no de aquélla que se encuentra anclada en la imitación y el epigonismo.
Daniel, por fortuna, no ha cambiado. Sigue arriesgándose como siempre. Y se arriesga hasta el punto de ser consciente, creo yo, de que su poesía necesita ser descodificada con un esfuerzo mayor que el que empleamos en descodificar cualquier otro tipo de poesía, como la poesía descriptiva, la poesía costumbrista, la poesía de tono sentimentaloide o la poesía periodística, por poner sólo al-gunos ejemplos necesarios. Es evidente. Y está claro que la utilización de un esfuerzo mayor en la descodificación quita lecto-res, conduce a la soledad, al aislamiento, y, por ello, sólo contará con lectores inteligentes que, eso sí, siempre le guardarán una fide-lidad extrema. Fíjense que no estoy hablando de poesía fácil y po-esía difícil, porque siempre me ha parecido una clasificación ñoña e injusta.
Digo que el poeta sigue escribiendo desde el riesgo del fu-nambulista y de los saltos al vacío. A cuerpo abierto. Sin importarle lo más mínimo el abismo o la distancia. Casi sin red. Sin embargo, con Elecciones generales (o como dice en algún sitio “erecciones gene-rales”) Todo a cien, Daniel Lebrato insiste una vez más en sus pro-pias fórmulas de escritura, avanzando, según mi criterio, a una ma-yor profundidad de contenido, o mejor, a una profundidad distinta. Vayamos por partes.
La arquitectura del libro nos resulta bastante evidente y fácil de manejar. Un núcleo central, que da título al libro y, por ello, ha de considerarse núcleo, rodeado o envuelto por dos poemas de in-troducción, “Aproximadamente” y “Los míos”, y por un largo poema que constituye la parte final titulada “Epístola moral o la tristeza”. En el centro de la construcción, “Todo a cien”.
Los dos primeros poemas resultan, en esencia, la identifica-ción, la autoconciencia del poeta, dicho de otro modo, su afirma-ción en el mundo, pues de alguna manera, en uno de ellos, “Aproximadamente”, nos elabora una pequeña biografía sentimen-tal y, en el otro, “Los míos”, una sucinta biografía ideológica que parte del 5 de mayo de 1945 con la caída del nazismo alemán. Sen-timiento e ideología configuran, así, la esencia misma del poeta, su manera de estar o de ser en el mundo. Resultan, si se me permite, las partes pudendas del alma del poeta, suponiendo que el alma tenga, como el cuerpo, semejantes regiones misteriosas.
El núcleo de la composición, como decía, da título general al libro, Elecciones generales Todo a cien. Se trata de cien composiciones pequeñas, en las que el autor juega con el cien de las tiendas en las que encontramos de todo a módico precio, y las elecciones políticas en las que todo es posible por afirmación o por su reducción al absurdo. No constituyen aforismos al estilo tradicional, ni greguer-ías para definir graciosamente objetos o circunstancias, ni pesimis-tas pensamientos machadianos ni breves observaciones filosóficas al estilo de Cioran. Son, concretamente, pinceladas minúsculas que evocan situaciones de la memoria, del sentimiento, de la realidad o de la imaginación. Característica común a todas esas pinceladas es el corte de doble filo de la expresión con la finalidad de buscar la sorpresa del lector, por una parte, y, por otra, su amor por la ironía, a la que volveremos, y por la antítesis.
Finalmente, la “Epístola moral” de Daniel Lebrato recoge evidentemente, como todos sabemos, una fórmula clásica de los siglos XV, XVI y XVII que fue utilizada preferentemente por los autores del momento para encaminar o iluminar el comportamien-to que debían seguir sus descendientes o sus lectores, y que fue uti-lizada incluso, en diferentes formatos pero con la misma intención, por reyes y pontífices.
Sin embargo, más que una regla moral de comportamiento individual y colectivo, la epístola moral constituye la expresión de la realidad misma, de lo que se ve, de lo que sucede, de la injusticia colectiva, de la degradación del ser humano y, por ello, una ejem-plificación de lo que no debe ser, de lo que no puede consentirse de ninguna manera. Daniel no afirma nunca que una situación concreta deba ser así y así, sino que nosotros, con esas ejemplifica-ciones, nos vemos obligados a deducir lo que no puede repetirse en el futuro. No me parece que lata, en el fondo, una actitud política de izquierda, que aquí sólo sería apariencia, sino un profundo y nostálgico humanismo, que queramos, o no, se nos va de las manos lentamente sin poder evitarlo.
No sé si podríamos hablar, en este caso concreto, de una po-esía comprometida. Posiblemente. Pero, de ninguna forma, de una poesía comprometida con aspiraciones localistas al estilo de Manuel Mantero o Alfonso Canales o con aspiraciones partidistas al estilo Paul Eluard. Es algo más. Una corriente de ternura ante el dolor humano como en Maiakovsky. Exacto. El Humanismo consciente que se extiende desde Eurípides hasta Albert Camus en el Oc-cidente europeo.
Y sus instrumentos, en la expresión escrita, son la ironía, por una parte, y la ternura por otra. Y tendrá que ver algo con el propio carácter de Dani el hecho de que esa ironía, profunda y siempre dolorida o doliente – jamás la débil ironía chistosa (nos hace sonreír levemente) que va desde Manuel Machado a Javier Salvago – nunca llega al sarcasmo, como en el caso de mi propio temperamento.
Me gustaría hacer una afirmación arriesgada y difícil. Miran-do el libro desde cierta distancia, estoy convencido de que en Da-niel Lebrato no existen tonos líricos. Entiéndase bien. Lo digo exactamente en el mismo sentido en que la poesía de Kavafis no contiene tonos líricos, constituya, o no, la herencia de Eliot y Pound en el poeta de Alejandría. Es evidente que no debo seguir este camino del análisis para no distanciarme de mi propósito. Digo sencillamente que se trata de una poesía de diferente perspectiva. Nada más. Una poesía, por otro lado, que no puede tener imi-tadores, porque es personal y unívoca. ¿Cómo decirlo? No tiene, insisto, el lirismo del poeta que se queda prendado de una gárgola, casi en éxtasis, en una plaza cualquiera de una ciudad cualquiera, como en Maria Victoria Atencia, ni el lirismo amatista y pedante de las levitaciones de Lamillar ante la música o el lirismo del poeta que se deja arrastrar por el aire y por las mimosas ante la anacrónica belleza de un mundo de nunca jamás, como en el caso de Juan Cobos. La poesía de Daniel Lebrato saca su lirismo de la situación que describe y se encamina más a una sentimentalidad de la reali-dad, de lo real en sí mismo, que a una sentimentalidad de lo cursi. Y es bastante.

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