disputa del clérigo y el maestro ajuglarado.

cartel y trigeo
cartel y trigeo

DISPUTA DEL CLÉRIGO
Y DEL MAESTRO AJUGLARADO
–Valverde del Camino, 1984–

De un clérigo se cuenta y, por ende, no me callo
que anduvo en las paredes allá en el mes de mayo
quitándole un cartel, sañudo y sin desmayo,
al Teatro de La Paz, non es pequeño fallo.

Mencionelo en un Claustro sin ánimo enemigo,
que siempre cuando fablo me pienso lo que digo.
Dixo que no era çierto, quedé peor que un higo,
non supe que acusar exige un buen testigo.

Faciendo averigüanzas por ese derrotero
díxome Eladio Ortiz, alumno de tercero,
haberlo visto y visto doña Isabel Rentero
al clérigo que digo quitando aquel letrero.

Non quiero fer maldat a clérigo ninguno
pero creer que miento tampoco es oportuno.
Yo tengo mis testigos que acusan de consuno,
podéis echar la cuenta: ya son dos contra uno.

Siendo clérigo él, fablé en cuaderna vía,
que cada cual decida quién es el que mentía.
Yo pido por mis trovas lo que Ioan Ruiz pedía:
non juzguemos por uno a toda la maestría.

Compúsolo el maëstro
Daniel Lebrato
el año del Señor
del 84

*


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para ser feliz en esta hora de España.

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Yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas.
Antonio Machado

Para entender la actual moral de dominio público en España, hay que remitirse no solo a la larga noche del franquismo sino a lo que aportó la izquierda (Psoe, Pce, IU, Podemos). Dando por sabido que un partido es la suma de voluntades de militantes, simpatizantes y votantes y que esa suma actúa por impregnación, u osmosis, de arriba abajo y de abajo arriba, izquierda y derecha han amoldado el pensamiento de tal manera que en España ha desaparecido la moral, tanto la pública como la privada, y la ética dominante es que todo vale: el teniente piloto en su avioncito y el ingeniero trabajando para el Airbus (más bajito, lo de Military): todo eso es paz, progreso o nuestro modo de vida al que no estamos dispuestos a renunciar. (Muletilla válida en caso de ataque yihadista.) Y España le gustará a quien acepte la política profesional, un grado de corrupción política razonable; a quien acepte el ejército, sus misiones de paz; las tres religiones y su alianza a título de culturas o civilizaciones; las oenegés, las campañas de acogida. Y en lo personal le gustará España si le gusta el varón feminizado, el bebé en el carrito, la niña en el conservatorio, su bici o su perro por Chueca, la Barceloneta o la Alameda, generación post movida y del orgullo con su tatuaje en la piel. Esa es la España que heredó el sueño de un mundo distinto y lo cambió por el sálvese quien pueda, que no estamos tan mal y la democracia es lo menos malo que se conoce. Hemos pasado de un mundo de etiqueces a un mundo de esteticienes.

Quien ‑como yo‑ ve así la realidad, ha podido recibir o recibe todavía etiquetas de marxista, comunista o últimamente bolivarista. Todas esas cosas, acumulativa o sucesivamente, las ha podido uno ser. Lo que no somos es de la letra chica de la política, de tal o cual carnet o sigla partidista. Porque todo es mentira programada por tipo de creencias o por masas más o menos conversas o creyentes, lo que incluye creer en partidos que no son partidos pero funcionan por admiración: el partido del arte, el partido de la cultura. Quien así piensa puede ser una persona feliz que le diera la vuelta a aquel Machado: yo vivo en guerra con los hombres y en paz con mis entrañas. También me hace feliz el disfrute de mis bienes materiales ante los reproches de alguien que quisiera verme dando lo mío al banco de alimentos o a inmigrantes sirios. Ninguno de esos terrenos, ni discutir nuestro modo de vida (a la fuerza, burgués) ni echarnos al monte o a la guerrilla son nuestro territorio, que es ninguno. Como mucho, tenemos el peso de haber visto las trampas del sistema, trampas que antes se llamaban el Capital, la Iglesia y el Estado y, hoy, se llaman acogida, solidaridad o multiculturalismo. Para el paseante: más de buenismo y tiro porque me toca. Yo no tiro. Yo no juego. Y soy más feliz que mi vecina, quien, por la bandera que veo en su balcón, está, la pobre, muy preocupada por lo que está pasando en España y Cataluña.

chapa y chapó.

RAFAEL_IGLESIAS_Hemerotez

Chapa y chapó (chapeau, en francés) no tienen nada que ver. ¿O sí?
El discurso o relato español sobre Cataluña está tan muerto
como muerto está sobre Cuba o Filipinas.
Podrá imponerse al referundismo,
pero ¿de qué le sirve?
*
Como pueden ver, la chapa es de Rafa Iglesias
y el chapeau, de [eLTeNDeDeRo]
(pásenlo por ahí si les gusta)
*

poesía y canción (en las nubes o en la nube).

omega-cartel

Poesía y canción eran lo mismo (las coplas de Manrique fueron coplas) hasta que el verso libre o poema en prosa abrió un cisma entre una y otra, juglares y trovadores y pueblo llano, que los tres cantaban. El poeta (culto) del siglo 20 pudo tener un pésimo oído y ningún sentido del ritmo ni del compás. Su poema lo imaginaba en libro, impreso en páginas de imprenta: la poesía había dejado de cantar. Y el poeta, como un genio instalado en su torre de marfil, vivía en las nubes. Que todo como un aura se venga para mí, pidió Manuel Machado.

Llegaron los cantautores (de repertorio mixto) que rastrearon en la poesía clásica y contemporánea. Y los versos de Manrique, y hasta del Arcipreste de Hita, se volvieron a cantar (mayormente a la guitarra). La cumbre de ese reencuentro entre la poesía culta y la canción (pura fusión) yo la sitúo en la ópera Omega, de Morente y Lagartija Nick, el año 1996. El verso libre de Poeta en Nueva York, de García Lorca, por fin, a compás.

Sobre ese panorama nacional, y europeo, el rap que venía de América siempre fue entonación, aquí diríamos canción protesta. Su inconveniente: un tono entre la predicación y el mitin político que puede parecer pedante egolatría de barrio y redención personal, que también es algo religiosa.

Ahora que los libros de imprenta desaparecen o tienen que imaginarse en la nube, en digital, el universo pop (popular) de la canción todavía nos ayuda a enamorar, a socializar o a sobrevivir. Y el universo culto de la poesía nos hace seguir perteneciendo a (o llamar a las puertas de) un elenco formal, académico y restringido: eso que llaman (y habrá quien crea en ella) la cultura.

misiones pedagógicas contra excelencia docente.

retrato de familia (Valverde, peligro para caminantes)

Al publicar yo ayer mi placa al mérito cultural recibida del Ayuntamiento de Valverde del Camino, he querido exclusivamente insertarme dentro de lo que fueron años y personas excepcionales. Mi único mérito, si alguno tuve, fue estar con la gente adecuada en la hora adecuada. Eran los años de la movida (1982‑86, primera legislatura del Psoe) y, aunque de Roma y de Varsovia llegaban aires recalcitrantes (Juan Pablo II, papa; Lech Walesa, nóbel de la Paz), en España fueron malos tiempos para la derecha y quien no lo supo ver se quedó al margen. Poner yo en portada la placa que me entregó Américo Santos, alcalde de Valverde, no es vanidad: es cifrar en una sola imagen, que vale más que mil palabras, la sintonía que hubo entre instituto y pueblo de Valverde (que daría para hacer un senatus de procesión) un cuatrienio que, conmigo o sin mí, no se iba a poder repetir. (No escapa al mármol de su día. Es ya difunto irrepetible, en divinas palabras de J.J. Díaz Trillo.) De todas formas, gracias a quienes habéis dedicado a mi persona alguna palabra cariñosa: si no llegué a ser el García Lorca de Valverde ‑como quería Manolo Becerro‑, puede que sí el Almodóvar o la Alaska local: personaje pop (de popular) más que personaje de culto (por mi cultura entre las culturas). Con deciros que la continuidad de Teatro La Paz fue Jesucristo Superestar (algo en mis días impensable) y con deciros que, a instituto donde llegué después, instituto donde ‑siendo yo el mismo‑ choqué con expedientes disciplinarios, podéis haceros una idea de cómo los tiempos habían cambiado. También encontré mucho Gandhi y mucha paloma de la paz, mucha Teresa de Calcuta y, mira por dónde, mucho alumno engreído como Jesucristo Superestar pues me tocó asistir al parto de la Escuela, espacio de paz y no violencia, cosa más casposa non vi en la enseñanza. Mi resumen explicación es que el cambio que prometió el Psoe para llegar arriba hizo al Psoe olvidarse de lo que había abajo y la excelencia docente triunfó en toda la enseñanza pública disfrazada de bilingüismo, de bachillerato internacional o de otros bachilleratos de tablón de honor por disputarle a la privada y concertada, colegios en manos de la Iglesia, onerosos privilegios y tráfico de influencias que tampoco esa vez iban a cambiar. Por mucha asignatura de Ciudadanía alternativa. Por mucha Igualdad y coeducación mientras entraban en las aulas las primeras niñas tapadas. Honor a quienes creyeron en colegios e institutos como misiones pedagógicas para que otro mundo, con otra educación, fuera posible. Mañana les cuento dos incidentes sonoros que tuve en mi etapa Valverde. Uno con el cura del instituto y otro con la Guardia Civil.

La Barraca en el Instituto de Valverde del Camino.

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Viene de La Barraca en Valverde del Camino (1).

Desde el aula de cultura habíamos puesto en marcha dos iniciativas facilísimas. Una se llamaba aula abierta y consistía en que todas las clases, de la asignatura y grado que fuesen, estarían abiertas a la comunidad escolar: madres, padres, familiares, personal docente o auxiliar. La otra experiencia se llamaba aula de intercambio y consistía en la figura del profesor de apoyo o invitado: el de historia, por ejemplo, reforzando al de literatura en las bases económicas, sociales y políticas del Siglo de Oro, o la delineante de efepé podía venir en refuerzo del arte arquitectónico o de ingeniería en el siglo 20. Las dos aulas se alimentaban de la buena voluntad de profesorado, alumnado y ampa, y las dos querían acabar con el secreto profesional lectivo solo comunicable a través de los exámenes (que esos sí eran documentos públicos) o a través del servicio de Inspección (que podía presentarse a cualquier hora y en cualquier aula). En la práctica, intercambios se hicieron muy pocos pero la política de aulas abiertas tuvo la virtud de invitar a padres y, sobre todo, a madres a que se sentaran en una banca libre y desde allí vieran a su hijo o a su hija y al profesor o profesora y qué doctrina ‑si les parecía buena o mala‑ se impartía: era un derecho que solo reconocerlo ya bastó para quitarnos reclamaciones, tutorías, malos rollos en boca o lengua de nadie contra profesores y métodos heterodoxos. Trajo paz a la guerra que daba Teatro La Paz, mal visto siempre por el cura profesor de religión a quien no gustaban los desnudos de las ninfas ni el adocenamiento de los Hermes (en La Paz no actuaba nadie sin autonomía de mayoría de edad) que, con permiso de Aristófanes y Francisco Nieva, subían a escena y paseábamos por la provincia, con ayuda de Ayuntamiento, Delegación y Diputación, donde nos cuidaba Salvador Mora Villadeamigo. Teatro y aula de cultura iban por libre y no dependían del organigrama ni del presupuesto del centro, quiero decir: yo no necesitaba para nada la vicedirección aunque los puntos, que daba el cargo, a mi currículo irían y a la carrera docente que yo pudiera hacer (el profesor Lebrato tenía 30 años y mucho trienio y mucho funcionariado por delante). También quien me conoce sabe que hasta Alameda se lee (club de lectura del Instituto San Isidoro) me he apuntado toda mi vida a experimentos peridocentes que hicieran algo contra la rutina y el aburrimiento. Con esa mentalidad o con esa inquietud, también con mi ética contraria a todo culto a la personalidad, llegué a vicedirector. Fue así:

El curso 84 85 la vicedirectora, Mercedes Laplaza, dejaría el instituto de Valverde del Camino por concurso de traslado a su lejana patria, Zaragoza. Entre el profesorado con posibilidades o méritos para sustituirla, Daniel Lebrato no era el mejor pero sí el más notorio y con despacho propio a nombre del aula de cultura y con grupo de teatro. Nuestra extraescolaridad preocupaba, y mucho, al ala derecha del Claustro, empeñada (como siguió empeñada durante años hasta imponer a la Consejería de Educación su criterio de excelencia docente) en que las extraescolares perjudicaban el normal orden de las escolares, no había condiciones de estudio, se quejaba el ala más profesional o más seria o más científica (o más facha) del Claustro. Con semejantes argumentos de seriedad, la oposición montó una junta directiva paralela que aprovecharía para desbancar a Maribel la directora y a todo su equipo directivo. Maribel realizó entonces una jugada esperada inesperada: proponerme a mí para vicedirector, aquel trueno vestido de nazareno. Yo acepté encantado y asumí la campaña de imagen que nos diera el éxito en las votaciones en Claustro y Consejo Escolar. Son las fotos que publico ahora y que casi nadie ha visto. Una directora cantarina y bien intencionada con pinta de inocente cristiana de base a quien el vicedirector manipularía a su antojo. Un vicedirector más dado a los botellines de Cruzcampo que a otra cosa. Un jefe de estudios haciendo los horarios al azar de la baraja de cartas y del sorteo de la lotería. Y un secretario a la antigua con los dineros, ni en banco ni en cheques, en la cajita fuerte de a ver quién me la quita. ¿Quería la oposición condiciones de estudio? Pues toma condiciones de estudio. La loca candidatura de Maribel y sus muchachos barrió, barrimos, y las condiciones de estudio, como se veía venir, no hicieron más que empeorar.

–enlace a la campaña en fotos

/ a la memoria de Maribel, Mercedes Laplaza, Guillermo Palomo, Juan Rico, Ignacio Alcaría; a Maruja, a Concha Torres; a Fernando Murillo, a Juan Martínez, a Juan Romero; a Luis Fernando, a Niña Tere; a Teatro La Paz y al instituto y pueblo de Valverde del Camino que fueron perlas de El collar de la paloma /

–enlace a La Barraca en Valverde del Camino parte 1

–enlace a Teatro La Paz todas las fotos

–últimas fotos de Alameda se lee

–enlace a la campaña en fotos

para hablar de política.

Daniel Lebrato como eLTeNDeDeRo (7)
el tendedero

Si alguna virtud alcanza el pensamiento es ser libre, libre de las ideas trilladas que nutren las conversaciones más frecuentes y, por tanto, más sociables y más integradas. El mundo al uso (o lo que es igual: los conceptos del mundo) es obra de inteligencias superiores que, cada una tras sus intereses más o menos ciegos o inconfesables, manejan los itinerarios por donde quieren que transcurra el pensamiento ingenuo: es lo que nos hace tener que ser demócratas (de izquierdas o derechas, ya se puede discutir; la democracia, nunca); es lo que nos hace tener que ser creyentes (¿de qué religión?, tema libre, pero esta muchacha con su velo y la otra muchacha con su cruz); es lo que nos hace tener que ser españoles, europeos, solidarios, pacíficos o educados en la tolerancia absoluta a lo que no se debía consentir: la fealdad de un mundo injusto resultado de la explotación del hombre por el hombre, que sigue y sigue y sigue después de griegos y romanos aunque, si te preguntan, qué grande fue la Grecia de Pericles y que gran civilización la del imperio romano para que el Occidente nuestro, heredero de aquella antigüedad, nos parezca unánimemente criticable y mejorable pero, eso sí, el mejor de los mundos posibles, como queríamos demostrar.

Los trajes que el pensamiento debe saber llevar están tejidos de pomposas prendas personales que al hombre y a la mujer nos vistan para diario y las fiestas, para la casa y la calle. Conceptos que (como a Dios) nadie ha visto (libertad, igualdad) se juntan con conceptos que sí hemos visto (democracia, arte, cultura o religión) y nos producen dos clases de consuelo: quien vive bien de otros, y de la explotación de otros, ya coge el sueño por la noche, tan roncante, y quien vive mal o de que lo exploten igual dormirá lo justo para no escandalizar ni alterar el orden de las cosas.

Daniel Lebrato como eLTeNDeDeRo (7)