Ser de Ucrania.

Una historia de Ucrania que es también una historia de Rusia (20 minutos bien empleados).

La conquista de Ucrania y la historia del imperialismo ruso, Zbigniew Kowalewski, Rebelion.Org, 18/05/2022

En 1937, durante una recepción organizada en ocasión del 20 aniversario de la revolución de octubre, José Stalin hizo un brindis muy especial. Stalin explicó que los zares habían hecho una buena cosa: reunido un inmenso Estado y nosotros, los bolcheviques, lo hemos consolidado y fortalecido. Cualquiera que busque separar una parte o una nacionalidad es un enemigo jurado del Estado y de los pueblos de la URSS. Y nosotros destruiremos semejante enemigo, incluso si se trata de un viejo bolchevique. Destruiremos sin piedad a cualquiera que amenace la unidad del estado socialista.

Al imperialismo ruso siempre lo han guiado las ideas de reunión de todas las tierras rusas y construcción de una Rusia, una e indivisible. Siempre ha sido tan específico como la misma formación social de Rusia ha sido peculiar durante sus fases sucesivas de desarrollo, comenzando por el Zarado de Rusia (1547-1721). Cuando Lenin teorizó el imperialismo capitalista moderno, subrayaba que en Rusia el capitalismo era más débil, pero en cambio era más fuerte el imperialismo militar feudal.

Calificarlo de feudal es, sin embargo, una simplificación excesiva. Probablemente a partir de mediados del siglo 16, es decir, desde la época de Iván el Terrible, la formación rusa era esencialmente una combinación de dos modos de explotación precapitalistas diferentes. El primero, feudal, consistía en que los propietarios terratenientes extraían trabajo excedente a los campesinos en forma de renta. El otro, tributario, seguía el modelo del Imperio Otomano, por entonces el más poderoso, y consistía en la extracción del impuesto a los campesinos por la burocracia estatal. En el feudal, los campesinos eran siervos de los diversos terratenientes; en el tributario eran siervos del Estado.

En la Unión Soviética regía el dogma estalinista del desarrollo unilineal de la humanidad, con solo cinco etapas. El modo de explotación tributario no tenía cabida, especialmente porque podía ser asociado (superficialmente, pero no sin razón) al dominio de la burocracia estalinista. Algunos historiadores soviéticos, sin transgredir formalmente ese patrón, hábilmente esquivaron la prohibición denominándolo feudalismo estatal o feudalismo oriental, diferente del feudalismo privado o occidental. Desde mediados del siglo 17 y casi hasta la abolición de la servidumbre en 1861, la tercera forma de explotación, y la más terrible para el campesinado, fue la esclavitud, incluida la trata de personas, hacia la que degeneró la servidumbre rusa.

Un trabajo excedente mínimo

Ninguno de esos modos de explotación representaba un modo de producción, porque no subsumían formalmente o realmente las fuerzas productivas y, por tanto, no garantizaban su desarrollo sustentable y sistémico. Sin embargo, en base a esos modos de explotación, se formó el Estado ruso. Como observó Ruslan Skrinnikov algunas de sus prácticas contenían, embrionariamente, todo el desarrollo subsiguiente de la monarquía absoluta; y no solo, sino de todos los regímenes despóticos rusos.

Otro historiador contemporáneo, Leonid Milov, desarrolla tesis muy importante sobre las peculiaridades del desarrollo histórico de la sociedad rusa. A partir del estudio de las condiciones naturales y climáticas de la producción, elaboró una concepción clave de la historia de Rusia como sociedad con un trabajo excedente total mínimo. Las razones son: en comparación con otras sociedades agrícolas, una temporada de trabajos agrícolas muy corta en Rusia central, que, a causa del clima, iba apenas desde el inicio de mayo hasta el comienzo de octubre (en Europa Occidental: diciembre y enero), y segundo, el predominio de suelos pobres en humus. Eso tuvo como consecuencias, hasta la mecanización de este tipo de trabajo, baja fertilidad y, por lo tanto, bajo volumen de trabajo excedente total de la sociedad, lo que creó en estas regiones las condiciones para la existencia, durante siglos, de una sociedad agrícola relativamente primitiva. Por lo tanto, para obtener un resultado mínimo, era necesario concentrar tanto trabajo como fuera posible en un período de tiempo relativamente corto. La explotación campesina individual no podía alcanzar el grado indispensable de concentración de los esfuerzos laborales durante las temporadas de trabajo agrícola objetivamente existentes, por lo que su fragilidad fue compensada durante casi toda la historia milenaria del Estado ruso por el muy gran papel de la comunidad campesina.

Unidad de los contrarios

El trabajo excedente de los campesinos solo podía ser extraído en gran parte sino totalmente a costa del trabajo necesario para su propia reproducción, es decir, por métodos de explotación absoluta (en vez de explotación relativa, basada en el aumento de la productividad del trabajo). Eso no se lograba sin imponer el más severo régimen de servidumbre posible, especialmente porque, dadas las condiciones generales de producción, era necesaria una fuerte organización comunitaria de trabajo. La necesidad de optimizar el tamaño del trabajo excedente total (de aumentarlo según los intereses de los aparatos de Estado y de la clase dominante) era apremiante, pero en el camino hacia esa optimización, vale decir, de la necesidad objetiva de intensificar la explotación de los campesinos, estaba esa misma comunidad, bastión de cohesión social y medio de resistencia campesina.

De allí nació una especie de unidad de los contrarios: lo que contrabalanceaba la existencia inevitable de la comunidad era el contrapeso en forma de la variante más brutal y severa de dependencia personal de cada miembro de ese organismo. La imposibilidad de superar esa contradicción sin un desarrollo considerable de las fuerzas productivas, que las relaciones de explotación precapitalistas no permitían, significaba que el papel del Estado consistiera en crear una clase dominante monolítica y poderosa, capaz de extirpar o neutralizar el mecanismo de defensa de la comunidad agrícola en el proceso de explotación cotidiana del campesinado.

Resumiendo, según Milov: la inevitabilidad de la existencia de la comunidad, condicionada por sus funciones productivas y sociales, terminó por dar vida a los más severos y brutales mecanismos para extraer el máximo posible de trabajo excedente. De ahí el surgimiento del régimen de servidumbre que fue capaz de neutralizar la comunidad como base de resistencia campesina. A su vez, este régimen de servidumbre solo se hizo posible debido al desarrollo de las formas más despóticas de poder estatal (el régimen autocrático ruso).

Donde empieza la periferia

Sin embargo, la naturaleza extremadamente extensiva de la producción agrícola y la imposibilidad objetiva de intensificarla hicieron que el principal territorio histórico del Estado ruso no pudiera soportar el aumento de la densidad poblacional. De ahí la necesidad constante, durante siglos, de que la población migrase hacia nuevos territorios en busca de tierras cultivables más fértiles, condiciones climáticas más favorables para la agricultura, etc. Además, los procesos migratorios marcharon a la par con el fortalecimiento del Estado absolutista, listo para controlar y defender grandes áreas del país y con la constitución de enormes fuerzas armadas, pese a que el tamaño extremadamente pequeño del trabajo excedente total creara condiciones objetivas muy desfavorables para la formación de la superestructura por encima de los elementos de la base.

Esta centenaria expansión colonial, militar y estatal en dirección al sur, sudeste y este englobó gradualmente vastas áreas, territorios periféricos, siempre en expansión, habitados por pueblos dichos alógenos, y países vecinos cada vez más distantes, víctimas todos ellos de las conquistas militares. Esa expansión fue acompañada durante varias centenas de años de lucha del Zarado de Rusia y después del Imperio Ruso (1721-1917) por el acceso a puertos libres de hielo en los mares al oeste y al este. De allí las preguntas legítimas a las que es muy difícil responder correctamente: ¿Cuándo comenzó la colonización rusa con la ocupación de Kazán, ciudad étnicamente extranjera, o la de Novgorod, étnicamente próxima? La República de Novgorod cayó bajo el avance de los ejércitos de Moscú en 1478 y el Canato de Kazán en 1552. ¿Dónde se sitúan las fronteras de la metrópoli rusa, donde comienzan las colonias rusas, y cómo distinguirlas? Las fronteras de Rusia se expandieron tanto antes del ascenso del zarismo como durante la era zarista con tal rapidez que la misma distinción entre externo e interno era fluida e indeterminada.

Conquistas militar coloniales

La formación histórica de Rusia fue moldeada en el proceso de conquistas militares coloniales del campo y del campesinado ruso y guerras campesinas, de hecho, anticoloniales, provocadas por ellas, colonizaciones internas y externas, conquistas, saqueos y opresiones coloniales a otros pueblos. Como bien plantea Alexander Etkind, tanto en sus fronteras distantes como en sus sombrías profundidades, el Imperio Ruso era un inmenso sistema colonial. Contrariando a la mitología rusa, la conquista de un país tan grande como Siberia no extendió la frontera moscovita hasta la frontera con China sino transformó a Siberia en una colonia típica. Sin embargo, pasó a ser común concebir a Siberia como parte inseparable de Rusia, así como más tarde Polonia, Lituania, Finlandia, Cáucaso, Bujará, Tuvá entre otros.

Algunos historiadores rusos, aportando así su contribución teórica a la construcción de la idea rusa dominante y, como es hoy evidente, intemporal, llamaron hábilmente a ese fenómeno la auto colonización de Rusia: las sucesivas tierras de las que se apoderó no pasaban a ser sus colonias, sino que ella se colonizaba a sí misma, porque no tenía límites (y esta sigue siendo su ideología dominante, de manera explícita u oculta). Después de haber tomado la Ucrania de la margen izquierda del Dniéper en el siglo 17, la participación de Rusia en la partición de la República de las Dos Naciones (Polonia Lituania) en las últimas décadas del siglo 18 le permitió apoderarse de la mayor parte de la margen derecha de Ucrania, reuniendo así, bajo su dominación, un 80% del total de las tierras ucranianas. Eso se reveló como un logro estratégico fundamental, porque le permitió a Rusia extenderse ampliamente a Europa y determinó el alcance y carácter eurasiático del Imperio Ruso.

Aunque la nobleza rusa era un orden dominante, la tierra nunca pasó a ser enteramente propiedad privada de los nobles. Eso hubiera sido contrario a los intereses primordiales del Estado imperial, en cuya construcción ninguna clase social jugó un papel tan importante como él mismo, sus aparatos y su burocracia. No fue solo la construcción de un fenomenal ejército a costa de 25 años de servicio militar campesino e inmensas infraestructuras militares y civiles financiadas con el trabajo forzado de centenares de millares de otros campesinos, pertenecientes tanto al Estado como a los terratenientes, sino también brigadas enteras de maestros artesanos enviados a trabajos de hecho forzados en diversas partes del país. Además, como dice Milov, la máquina estatal fue constreñida a hacer avanzar la división social del trabajo y, sobre todo, la separación entre industria y agricultura, contra los modos de explotación dominantes que obstaculizaban esa división.

Servidumbre industrial

En consecuencia, la participación del Estado en la creación de la industria en el país contribuyó al salto gigantesco en el desarrollo de las fuerzas productivas, aunque la adopción de las tecnologías occidentales por la sociedad arcaica en el siglo 17 y 18 haya tenido un efecto social monstruoso: surgió una masa de trabajadores atados para siempre a las fábricas (los sometidos a perpetuidad), lo que estimuló el deslizamiento de la sociedad hacia la esclavitud. El enorme complejo militar industrial ruso, cuyo núcleo era la metalurgia de los Urales, no se estableció en base al desarrollo de relaciones capitalistas, sino en el marco de relaciones feudales y tributarias.

Es verdad que el capital floreció, pero era precapitalista y trababa el desarrollo del capitalismo. En vez de desarrollarse en profundidad, transformando la producción, el capital mercantil lo hacía en extensión, acrecentando el radio de sus operaciones y se desplazaba del centro a la periferia, acompañando la dispersión de los campesinos que buscando nuevas tierras y exenciones fiscales, penetraban en nuevos territorios. Basados en la coerción extraeconómica, los modos de explotación precapitalistas dominaron el modo de producción capitalista no solo en la agricultura, sino también en la industria, mucho después de la Reforma de 1861.

Cuando la socialdemocracia rusa se constituyó en partido, el trabajo de aproximadamente el 30% de los trabajadores fabriles era aún trabajo servil, no trabajo asalariado, lo que esta socialdemocracia, incluida Iskra, al asociar industria (es decir, las fuerzas productivas, no las relaciones de producción) con capitalismo, no vio. Incluso al inicio del siglo 20, más de la mitad de las empresas del núcleo industrial principal (la siderurgia) no eran capitalistas en el sentido estricto del término, afirma Mikhail Voeikov. Los métodos precapitalistas de extracción del trabajo excedente del trabajo de los productores directos que aún prevalecían, no permitían al capital nacional realizar la acumulación necesaria, razón por la cual el capital extranjero era tan fuerte. Donde el capital industrial ya dominaba en la economía rusa, fue prácticamente de inmediato gran capital y hubo rápidamente procesos de monopolización.

Multiplicidad de revoluciones

En Rusia, pues, el imperialismo capitalista de tipo moderno está en vías de nacer, pero está enredado, escribía Lenin poco antes de la revolución de 1917, en una espesa maraña de relaciones precapitalistas tan densa que lo que en general predomina en Rusia es el imperialismo militar y feudal. El fundamento de ese imperialismo es, precisaba Lenin, el monopolio del poderío militar, los inmensos territorios o las facilidades especiales para saquear a las minorías nacionales, a China, etc., es decir, los pueblos no rusos dentro de la Rusia misma y los pueblos de los países vecinos. Al mismo tiempo, escribía también Lenin, estos monopolios en parte completan y en parte sustituyen el monopolio del capital financiero más moderno. Prácticamente todos los exégetas de los escritos de Lenin sobre el imperialismo no mencionan esa proposición teórica que es crucial para el estudio de la formación rusa.

El colapso de la maraña rusa del imperialismo militar y feudal con el imperialismo capitalista no fue obra de una única revolución, sino de varias revoluciones convergentes y divergentes que formaban alianzas o chocaban violentamente. La Revolución Rusa era una de ellas. En el centro del imperio, era obrera y campesina, pero en la periferia colonial se basaba en minorías urbanas y colonias de asentamiento rusas y rusificadas. Tenía un carácter colonialista, tal como el poder ruso de los consejos que estableció, como demostró el bolchevique Georgi Safarov en su obra otrora clásica en la URSS sobre la revolución colonial en Turquestán. Pertenecer al proletariado industrial de la colonia zarista era un privilegio nacional de los rusos. Es por eso que, también aquí, la dictadura del proletariado asumió desde los primeros momentos una apariencia típicamente colonizadora.

Pero entre los pueblos oprimidos la Revolución Rusa también desencadenó revoluciones nacionales. La más extensa territorialmente, la más violenta, la más dinámica y la más imprevisible de ellas fue la revolución ucraniana. Su explosión, y más todavía la dinámica que tomó, fueron inesperadas. Una nación campesina sin sus terratenientes y sin sus capitalistas, con una delgada capa de proletariado, pequeñoburguesía e intelectualidad y una lengua prohibida, no parecía capaz de o destinada a realizarla. Desde que el ejército ruso aniquiló Sich de Zaporiyia, la fortaleza de los cosacos libres, en 1775, el pueblo ucraniano reivindicó por vez primera su independencia. Asustada por la revolución proletaria que llevó a los bolcheviques al poder en Petrogrado y Moscú, la Rada Central de los partidos pequeñoburgueses ucranianos proclamó en Kiev la independencia e inmediatamente se involucró en una guerra con ellos.

Revolución nacional ucraniana

Una parte de los bolcheviques ucranianos (aunque el porcentaje de ucranianos en el Partido Comunista (bolchevique) de Rusia en Ucrania fuera insignificante) también quería una Ucrania revolucionaria, soviética como en Rusia, pero independiente. Sin embargo, en la izquierda radical, el que aspiraba más decididamente a la independencia nacional era el Partido Comunista Ucraniano (borotbista), distinto del bolchevique y formado por el ala izquierda del Partido Socialista Revolucionario Ucraniano, así como por un sector del ala izquierda de la socialdemocracia también ucraniana. Aliado a los bolcheviques, ese partido tenía una base social incomparablemente mayor que la de ellos, ante todo extensa entre las capas proletarizadas y pobres del campo, mientras que el radio de acción de los bolcheviques no trascendía el marco de las ciudades rusas, rusificadas y judías.

La alianza de los borotbistas con los bolcheviques fue extremadamente difícil. El jefe del gobierno bolchevique establecido después de la segunda ocupación de Kiev por el Ejército Rojo en 1919, Christian Rakovski, originario de Bulgaria, proclamaba que declarar la lengua ucraniana como lengua de Estado sería una medida reaccionaria que nadie necesita, porque en general la cuestión ucraniana y Ucrania no son tanto un hecho real como una invención de la intelectualidad ucraniana. No era el único entre los marxistas: Rosa Luxemburgo afirmaba que el nacionalismo ucraniano era un ridículo capricho, nada más que una extravagancia, una imbecilidad de un par de docenas de intelectuales pequeñoburgueses. Al estimar que Ucrania es para Rusia lo mismo que Irlanda es para Inglaterra, que se trataba de una colonia y que su pueblo oprimido debería obtener la independencia nacional, Lenin era en cambio una excepción, pero dijo eso en público solamente una vez.

A la política del gobierno de Rakovski en la cuestión nacional se sumó una política ultraizquierdista en la cuestión agraria que, al contrario que el decreto bolchevique sobre la tierra, no apuntaba al parcelamiento de las grandes propiedades de la tierra en beneficio de los campesinos, sino a la transformación de esas grandes propiedades en explotaciones colectivas. Las requisas estatales de granos y el comunismo de guerra en general agregaron leña a la hoguera. Todo eso resultó en 1919 en una fuerte ola expansiva de revueltas campesinas antibolcheviques (fueron unas 660 grandes y pequeñas). Una gran paradoja era que muchos caudillos insurgentes se declaraban bolcheviques, pero no comunistas y reclamaban el poder de los soviets, pero libremente elegidos y sin dictadura de un partido. Estas rebeliones impidieron que el Ejército Rojo socorriera a la República Húngara de los Consejos, lo que para ella era la última esperanza de supervivencia. Además, abrieron camino a la ofensiva de las tropas de la Guardia Blanca del general Antón Denikin en dirección a Moscú. Es verdad que el mismo Rakovski rápidamente sacó serias conclusiones de las desastrosas políticas de su gobierno, pero lo hizo solo después de su colapso.

Comunistas independentistas

En gran parte de la Ucrania del Dniéper y el sudeste del país, la lucha contra la ocupación del país por la Guardia Blanca rusa descansaba en los hombros de movimientos guerrilleros e insurgentes, liderados ante todo por los comunistas borotbistas, que eran el partido más fuerte en la clandestinidad, y por los anarcocomunistas seguidores de Néstor Majnó. Tras la derrota de Denikin, el Ejército Rojo por tercera vez consecutiva garantizó en Ucrania el poder a los bolcheviques. Solo entonces, en febrero de 1920, ellos decidieron abandonar su abordaje doctrinario de la cuestión agraria y distribuir la tierra a los campesinos. Aunque los borotbistas eran mayoritarios entre los comunistas ucranianos, los bolcheviques, más fuertes con su ejército, los aceptaron apenas como socios muy minoritarios de la coalición gobernante y además les ataron fuertemente las manos para limitar al máximo su independencia política.

Lenin temía mucho que, una vez terminada la guerra civil y la intervención extranjera, hubiera una rebelión armada de los borotbistas contra los bolcheviques si estos se opusieran a la independencia de la Ucrania soviética. Exigió a sus camaradas la mayor cautela posible en relación a las tradiciones nacionales, el más estricto respeto por la igualdad lingüística y cultura ucraniana, la obligación de todos los funcionarios públicos de aprender la lengua ucraniana. Sabía muy bien que, como decía, ráspese a cierto comunista y se encontrará chovinista gran ruso. Él está asentado en muchos de nosotros, y hay que combatirlo.

Declaró públicamente: Es evidente y por todos reconocido que solo los propios obreros y campesinos de Ucrania pueden decidir y decidirán en su Congreso de Soviets de Ucrania, si Ucrania fusionará con Rusia en una única República Soviética, o si Ucrania será una república separada e independiente, unida por una unión (federación) con Rusia, y en este último caso, qué vínculos federativos habrán de establecerse entre esta república y Rusia. No es por esta cuestión, dijo, que los comunistas se dividirían. No aceptaba una confederación. Reconociendo que Ucrania era históricamente una nación oprimida por Rusia, explicó: Nosotros, los comunistas gran rusos, debemos hacer concesiones cuando existen diferencias con los comunistas bolcheviques y borotbistas ucranianos, sobre todo cuando esas diferencias se refieren a la independencia nacional de Ucrania, a las formas de su alianza con Rusia y, en general, al problema nacional.

Esta victoria vale un par de buenas batallas

Pero es exactamente lo contrario lo que ocurrió, los segundos debieron ceder el paso a los primeros en este terreno y esto bajo amenaza de liquidación. A puertas cerradas, Lenin postuló una Ucrania independiente por el momento, en estrecha federación con Rusia, y un bloque temporal con los borotbistas, así como una propaganda simultánea en favor de la fusión completa de Ucrania y Rusia en un Estado unitario. Al mismo tiempo planteó dentro de la dirección de su partido que la lucha de los borotbistas contra la consigna de una unión tan estrecha como sea posible con Rusia, es decir, la lucha por la independencia nacional, era contraria a los intereses del proletariado, de modo que había que aplicar sistemática e inflexiblemente una política tendente a liquidar a los borotbistas en un futuro no lejano. Insisto enérgicamente, escribía, en que se acuse a los borotbistas no de nacionalistas, sino de contrarrevolucionarios y pequeñoburgueses.

Exactamente en el mismo período la fracción federalista, de hecho, independentista, de los bolcheviques ucranianos informaba a Lenin que su partido no tiene influencia en el campo, que es puramente ucraniano, no hace nada para atraerse a sus elementos más pobres, pero por otro lado admite en sus filas con los brazos abiertos a elementos pequeñoburgueses rusos y, más aún, artesanos judíos más o menos rusificados. La influencia de esos elementos pequeñoburgueses en el partido es muy perniciosa. Esto se debe, explicaban, a que a través de toda la política del partido comunista en Ucrania corre como un hilo rojo una actitud extremadamente desconfiada hacia los grupos comunistas ucranianos y una orientación hacia grupos, aunque no comunistas, pero no infectados de separatismo, que no tienen ninguna fuerza real y son una especie de valores imaginarios, como los mencheviques y los socialistas revolucionarios de izquierda no ucranianos.

La liquidación de los borotbistas no ocurrió porque, ya sea movidos por el bien de la causa de la revolución internacional o simplemente percibiendo que les habían puesto una pistola en la sien, ellos mismos disolvieron su partido. En vez de la insurrección de los borotbistas, que parecía inevitable, logramos, explicó Lenin, que lo mejor de los borotbistas ingresara en nuestro partido bajo nuestro control y con nuestro consentimiento, en tanto que el resto ha desaparecido de la escena política. Esta victoria bien vale un par de buenas batallas.

A la luz de los combates ideológicos de impresionante consecuencia, sostenidos por Lenin por el derecho de los pueblos a la autodeterminación hasta la separación, y de su política en este terreno, la manera en que él concebía realmente ese derecho inherente a su pensamiento sigue siendo, sino un misterio, por lo menos algo totalmente inexplorado. Casi toda la literatura marxista o que se presenta como tal, consagrada a su interpretación de ese derecho, tiene un carácter exegético, apologético o epigonal. Hace el avestruz ante el hecho histórico de que en todos partes de las periferias coloniales de Rusia donde el poder de su partido se impuso, o más precisamente donde el Ejército Rojo lo afirmó, esa ley no fue ejecutada y no existía ninguna manera de reclamar que se aplicara sin ser acusado de contrarrevolucionario.

Contradicción en el corazón de la revolución

La revolución en Rusia no destruyó el imperialismo ruso. Con el capitalismo, derrumbó el imperialismo capitalista moderno y removió la base precapitalista (feudal y tributaria) del imperialismo militar. Pero no eliminó las condiciones para la reproducción del monopolio extraeconómico que lo constituía, el monopolio del poderío militar, los inmensos territorios o las facilidades especiales para saquear otros pueblos de las periferias internas y externas de Rusia. En la medida que la revolución alcanzó la periferia y se expandió entre los pueblos oprimidos en forma de revoluciones nacionales, obligó a que ese monopolio retrocediera. Al mismo tiempo lo reprodujo en la medida que se expandió del centro a la periferia mediante conquistas militares. Esta contradicción, que estaba en el corazón de la Revolución Rusa, le era inherente y no era posible resolverla en su propio marco. Mucho dependía ahora de qué lado de la contradicción predominaría.

Después del hundimiento del Imperio Ruso, varias naciones dominadas (Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia y Polonia) se separaron y después de la derrota desastrosa sufrida en la guerra de 1920 contra Polonia, la Rusia soviética perdió parte de Ucrania (y de Bielorrusia). Para la supervivencia del imperialismo ruso, era decisivo saber si Ucrania soviética se separaría. Mientras la Unión Soviética tomaba forma como organismo estatal en 1922 23, los bolcheviques ucranianos hablaban abiertamente del hecho de que los prejuicios de gran potencia, nutridos con la leche materna, habían devenido un instinto en muchos camaradas, porque en la práctica, ninguna lucha contra el chovinismo de gran potencia fue entablada en nuestro partido. Al frente de quienes, en el partido bolchevique, reivindicaban la independencia de Ucrania y la formación de una unión de estados soviéticos independientes, Rakovski, ahora un dirigente muy popular entre las masas ucranianas, se opuso ferozmente a Stalin. Perdió la batalla, pero la derrota fue entonces incompleta.

Las transformaciones del imperialismo ruso

La dirección central del partido bolchevique, liderada por Stalin, opuso a las aspiraciones a la independencia nacional una política de nacionalización lingüística y cultural de las repúblicas no rusas. De manera inesperada para sus promotores moscovitas, la política de ucranización se transformó en una prolongación de la revolución nacional ucraniana, que esta política reinició y notoriamente revitalizó. Duró 10 años, hasta 1932. El exterminio por el hambre (Holodomor) y el aplastamiento de la ucranización por el terror fueron ambos un acto constitutivo de la burocracia estalinista separada de la burocracia termidoriana que reinaba hasta entonces (y que después, durante el Gran Terror, sería exterminada por la burocracia estalinista) y un acto de renacimiento del imperialismo, esta vez burocrático militar.

Fue consolidado por la unificación de las tierras ucranianas (y bielorrusas) tras la división de Polonia por Hitler y Stalin y por la anexión de los Estados bálticos, realizada en 1939 y confirmada en 1944, durante la guerra victoriosa contra el imperialismo alemán. El gigantesco pillaje del potencial industrial de la zona soviética de ocupación de Alemania por la Unión Soviética, así como la dominación sobre los Estados de Europa del Este, jaqueados políticamente por la permanente amenaza de intervención militar, sellaron este renacimiento del imperialismo ruso.

La caída repentina y totalmente inesperada de la URSS en 1991 reveló la naturaleza del Estado, creado en base al Gran Terror de Stalin. Lo que Ucrania no consiguió durante el colapso del Imperio Zarista, pudo alcanzarlo durante el colapso de la Unión Soviética. Consiguió entonces separarse, como otras 14 mayores naciones no rusas. Al declarar su independencia nacional, asestó un golpe decisivo al imperialismo militar burocrático ruso.

Restaurado sobre las ruinas de la URSS, el capitalismo ruso sigue dependiente del mismo monopolio extraeconómico del cual dependían los modos de explotación del pasado y, como ellos, es desnaturalizado por esa dependencia. El Estado ruso protege la propiedad capitalista, pero al mismo tiempo la restringe porque está sujeta a su coerción, al igual que la fusión de su aparato con los grandes capitales restringe y distorsiona la competencia entre los mismos. Es así que, bajo el peso de ese monopolio extraeconómico, en Rusia han tomado formas tanto el capitalismo oligárquico de Estado como el imperialismo militar oligárquico.

El imperativo de la reconquista

Sin embargo, ese mismo monopolio ha sufrido una degradación enorme, aunque extremadamente desigual. Rusia ha mantenido su monopolio del poderío militar en la medida en que, después del colapso de la URSS, sigue siendo la mayor potencia nuclear del mundo con un enorme ejército. En cambio, su monopolio de los inmensos territorios o las facilidades especiales para saquear otros pueblos se ha deteriorado de una manera sin precedentes en la historia de Rusia. Como Zbigniew Brzezinski señaló tras el colapso de la URSS, las fronteras de Rusia retrocedieron dramáticamente: en el Cáucaso hasta su posición de principios del siglo 19, en Asia Central a la de mediados del siglo 19 y lo que resultaba mucho peor y más doloroso en el oeste alrededor de 1600, poco después del reinado de Iván el Terrible. Y lo que es peor, sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio eurasiático. Una Rusia sin Ucrania podría competir por un estatus imperial, pero se convertiría en un Estado imperial predominantemente asiático. Brzezinski tenía razón cuando escribía que si Moscú vuelve a hacerse con el control de Ucrania, con sus 52 millones de habitantes y sus importantes recursos, además del acceso al mar Negro, Rusia volverá a contar automáticamente con los suficientes recursos como para convertirse en un poderoso Estado imperial, por encima de Europa y Asia. Por eso es que el imperialismo ruso se ha lanzado a la reconquista de Ucrania, donde su propio destino está en juego.

La conquista de Ucrania y la historia del imperialismo ruso, Zbigniew Kowalewski, Rebelion.Org, 18/05/2022

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