Etiqueta: cultura

arte y artistas.

(a propósito del Corominas compartido). Cuestiones palpitantes sobre piratería, derechos de autor o el llamado iva cultural nos llevan a una previa o derivada: ¿a quién pertenece el arte, la creación?[1] La invención es del inventor y será este, hombre o mujer, quien se quede con las plusvalías. Pero mientras la obra no artística solo aspira a un valor de uso y un valor de cambio (en términos de la mercancía marxista), la obra artística o cultural aspira a un valor inmaterial universal,[2] lo que choca con la transmisión de derechos a herederos cuyo mérito es ninguno. Desde que concebimos el Patrimonio del Estado como bien común[3], el © de obras grandiosas en poder de un descendiente o de un sello editorial debería preocuparnos. Se expropia y se indemniza por una autopista ¿y no se va a expropiar y a indemnizar por el Corominas, por el Casares o por el María Moliner? Otra forma de verlo. El poeta ‑aunque diga otra cosa‑ escribe gracias a los oficios y personas que fabricaron su casa, su cuarto de estudio, su pluma o su ordenador. ¿No será su poema también un poco propiedad de esos oficios? ¿Hubiera escrito sin albañiles, sin fontaneros, sin electricistas? Si el autor ‑al rebufo de leyes proteccionistas‑ se hace el interesante, qué menos que nosotros (cuerpo lectoral) bajarlo de la pamplina, torre de marfil o pedestal, a donde fue llevado. Dejo a ustedes con una interpretación del niño dios Juan Ramón Jiménez.


CÁLCULO DEL NIÑO DIOS

Yo tengo escondida en mi casa,
por su gusto y el mío, a la Poesía.

Se empieza en mientras haya algún misterio
para el hombre, no para la mujer
que posa por hermosa o fastuosa
de tesoros. No es un misterio a voces
el campo, la vendimia y los jornales,
todo el ajuar que cargan las muchachas.
Se sigue con que siempre habrá poesía,
incluso sin poetas dios existe:
su altar será la sociedad de autores.
Y acaba uno encerrándose en la casa
que fueron levantando por su gusto
y el suyo antepasados y albañiles,
con muy pocas visitas, las precisas,
y viendo, apasionado, cosas raras.
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Daniel Lebrato, de Historias de la literatura, 2013

 

[1] Y, en sentido amplio, el saber, la ciencia, la investigación.

[2] Desde el “ande de mano en mano a quienquier lo pidiere”, del Arcipreste a su auditorio, hasta el Manuel Machado de las coplas que no son coplas hasta que las canta el pueblo y “ya nadie sabe el autor”, todo arte aspira ‑como un azucarillo‑ a su disolución.

[3] Con sus museos y bibliotecas nacionales, conjuntos histórico artísticos, parques nacionales, bienes inmateriales, etc. Y desde que las naciones disputan qué patrimonio o cultura es mayor, si la española con Cervantes o la inglesa con Shakespeare, por ejemplo.

pecado y penitencia de la cultura.

El precio de ser culto, literario, educado y amigo de tus amigos, es tenerse uno que leer todas las ocurrencias (también llamadas paridas) de todas tus amistades igualmente cultas y literarias. En Tiempo de silencio, Martín‑Santos llama al proceso polinización. Y lo escenifica sobre una playa llena de soles escritores. Menos mal que la mayoría ‑tan segura de sí misma‑ no pregunta después qué nos pareció su poema o si nos ha gustado su novela. Y encima quieren bajarle el iva.

justicia poética | literatura y compromiso.

En las primarias del Psoe, llama la atención esa Susana Díaz que primero augura aventajar a Pedro Sánchez por 20.000 credenciales, luego se queda en 6.000 y por último declara ‑tan fresca‑ que ganar es ganar, lo que anticipa que, si se lleva la Secretaría por un solo voto, ahí estará ella. En fútbol, como vencer en el último minuto y de penalti injusto o por gol en propia puerta del adversario. Es la moral ganadora. La que no tiene moral. La política, o sea.

El arte y la literatura nos enseñan la otra cara de la derrota. Justicia poética. Así llamamos al tópico consolación según el cual la bondad y la virtud son finalmente premiadas y la maldad, castigada. Nuestra simpatía con el héroe vencido o el antihéroe debe venir de algún rechazo personal hacia la competición o carrera donde ganar y perder se baten el cobre. Desde el paraíso ‑cuando ignoraban las palabras tuyo y mío y eran todas las cosas comunes‑, el verbo tener se ha impuesto al verbo ser. Ulises era un marine y la de Troya, una invasión en tierra hostil. Son los ojos con que leemos ‑ojos asimismo lejos del paraíso‑ los que nos hacen decir qué bella la Ilíada, qué hermosa la Odisea. Nos hemos envilecido a la par. Por compensación (arte moral donde es experto el cristianismo), guardamos un rincón para que el último sea el primero; la fea, la más guapa y el chico, el más listo y más valiente. Esta ‘justicia’ es proyección de nuestra propia derrota o de nuestra ansiada victoria. La cultura actúa como el millonario que ‑en la edad forrada‑ dota una fundación para ayudar a los pobres. Honor, de todas formas, a quienes en su vida defienden y custodian sus Termópilas. La cita es de Kavafis y la entrevista, a Salvador Compán, a propósito del halo del perdedor.


contra el mito de la cultura popular, por Daniel Bernabé.

El mito de la cultura popular no es más que otra forma de transformar artificialmente la escasez en opulencia. No plantea ninguna tensión con la alta cultura, en el sentido de ser la reconocida por el canon de la academia, ni con la cultura de masas, de entretenimiento y desguace. Solo parece entrar en conflicto con cualquier cultura que sea tachada de manera gratuita de minoritaria, especialmente si esta tiene un aspecto impugnador.

La cultura popular, en términos conservadores, es la cultura compartida por todos, el mínimo común denominador de un momento prescindible. La cultura popular, si quiere dejar de ser mito para pasar a ser realidad, debe ser la cultura hecha por todos, aquella que se libere de sus ataduras de mercado y rompa las barreras entre creación y consumo.

artículo completo: Daniel Bernabé en LA MAREA.

los clásicos y los tópicos.

Mi amigo escritor, sabiéndose excluido de un evento literario de esos que sirven para saber quién es quién, cita a Ovidio: «Mientras todo te vaya bien, contarás con muchos amigos. Pero, si el tiempo se nubla, te quedarás solo». Ovidio pensaba en el poder y en la riqueza y sigue vigente según vemos cada día. Pero la fanfarria de los libros y ferias del libro es del tipo «Dios los cría y ellos se juntan». He aconsejado a mi amigo que tenga el honor (y el valor) de no juntarse con ellos. ¿Fue Horacio quien primero cantó las excelencias de la vida retirada? De todas formas, los clásicos no tuvieron más sustancia que la que tenemos nosotros. Pasa que ellos llegaron primero. Ejemplo de tópico (popular, en este caso) que también admite su otra vuelta de tuerca, y se la damos:

«En esta vida
todo tiene remedio,
menos la muerte.» O sea,
menos la vida.

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Enlace a tópicos por un tubo.

la luna, la semana y la cultura.

Cuando yo era más joven, muchos cerebros universitarios nos iluminaron con luces laicas o antropológicas fenómenos religiosos. Navidad o El Rocío y el culto a Mitra, San Juan y el equinoccio, el Carmen y el agua o Semana Santa y la luna de primavera; todo muy con los ciclos babilónicos, prerromanos o celtas. No os dejéis seducir por semejante bibliografía.

Poneos en el mismo monte Calvario, donde a uno lo van a crucificar. Su delito no es pequeño: dice que es el Mesías, quién se habrá creído. El pueblo es salvajuno. El espectáculo ha de verlo sin armar tumulto y respetando el orden y la autoridad. Un reo amarrado a la cruz podía tardar en morir hasta tres días con sus noches, por eso le añadían torturas como clavos, fractura de piernas, hundimiento de costillas, barbaridades así. La plebe aplaude o vocifera, alguien llora y no quiere verlo, la gente peleando por el mejor sitio, se llevarían el bocadillo o la sillita, cogerían piedras para tirárselas al condenado y hay quien querrá aprovechar la bulla ‑cuchillo entre las ropas- para un ajuste de cuentas con su vecino. Ahora sois Poncio Pilatos, gobernador, están locos estos judíos, pensaríais, a esta gente, lo que le falta es la impunidad de las sombras. El calendario judío (como todos los calendarios) es lunar. ¿Qué día fijaríais la fecha de ejecución? Con luna llena, claro, que le será más fácil a la muchedumbre seguir los detalles -hoy procesionales- de la crucifixión: a fin de cuentas, el castigo quiere ser didáctico: que aprendan en cabeza ajena. Y para la guarnición romana, con luz, más fácil.

Conclusiones. Todavía es más barata la luz natural que la artificial. Todavía siguen países con la pena de muerte (Estados Unidos, uno de ellos). Todavía se permiten espectáculos de sangre (ejecuciones, corridas de toros). Todavía la cultura apuntala la superstición y todavía sirve para que yo, el culto, esté por encima de ti, que no sabes nada. Y también la madrugá se maneja mejor con cuanta más claridad. De hecho, el afán de claridad fue tanto que por algo la autoridad llegó a prohibir los encapuchamientos, que se prestaban a todo tipo de abusos. No es casualidad que una hermandad de nobles como el Silencio fuera la primera ‑y en su día la única‑ en desfilar sus hermanos bajo antifaz: el anonimato a cara tapada permitiría al duque o al marqués mandar a la procesión, en su lugar, a un criado suyo (origen de la expresión: papeleta de sitio) y que el criado se joda penitenciándose en sus carnes como si fuera el marqués. Oh maravilla. Cuánta devoción. Y la última: todavía sigue la Iglesia mandando en nuestras vidas a través del calendario. ¿No dijeron tres culturas? ¿Para cuándo tres calendarios a elegir y que cada persona según su creencia elija el suyo? Y, a los descreídos, que nos dejen en paz las cuatro culturas: la cuarta, y la peor, la del sabio o el concejal que nos vienen con que lo natural y lo cosmológico y lo antropológicamente ancestral es que la fiesta de primavera sea así porque siempre ha sido y será. Menuda luna. Si no hay llena, la inflan.

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