Internet como voluntad y representación.

¿Por qué desconfiamos de Internet en gente joven?

Primero, porque por Internet nuestros niños y niñas pueden vernos sin que les veamos; pueden entrar en nuestro mundo tal y como es (y aquí cada quien ponga su infierno más temido: pornografías, pederastias, extremismos, violencias, malas compañías, malas palabras, frivolidades, postureos, exhibicionismos; lo dicho: tal como somos).

Segundo, porque nosotros, madres o padres, daríamos algo por saber qué es lo que piensan, qué es lo que buscan y con qué y quiénes se relacionan esos perfectos desconocidos que tenemos en casa y llamamos nuestra familia.

De ahí, lo fácil: desconfiar de los móviles o dispositivos inteligentes, es decir, matar al mensajero. Lo difícil sería revisar y recambiar el mundo adulto que exhibimos.

Prohibir Internet es dejar en manos ajenas o en intenciones dudosas la náusea de un mundo que, si nos preguntan, nos empeñamos en decir –como decimos de la democracia– que es “lo menos malo que se conoce”. Y un jamón. Contra la prohibición: seguridad, autocrítica, conocimiento, educación, respeto, cariño y confianza. Y algo de suerte, como en todo.


 

Arde París.

En Castaño del Robledo, Sierra de Huelva, un grandioso templo inacabado, que hoy llaman el Monumento, da ejemplo de adecuación cristiandad sociedad: Si no hay dinero ni feligresía, porque decae la población, dejamos la iglesia sin terminar y nos vamos. Frente al Castaño, Barcelona está empeñada en concluir una Sagrada Familia que no responde ni a la oferta ni a la demanda religiosa; cierta soberbia a la catalana.

Ahora que arde Notre-Dame de París, varias soberbias y orgullos heridos serán portada. Desde el ¿cómo es posible? (que no se hubiesen tomado medidas preventivas anti chispa o anti incendio) hasta el ¿qué hacer? que debería correr por cuenta de la fe privada, no de la municipalidad ni de fondos unescos o europeos.

Arde Notre-Dame porque Dios lo ha querido, piense el creyente que el ¡hasta mañana! nos lo redondea con ¡si Dios quiere! Dios lo ha querido y, sin nosotros desear a nadie tristeza o desolación, es hora de ajustar los relojes de la sociedad civil y de la sociedad creyente. No estamos en el siglo 12. Dios es un particular. Y hay una belleza especial en la contemplación de las ruinas; tópico muy literario, muy paspartú de la pintura clásica, muy romántico y decadente tan atractivo o más que la catedral impecable que saldría de las obras o que saldrá de la reconstrucción.

La poesía de ruinas de nuestro siglo de oro (aquella que explicaba la derrota de una Roma pagana para el triunfo de otra Roma, cristiana) no sirve ya. Aparte Víctor Hugo, detrás de Notre-Dame de París no había nada que no fuese grandeur o chovinismo, así lo llamen arte, cultura o patrimonio de tal o cual. Déjenlo arder.

Ensayo sobre Luzbel