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pensionistas.

Pensiones según la Revista Semana
Imagen Revista Semana

La perversa teoría oficial quiere hacernos creer que el fondo de pensiones depende de lo que ingrese al presente la Seguridad Social según marche la economía. Y no. El fondo depende de lo que ya se ingresó. Toda pensión es personal e intransferible y toda Seguridad Social, un banco obligado a devolver depósitos o ingresos realizados.

Si el fondo de la Seguridad Social no alcanza para cubrir pensiones (dignas y acordes a lo ya cotizado), el Estado tiene la obligación de reponer la caja con cargo a la clase contratante empresarial capitalista, que es la parte que siempre tira a la baja en los convenios colectivos.

Dicho lo cual, sobran alabanzas a la clase pensionista, clase que trajo esta España que, como obra escrita por “quienes dieron la vida trabajando por España”, no vale gran cosa, la verdad.


 

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¿amnesia o memoria histórica?

 

Bar Taberna Juan Sanlúcar banderas de España (4)

Admiré el progreso de la civilización romana pero no participé en el apuñalamiento de Viriato. Odié a Napoleón pero no grité ¡vivan las cadenas! al paso del rey absolutista. No lamenté el Desastre de 1898 ni el 18 de julio de 1936 celebré, como un mal menor y necesario, el levantamiento de Franco. Fui gente de orden contra el Tribunal de Orden Público. Nunca creí en la libertad del ser humano pero pedí libertad y amnistía para toda clase de presos políticos. De izquierda y de derecha. Aunque amé la democracia, algo me hizo no votar la Constitución de 1978. Es verdad que no hice nada por la protección del lince ibérico ni por preservar su espacio natural y tampoco me arrepiento: primero, las personas. De izquierdas o de derechas. Y no comprendo la actual inacción de la nación española ante la represión en Cataluña. Me parece mentira que no se den cuenta de que una nación no será libre mientras una parte de la nación no sea libre también.



 

el bando nacional.

Bar Taberna Juan Sanlúcar banderas de España (4)Desde que ardió el referundismo en Cataluña, una hoguera de odio recorre España. La clase pensante, llamada a poner orden en las ideas, o ha mirado a la Constitución o ha mirado a su izquierdo lado en nombre de que el Procés era de derechas. El pueblo, por su parte, ha sacado agravios y chistes malos contra lo catalán y Cataluña, y hoy no se puede respirar. Tribunales y Tribunal Supremo hacen pasar por juzgados y cárceles personas cuyo único delito ha sido su derecho a decidir en referéndum, tan simple cosa en democracia como esa, tan fácil de conceder, tan difícil de denegar. Ochenta años después de Franco y sus golpistas ha vuelto a España (porque no se había ido) el bando nacional.

pasando del 4‑D.

El 4 de diciembre de 1977 el nacionalismo andaluz fue un anticipo del café para todos que serviría al régimen del 78 para descafeinar los nacionalismos históricos de Galicia, País Vasco y Cataluña, regiones que (lejos de recuperar sus estatutos de la República hurtados por la Dictadura) se vieron equiparadas con Murcia o Santander, Cantabria.

En aquella operación fue clave la sublimación de un hombre que nunca ganó un escaño (Blas Infante, un tipo honrado, un notario) de pronto elevado (por su fusilamiento) a la altura de Lluís Companys, presidente de una Generalitat de pleno derecho, como en derecho republicano hubo un Gobierno Vasco o un Estatuto de Galicia.

La otra equiparación fue aquel esfuerzo por cambiar de dialecto a lengua la modalidad de habla(s) andaluza(s). Juzguen ustedes. Hace dos años se disolvió el Partido Andalucista sin haber logrado nada del ideario andaluz, aparte el himno y la bandera y un vago orgullo que, al margen del folclore cultural, no se refleja políticamente en nada.

40 años después, con Canal Sur de Susana Díaz a la cabeza, el 4 de diciembre de 1977 (fecha reconvertida en memoria democrática y de izquierdas) se ha seguido usando para difuminar lo que está pasando en España con Cataluña.

Parece mentira que mentes lúcidas y gentes bien intencionadas no se den cuenta de la jugada. Pasando del 4‑D.

la Generación del 98 pasea por Cataluña.

La izquierda de la revolución para cambiar el mundo dejó de existir al final del siglo 20 (pongamos a la caída del Muro de Berlín en 1989) y en el siglo 21 sobrevive como epígono o parodia[1], como etiqueta o marca (Psoe) solo reconocible por contraste con la derecha, que, esa sí, sigue viva. Seguramente, la desconfiguración de la izquierda tuvo que ver con la hegemonía del Estado del Bienestar tras el abandono del marxismo como método de análisis (no como praxis tal y como la entendieron la URSS y los partidos de la II Internacional).

La izquierda del siglo 21 solo es oposición (parlamentaria) a un régimen (conservador todo él) que se presenta en bloque ante cualquier cosa que se mueva y que ponga en peligro las bases del sistema. Rajoy y Sánchez son como Cánovas y Sagasta en la España de la Restauración (conservador uno, liberal otro) y Cataluña es Cuba, cuya independencia rechazaron conservadores y liberales y tan solo la apoyó el partido federalista de Pi y Margall, casualidad que fuera él también catalán para hablar ahora de Cataluña.

Por un lado, se sacan argumentos del viejo armario social y progresista: el independentismo es de derechas (ya me gané al obrerete y a mi asistenta) y, por otro, se da un salto hacia el mundo único y global donde las fronteras y banderas serán antiguallas (ya me he ganado a la utopía). Otra opción es el escapismo hacia el mejoramiento o crecimiento personal: ya me he ganado a mí mismo.

Está al llegar otra generación del 98 que haga ‑o no‑ la digestión intelectual del gran desastre que está resultando España. Pero, eso sí, la izquierda quiere seguir apostando por el romanticismo y seguir siendo romántica mientras machacan a un pueblo, puro y duro realismo.

[1] epígonos (nombre epiceno) son los tardíos, los rezagados, los últimos brotes verdes que da un ismo ya desaparecido o antes de desaparecer del todo. Epígono, Gustavo Adolfo Bécquer, romántico en pleno realismo, o el Quijote, parodia, también, como La venganza de don Mendo sobre el teatro poético.

 

un cuento chino.

Sancho no salía en defensa de don Quijote cuando se rifaba un mamporro entre su amo y gente noble o caballeros. Las Brontë y la novelística inglesa del 19 nos acostumbraron a la doble circulación de la mercancía narrativa: criados, doncellas, mayordomos y amas de llaves, por un lado, frente a ladies y gentlemen, por otro. Desde arriba o desde abajo, desde los fogones o desde el comedor, la cuestión catalana reside en los titulares interclasistas de la soberanía, a través del censo, y la población no censada en Cataluña nada tiene que decidir ahí. Hablar del odio que en Cataluña cultivan a lo español y al castellano, de la insolidaridad catalana o de su corrupto capitalismo, sería como entrar en asuntos de Inglaterra o de EEUU, si nos gustan más o menos el muro de Trump o el brexit: opiniones de política exterior.

Quien desde Andalucía alega la deuda de Cataluña con el resto de España, que cuantifique y exija a la Junta de Andalucía, a ver si la Junta tiene números, digo huevos, de echarle las cuentas a Cataluña (por cierto: república o autonomía, con que Cataluña pague, ¿qué más da?). No quiera el extremeño o andaluz parecer el chino cuyo antepasado construyó el ferrocarril de Chicago a San Francisco y hoy se cree con derecho a viajar gratis en ese tren. Quien dice chino, dice griegos o irlandeses en los rascacielos de Nueva York o vendimiadores almerienses que quisieran beber vino burdeos por la cara. Esas cuentas son absurdas y sensacionalistas más allá de una justicia poética intraducible.

No hagamos, pues, demagogia, hoy llamado populismo. La izquierda, si lo es, lo es de abajo arriba, de conflictos de clases sociales, verticales; no horizontales, caso de Cataluña, independiente o no. Mienten quienes dicen que el referundismo les roba y mienten quienes anticipan ‑sin pruebas‑ que al resto de España nos irá peor en Cataluña bajo república catalana. Mentir está mal y la mentira ni es de izquierdas ni es de derechas. Simplemente es mentira.

[eLTeNDeDeRo]


¿amigos para siempre?

Decía Marx que la humanidad no se plantea problemas que no pueda resolver. Y España tuvo a su alcance resolver la cuestión catalana (antes: guerra de independencia) sin pegar un tiro y en aplicación de un derecho a decidir difícil de negar entre personas libres y demócratas y (hasta cierto punto) iguales que comparten derechos humanos y el respeto a las minorías.

El argumentario de personas tenidas a sí mismas por progresistas o incluso muy de izquierdas ha sido que el derecho a decidir de Cataluña viola otro derecho mayor: el bien común de pobres gentes o de clases trabajadoras de toda España que se verían muy perjudicadas por la marcha de Cataluña la rica, la construida con el sudor de extremeños o andaluces. Ya tenemos a mi vecina de enfrente, muy clase media y muy de Ugt, con la bandera de España en el balcón de su vivienda de protección oficial.

Lo cual no significa que la Junta de Andalucía o la de Extremadura vayan a reclamar vía judicial o ante el tribunal de cuentas a Cataluña lo que Cataluña les debe: si el rico vive del pobre, también el pobre vive del rico y al precio del mercado que el rico quiera pagar. Es el capitalismo, querido Watson, que la izquierda no‑izquierda no discute y por eso acude a la palabra mágica más potente aún que el derecho a decidir: la solidaridad. Mi vecina cuelga la bandera porque ella, faltaba más, es muy, pero que muy solidaria.

La inteligencia que le ha calentado la patria a mi vecina pagará intelectualmente su postura y España no levantará cabeza. Cuando el odio social está instalado, sale un idiota por rumbas con Amigos para siempre. ¡País!

[eLTeNDeDeRo]