extraescolares.

DL caballito en Sanlúcar

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La última entrega de las memorias del profesor Lebrato (tras El profesor, El alumno, El tutor y Consejo orientador) lleva por título Extraescolares y hace referencia al Daniel Lebrato de actividades complementarias; ese que va desde Teatro La Paz (Valverde del Camino, años 80), hasta el que hoy ilustramos con estas raras fotos.

En La Paz, de Aristófanes y Francisco Nieva, Daniel Lebrato montaba jinete de un escarabajo pelotero.

Daniel a escarabajo pelotero

DL caballito en Sanlúcar

Como ven, el montaje de hoy da idea de un caballito de playa al que una mujer acude con su hija o su nieta para darle un paseíto como en calesita o cacharrito de feria. Por lo que sabemos de Daniel Lebrato, la situación es insólita y habrá de sorprender a quien lo tuvo como serio profesor de adultos en bachillerato. Foto 2:

Daniel a escarabajo pelotero 2
Daniel Lebrato, en el papel de Trigeo. Al fondo, coro de esclavos y nubes del cielo.

DL caballito en Sanlúcar

Las fotos están tomadas en blanco y negro por LeMonge durante el verano de 2016 (hace ya cuatro años) en la playa de las Piletas, Sanlúcar de Barrameda, a la altura del chiringuito Macario. Como es sabido, Sanlúcar ha hecho célebres las carreras de caballos por la playa en marea baja. El reportaje de LeMonge quizás evoca esas carreras hacia la puesta de sol.

DL caballito en Sanlúcar

Hombre a caballo
Jinete. Dibujo a cera de Teté.

vida y obra.

el hundimiento

La muerte de Julio Anguita levanta espontáneas reacciones de elogio a su persona. Sin embargo, no recuerdo ni una sola idea que el político Julio Anguita haya aportado al mundo de las ideas; no digamos de izquierda; entre otras cosas, porque Anguita fue parte a liquidar la vieja izquierda (marxista y crítica con el Estado del Bienestar).

Anguita como texto y comentario de texto.

Quien tuvo en clase al profesor Lebrato, sabe que el profesor huía de biografismos y auto biografías:

–Imaginad que todo texto es anónimo, y así salimos de tentaciones de vida y obra: obra, nada más.

De ejemplo, les ponía la poesía de San Juan de la Cruz [1]

Otras veces, en cambio, el gusto por una obra no impedía que el profesor hiciera ver a su alumnado la catadura moral del personaje autor.

–Ese don Juan Manuel tan señorito que ni siquiera escribía: ¡mandaba escribir! (como declara al final de cada cuento de El conde Lucanor).

–Ese Mío Cid que –antes de Pérez-Reverte– respondía al tipo mercenario al servicio del botín y la rapiña.

Eso no quitaba, tampoco, que pese a la cochambre biográfica de Manuel Machado, frente a la heroica de su hermano Antonio, la poesía de Manuel fuese tan buena o mejor y, para mí, más exquisita y seductora.

Recuerdo la película El hundimiento (Der Untergang, 2004, de Oliver Hirschbiegel). La cinta cuenta los últimos días de Hitler. En 1942, varias mujeres se presentan a secretaria personal del Führer. Traudl Humps (o Junge) es la escogida. Su diario alimenta el guion de El hundimiento y, como es lógico, lo hace desde un punto de vista interno en el que un sector de público creyó ver una justificación del nazismo. ¿Desmentía la película la obra pública, la Historia escrita, con renglones de sangre y de exterminio? Nada de eso. Al hombre lo que es del hombre, y al nombre lo que es Historia.

Películas se puede hacer de cualquier cosa. La Historia, con mayúsculas, Julio Anguita sabía, pocas veces se altera o se equivoca.

[1] Donde ‘amado’, Dios, y donde ‘amada’, Iglesia. Diga lo que diga San Juan, amado es amado y, si quiere ‘Dios’, que lo ponga en el texto, no en declaraciones al margen. En clase no usé nunca la interpretación por las tres vías místicas; sí precedentes puestos en boca de mujer, como la lírica tradicional o El cantar de los cantares.

carta humana.

carta humana bandeja de entrada
bandeja de entrada

Ayer veíamos el trayecto andado por las cartas interpersonales, desde el recado de escribir, hasta la invención del sello de correos. Si al recado lo venció la estilográfica y luego el bolígrafo (sin hablar de las máquinas de escribir), al sello lo ha vencido el franqueo pagado o concertado (de uso oficial y comercial) y, claro está, la conexión a internet. Hoy, las cartas cartas son prueba de amor a los objetos que se dejan tocar. Puro arcaísmo coleccionista o fetichismo; de ahí, su especie:

carta humana 1

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CARTA HUMANA

En la primera escena, alguien dispone
recado de escribir[1], tal vez un Bic.[2]
Se baja hasta el estanco a por el sello.
Se acaba en la estafeta o el buzón.
Alguien con llave en su buzón de casa,
entre cartas del banco y las ofertas
de propaganda, recibe carta humana.
No debe ser rasgada en la escalera.
Primero habrá que hacerle los honores:
honores de etiqueta o abrecartas,
honores de brindar copa o chupito.
¡Cartas humanas, buzos de buzones,
que tras de su querido y sus dos puntos
irán a conversar con los difuntos! [3]

Daniel Lebrato

/ a Javier Monge Villalobos /

carta humana

[1] Para recado de escribir, eLTeNDeDeRo, día anterior.

[2] Una curiosidad une al bolígrafo Bic, rey de la escritura barata, rápida, infalible, con las siglas BIC, Bien de Interés Cultural. El boli BIC se lo merece.

[3]
3a) conversar con los difuntos. Es de Francisco de Quevedo (1580-1645), Soneto desde la Torre [de Juan de Abad], la idea de que la lectura nos hace hablar con los autores muertos pero vivos en los libros que nos dejaron escritos. Escribe Quevedo, a José González de Salas, quien sería su editor: «Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos./ Si no siempre entendidos, siempre abiertos,/ o enmiendan, o fecundan mis asuntos;/ y en músicos callados contrapuntos/ al sueño de la vida hablan despiertos./ Las grandes almas que la muerte ausenta,/ de injurias de los años, vengadora,/ libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta./ En fuga irrevocable huye la hora;/ pero aquélla el mejor cálculo cuenta,/ que en la lección y estudios nos mejora.»

3b) conversar con los difuntos. Sobre la idea de Quevedo, la carta humana añade otra: las cartas, como las fotos papel foto, pasarán al escrutinio de cosas que, al morir su dueño y resolverse su herencia, aparecerán por archivos, cajas o cajones que un día fueron del difunto. Vista así, la carta humana, y no electrónica, es inmortal.

recado de escribir 6

recado de escribir.

recado de escribir 3

recado de escribir [53.700 gugles] ya es arcaísmo objeto de coleccionista pero en su día fue origen y fuente de la letra escrita y de la literatura. Se llama recado de escribir al conjunto de útiles de escritorio. En siglo 18, el gran siglo de los muebles, el recado de escribir dio en mesa despacho y maleta portátil semejante a la caja de caballete desplegable que el 19 inventó para la pintura paisajística. Ese recado de escribir recibió nombre de escribanía o caja de escribano. En imágenes pueden ver algunas.

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recado de escribir 5

Recado de escribir fue también un libro de poesía de Fernando Ortiz (1947-2014) publicado por Renacimiento en 1990. Escriban como escriban, escriban. Quédense con estos endecasílabos blancos que, a su manera, cuentan la relación que hubo entre el recado de escribir y la invención del sello de correos. Todo ello cierto.


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RECADO DE ESCRIBIR
la invención del sello de correos

Recado de escribir se dijo un día
a recabar o recaudar tintero,
tintas, plumas, papel secante, folios,
salvadera, arenilla, carboncillo,
hilo y reglas para pautar la página
mesa y asiento y suficiente luz
para escribir (en manuscrito) a mano
cartas que irían de la cruz al sobre.
El signo de la cruz, la santiguada,
era pedir la venia y compromiso
de palabra de honor con la verdad.
–Dios mío, dame en esta hora pulso,
caligrafía, ortografía y gracia
para salir con bien de esta carrera.
El sobre era el papel sobre sí mismo.
Guardián del sobre, el lacre, más recado.
Y, al despedir la carta: –Que esta carta,
después de tantos dimes y diretes,
alcance su destino, que esa es otra,
con tanto bandolero que anda suelto
y que al final no sirva para nada.
Oyólo un funcionario en la estafeta:
–Mientras haya bandidos y, en destino
y al cobro, puedan responder “no quiero”…
¡Sin sello de correos no hay correo! [1]


Mañana hablamos de la «carta humana», qué es y cómo nos impresiona en estos tiempos gemails, whatsapps y pedefes.

recado de escribir 2

recado de escribir 6

recado de escribir

[1] Historia del sello en Wikipedia

consejo orientador.

Corbata 1ºZ el Terrible (3)-ANIMATION
corbata obsequio de 1ºZ el Terrible

Hablando de tutorías, una versión cínica, y espero que divertida, de la tutoría puede leerse por teléfono móvil pinchando aquí: Vocaciones, vacaciones, mismamente, novela cortita de 2003 luego intercalada en Tinta de calamar de 2014, donde me harto de reír de mí y de mi tribu, y de donde entresaco este extracto dedicado precisamente al consejo orientador:

«De todas las memeces del actual sistema educativo, lo más pintoresco es el llamado consejo orientador. El consejo orientador no es nuevo, es que se ha santificado y puesto a su servicio un departamento específico: el departamento de orientación. Frente a expedientes académicos con perfil y posibilidades, no hay problema, el consejo dictamina el itinerario más creíble a cada alumno: usted va para letras, para ciencias; o le afinamos hasta las ramas o áreas: sanitarias, jurídicas, artísticas, lo que usted quiera. Al hijo del banquero Botín el consejo de orientación lo vio venir a la primera: este niño vale para las finanzas (desde el apellido). Y con su alteza real la Infanta ya es que lo bordaron: esta niña va para reina (de España). Pero cuando el consejo orientador tiene todo el arte de este mundo es frente a los expedientes fronterizos, alumnos venidos de la rumbita y el pincho, carne picada para el tutelar de menores que podrían hacerle una cicatriz al volkswagen que el profesor va estrenando, a plazos. Atentos, entonces, al consejo. A usted, Peláez, le vemos de reciclador de medio ambiente (antes basurero) o técnico recogedor de chapapote. A usted, Vanessa del Rocío, la vemos como técnica de limpieza (vulgo fregona) o estetisién (lava cabezas y pone rulos). A Jonathan Macael le cuadra el suministro de energía (repartidor de bombonas). Albañiles de cementerio, putas de carretera, vengan, vengan. Alguien tiene que hacer esos trabajos, ja, el dinero no da la felicidad, ja, ja, y al final lo que importa es la persona, ja, ja, ja.»

/ a mi alumnado, siempre en 1ºZeta /

1º Z

apuntes de tutoría.

1ºZ
guía para estudiantes en edad de elegir.

«La trampa está en la vocación.» Así empezaba la tercera entrega de mi trilogía Memorias de un profesor.[1] Estábamos en alarma por el coronavirus. Yo había dejado Zafarrancho Vilima, último grupo de enseñanza de adultos que me había sido asignado. A esas alturas, era improbable que el profesor Lebrato subiera otra vez a la tarima y era más improbable aún que mi entorno inmediato renunciara a su zona de confort. Mi mundo era como una bella durmiente, que para qué despertarla. Malos tiempos para la criticá. Lo más que yo podía hacer era orillar mis diferencias y aconsejar, como en apuntes, las tres o cuatro ideas que yo había sacado en claro de mi experiencia docente y tutorial, y dárselas, en porciones facilitas, a una generación de ya madres y padres en torno a los cuarenta años de edad, que no quería que le crearan problemas.

–La trampa está en la vocación -les dije-. En hacer creer al estudiante, él o ella, que podrá elegir según su vocación según lo que sabe hacer o lo que más le gusta hacer; no según la demanda real de puestos de trabajo dentro de un mercado de trabajo en una sociedad dada y en un momento dado. La realidad y el deseo. Conciliar el puedo y el quiero [de la voluntad] de mi vocación[2] con el debo y el tengo que [de la razón] de la obligación[3]. No discernir estos dos campos, mezclando además ocio y negocio (batiburrillo promovido por el propio profesorado), ha distorsionado la acción tutorial desde que yo la conozco. Y hay que hablar claro: la economía no engaña a nadie y, en cambio, las criaturas, una a una, tienden a engañarse y la familia a darles gusto. ¿Se puede? Sin el Estado, es difícil.

Igual que universidades y escuelas anuncian sus carreras o especialidades, el Estado tendría que hacer pública la lista de trabajos reconocidos (si hace falta, por la Constitución)[4].

La ley del mercado es que el trabajo, como mercancía, vale lo socialmente invertido en él[5] y que las cosas valen lo que se paga por ellas. Un profesor. Un fontanero. Un Picasso en una subasta disparatada. Un crack del fútbol.

Mi lema sería «Prepárate para el mejor puesto de trabajo a tu alcance y, luego, si puedes, vive de tu vocación.»

Y a la sociedad pediría que se valore el trabajo por el trabajo-esfuerzo realizado (lo que nadie quiere hacer), más que por el nivel de estudios de quien lo realiza. Que trabajos y ocios vayan a un reparto (siquiera mental) rotatorio, igualitario y compartido.

Y que la vida reparta suerte.


[1] El profesor, El alumno y La tutoría

[2] Inclinación a un estado, profesión o carrera.

[3] Había mucha gente joven nini: juventud ya madurita que ni quería estudiar ni quería trabajar.

[4] Absurdos como ama de casa o trabajadora sexual desaparecerían del escenario. También artista o poeta serían salidas profesionales puestas en duda. Estas preferencias –en casa se sabe– amenazan todo realismo y todo ejercicio de cordura.

[5] La sociedad no tarda igual en producir un ingeniero que un albañil.


el último de la clase.

Profesor Lebrato con Manolo Vilima en BN

Que me perdonen las señoritas en edad de crecer o de estudiar. El último de la fila o El último de la clase ha sido siempre él, género macho macho, o Machu Picchu, sin coeducación ni inclusión de sexos posible.

Se es el último de la fila o el último de la clase cuando, varón varón, eres el más bajito o el peor clasificado. O cuando, al inicio de curso y al llegar al aula, y antes de que te pasaran lista y te sentaran por orden alfabético (a mí me tocaba siempre un León que ponía espanto al poca cosa Lebrato que yo era), en ese momento, digo, de marcar distancias frente al profesor y a la tarima (a donde solo se acercaba la despreciable y pelota escala de alumnos de salivilla, esa que quería ser primera en tomar apuntes, en levantar el dedo cuando algo sabía o en promocionarse saliendo a la pizarra) sentías el orgullo crack de creerte el último borrón de la enseñanza franquista.

La diferencia entre el último de la fila y el último de la clase es más bien sutil, aunque Google lo tiene claro: 437.000 a 4.390.000, diez veces más gugles a favor de el último de la clase.

El último de la fila podía ser el escaqueador, ese que no quería –por un día que venía a clase– ni que lo vieran o, peor, el señalado por algún defecto físico: ser un watusi o gigante que tapaba las vistas a los demás pupitres.

El último de la clase, en cambio, era un voluntariado anti sistema, una Liga de los Sin Bata (El Perich), una especie de ultrasures que añadían a la bancada del fondo una mística traída de las salas de cine, donde atrás se fumaba y se ligaba mucho más, y era el sitio de los rebeldes sin causa y de los cinema paradiso. Si además seguías la lección y hasta sacabas nota, era como una justicia poética de los últimos serán los primeros del Sermón de la Montaña.

El 23 de julio de 2019, @manolovilima, Manolo Velardo, publicó una foto a dos con Daniel Lebrato de pareja en la pasada Feria de Abril (pasada y última, de momento, pues de la Feria 2020 no tenemos noticia). A pie de foto decía:

–Con mi amigo el profesor Lebrato.

Y yo contesté:

–Con mi amigo Manolo Velardo.

La amistad puede ser un photoshop, si la foto es guapa, y aquel hombre, que en Zafarrancho Vilima hacía el papel de brutamonte frente a zafarranches más sutiles; aquel que casi presumía de, a fuerza de coscorrones, haberse hecho a sí mismo (self made man, antes que selfi); aquel que aprendió los números romanos por el XXIII de la barriada Juan 23; aquel que había sido portero de discoteca antes que fraile, y que no tenía reparo en contarte las veces que había bordeado el lado oscuro; aquel a quien nunca di clases me honraba con su amistad.

Manolo Velardo, ¡presente!, era, sin duda, el último de la fila, el último de la clase.

Profesor Lebrato con Manolo Vilima