juglaría y clerecía.

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Una noticia falsa (o fake), a punto de atropellar al Profesor Lebrato.

La noticia es: en Montevideo (Uruguay), un profesor, periodista y académico, se rinde y deja de dar clases por culpa, dice, de problemas con su alumnado enganchado a las nuevas tecnologías. Y un montón de gente interactúa y se solidariza.

Semejantes choques o conflictos entre lo viejo y lo nuevo estamos viendo en el mundo a puñaítos. Entre el taxista y el úber, entre el hotel y el air&b&b, entre el autobús y el amovens, entre el autónomo y el por cuenta ajena, entre el libro de papel y la edición digital. ¿Recuerdan las cartas de sobre, sello y buzón? ¿Recuerdan las tiendas de discos?

Qué casualidad que, cuando asoma la abolición de ciertos oficios (al fin y al cabo, monopolios que alguien disfruta), la progresista sociedad acuda a conjuros en defensa de personas o familias que irían al paro si no se respetan sus derechos adquiridos, orquestación simbólica en la que se juntan gremios y sindicatos y partidos con tal de ganar el voto.

Y cuando internet se extiende y populariza como lengua vulgar (que podría aglutinar el descontento o la indignación) y cuando cualquiera puede crear su periódico, publicar sus fotos, compartir opiniones, vienen los cultos que siguen sabiendo latín para alertarnos del alto riesgo que se corre con las tecnologías en redes sociales, en el aula en educación o, en la información, con las noticias falsas. ¡Más fake que fue el pretexto para la Invasión de Irak, Bush, Blair y Aznar! ¿Han ido esos tres al Tribunal de la Haya?

El periodista y el fotógrafo, el taxista o el librero, temen por su futuro y han de buscarse la vida: su canto al tiempo pasado, humanamente, se comprende. No así, la hipocresía de quienes, bajo capa del arte y la cultura, les ríen las gracias y las desgracias porque en el fondo están defendiendo sus propios privilegios, sus propias cátedras o el emputecido mundo que nos han dejado. Es hora de probar la juglaría.


 

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Profesor Haberkorn contra Profesor Lebrato (a cuenta de las nuevas tecnologías).

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El periodista y académico y profesor universitario uruguayo Leonardo Haberkorn, al preguntar en clase a su alumnado por Venezuela, por liberales, demócratas o republicanos, o por Almagro [nota: yo tampoco sé quién es Almagro], olvidó que los mismos dispositivos que él condena (en su lengua, celulares; en quien nos pasa la anécdota, teléfonos móviles) son los mismos instrumentos que pueden darle a su alumnado la información que no tiene, y doblemente aprenderían: a usar los dispositivos y cada concepto averiguado; también su ortografía. Internet es el diccionario, la enciclopedia y el libro de texto. Mal profesor ese Haberkorn y, encima, de comunicación.

Lo digo porque, quienes desde su cátedra o su tarima se desesperan con las no tan nuevas tecnologías, piensen que podría ser peor: lo más probable es que universidad e institutos los pongan directamente de patitas en la calle, por no estar a la última o por no haber cumplido requisitos de contratación o de oposición que sin duda alguna pondrán en programa los sistemas educativos que quieran ser competitivos.

Vayan tomando nota del giro que está dando la formación profesional: vuelve la figura del ¡aprendiz! con planes de inserción laboral en empresas y fábricas, tecnología más en punta que en la empresa, ¿dónde se podría encontrar? Los planes de estudio bien que han tardado en darse cuenta y bien que han querido (mal, muy mal) reproducir en los institutos costosísimos talleres, laboratorios o cadenas de montaje que al curso siguiente quedaban obsoletos.

A mí, el profesor Haberkorn me hubiera echado de clase. De todos los Almagros que se conocen, ¿quién demonios es ese Almagro por el que él pregunta? Si no me deja consultarlo en Google, ¿cómo podría yo saberlo?

–enlace al artículo Me cansé…me rindo…, de Leonardo Haberkorn.


La razón de la sinrazón.

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Mierdas iluminadas por Navidad.

La razón de ser de lo que es poderoso provoca la sinrazón de que se hable de ello. Es parte del juego y del poder.  Vean, si no, la cantidad de gente que fustiga el nacionalismo sin darse cuenta (o dándose, qué más da) de que (aunque se disfracen de izquierda contra derecha) todo ese argumentario en contra es en el fondo básica y radicalmente nacionalista, es decir, de la misma índole que aquello que critican. Pasa también con la monarquía, con la religión o, últimamente, con el feminismo de velito islámico o a lo occidental de tacón y de uñas pintadas para un máster chef. Cuando nos damos cuenta, estamos hablando de semejantes disparates, absurdos o tonterías. Es lo que pasa además con las con las fiestas que nos vienen impuestas, particularmente la omnipotente y omnipresente, hasta el hartazgo, Navidad.

Rellene la encuesta ¿Cómo acabar con la Navidad? para el extra de Navidad de la revista satírica TeVeo de Rafa Iglesias. Tenemos de plazo hasta el 20 de noviembre o 20‑N que será el día de otra sinrazón a propósito del enterramiento que no entierre lo que debería estar enterrado de toda la vida.

encuesta: ¿Cómo acabar con la Navidad?

revista [ eLTeNDeDeRo ]

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TeVeo_enNavidadvídeo 03:58

Mande sus respuestas a [eLTeNDeDeRo]

CÓMO ACABAR CON LA NAVIDAD

¡Así se habla, viejo topo! ¿Podrás trabajar rápido bajo tierra?
(Hamlet)

Hacia 1980 un profesor y escritor español, Eliacer Cansino Macías (Sevilla, 1954), dio al mundo un método infalible para deconstruir la más potente obra con solo averiguar su clave o tornillo clave, su piedra de toque. Se llama piedra de toque a la que sirve para probar la pureza de los metales y, por extensión, aquello que permite calibrar el valor o alcance de una situación o coyuntura, por ejemplo, en la frase “El soberanismo es la piedra de toque de la actual discusión política” o, por ejemplo, “La Navidad es la piedra de toque del laicismo nacional”. No confundir piedra de toque con la piedra clave, que es la que cierra el arco o la bóveda (que en estructuras de hierro pudiera ser un tornillo…

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la revolución del ocio y tiempo libre como una de las bellas artes.

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Mierdas iluminadas por Navidad.

Desde la revolución industrial, mitad del siglo 18, hasta antes de ayer, y todavía en alguna vieja guardia que no se entera de nada, la teoría de la emancipación se ha basado en el reparto del trabajo y la riqueza. Así lo expresó el Manifiesto comunista de Marx y Engels, en 1848, que contaba con un objeto y un sujeto y un método; un qué y un quién y un cómo. Qué: el modo de producción capitalista. Quién: el proletariado. Cómo: mediante la conquista del Estado. La revolución traería nacionalizaciones y socializaciones que regirían por el principio “a cada cual según su aportación”, hasta el “a cada cual según sus necesidades”, que regiría la fase superior o comunismo.

Marx ni Engels ni Lenin ni Trotsky, tampoco Bakunin ni el anarcosindicalismo, pudieron prever las resistencias del capitalismo; unas, por las armas, el bloqueo y la confrontación contra todo lo que se movía en colonias y zonas preindustriales (confrontación, desde Rusia en el 17) y, otras, por hegemonías inyectadas al proletariado del primer mundo que actuarían como un virus o como un troyano: ese fue el Estado del Bienestar, que hizo, del proletariado, clase obrera; después, trabajadora y, por último, clase media involucrada en Estados sistemáticamente tenidos por democráticos donde mediante las urnas sería posible no solo la resolución de conflictos (se acabó la lucha de clases) sino la máxima expresión de la libertad del individuo (el comunismo, como totalitarismo; la democracia y el capitalismo, con sus inconvenientes, como lo menos malo que se conoce), de manera que si la explotación del hombre por el hombre y el capitalismo seguían dándose, se daban por mayorías nacidas de las propias clases dominadas, porque de todo se puede hablar en las urnas de los países libres. Se acabó la revolución gracias al voto a partidos socialdemócratas o democristianos y a la dormición de los viejos sindicatos y de las viejas consignas (aunque perduren en el lenguaje de una vergonzosa izquierda).

Dos revoluciones vinieron tras la industrial: la revolución científico técnica y digital (formulada a finales de los años 70) y la revolución de la información que está empujando ahora. La clase obrera no volverá ni será sustituida por olas migratorias ni por minorías en lucha; tampoco por colectivos o por grupos de sexo (ese feminismo que saca pecho). Todos esos movimientos, con oenegés y solidaridades, no moverán los cimientos de este mundo; tampoco, el islamismo como alternativa a la decrepitud de Occidente. La revolución basada en el reparto del trabajo se quedó sin vehículo y sin piloto. Lo que nos queda es el reparto del individualismo y del tiempo libre y del ocio como revolución pendiente. Otro día hablamos de Internet como Palacio de Invierno o Bastilla que habrá que conquistar.

En esa revolución ocupa un primer lugar la conquista del calendario laboral, vinculado al trabajo, y, cómo no, ahora que se aproximan las navidades, las fiestas y celebraciones que nos vienen impuestas en nombre de tradiciones y artes y costumbres populares.


Sófocles y el jinete pálido.

El jinete pálido

lo intenso, lo extenso y lo transversal en cine y literatura

intenso es, o son, el teatro y la poesía; extenso, el argumento, en novelas y películas de ficción; transversal es el aquí y ahora (el realismo) que la actualidad proyecta (y la literatura refleja) en una obra.

Un argumento en cine es el siguiente: Una pareja de hombre y mujer, madurita interesante, tiene una hija de 23 años, quien se define a sí misma como lesbiana. Sobre ese cuadro familiar se cruza un visitante inesperado, un joven seductor del que se cuelgan o enredan madre e hija. La nota que añaden los dos varones protagonistas es de antecedentes por violentos sexistas, nota que viene a sumarse al drama masculino que nos da a los varones la vida, seamos o no violentos, seamos o no sexistas. Pues cualquier varón honrado, buena persona y bueno en la cama sabe que la vida le puede enviar un rival que no podrá vencer. Pura depredación sexual. Y en el maltrato hay tema, como quien dice: telediario, actualidad.

Viendo aquella película, me acordé de Querelle (de Genet y de Fassbinder, 1947 y 1982), para la lucha entre los machos alfa, y de Teorema (de Pasolini, 1968), para el extraño que llega y con su llegada todo lo modifica. Es también el esquema del jinete clásico en películas del Oeste, películas que, resuelto el conflicto por el misterioso solitario, inevitablemente terminan en silueta a caballo perdiéndose hacia el horizonte. Que Querelle fuese un mafioso, que el de Pasolini fuese un mesías o que el jinete pálido fuese un proscrito, tanto da: son actuantes de una casilla que funciona por el lugar que ocupan, no por las circunstancias que los atraviesan.

El marido y padre de nuestra película no solo ve en peligro su matrimonio y las bases de su relación de pareja sino que con su hija de 23 años tendrá que despejar el viejo abismo del incesto (tema tabú y del que poco se habla) y, por su parte, el joven intruso tendrá que averiguar si no es más que un buen semental hasta que otro semental a él también se lo folle. Esos son los malos tratos que nos da la vida a los machos, temazo con perfiles de tragedia que la tragedia griega no supo tratar, perdida en jerarquías de guerreros, en lucubraciones del destino y en supersticiones por los dioses del Olimpo, todo muy extenso y muy transversal. Es el caso de Edipo, cuyo dramón hubiera sido mucho más dramón y más humano si Edipo hubiera sido consciente de que a quien mataba era su padre y que su madre era la hembra con quien se estaba acostando. Mal guionista ese Sófocles.


 

Lo que no es tragedia es esperpento.

Hombre de capa con sombrero y caña de paseo Foto Irina Soriano 5
Daniel Lebrato como álamo talado en la Alameda de Hércules de Sevilla. Foto Irina Soriano.

Todo el mundo sabe, menos el yihadista o el mártir, que la muerte es conversación de los vivos, no de los muertos (ni con permiso de halloween). Volver a Valle‑Inclán, junto a Rubén y a Bradomín en la escena catorce de Luces de bohemia, es, quizá, recuperar la lucidez en esta España triste que ni acierta en lo que hay que enterrar ni en dar vida a las nuevas ideas. Y tan patética es la noticia del artista que la emprende a palomas de la paz sobre la tumba de Franco, como la puesta en escena de una niña de trece años que el establecimiento quiere hoy infanta y mañana reina, y justo el mismo día o víspera de lo que nadie sabe cómo llamar: si jálogüin o jalogüín, si todos los santos, los santos o los fieles difuntos.

El caso es que nos vamos como se fueron antes quienes quisimos. Y el caso es (como Moisés o el profeta Daniel, que no conocieron la tierra prometida ni el final del cautiverio) que siempre nos quedamos a las puertas de algo o pudiendo haber hecho otra cosa o pendientes de alguna conversación, compañero del alma, compañero.

Entonces, Zacarías el borracho viene y la clava, cierra y acierta: no queda más que el espectáculo y, mientras haya una luz, soñaremos que hay también alguna salida contra la estulticia programada, Infanta o Franco o su pintor. A esa luz entre Max Estrella y Rubén, entre Rubén y Bradomín, diremos con Zacarías: ¡Cráneo privilegiado!

/ a J.J. Díaz Trillo /


Vídeo Halloween alusivo (5:30)