ni anticapitalistas ni botafumeiros

El joven Marx
de un capitalismo de andar por casa

En la dialéctica marxismo capitalismo, tres incongruencias recorren el mundo de las ideas. Una: ignorar que El Capital existe: incongruencia igual a ignorar la redondez de la Tierra o la teoría de la evolución o el calentamiento global. Dos: definirse anticapitalista, siendo así que en la Historia de los sistemas económicos nada anti- ha venido a suceder a lo que antes había: idea del progreso que se puede discutir pero que, en principio, es lo que la humanidad desea y necesita: ir hacia adelante. Y tres: ponerle nombres supuestamente nuevos a lo que es tan viejo como el final de la Edad Media: el capitalismo, modo de producción dominante perfección de los modos esclavista y feudal. Nada es eterno, el capitalismo tampoco.

A la caída del Muro de Berlín (1989), el pensamiento plano quiso ver el final de la Urss como el final del marxismo. Y desde entonces proliferan estudios y bibliografía que titulan el capitalismo como capitalismo afectivo, big tech, welfare o neofeudalismo digital, cognitivo, de vigilancia, de plataformas, flexible, gore, humanista, inclusivo, jerárquico, justo, liberal, líquido, límbico, mixto, rosa, sostenible, solidario, conceptual, verde, woke o zombie.

En realidad, capitalismo hay solo uno, y en tres grandes fases, por orden de llegada: mercantil (manda la moneda), industrial (manda la fábrica), financiero (manda la Bolsa) y en dos revoluciones transversales: la revolución científico técnica (o segunda revolución industrial, 1880-1920) y la revolución digital, a partir de 1950. A día de hoy, moneda, fábricas, finanzas, la Banca, la Bolsa, la ciencia y la técnica y la electrónica se siguen usando (junto a maneras feudales o esclavistas que todavía sobreviven) sin que el capitalismo haya cambiado de condición ni faltado a su esencia, esto es: la explotación del hombre por el hombre y el trabajo asalariado como fuente y origen de la plusvalía, de la riqueza. Ese fue el Carlos Marx invencido, el que escribió El Capital.

El Marx político tanto entendió el socialismo como fase superior del capitalismo, que imaginó la revolución en el país de capitalismo más avanzado: Inglaterra (y no Rusia, donde finalmente estalló algo parecido a la revolución proletaria, ‘algo’ nada más). Marx no hubiera sido nunca anticapitalista. Su dialéctica consistía en superar, no en destruir. El socialismo, como fase superior del capitalismo, promovería la acumulación y concentración de capital (por grandes empresas y servicios, no el tendero en su tiendita) mediante cooperativas, expropiaciones, nacionalizaciones y socializaciones que habrían de ir, naturalmente, en contra de los intereses de la burguesía y, de ahí, la toma del Estado por la fuerza por lo que Marx concibió como dictadura del proletariado. Dictadura que aboliría la propiedad privada de suelo, materias primas y medios de producción; no el rosario de mi madre, que seguiría siendo mío.

Lo que no pudo imaginarse el joven Marx es la cantidad de pamplinas o fantasías, bien o mal intencionadas, que harían botafumeiros del capitalismo en una enorme perífrasis con tal de no nombrar al capitalismo por su nombre.


 

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