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apostillas a incitación al mundicidio.

Bomarzo
Bomarzo

La acción política ha sido mi pasión y mi presa. Las premisas eran dos: el mundo está mal hecho, y quien más sufre la injusticia del mundo será el grupo que se beneficiará con cambiarlo. Hoy falta esa función dialéctica del grupo de progreso, ese que antes fue, frene a la burguesía, el proletariado (antes siervos de la gleba y antes esclavos) y la política se reduce a cuestión de poder (quién y cómo ocupa escaños predeterminados) y nada de eso me interesa. Por eso, mi Incitación al mundicidio, título que tomo prestado de Pablo Neruda en su Alabanza de la revolución chilena (1973). El mundicidio es figurado. ¡Vayan a acusarme de violencia terrorista!


 

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incitación al mundicidio.

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El marxismo tenía una razón de ser en una clase, el viejo proletariado, cuya emancipación traería la emancipación de toda la humanidad. Hoy, acaso por mis pocas luces, no veo clase ni grupo social sujeto protagonista de la revolución. La acción política y su hija guapa, la izquierda, son un cadáver. El feminismo, la solidaridad, la economía compartida, la ecología, el animalismo, la infancia, el tercer mundo, la lucha por la igualdad, por la educación, la enseñanza o la cultura, todos esos valores que conforman lo que llamamos occidente y progreso, pasado y presente, se han desplomado. Sigo las conversaciones, conecto la prensa o los telediarios, estoy en redes sociales, respondo cuando me preguntan, pero cada vez opino menos. Como entrar en detalles, sería aburrirles (y los detalles están en eLTeNDeDeRo), me acojo al Manuel Machado que decía: con dejarme, lo que hago por vosotros, podéis hacer por mí. La noticia que espero de los telediarios, no es presentable y nadie estaría de acuerdo: que explote el primer mundo, que el ciudadano medio vea en peligro su modo de vida, que a mi vecina la que saca la banderita de España a su balcón, contra Cataluña, se le seque la hierbabuena, que partidos y sindicatos vean deshojarse su voto y su militancia, que estallen metros y torres gemelas en todas la ciudades del turista occidental, que se quemen la ferias del libro y las librerías, que haya un artefacto en la butaca de la ópera, del concierto, del teatro, de la película o de la conferencia. Que no esté el colegio, el trabajo, la lavadora, el lavavajillas; ni el fin de mes ni el fin de semana ni a dónde vamos de vacaciones; ni tatuajes ni orgullo nada, ni elegetebés, ni parejas guais por la alameda con perro y con bebé. Que se muera el mundo guapo. No me hablen de Estado del Bienestar ni nada que termine en palabras como solidaria, de acogida, compartida o sostenible. Basura para mantener estatus y privilegios, empezando por los míos. Llámenme, eso sí, para las viejas luchas contra el capitalismo, contra el trabajo, contra las religiones y contra los amos del mundo. Pero eso, me temo, no va a pasar. Porque los amos del mundo nos creemos nosotros y nadie está dispuesto a suicidarse.


las palabras de la tribu (2)

huelga-feminista en Todo por hacer
Imagen en TodoPorHacer.org

Por razones que tienen que ver con el abandono de las luchas de lo que fue la izquierda en el siglo 20, ningún movimiento del siglo 20 ha sobrevivido el 21, aunque sí sus nombres, como es el caso de la palabra izquierda, la palabra huelga y la palabra feminismo. Factor principal del desgaste de estas palabras ha sido su asunción por parte del Estado del Bienestar. La huelga feminista del día 8 cae en estas cavilaciones.


 

lección de ecología.

El texto se publicó por primera vez en 2015 y está recogido, sin firma, en LaVozDelMuro.net (10/08/15). No está claro que sea obra de Francisco Casero. Se llama Lección de Ecología. En la fila del supermercado, el cajero le dice a una señora mayor que debería traer su propia bolsa, ya que las de plástico no son buenas para el medio ambiente. La señora pide disculpas: Es que no había esta moda verde en mis tiempos. Y sigue ella relatando lo que había: botellas retornables, escaleras de escalones, se iba andando, no en coche, se lavaban los pañales, se secaba en tendederos, los pequeños heredaban la ropa de los mayores, no siempre modelitos nuevos; había un televisor o radio por casa; en la cocina, molíamos y batíamos a mano y empaquetábamos usando periódicos, no bolitas de plástico. Para cortar el césped usábamos una podadora a músculo. Hacíamos ejercicio trabajando, no necesitábamos gimnasio para correr sobre cintas eléctricas. No había agua embotellada. La gente tomaba el tranvía o el bus y los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o andando, en vez de mamá o papá como taxista las 24 horas. Teníamos un enchufe por habitación, no una regleta para alimentar una docena de artefactos. Y no necesitábamos un aparato electrónico para encontrar la pizzería más próxima. Así que no me parece lógico que la actual generación se queje de lo irresponsables que éramos los ahora viejos por no tener esta maravillosa moda verde en nuestros tiempos. [Cursivas de eLTeNDeDeRo]

Leído lo cual, se llama maravillosa moda a la conciencia ecologista y, a renglón seguido, la señora hace una crítica de costumbres del tipo cualquier tiempo pasado fue mejor como si no hubiera habido miserias, hambrunas, carencias y posguerras, en plan tos por igual, y como si no hubiera clases sociales. Ni antes ni ahora las generaciones se gestionan conscientemente. Las fuerzas hegemónicas, ayer como hoy, siguen siendo el Capital, la Iglesia y el Estado; incluyendo Iglesia lo que llamamos cultura, civilización, filosofía, arte, educación, ese etcétera de creencias que moldean la ideología a través de los medios y del sistema educativo trasmisor de cuarto y mitad de lo mismo; y, donde ayer el cura en la parroquia, hoy, oenegés. El Capital sigue siendo el mismo, aunque se haga llamar inteligente, emprendedor o solidario. Y el Estado, que titula del Bienestar o Democracia, sigue estando ahí para darnos miedo y para que una minoría viva del cuento de la política, de la judicatura o de la milicia. Otro análisis, no lo conozco.

Cuando, en tiempos militantes, yo hablaba de política con mis amistades ecologistas o feministas o animalistas (ismos teníamos de todos los colores), mi conversación era siempre la misma: cambiado el sistema, cambiarían los ismos porque ‑aunque no de la noche a la mañana‑ el mundo más justo que creáramos iría asumiendo, haciendo suyas, las reivindicaciones parciales. Y, al revés. La supuesta victoria de algunos ismos sin salir del sistema (el capitalismo se lo traga todo), ha demostrado la adulteración del ismo original, como hemos visto en la lucha feminista (desaparecida desde que dio por bueno el tapadismo islámico) o en la lucha homosexual (y ahí ese Orgullo, espectáculo integrado). Una sumisión de la ecología la vemos con el carril bici exportado desde Sevilla, dándole título de carril a lo que es acera y molestando a las personas que van andando y sin plantar cara al gran depredador, que sigue siendo el coche y que circula ahora más a sus anchas que nunca, y cuando una rara bici se atreve por la calzada el airado automóvil le grita: ¡A tu carril, imbécil! A eso, círculos ecologistas lo llaman sostenible. Yo todavía espero de ecologistas la declaración del hombre como primera especie protegida de la humanidad (la Tierra, su hábitat natural) y la abolición de la guerra y las fronteras (para la libre circulación de las personas bajo el pasaporte único de unas verdaderas Naciones Unidas) y el fin de la explotación del hombre por el hombre. Con esa ecología, estarían a salvo los linces ibéricos y los toritos bravos y las dehesas y las bellotas y las lechugas.

Ni la señora ni el muchacho del supermercado: la autogestión de las generaciones futuras mediante una revolución, pacífica, se entiende. ¿Revolución? ¿Eso qué es?

 


 

los valores del sur.

Las piruetas mentales para criticar el poder sin cuestionar las bases del poder, que son capitalismo y democracia armada,[1] llegan a extremos. El último en descubrir América o en vendernos la burra es Amador Fernández-Savater, sí, el de la Ética para Amador que le dedicó su padre y que hubo que mamar en el bachillerato. Como obligado a bibliografía y a cierta prosa de altura universitaria, Savater hijo trufa un artículo o ensayo filosófico, La revancha de los valores del sur,[2] con esta perla: «La política es una disputa entre diferentes formas de vida, sensibilidades, ideas de felicidad. La toma del poder no sirve de nada si no se proponen mundos alternativos.»

Que la política sea una disputa, tiene un pase, aunque todos los partidos democráticos juegan la misma liga de la representatividad.[3] Pero que la disputa sea entre diferentes formas de vida, sensibilidades o ideas de felicidad… ¡Y eLTeNDeDeRo que creía que la disputa era entre clases sociales y por los dos verbos que mueven el mundo, que son poder y tener! Ahora resulta que lo que distingue a Amancio Ortega de una limpiadora de Zara es su sensibilidad y su idea de la felicidad. Leeros a Savater, dichosa juventud, y apostad por el verbo ser.

La segunda afirmación ya es de cárcel intelectual. Que la toma del poder no sirve de nada. ¿Cuántas tomas del poder conoce este hombre, se han dado en la historia? ¿No confundirá toma del poder con investidura, la penúltima la de Macron en Francia? Las tomas del poder, en la Wiki estarán contadas. De 1789 hasta acá, no citaremos la Comuna de París, Rusia, China o Cuba; tampoco, la República Española ni Allende en Chile, qué fue de ello, ubi sunt. La toma del poder no sirve de nada, claro, porque el capitalismo armado ha aplastado en todas partes cualquier experimento en nombre, por supuesto, de la democracia.

Una duda final: entre los rasgos del sur, ¿se incluye también el ser sumisos o medio tontos? Porque graciosos ya somos, o eso dicen.

[1] Economía, política y fuerzas armadas como formas de vida que la ciudadanía interioriza y hace suyas.

[2] Diario.es, 30/06/17.

[3] Desigualdad de partida: división entre electores y elegidos.


Internet de las ideas.

Microsoft ha hecho mucho por la humanidad, pero su inventor, Bill Gates, que hoy se hace llamar filántropo, es de la estirpe de Thomas Alva Edison (1847‑1931), inventor de la bombilla: más movido por la marca registrada y por el dinero, que por altruismo. Pasa que ‑con la edad y la fortuna escandalosa‑ estos ricos abren una fundación y le ponen su nombre. Google, en cambio, se ha hecho desde el principio un hueco en nuestra vida sin cobrarnos nada y, lo mismo, Dropbox, Facebook, Twiter, Youtube o Whatsapp, por no hablar de las wikis y de la hermosa Wikipedia. Gracias a estas redes ‑y aunque alguien siga haciendo negocio‑ podemos decir que Internet es gratis. Algún día, cambiaremos el mundo a través de Change.org o con solo darle a un botón, que es al final un megusta. Cuando triunfe Internet de las ideas.


 

arte de conversar.

eLTeNDeDeRo se ha visto en dos polémicas. Polémica con quien no reconocía el principio de igualdad de los seres humanos y polémica con quien ‑estando de acuerdo con la separación Iglesia Estado‑ no veía claro lo de la religión cero cero en la vida pública y en las instituciones.

Manejando la información, la derecha se apodera de las opiniones. Sin discutir informaciones ni opiniones, la vieja izquierda (hoy, parte de la derecha) sigue haciendo convocatorias de masas, cuantitativas, de contar cuántos somos en la manifestación o cuantos votos sacamos. Y así, ocurre que gente puteada sigue votando al partido que lo va a putear y ocurre también que gente sana opina auténticas barbaridades. Si queremos cambiar el mundo, hay que cambiar conceptos acuñados y no discutidos como bienestar, derechos humanos, cultura o civilización, ideas fuerza que tendríamos que desmontar tomándolas al pie de la letra (como declaración de intenciones que son) para volverlas a montar. Si no, seguiremos tras la toma de una Bastilla y de un Palacio de Invierno cuyos escaparates ‑si llegamos a ellos‑ únicamente exponían, por miedo al robo o a la revolución, cajas vacías.

La igualdad entre las personas ‑aunque todos sepamos que no hay dos iguales‑ es un axioma político del tipo “si no la hay, sin duda la habrá”, que cantaba Jarcha de la libertad. Y negar esa igualdad sería, cuando menos, preconstitucional. Y la religión, tal cual hoy la conocemos, se puede y se debe privatizar. Pues nada más sagrado interior que la fe, por donde las religiones empezaron.

Antes de ser, todo fue antes un proyecto, un sueño o una ilusión en la cabeza de alguien. Un discurso compartido en sobremesa. Un banquete de Platón. Un compromiso dentro de un Juego de Pelota. Si no pensamos el mundo ‑mientras comemos, mientras bebemos, se puede hacer‑ no lograremos que cambie absolutamente nada. Todo es cuestión de ponerse.