La Belleza según Sevilla.

(apostillas a Hacia, teoría de la ciudad)

Cuando Umberto Eco con su equipo parió la Historia de la belleza, en 2004, concibió a la par su cómplice o gemelo: Historia de la fealdad, de 2007. Lo feo y lo bonito (como la oscuridad y la luz del Sur de Luis Cernuda), son bellezas iguales. Usted entrecomilla la belleza en Google, y obtiene solo en español castellano 59.2 M de resultados: inglés y chino: 273; francés: 46.6; italiano: 27.1; gugles únicamente superados por Dios en sus distintos idiomas. (Preferible no buscar democracia ni demócratas.)

La contemplación estética es comparable al teatro o al cine, y nos perdone Platón con su mito de la caverna. En el teatro o en el cine -apagada la luz, la sala a oscuras- tanto manda la obra o la película que vemos, como lo que, mientras dure el espectáculo, dejamos de ver: puede ser el tullido que nos pidió limosna a la entrada, puede el guardaca que nos pidió una moneda por el sitio para aparcar, puede la cajerita que nos vendió la entrada o puede el acomodador que nos dijo esta es su butaca, con o sin propina, jefe.

El jefe no ha de irse a las pirámides de Egipto a contemplar el triple expolio: del faraón a sus súbditos (1), de Inglaterra a Egipto (2) y del turista a nativos (3). Al jefe basta con ir al cine a ver La gran belleza (2013), de Paolo Sorrentino, o con verla en casa, ese otro patio de butacas de luces interesadas.


La belleza según Sevilla

Las ciudades, igual. Jerusalén no es al margen de una chifladura colectiva odiosa para cualquier mente en su sano juicio, justo el juicio que el pueblo bíblico se atribuye. De las dos Romas de Roma, ¿con cuál me quedo: la del circo de morituris o la del Vaticano de beatificados? He estado en el Trastévere y fui feliz, supongo, por ese relax que aprendí en Triana, mejor que en el Arenal (mi barrio), tan cerca de la grandeza de unos siglos de oro que nunca me han interesado demasiado. En Berlín noté las distintas edades de Europa, y Alexander Platz tenía que gustarme si me había gustado la caída del muro del lado donde estábamos. Me acordé de un verso de Jesús Munárriz: “Que siguen los rusos en tu patria y que nunca llegaron a la mía”, algo que Daniel Lebrato, siempre amante de los trenes, reprodujo en Plaza de Armas, después de la Expo 92: «Trenes de alta velocidad sin ventanillas abatibles donde fumar está prohibido. Pequeño amor de los andenes. Tus labios de vodka, tu patria soviética que ya no existe. Mi billete en una estación –consuélate– que tampoco es.» Que una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes, lo expresó un personaje de Lawrence Durrell. Y ese habitante soy yo por mucho que tú, mi amor, me religues y te me pongas por delante.

Nuestra mirada primermundista se filtra por tres gafas: 1. las del país de donde venimos, 2. las del turista de paso, y 3. las del viajero que podría quedarse. Como nativos, tendemos a la indulgencia y solemos perdonarles a nuestro sitios todos sus defectos. Gente hay, yo lo he oído decir, que como sus Tresmil, ninguna patria querida. Y para qué discutir si tu patria o la mía. Las miradas del turista y del viajero aprendí a distinguirlas bajo El cielo protector(1990), de Bernardo Bertolucci, con Debra Winger y John Malkovich, novela de Paul Bowles: el viajero acaso se muda; el turista, regresa siempre. La Odisea confirma a Ulises como el primer turista.

Cuando hago turismo, por España o fuera, soy crítico. No me sale del cuerpo el ¡oh! de admiración ante las pirámides. Tampoco, ante el decorado de, ellos, con chilaba y, ellas, con el velo islámico. No me creo que, como español siglo 21, no me salpica la leyenda negra de España siglo 16. No me creo la Roma de César ni la de Espartaco ni la de Astérix. Roma o Bizancio, España, Francia, Inglaterra, Estados Unidos huelen a culpables como el faraón huele a esclavo o Miguel Ángel huele a Papa. Cuestión de olfato.

Volviendo a Sevilla -donde siempre he vuelto-, qué olfato me quito que no me huela:

—a legiones extranjeras, por Itálica o calle Mármoles;

—a Inquisición, de San Jorge a Magdalena;

—a galeras, de Galera (que fue mi calle) a Torre del Oro;

—a gueto, por el Barrio;

—a pincho y jeringuilla, por las Tresmil;

—a incienso, por todas partes;

—a Psoe, por la Cartuja;

—a Izquierda Unida, cuando cojo la bici;

—a Podemos, por la Alameda;

—a pijerío, por la Alfalfa;

—a miarmas por Triana, toros, feria o el Rocío;

—a miedo a andar por la noche a solas. Y hasta de los cocheros de Sevilla tengo miedo.

Una ciudad sin más gracia que cultivarse a sí misma no puede ser más que una desgracia. Lo mejor que se ha dicho de Sevilla lo dijeron The Rolling Stones 1974: It’s only rock and roll, but I like it. Donde rocanrol, pongan Sevilla y lo verán más claro. El buen fumador es el que sabe que el tabaco mata y, aun sabiéndolo, sigue fumando. Y así me fumo Sevilla, sabiendo que todo lo que me gusta de Sevilla es inmoral, es ilegal o engorda (Carlos Lencero para Pata Negra).

Otro día les cuento cómo me imagino esta ciudad libre al fin de la triada capitalina que se la apropia a tercios iguales: nobleza, clero y milicia.

Daniel Lebrato, el de Hacia, teoría de la ciudad y el de La fiesta según Sevilla.

Fotos [eLTeNDeDeRo] y Javiero Lebrato Aramburu

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