Etiqueta: Daniel Lebrato

LA CABAÑA.

2006 12 24 pilar
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Los dos salíamos al campo. Nos hablábamos de usted.
Era otoño por la tarde y el sitio donde íbamos
más lejos de la cabaña a pocas millas
(la película era inglesa) de la mansión principal.
Yo era el leal sirviente de toda confianza
–tu preceptor de música o el secretario de tu padre–
y tú la hija única (Emma Thompson andará por ahí)
destinada a casar con el rico y odioso señor.

Íbamos andando no cogidos del brazo
–tú, a tu sombrilla; yo, a mi bastón de caña–
y todos menos nosotros vieron venir la tormenta
que el camino de vuelta pusiera impracticable:
–Tendremos que pasar sin más remedio
la noche en la cabaña, señorita.


/ a quienes, con suerte, la vida confinó a su medida /

Sevilla, sin fiestas de primavera.

Sevilla_Fiesta_de_Primavera_2020

–Entre la fiesta y la alegría se esconde el aburrimiento, querido Watson.

El Coliseo de Roma está siempre concurrido. Roma no necesita gladiadores. Sevilla, en cambio, sin Toros, sin Feria y sin Semana Santa parece una tragedia de ópera o de opereta. Eso tiene la ciudad de la gracia turística y exportable.

Que no es tan agraciada ni tan graciosa sin sus adornos de fiesta. Y un jamón.

Ahora que se iba a celebrar el homenaje a Benito Moreno, ese sevillano aburrío, y ahora que ya se sabe que las procesiones irán por dentro –como debe ser– no está de más vindicar una ciudad que valga por sí y por la humanidad, sin necesidad de palcos ni portadas, sin necesidad de estructuras tubulares de quita y pon.

Qué bonita Sevilla sin alcalde que diga ¡A esta es!

Sin sevillanos ni sevillanas.

Sin Paseo de Caballos.

Sin Corpus.

Sin cohetes al Rocío.

Sevilla en voz bajita.

Sevilla en paz.

Cuando no pasa nada.

El agua por el río y la calor por la sombra.

Sevilla.


 

Daniel Lebrato para Juan Caracol + Rafa Iglesias ©

aplausos al atardecer.

aplausos al atardecer

No sabemos si este es el último baile.
Sí sabemos quién dirige la orquesta.
Sí sabemos cuándo empezó.

La gente de mi edad y mentalidad (hombres y mujeres de 60 años arriba; de formación realista, poco dada al género de ciencia ficción, y ajena a vídeo juegos de exterminio) estamos viviendo Vicod 19 (esa que llaman crisis, ¡qué bien les viene la palabra crisis!) con ojos suspicaces.

El mileurismo era para nosotros la profecía apocalíptica del fin del mundo por cambio de siglo o de milenio. El arte figurativo nos tenía acostumbrados a la muerte a mogollón, nada más verla en iglesias y en Semana Santa, en el Dante o en el Bosco.

Nuestra cínica juventud se aplicaba al ¡Cuán largo me lo fiáis!, de Don Juan Tenorio, o al Marqués de Bradomín de pecar y pecar hasta el perdón que nos permitiera el doble disfrute de esta vida y de la otra. Y el tiempo se llevaría a papas y a emperadores.

La muerte nos sentaba bien si no fuera por la leyenda cierta que nos llegaba de cuarteles y comisarías de la dictadura y de otras dictaduras (Salazar, Pinochet, Videla) donde la vida, literalmente, no valía nada.

Ahora, y con esa experiencia, nos quedan muchos reflejos.

1) Todas las voces contra el Poder siguen siendo nuestras, desde Marx, hasta Chomsky.

2) Detrás de todo esto podría estar (la duda ofende) una demencia mundial que está jugando con lo que no se debe jugar.

3) Sería muy grave que España (sus votantes, sus Gobiernos) estuviera, de una forma u otra, cerca de ese juego como daño colateral por fuego amigo.

4) El estado de alarma nos recuerda otros estados de excepción.

5) El llanto por la muerte del Estado del Bienestar, que traerá consigo Vicod 19, nos enfrenta con el mileurismo dominante de la Generación Podemos; generación que creyó en el Estado del Bienestar sin preguntar quién paga derechos y libertades que les habían puesto en la cabeza. Con tanto Sí se puede, la generación de nuestros hijos, hoy en el Gobierno, no ha podido nada.

6) La teorización del capitalismo (a título de humano, flexible, afectivo o inteligente) nos da náusea o risa tonta. Riamos pues.

7) Esperemos que, además de reacciones sentimentales como solidaridad o bien común (esos aplausos al atardecer), de ésta salga una sociedad más dispuesta a pensar con ojos de otra España, de otra Europa y de otro mundo.

Mientras, el Decamerón, de Boccaccio, La Peste, de Camus, o la Numancia, de Cervantes: literatura de asedio ya que no podemos esperar que de ésta salga nada que valga la pena.


BREVE HISTORIA DE ESPAÑA

No sabemos si este es el último baile.
Sí sabemos quién dirige la orquesta.
Sí sabemos cuándo empezó.

El día que tu país y el mío firmó convenios,
tratados de amistad, alianzas, concordatos,
y mandó cónsules y abrió embajadas
para estar dónde: ¡democracia y libertad!

(se descojona el coro)

Y el día de la bomba todos fuimos
Charlie Hebdo, como antes Once Ese.
Y, antes, España, Roma, y, español,
el último emperador.


Aplausos para el atardecer es un título de Juan Andivia Gómez (Alhulia, 2018).

/ a Juan Andivia y a Paca Jiménez Huelva /

la peste.

Naturaleza muerta, de Pepe Ortega

El monstruo Vicod XIX domina conversaciones y estados de ánimo. Entremeter comunicaciones de circunstancias personales puede resultar frívolo o perjudicial. Propongo a ustedes dejar libre la red para atender mejor al tema de los temas. Veremos cómo una farmacéutica se forra con la vacuna antivirus y puede que se descubra la demencia criminal que está jugando a la guerra biológica con la salud del mundo. Tal vez, tal vez, hasta tomemos conciencia de en qué manos estamos.

Queden ustedes con unos episodios de De quien mata a un gigante (1988) que acaso tienen que ver con situaciones de asedio.


He aquí la herencia de los bárbaros
No vinieron por avenidas ni por pasos de frontera
ni observaron las leyes del Plenilunio y la Vendimia
Invadieron el templo con su lenguaje inentendible
Todo lo llenaron de invierno y de un olor
semejante al de sus cabalgaduras
No hicieron ascos a ciudades en cuarentena
ni –que se sepa– respetaron el lecho donde duerme
Ares con Afrodita
Por toda herencia nos dejaron
un camino hacia el Norte
y un Occidente interminable


Que la ciudad es contagiosa dicen
que la ciudad os cura y no ama nece
sin ira más un número de forme
de criaturas  Mi paso en la ciudad
ajeno, incompasivo
con tanto para lítico, lisiados
que nos a bendecirme lo que quiero


Menos frío que el frío de mi espada
deja dolor que el viaje continúe
y no hagas burla en mí ni me persigas
por este mar de olvidos y azucenas
Que los hombres no lloran es sabido
y es duro el sacrificio que la ciudad impone



Daniel Lebrato, De quien mata a un gigante

Ilustración de portada: Pepe Ortega, Naturaleza muerta

Los oficios del ¡Sí!

Policías en Túnez

Por mayo de 2015, y en la caseta de Ediciones En Huida, Plaza Nueva 1, me tocó presentar, actuando yo como Daniel Lebrato, Los oficios del no, epílogo a lo que había sido Tinta de Calamar, publicado en octubre por Ediciones En Huida, y que aquel mayo se alojaría en el programa de la Feria del Libro de Sevilla.

Los oficios del no era la reflexión que el escritor se hacía sintiéndose parte de la mendicidad, la venta callejera o la bohemia que en el centro de Sevilla pide su aquiescencia al paseante. Reflexión premonitoria, pues si firmé algún libro –Martín Lucía se acordará– no lo recuerdo.

Si rememoro los oficios del no es porque en este país de ¡Mucha, mucha, Policía [pulisía]! y Guardia Civil, mucha Jupol (Justicia Policial) y mucho sindicato profesional de fuerzas y cuerpos de seguridad (Cataluña muy presente, por la unidad de España, y Eta, ni con lejía, por las víctimas del terrorismo) el personal de tropa (no de academia ni de guardiamarinas) olvida que esos cuerpos se nutren de estudiantes de los de ¡fuera estudiao! que se creen que su orden público es fundamento de nuestra democracia y, encima, se quejan.

Cuando yo despachaba en tutoría con algún alumno, hombre o mujer, interesado en los cuerpos uniformados como salida profesional, siempre les dije:

–Si la ciudad es como un colegio, la labor de policía es de vigilante del recreo, a favor de la gente, hacedlo bien. Pero el ejército consiste en matar o en no hacer nada y, en todo caso, en obedecer órdenes que las más de las veces se vuelven contra la propia gente.

No podemos amar los cuerpos uniformados porque no podemos aislarlos del Estado o del Gobierno, del Rey o de la Constitución que dicen tener por encima. Demasiadas órdenes para estar siempre ¡A sus órdenes! Demasiada patria para quienes dicen darlo ¡Todo por la patria!

Son los oficios del sí. Peor aún: del ¡Sí, Señor!


 

las palabras.

César en el Jueves

LAS PALABRAS

Pido perdón al pájaro de fuego
y pido que me perdone
su país de nunca vistas
escaramuzas, borrajas, bruces,
pedigríes.

Pido perdón a las palabras de la tribu
(objeto, significado, significante)
tú : amor : a, eme, o, erre
que ahí andan por si coinciden
en mis papeles, yo, el intruso,
el aprendiz.


 

la moda como pregunta o como respuesta.

CURRICULAR POR LEMONGE recortada

El 9 de junio de 2019 la revista de moda, tendencias, estilos, compras y experiencias en la red Mi diario de moda, de Paula de Gracia, se hizo eco del artículo histrión, histriónico, histrionismo, de Daniel Lebrato, publicado en [eLTeNDeDeRo] ese mismo día.

Me hizo gracia. En principio, el histrionismo, que es una actitud o patología, nada tiene que ver con la moda, al menos entendida como lo que se lleva llevar. ¿Creías salirte de la moda? ¡Pues toma moda, Danielito!

Probablemente Paula de Gracia, la conductora de Mi diario de moda, habrá visto en mí a alguien que sabe que salir a la calle es abrirse el telón, y el histrionismo (como teatralidad) ayuda a la representación de la misma manera que pueden ayudar la madurez o el distanciamiento, la ironía o la cara dura. Revolviendo en Borges sobre el destino, podríamos afirmar que todas las modas, por muchas y cambiantes que sean o por mucho que dependan de vaivenes del mercado, se resumen en una sola: el momento en que uno sabe para siempre quién es y cómo quiere salir a escena, ya que no hay más remedio que salir. Igual que se dice que “el hábito no hace al monje”, podría decirse lo contrario a nada que uno se crea el papel que representa. Lo que no se puede o no se debe: ser títere manejado por hilos del juego de la compra, de tienda en tienda y compro porque me toca.

En cuanto a mi aliño indumentario, es solo una respuesta a pruebas físicas que no aprobé en mi vida: mi alopecia, mi miopía no apta para lentillas, mi inoperancia ante escaparates y grandes almacenes. Y he quedado en puro arcaísmo apalancado en el tipo de los galanes del cine en tecnicolor. Yo, que no soy galán, me defiendo como puedo. Y es verdad que daría todo mi ropero por que no hubiera nadie en el mundo sin vestir o pasando frío. No creo en la apariencia como seña de identidad. Mi identidad es la común pertenencia a un único y mismo género humano.

□ enlace a Daniel Lebrato imágenes