the industrial revolution (1)

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tractor John Deere (foto foro de tractores antiguos)

Antonio Delgado Cabeza

THE INDUSTRIAL REVOLUTION (I)

Una pequeña foto en blanco y negro sintetiza perfectamente lo que hoy te quiero contar. Debe ser de julio o agosto del 56 o 57. Con tres o cuatro años estoy desnudo rodeado de la familia de mi madrina, todos sentados en círculo en sillas de enea en el porche, pelando patatas. En el centro junto a mí, la madre cocina con leña en el suelo una enorme sartenada de papas sostenida por una trébede de hierro.

Recuerdo esos veranos en San Pablo de Buceite como los más felices de mi vida. Mis padrinos no tenían hijos y para mis padres mi ausencia era una boca menos, todo el mundo contento. Me llevaban a la finca familiar, un naranjal precioso a orillas del río Guadiaro. La casa de campo sin luz ni agua corriente, tenía una planta baja con cocina y salón diáfanos y una habitación despensa con sacos de granos y grandes tinajas de cerámica con tapaderas de madera que conservaban aceite, sal, harina y los panes que amasábamos y cocíamos una vez al mes en el horno árabe que había junto al porche y el pozo. Siempre en penumbra, con un olor característico, con los restos de la matanza colgados del techo. Chorizos, morcillas, salchichones, morcones. En la primera planta, los dormitorios.

Junto a la casa, había otra con la cuadra para los mulos y la pocilga para los cerdos. Arriba, un pajar y una habitación en la que vivían los caseros, el matrimonio que ayudaba todo el año en las faenas agrícolas y domésticas y su hijo Ildefonso, mi amigo. Con siete y ocho años, con él ejerciendo de porquero oficial y yo de ayudante, sacábamos al campo de madrugada la piara de setenta y tantos cochinos, antes de que pasara la pareja de la guardia civil. Cuando alrededor de las ocho pasaban los civiles inspeccionando, los marranos estaban ya comidos y recogidos, saltándonos así la prohibición expresa de sacarlos del redil a causa de la peste porcina africana. Claro, el ahorro en pienso era importante. Para ser tan pequeñitos, teníamos ya un cierto sentido de la responsabilidad… y de la clandestinidad.

Aunque desde la perspectiva de hoy te parezca mentira, a Ildefonso y a mí no nos despertaba nadie. Nos levantábamos al alba con el canto de los gallos, antes de amanecer del todo. Hacíamos nuestras necesidades y nos aseábamos en un pequeño arroyo, cumplíamos con nuestra única obligación diaria y teníamos el resto del día para jugar y holgar. Holgar, dulce holgar. Con el barro que se formaba junto al pozo, modelábamos figuritas que metíamos en el horno que irremediablemente se resquebrajaban y partían. No importaba, hacíamos más.

Uno de nuestros pasatiempos favorito era fabricar barcos de corcho con la navaja, ponerles un palo de mástil, una vela triangular de trapo y hacer apasionantes carreras en las acequias de riego. Otras veces, cortábamos las cañas más largas del cañaveral y construíamos auténticos coches de competición. La parte gruesa de la caña, descansaba sobre nuestro hombro y justo delante le ajustábamos una corcha circular que ejercía de volante. En la otra parte, atravesábamos la caña con otra más fina que llevaba dos ruedas también de corcho en los extremos. Qué invento, cuántas horas felices echando carreras por el carril de tierra que bajaba hasta el río por detrás de la casa.

Otro momento diario mágico era la recogida de huevos. Con un canasto de mimbre cada uno y aunque había un gallinero en la parte exterior derecha de la casa, como las gallinas estaban sueltas, lo más emocionante era buscar y descubrir los ponederos y volver con el cesto lleno. Después, el baño. En el centro del río emergía un tronco anclado en el fondo. Tirándonos para alcanzar el tronco, aprendimos a nadar. Con el impulso del salto desde la orilla llegábamos al palo, pero había que volver nadando y sorteando la corriente. Hoy, resulta sencillamente increíble. Dos mocosos solos en el río, disfrutando del sol, del agua y la libertad.

La comida cocinada por la madre de mi madrina era servida en dos mesas. En una comían los padres, los hermanos, los sobrinos y mis padrinos. En la otra, los padres de Ildefonso y seis o siete jornaleros que había cada estío para las faenas propias de esa estación. A mí me encantaba comer con ellos, no solo porque estuviera mi amigo sino porque no había platos individuales como en la mesa de los patrones. De un enorme perol central comíamos todos en un ambiente genial dicharachero, de igualdad y camaradería en el que los adultos comentaban la rutina de sus tareas, contaban historias intrigantes y nos ayudaban a los pequeños a alcanzar los alimentos.

Cenábamos con las últimas luces de la tarde. Encendían los quinqués y los niños caíamos rendidos en la cama. Algunas noches de luna llena, nos escapábamos a los cortijos vecinos. Sabíamos dónde tenían protegidos en fresqueras los melones y sandías en su punto. Eran hoyos en el suelo disimulados con matorrales. Qué emocionante y qué placer disfrutar de lo prohibido a la luz de la luna. Algún atracón de estos me produjo un cólico con diarreas, única enfermedad que padecí en aquellos meses de la canícula, de noches cortas y días infinitos.

Un verano, con diez u once años, llegué y no estaban ni Ildefonso, ni sus padres, ni los temporeros, ni los mulos ni los cerdos. Había un extraño vehículo verde con cuatro ruedas, las dos traseras gigantescas y me presentaron a Miguel el tractorista, que se encargaría de hacer las labores de todos. Los padres de Ildefonso se habían ido a la costa, a San Pedro de Alcántara a buscarse la vida en la construcción o en la hostelería, como los demás trabajadores del campo.

Ni que decir tiene que nunca volví a aquella querida huerta de riquísimas naranjas, a pesar de que ya tenía agua corriente y luz eléctrica.

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Antonio Delgado Cabeza, 17/02/2017.

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