tres lecciones de Francia.

Han vuelto los chalecos amarillos. En modo oficial Francia prohíbe el uso del francés inclusivo. Y la tercera tiene que ver con el pasado colonial de la Republique y es El insulto, película del 2017, ahora en Netflix o Movistar. [1]

La solución oficial al lenguaje inclusivo (antes, colenguaje o lenguaje de géneros) es normal donde manda el absolutismo. Al cabo de quince años, se imponen las soluciones académicas. En el intermedio, las fuerzas alternativas, esas que han dado letras al acordeón LGTBIQ, se han ido integrando a la sombra del masculino y femenino. Si algo dejan las nuevas sexualidades, es orgullo y prejuicio. Orgullo gay y lo que venga hasta la ignominia de los vientres de alquiler. Y prejuicio que es juicio previo: qué buena la democracia de la igualdad de lo desigual con renuncia a cambios en roles: simplemente, los roles intercambian sus tópicos y sus representaciones, de modas y apariencia, sin que ningún rol haya sido cuestionado.

Le Mouvement des gilets jaunes, eso que nadie sabe qué es, salvo chalecos amarillos, certifica al cabo de dos años la desconfiguración de la sociedad de clases sociales y la vuelta a la sociedad estamental. Se trata de que nadie hable de izquierdas y derechas, vieja dialéctica que podría contener trazas de marxismo y lucha de clases.

Por último, El insulto plantea el amplio debate de para qué sirven los géneros ficticios narrativos frente a la historia o al documental. El insulto es película para público europeo, con Francia y Bélgica y Canal+, a la producción. Es una especie de cuéntame cómo pasó a la francesa: la Francia colonial, en Líbano por vergonzoso lugar. [2]

Y no es que [eLTeNDeDeRo] justifique los viejos imperios de España, Francia o Inglaterra: es que, de todos los siglos, el siglo 21 es el más culpable, por cuanto el 19 y el 20, hasta donde pudo, marcaron un antes y un después de la humanidad que gran parte de la inteligencia no quiere ver. Es el auténtico negacionismo. Negarnos que estamos al otro lado de la sociedad sin clases y sin Estado, de la sociedad sin Dios y sin patriarcado, de la sociedad que alzaba la Internacional frente a fronteras y naciones artificiales como Mauritania, Israel o el Líbano. Al final, va a resultar que el partido se juega entre un albañil y un mecánico. Al mismo nivel que yo, el árbitro espectador, o sea.


[1] L’insulte, Ziad Doueiri, Líbano, 2017, en coproducción Francia Bélgica y Canal+. Toni, cristiano libanés, riega las plantas de su balcón. Un poco de agua se derrama accidentalmente en la cabeza de Yasser, palestino y capataz de una obra. Comienza un proceso de dimensión nacional entre palestinos y cristianos libaneses. (Filmaffinity) Nominada a Mejor película de habla no inglesa (Oscar 2017). Festival de Venecia: Mejor actor (Kamel El Basha). Premio del público Seminci de Valladolid. David di Donatello: Nominada a Mejor film extranjero.

[2] Reparto de colonias entre potencias aliadas alrededor de la Primera Guerra Mundial. Marruecos español: 1912/27-1956. La República Libanesa, al sur con Israel y al norte y este con Siria, tiene un IDH de los más altos de la región, séptimo del mundo árabe. Fue parte del Imperio otomano hasta 1918, cuando pasó a Mandato francés y a su independencia en 1943. Líbano era la Suiza de Oriente Próximo hasta la Guerra Civil, 1975-1990, que destruyó el equilibrio político. Desde 1973 es miembro de la Organización Internacional de la Francofonía.

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