La fiesta según Sevilla

daniel-lebrato-y-pilar-curriculares-feria-2014-foto-de-carlos-sanjuc3a1nPilar Villalobos y Daniel Lebrato

LA FIESTA SEGÚN SEVILLA
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Una cuestión de emisor y receptor

  1. Partiendo ‑cómo no‑ de eros y de tánatos, de lo apolíneo y de lo dionisíaco, la fiesta según Sevilla emite un rebujito equilibrado entre roles y clases y puntos de vista. 1º: Un equilibrio de roles masculino y femenino, con amplio espacio para lo no marcado. 2º: Una tregua social entre las clases altas, medias y bajas, desde una base feudal y caciquil hasta las últimas consecuencias del capitalismo. 3º: Una visión dominante del mundo, que es la del señorito y es quien realiza la hegemonía, (4º) por encima de los curas y de la Iglesia, con el arbitraje del ABC, que ha sido históricamente el periódico de referencia.
  2. *hegemonía es un concepto de Antonio Gramsci (1891-1937) que afecta a la ideología, sistemas de ideas, doctrinas y creencias. El poder no actúa sólo por el control del Estado, sino por la preponderancia cultural que las clases dominantes ejercen a través del sistema educativo, de las instituciones civiles y religiosas y de los medios de comunicación, para que las clases dominadas acepten su condición como algo natural. A diferencia del poder, que se manifiesta pomposamente por medio de la milicia, la justicia o la política, y de valores como patria o nación, la hegemonía se asume sin que se note.
  3. *Aparte de invitados, recién llegados, espontáneos y mirones, los grados que se manejan son de señorío y señorito. Señorío es lo señor o lo señorito con clase.
  4. *señorito, dice el Drae, es hijo de algo (autoridad, dignidad o categoría) y es también amo, con respecto a los criados, y joven acomodado y ocioso. Señorito se aplica, sin marca de edad, a varón y, con marca de estado, a mujer soltera, sea o no pareja del señorito. Con rigor, señorito es un nombre epiceno (como lince o pantera) que incluye y vale por señorito macho y señorito hembra.
  5. *Vamos a suponer que en Sevilla pijo y señorito se confunden y que su color emblema es ese rojo de cazadora o de pantalón, que viene de la Costa Este de los EEUU y que no identifica tanto al señorito de Navarra o de Cantabria.
  6. *Muchachos de al otro lado de Nervión, del Tamarguillo, llamaron a sus muchachas canijas, de donde viene cani. Los cani se afirmaron como tribu nombrando por su nombre a sus contrarios, que eran los pijos del lado de acá de Nervión. Canis, pijos y flamenquitos coinciden en la predisposición de todos ellos para la fiesta y en que rara vez usan el despertador. Sus luces son las luces de bohemia y de ilusión y lo que ninguno quiere ser es un pringao. De manifiesto anti pringao valga la sevillana de Salmarina Soy libre (1985): Soy libre, ya sé que soy libre, que yo no vendo nada, me aburre la oficina y sé volar sin alas pero puedo ofrecerte de balde una mirada.
  7. *Decimos sevillita al sevillano que, sin ser señorito, adopta formas y maneras parecidas a las de clase alta, o que siente los colores de Sevilla aunque Sevilla lo trate peor que a la bien pagá. Francisco Umbral usó sevillí para referirse al grupo hegemónico asociado a Felipe González y Alfonso Guerra cuando en 1982 el Psoe sevillano y el baile por sevillanas se pusieron de moda en Madrid entre la bodeguiya y los preparativos de la Expo 92.
  8. *Agua y aceite, otro señoritismo que hace escuela, el de los príncipes gitanos: farruquitos y flamenquitos de las Tres Mil que aportan su teoría del mundo y del vivir del arte, con su gitano look: su camisita planchada, su sombrero, su chaleco, sus anillitos o su bastón de caña. A la vera siempre, pero a su aire.
  9. *Como epíteto épico y explicativo, “Sevilla, ciudad eterna” aparece en Google 54 veces menos que “Roma, ciudad eterna”. Pero si escribimos eterna como adjetivo adyacente, “Roma eterna” sale 311 mil veces, “Sevilla eterna”, 580, y “la Sevilla eterna”, 710 mil. Si la eternidad es un grado, la eternidad de Sevilla está por encima de Roma, con la certeza de que los epítetos para Roma son motivados y para Sevilla arbitrarios: en los sesenta la especulación urbanística protagonizada por la Sevilla eterna casi deja a la ciudad sin eternidad. Hablemos, mejor, de la Sevilla del ABC, verificable en quioscos y hemerotecas.
  10. *La Sevilla del ABC está al tanto de las yemas y dulzainas de los conventos, sabe qué día del año es mejor ir a comprarlas y cuándo, de paso, se puede visitar tal cripta o tal cuerpo incorrupto. El ABC conoce una Sevilla interior que en lo social incluye eventos, inauguraciones o canapés que no llegan a la categoría de fiestas porque no lo necesitan: simplemente son la buena vida.
  11. *Según el Drae, fiesta (latín festa, plural de festum) es el día en que se celebra alguna solemnidad nacional, lo que no incluye el domingo, séptimo día de la semana, primero de la semana litúrgica. Fiesta es parónimo de fasto (latín fastus), que se dice del día en que era lícito en la antigua Roma tratar los negocios públicos y administrar justicia; día feliz o venturoso, contra nefasto. Cerca está feria, que significa mercado, fiestas, concurrencia de gente, y día de la semana, excepto sábado y domingo (segunda feria es lunes; tercera, martes).
  12. De origen árabe y gitano supongo el hábito de unir mercado y feria. Árabe, el gusto por el agua y la limpieza: la bulla en Sevilla huele a colonia. Árabe o gitano será el mester de los caballos y de las fogatas, de las acampadas y de los tenderetes, el amor a los tratos y a la palabra, y un sentido patriarcal y maternal de la familia. Gitano y contagioso será poner al señor y a su madre por encima de dios, religión de estampita que desconoce la Biblia y que al cristo del prendimiento, prendido por los civiles, lo llama Manuel.
  13. Castellano o católico imagino el dar y el convidar ‑a los pobres y a los iguales‑ y que se noten caridad y desprendimiento: no dejar que nadie pague pero también la picaresca en el gran corral de comedias de la ciudad que, desde el xvi y con pinceles y bordados del xix, no ha hecho más que representarse a sí misma, y ahí nos duele, pero no mucho: de orgullo es el manque pierda.
  14. Importa y aporta el catolicismo que deja disfrutar de esta vida y del instante, que para la otra vida siempre hay tiempo. Siguiendo la Contrarreforma, el señorito es tan católico y mariano, que se puede permitir ser malo, que no pasa nada: carpe diem. Don Juan o Miguel Mañara no podían ser de otra parte. Y el marqués de Bradomín, hijo adoptivo, con su Niña Chole.
  15. De las tres religiones del libro, sólo la cristiana es omnívora. El contraste entre un sur católico y un norte calvinista es desfavorable para el sur laboral y productivo pero se vuelve a favor en cuanto hablamos de ritos, juergas o devociones. Que la vida hay que vivirla de cachondeo lo decía con lengua poco fina el abuelo de El Pali. El pensamiento crítico, las ideas sociales y de cambio se han estrellado infinitas veces frente a esa guasa.
  16. Además de ese hedonismo oficial, otra marca de Sevilla es la identificación nacionalista de lo español con lo andaluz y de lo andaluz con lo sevillano, que se hace a su vez lo mejor de este mundo. Semana santa y feria, las de Sevilla. Y romerías, no compare, compadre, el Rocío con el camino de Santiago. Al forastero se le admite mientras rinda pleitesía. De otra forma, se le nombra por su nombre: catalanes, franchutes, madriles, saboríos.
  17. Sevilla, narcisista, se publicita sola y con ayuda de artistas y visitantes. Desde las óperas de los barberos y de las cármenes, Tirso y Zorrilla, Mozart y Merimée ‑alguno que nunca estuvo aquí‑ le han dado forma al mito. Un poquito de Ronda, otro poquito de Jerez, mucho de Cádiz, y ya es sevillano el bandolero honrado y sevillanas, las gaditanas que se hacían con bombas tirabuzones, onda expansiva y chovinista, y Sevilla y cierra España.
  18. Por consanguinidades históricas, lo señorito andaluz es parte de la nobleza y casas reales. Austrias y Borbones; Medinasidonias, Albas y Montpensieres, la dalia que cuidaba Sevilla, doña Mercedes que se hizo estatua en la Maestranza o la condesa de Villamanrique, grandes de España que vienen de Madrid al sur a correr sus juergas o a celebrar sus bodas.
  19. Universalizado el baile por sevillanas, faltaba el cuplé. Faltaban Tatuaje y Rafael de León para que la copla, desde Madrid, desde Barcelona o Valencia se escenificara entre Santa Cruz, calle Feria y Triana. Sevilla vive convencida de que Sevilla tuvo que ser. Con la copla vinieron las folclóricas y las tonadilleras, con sus machos respectivos y toreros. En tierra de poetas a raudales se puso música y letra a la ciudad de la gracia. No confundir con la Sevilla graciosa, que puede ser tan malaje.
  20. Activa y pasiva, representación y mirada, si la fiesta funciona, es porque locales, turistas y visitantes reciben unas fiestas en las que 1º: resulta fácil participar o no, 2º: porque el sentido que manda es la vista y 3º: la actitud dominante es la representación o contemplación de un mundo insólito. Esta facilidad de entrada y de salida la agradece el público como cuando asistimos a una función y, en lo oscuro del teatro, no queremos ser molestados pero, si nos apeteciera, podríamos subirnos a escena y dar espectáculo.
  21. La mirada se plasma en dos trajes: nazareno y gitana, con sus dos réplicas: mantilla y de corto. Si añadimos los trajes a lo goyesco y a la rondeña, de toreros y libreas, hay hasta seis indumentarias que pueden parecer disfraces en una ciudad como Sevilla (o Jerez) donde la gente no se disfraza por carnaval pero se viste mucho todos los días del año y donde se cultivan otras ropas, seises, carráncanos, y otros ritos indumentarios como vestir de blanco el domingo de ramos o de bonito las noches del alumbrado.
  22. En Andalucía, más que en ningún sitio, el señoritismo se basa en la tenencia de la tierra, saca sus cuartos del campo y se los gasta en la ciudad. Señorito es un modo de entender la vida que se sublima en fiesta y de la fiesta que se sublima en la buena vida. Igual que se está y se viste para ferias y Rocíos, se podría estar y vestir todos los días del año. Lo tópico es lo típico. El señorito sevillano es estético y vividor, aristocrático y calavera. Herencia de una injusticia de siglos, el pueblo ama y odia al señorito en una carambola de admiración, envidia y desprecio; todo, menos el término medio.

La fiesta y las fiestas

  1. El mundo de las fiestas tiene su propio paradigma y unas fiestas hay que compararlas con otras: el nazareno del Gran Poder o de la Macarena con los picados de Extremadura o los flagelados de Castilla; el baile por sevillanas con la jota o la sardana y otras formas regionales; y ver la corrida desde la barrera, con correr uno mismo delante de los toros.
  2. Relativamente nueva en las fiestas es la competencia (desleal) del calendario anglosajón. Papá Noel frente a Reyes Magos, halloween por difuntos, San Valentín sobre San Blas. Hay quien por reforzar su nacionalismo o su cultura se mete en guerra entre las dos venas festivas, anglosajona y latina. Las grandes citas de Sevilla no tienen competencia. Las tomas o las dejas.
  3. La fiesta, cualquier fiesta, empieza en una condena: la necesidad de trabajar, mundo que distingue días de ocio de días de negocio (no ocio). No confundir la alegría con la fiesta, ni la fiesta con las fiestas. El descanso semanal es de una rutina distinta de los días de fiesta del ciclo anual, que traen las vacaciones y los puentes, los días rojos, y todos juntos se oponen a los días de labor. Añadamos la BBC de bodas, bautizos y comuniones. Cuanto más penoso nuestro trabajo, más dependemos del descanso semanal y cuanto más alegres estamos, menos necesitamos la diversión oficial. La fobia ante la navidad tiene que ver con el desgaste de la palabra feliz (felices fiestas, feliz año, felices reyes) y la trivialización de estados que van por dentro.
  4. No confundir tampoco esfuerzo con trabajo. El esfuerzo es voluntario y el trabajo es el esfuerzo que se realiza por un motivo económico: ganar la vida cuando no hay más remedio. La alegría en el trabajo depende de la clase de trabajo y de trabajar por cuenta propia, trabajo autónomo, o ajena, trabajo asalariado. Y están el funcionariado y el movimiento asociativo. Aunque todos podríamos trabajar para el Estado o unirnos en cooperativas, es evidente que todos no podemos ser autónomos.
  5. El engaño individual en la actual crisis ‑que no es crisis sino recesión‑ consiste en creer una de dos: que o me la monto por mi cuenta y me hago máquina de fabricar dinero, en el país que inventó la picaresca, o si un particular no crea empleo o no me lo da, ya no hay trabajo, ya no hay dinero, porque además somos fatalistas, del sur. Así, nadie pide cuentas ni al modelo económico ni al Estado. Mientras la gente crea que la cuestión es Zapatero o Rajoy, la gran cuestión pasa desapercibida. Pero hay democracia y vivimos en un país libre; en China o en Venezuela, en los países del repertorio que nos van a dar una pasada, no. En un país libre se aumenta la explotación a la clase trabajadora y en democracia los tiburones aumentan sus plusvalías.
  6. La frase que habla de la explotación del hombre por el hombre tiene un reparo lingüístico a primera vista. Hombre parece sinónimo de humanidad, y no es así: la humanidad no explota a la humanidad; un hombre, en cambio, sí que explota a otro hombre. Algún día, ya sin trampas, se acabará la explotación del hombre-1 por el hombre-2 sin que por eso se acabe la actividad económica y sin que fallen libertad y democracia.
  7. En sistemas de capitalismo y beneficio, las fiestas no son exactamente la negación del trabajo, sino que el trabajo se traduce en otro tipo de negocio, en otros trabajos y en otros esfuerzos: hostelería, turismo, transportes; pero también limpiar la plata, meterse debajo de un paso, cargar el santo, darle al tambor, poner los farolillos, correr los toros.
  8. Ni tontos ni marxistas, quién ha dicho que hay que trabajar por cuenta ajena y, sobre todo, quién ha dicho que unos tienen que trabajar poniendo ladrillos y otros poniendo una tienda o cobrando sus rentas, quién dijo que yo le ensille el caballo para que usted se lo monte o la señora duquesa.
  9. Sin este paspartú de fondo ‑que alguien rechazará porque “no habíamos venido a hablar de marxismo”‑, la foto de la fiesta saldrá borrosa o movida.

Rojo sobre negro: el calendario

  1. La socialización de la alegría pasa por la reubicación de la fiesta como pausa laboral semanal y como extra que se adorna de efeméride civil o religiosa, esos días señalados en rojo en los almanaques de los de al séptimo descansó. Y quien dice al séptimo, diga al sexto o al quinto: domingo cristiano, sábado judío, viernes musulmán. En un mundo global, que cada credo tenga su día no debe ser un problema; lo malo es que un día ‘del señor’ se imponga por la fuerza a un creyente equivocado o a quien no cree.
  2. Muchas paradojas de la fiesta se acabarían de momento privatizando las religiones y corriendo las fiestas religiosas por cuenta de cada religión, sin participación del Estado. Hecho lo cual, si usted quiere su día del cordero, bastará una legislación flexible en materia laboral que le permita a usted librar para ese día como otros libran para el lunes de pascua. Lo que importa es que todos echen el mismo número de horas por semana o año y que siga siendo cierto el principio de a igual trabajo, igual salario.
  3. No hagáis caso a quien no para de hablar de cultura y tradición (de la misma raíz que traición). No pasa nada porque los ‘chinos’ rompan una costumbre y abran los domingos; lo malo es ir nosotros a comprar a esas tiendas de hombres que tapan a sus mujeres en nombre de su cultura y de su tradición.
  4. Capítulo aparte y especial son los templos y sitios de devoción. Lo que no puede ser es que Cultura restaure una iglesia gótica y que esa iglesia no pueda visitarse y disfrutarse más que cuando lo mande el cura párroco o la hermandad de turno, y encima cobrando entrada. Lo que no puede ser es que se financien ni parroquias ni mezquitas de nueva construcción.
  5. Una vez fijado el número de días laborales que tiene un año, trabajadores y trabajadoras tendrán derecho a elegir sus propios días rojos, si se apuntan al ramadán o a la semana santa. Hablamos de una generalidad cómoda y realizable: no se puede abrir parte sí y parte no de El Corte Inglés ni hay mucho que discutir del calendario escolar. Se trata de que la gente pueda ajustarse a sus creencias, preferencias o caprichos, siempre que no perjudique a nadie. El objetivo de la fiesta habíamos quedado que era: pasarlo bien.
  6. La clave del calendario cristiano está en “al tercer día resucitó”. El tercer día lo mismo es 48 horas que 72. Tampoco en la luna de parasceve se ponen de acuerdo todos los autores. Unos la señalan como la primera luna llena de la primavera (hablamos siempre del hemisferio norte o boreal) y otros como la luna del viernes judío, de antes del sabat. La palabra parasceve está en Mateo (27,62), en Marcos (15,42), Lucas (23,54) y en Juan (19,31). Su sentido es viernes: preparación del sabat o día sagrado. Pero en Mateo (27, 62 a 28,1) la parasceve que mataron a Jesús no fue viernes sino jueves: «al otro día, que era el siguiente a la parasceve, dijeron a Pilato: manda guardar el sepulcro hasta el día tercero.» Sea como sea, la Iglesia acepta que Jesús murió un viernes; que al tercer día, domingo, resucitó, y que había luna llena. Las fechas del domingo de resurrección varían entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Y de ahí, las fiestas movibles. Pero aparte de que lo escriba un cronista hábil que sabe manejar su oficio ‑la luna cuanto más llena más ilumina el crimen de la crucifixión‑, es estratégica la coincidencia entre plenilunio y madrugada (la madrugá) en ciudades sin alumbrado donde una noche podía pasar de todo bajo la anónima complicidad de capas y de antifaces.
  7. Las fiestas movibles que maneja la Iglesia (o la primera luna de la primavera) suman más de tres meses, 107 días: 40 días de cuaresma desde el miércoles de ceniza, que a su vez manda en el carnaval +7 días de la semana santa +50 días hasta pentecostés, lunes del rocío +10 días hasta el corpus. Lo que empezó en invierno y con frío apunta al verano. (Corpus cuando es la fecha puede escribirse corpus, como fiesta del carmen. No hay ambigüedad.)
  8. El Rocío en Sevilla no es una apropiación sino una identificación, que ni quita ni pone Rocío a su Almonte, y una culminación del calendario de fiestas sevillanas. Rafael de León, Pareja Obregón, El Pali o Hermanos Reyes le han puesto letra y música al camino del Aljarafe y de Sevilla.
  9. El tempus fugit es también fuga en el espacio, de adentro afuera. Estuvo muy bien la ocurrencia de un vasco y de un catalán: poner entre la semana santa, interior, y la salida al Rocío y a la playa una fiesta intermedia que convocara a toda la ciudad: la feria de abril. Ya tenemos el contraste entre lo serio y lo divertido, entre lo religioso y lo laico, entre doña Cuaresma y don Carnal, y entre lo masculino y lo femenino, gramática parda, antropología o tópico:*


Feria San Miguel♂ Todos los santos Inmaculada♂ Navidad
Carnaval♂/Cuaresma Semana Santa♂ Feria Toros♂
Rocío carretas Rocío camino♂ Rocío aldea Corpus♂
Playa♀Costa♂ Vírgenes**♀ Sierra♂ Vuelta al cole

*Las comparaciones son odiosas porque son inevitables. Los tópicos, también: inevitables y odiosos. **Las vírgenes del verano son las del Carmen en mitad de julio, las del 15 de agosto y 8 de septiembre.

  1. La semana santa es masculina en tanto los varones habían renunciado a la religión de a diario. Vestirse de nazareno es masculino pero la mantilla es femenina y anticipa la resurrección, que será el traje de gitana. El espacio abierto de toros, caballos y desfiles (llevando el estandarte rociero) es más bien dominio masculino y los espacios cerrados (iglesia, caseta o casa en la aldea) serían ‑siguiendo el tópico‑ marcadamente femeninos, curas incluidos.
  2. En todas las fiestas de Sevilla tienen su sitio, discutible, los dos sexos y todas las edades. No hay ninguna fiesta, como el Alarde vasco, excluyente de mujeres, aunque en dos ocasiones presume el macho: de costalero debajo de un paso y en la Raya Real desatascando una carreta. Como ocurre en otras partes, al varón le cuesta expresar su sentimentalidad y es alérgico a rezar, a llorar o a cantar en público, salvo cuando va de artista, solo o en coro.
  3. El masculino varón de la baja Andalucía, muy influenciado por las madres, es de lágrima fácil y se deja ver muchas veces con los ojos a punto. Aunque oficialmente todo se hace sin mariconería, los modales varoniles están muy matizados y abundan el abrazo, el beso y el toqueteo entre varones.
  4. Sobre la división de sexos, en Andalucía manda lo señorito. Lo señorito es no meterse debajo del paso y casi casi ni bailar sevillanas. Círculo de Labradores, Mercantil, Ateneo ‑domus viri, Pedro Cantero‑, sillones masculinos de la contemplación. Masculina sale la cabalgata de reyes, donde las niñas actúan como mises de repertorio. El lenguaje de carnaval tiene huevos más que ovarios, aunque vaya habiendo más mujeres y algunas agrupaciones adopten expresamente un punto de vista femenino o feminista. En Cádiz, el disfraz de más éxito es cambiar de sexo los varones oficiales.
  5. El vestido de imágenes está en manos muchas veces mariquitas. Las madres visten al marido y a la prole y, luego, van sin disfrazar y sin antifaz detrás de los pasos. Los varones copan las juntas de gobierno de las hermandades de penitencia o de gloria. Las bandas de música son bandas de muchachos, de ellos son las trompetas de espita, la percusión, los tambores, aunque las muchachas llevan el peso músico que huele a conservatorio. Las marchas de cristo han sonado siempre a varón y las de virgen, a bailable de salón, más de mujeres. Los palillos finos, los solos y diálogos de instrumentos nos parecen correcciones femeninas a los aires militares del pachín pachín y del marcar el paso de los varones. Las primeras mujeres en la semana santa fueron músicas.
  6. Hoy sabemos que viejas y venerables marchas procesionales tenían su letra y que esa letra se cantaba. Por qué se perdió ese canto, sin duda tiene que ver con la vergüenza que da a los varones que los vean a cara descubierta cantando cosas de mujeres. Los rosarios de la aurora y la vuelta a casa antes de que amanezca, cuenta Cervantes en El celoso extremeño, eran virtudes femeninas como femenina ha sido en Sevilla la difícil hermandad y cofradía de la Resurrección que sale de Santa Marina.
  7. Frente al sábado santo, masculino de Santo Entierro y Soledad, el domingo los varones tienen ya puesta su mirada no en la catedral sino en la Real Maestranza; no en la resurrección sino en los toros. El cierre de la semana santa con la vuelta de la Soledad hasta San Lorenzo tiene para los varones mucho de arquetipo: la leyenda de la ciudad mariana. Niña Soledad de San Lorenzo, boquita dibujada, donde lo sin pecado es para el resto de la vida. Quien ahí vea también la fiesta de la Inmaculada del 8 de diciembre, acierta.
  8. Por la Inmaculada los hombres de la tuna se masculinizan y se afeminan a un tiempo. Hay ostentación de traje y de conquista en cada cinta que lleva un nombre de mujer escrito pero el conjunto tiene algo (medias, colorines) que matiza el donjuanismo que las cintas pregonan. Esa ambigüedad que admite un psicoanálisis se parece a la ambigüedad del torero delante del toro.
  9. La Inmaculada, elevación al cubo de la virginidad, se plasma en la ciudad en sus arquitecturas efímeras. Sevilla se pinta poniendo y quitando estructuras tubulares, y su reina: la portada de feria de abril, concebida cada año sin pecado de otros años. La Iglesia da ejemplo al municipio: el Corpus Christi no puede pisar el suelo de todos los días, que se alfombra con romero. Y la monarquía, también: esa Puerta Real que hubo que abrirle expresamente a Felipe II, el mismo a quien dedica Cervantes su célebre soneto Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla. Sevilla puede ser esa pompa del fuese y no hubo nada.
  10. Con las horas que se echan en la fábrica de cada portada de feria, más lo que le cuesta al Ayuntamiento el concurso anual, habría para no se sabe cuántas obras sociales. Día vendrá que el trabajo por cuenta ajena esté obligado por ley a criterios de utilidad social y de dignidad de la persona. Desaparecerán la prostitución como oficio, la vendedora uniformada con lucecitas degradantes, el hombre anuncio de compro oro. Y el recinto ferial recuperará su Pasarela.
  11. La caseta de feria reproduce los repartos de los bares. Es femenino el espacio de mesas y de baile, y, masculinas, la trastienda, la barra y la bebida. Los preparativos, la comida, y el lavado de los trajes después de la fiesta son de madres que se lo cargan todo. Oído a la sevillana Orgullo rociero, de El Pali, la de no me laves, no me planches, no me limpies ni los calcetines porque han ido al Rocío. En cambio, paellas y barbacoas, con manejo del fuego y general aplauso, se las reservan varones que nunca han roto (porque nunca friegan) un plato.
  12. En el camino hacia el sur, el baile troncal que es la jota, que se baila a saltos y que culmina de espaldas, se edulcoró y pisó el suelo, y se hizo galante. Por Castilla, seguidilla, y por Sevilla, sevillanas, en plural: ya son cuatro y la pareja termina de frente y se abraza. Cada sevillana se remata con la insinuación de un beso de cine: ella hacia atrás con los brazos muy abiertos, y él que, hacia adelante y con el brazo, la recoge a ella como para que no se caiga. Por amor al abrazo, el varón prescindió de los palillos, que venían de la seguidilla, y las castañuelas quedaron para las boleras, ajotadas y de salón. Al margen de la línea Sevilla-El Rocío, quedan las sevillanas corraleras que se dejan ver, oír y bailar por mayo en Lebrija. Con los avíos de casa y con lo que sobró de navidad, se monta el jaleo: la pandereta, el almirez, los cubiertos y la botella de anís del Mono. Maridos y guitarras ‑dirán las abuelas‑, para qué os queremos.
  13. En el flamenco las sevillanas se harán coreografía, aunque rara vez las baile un hombre solo, y una mujer sí baila sola, o con la cola o con el matón. En la Raya Real ‑sin tablao y con polvo de las arenas‑ la sevillana se ralentiza y cabe en una: termina la sexualización que comenzó en Sevilla, y es cada vez más beso y más abrazo. Hasta que esa sevillana lenta y sola (la primera de las cuatro, aunque no siempre) prescinda del baile y se haga honda o saeta cuando se canta en ronda ante la hoguera o se le reza con ella a un simpecado.
  14. En las casetas, las mujeres llevan la voz cantante: ellas se saben las letras y jalean sin parar y bailan hasta reventar, pero la guitarrita la toca un varón. Una mujer despacha mil sevillanas sin importarle la cuenta; hay hombres que se echan una sevillana o dos como máximo y ya se creen, vanidosos, que han partido el tablado, y algunos hasta bailan su sevillana ¡dando pases de capote a la mujer! Pero en la plaza el torero no es el varón, que es un muñeco, un pelele, frágil traje de luces en poder del más macho, que sigue siendo el toro.
  15. La ostentación del traje antes de ponérselo es vanidad de los varones, que en su percha muestran lo mismo el uniforme nazareno, en los altares antes de la procesión, que el traje de luces, en la silla de enea antes de salir a la plaza. La mujer, en cambio, guarda, como en secreto una novia, lo que se va a poner y no presume hasta que el traje lo lleva puesto.
  16. Por el corpus, los varones vuelven a tomar la ciudad después del Rocío y a las órdenes del gran varón metropolitano, que es el obispo, recomponen el orden social que se desdibujó yendo a la aldea. Nuevamente las varas, los estandartes, los trajecitos oscuros recuerdan a la ciudad quién manda aquí. Mayo es además el mes de su majestad el rey santo, incorrupto como ellos y como ellos conquistador de Sevilla.
  17. En la playa, la mujer se tira a tomar el sol mientras el hombre hace deporte o busca su terreno a la sombra del chiringuito. El padre carga las neveras, las sombrillas, los carritos, pero la madre ha hecho en casa la tortilla y los filetes empanados. La siguiente estación ya será en mitad del veraneo: esa virgen de los Reyes, compendio y cifra, que sirve para darle “una vueltecita a la casa” y para que después del quince se inicie un nuevo ciclo: la vuelta al cole y a la normalidad que llamaremos femenina. Cuando se celebraba, la feria de otoño por San Miguel era un puntazo masculino antes del recogimiento y del frío.
  18. También es masculino después de la playa subir a la sierra al primer otoño buscando la rasca como a propósito. La chimenea, no hay que decir lo que gusta a los varones enredar con el fuego, coger del campo frutos furtivos. Siendo masculino el campo y femenina la huerta, el vino de la vendimia será varón o peleón pero el mosto, mueren por él las señoras. Por San Martín, la matanza del guarro es masculina hasta el aliño, las pruebas y el embutido, que son cosa (como el entomatado y las conservas) de las mujeres de la casa. La curación y el corte del jamón vuelve a ser de los varones, y así.

Lo señorito

  1. Quien paga la fiesta, lo hace notar y quiere, ya que convida o está en su terreno, que se sepa y que otros hagan el trabajo sucio. En esa feria de vanidades que es la feria de abril, las casetas públicas municipales han abierto una brecha entre casetas particulares. Pero no hay color. Tampoco tiene color la supuesta caseta para todos de que presumen en la feria del caballo de Jerez. Entrar, dejan entrar a cualquiera, eso es verdad, pero luego te aplican dos y hasta tres tarifas (socios, invitados y gente de fuera) y al pagar te das cuenta que has pagado la entrada con la consumición.
  2. La polémica sobre cuál modelo de feria y de caseta, abierta o cerrada, es mejor, no tiene mucho sentido; tampoco el reparo que experimenta un extraño al entrar en una caseta particular. Dicho está que las casetas son una prolongación de la propiedad y de la vida social. El poder igualatorio de la fiesta, su lado dionisíaco, no llega a tanto como a borrar las clases.
  3. Fundamental es el modo de pagar en los bares. Las mujeres van a fondo común y lo masculino varón es el lenguaje de esta ronda es mía y de rondas que nunca son la última sino la penúltima, que es lo macho. Esta fobia social a ir a escote y a echar cuentas debe venir de antiguas costumbres familiares y hospitalarias, tocadas por la esplendidez del señorito, pero todo es relativo: en el redondeo, se espera que todos saquen la cartera por igual y que a todos cueste la fiesta lo mismo. En feria las rondas no se pagan en euros sino en casetas: yo te invito en mi caseta porque tú me invitas en la tuya.
  4. El señoritismo de la feria ya estaba en semana santa. El mapa del esfuerzo para sacar los pasos a la calle en Andalucía se divide en dos, entre costaleros y cargadores, y estos, a su vez, bajo faldones o al aire libre, como en Málaga. En Sevilla, la estética de hermandades nobles y aristocráticas se encaprichó de invisibles costaleros, que fueran cargando sobre el cuello, en vez de cargadores sobre el hombro, que aliviarían la carga entre el izquierdo y el derecho; trabajaderas horizontales, en lugar de andas verticales. En los actuales pasos, las andas sobreviven como fósiles en las maniguetas de las esquinas, ya sin función de carga. Al costalero, cargador del puerto, le quedaban unas heridas (tomates) y unas lesiones cervicales de las que las hermandades no querían ni oír hablar. Con ayuda de los faldones, se tapaba a la gente de abajo y, con incienso y flores, ya no olía a sudor. El resultado, jodido abajo y milagroso arriba, es que las imágenes ¡andan solas! Esa estética de la invisibilidad del esfuerzo y del sudor, esa negación del trabajo ajeno, se ha vuelto ostentación desde que los señoritos asumieron mal que bien el trabajo costalero.
  5. El martes santo 17 de abril de 1973 treinta y seis universitarios de la hermandad de los Estudiantes sacaron el paso del cristo de la Buena Muerte. Empezó entonces el orgullo costalero, que lo primero que cambió fue el uniforme, el costalero look. Medallas, camisetas, costales y zapatillas pasan a ser el equipo de un grupo de élite dentro de la hermandad. Posan como una selección para hacerse fotos y carteles, el capataz como si fuera su entrenador. Ahora a sus hijos los visten las madres, más que de nazarenitos, de bebés costaleros, disfrazados los llevan de faja y costal, como quien apunta al hijo al Betis o al Sevilla, donde la antigüedad es un grado.
  6. La ostentación costalera no está reñida, sino al contrario, con la trivialización del esfuerzo: el paso pesa pero no mucho, sudar, se suda lo justo y es compatible la carga con fumar, con beber, con demostrar en fin que los obreros costaleros lo que no querían era trabajar, categorización que se traslada al mundo laboral y político. Este costalero no es el de Almonte, que se parte la camisa, Camarón, por sacar a su virgen.
  7. Queda por ver el efecto de la reciente resacralización de la Iglesia. Las consignas de la Conferencia Episcopal y del papa Wojtyla-Ratzinger contra el aborto, contra la ministra Aído o contra la asignatura de ciudadanía, por ejemplo, han hecho que el grupo de costaleros bajo el paso rece (en bajo y en alto, para que todo el mundo se entere) consignas tendenciosas con el pretexto de la libertad de enseñanza, el derecho a la religión y a la vida con lo de bendito el fruto de tu vientre. Como en la plaza el torero brinda la faena que le va a hacer al toro, las levantás se brindan o se dedican a la salud de alguna causa cristiana justa.
  8. Este es un proceso integrista que hemos visto también en las vigilias de la Inmaculada los últimos 7 de diciembre, nada que ver con las inmaculadas de hace años, más carnaval de tunas y de copas por el barrio de Santa Cruz que otra cosa. Ahora vemos a cristianos (que antes diríamos de base) con el pañuelito al cuello de celeste inmaculado, los vemos ‘dando testimonio’ en grupos familiares cantando con su guitarrita y su carita de buenas personas haciendo lo que nunca se había hecho en Sevilla.
  9. Esta demostración de fe se explica por contraste con la competencia islámica que ha impuesto una religión de cuotas en vez de una religión única, va unida al rearme de los cristianos europeos y es sorprendente en Sevilla, ciudad que a fuerza de darnos a todos por unánimemente bautizados, nos ha dejado en paz a los descreídos, y donde tantos hemos ejercido de capillitas laicos y de ateos de capirote sin que nada nos molestara: esa era y es nuestra cultura.
  10. Por algo, los nuestros ‑Isidoro Moreno, Jiménez Barrientos, Gómez Lara‑ se han empeñado en armonizar un mundo cofrade y señorito con una visión más progresista y social, de izquierdas. El empeño, en general y en particular aplicado a la semana santa, se ha resuelto con lo de la fiesta de los sentidos y hay estudios muy serios de cómo se ve, se toca, se huele, se oye, se bebe y se come la semana santa de Sevilla, más los sextos sentidos que se suelen poner, lo que da una fiesta total de primavera y del sur. El sur está de moda y los sentidos también, y el problema es que todo eso lo hay en otras partes y en el norte y en invierno se convocan fiestas tanto o más sentidas y sensuales.
  11. Cada vez nos resulta más difícil ver procesiones sin hacerle el juego al integrismo, y en la feria y en el Rocío nos cuesta abstraer la bella estampa de los caballos, del pijerío, del señoritismo y del sexismo ebrio que los cabalgan encima. Sevilla, sin sevillanos, ¡oh maravilla!, lo dijo Antonio Machado, y pudo haber añadido: y los enganches y los caballos, sin caballistas.
  12. Todo consiste en ser o no ser parte de un mundo tan abierto como cerrado: su abono a la carrera oficial y a la Maestranza, su caseta micaseta. En bares de Sevilla hay quien tiene hasta un reservado a su nombre: el rincón de fulanito de tal. Qué verdad que quien se fue de Sevilla ‑y no a Sevilla‑ perdió su silla.
  13. Ser señorito es serlo sin estridencias. Por eso el carnaval no cuaja en Sevilla y por eso las diferencias entre Sevilla y Almonte y las exageraciones del Rocío: esos sudores extremistas, esas camisas partidas, esos niños por el aire, esos curas a hombros enrojecidos de tanto ¡viva esa blanca paloma!, ese altavoz cacofónico que va ordenando la presentación de las hermandades, todo eso un señorito lo vive sin vivir en él. El paroxismo bautismal del Quema, la acometida de los bueyes contra la iglesia de Villamanrique hasta partir las gradas, rozan el límite. También le parece kitsch el adorno de las carretas de Huelva y Emigrantes. Desde la altura apolínea de su caballo y al trasluz de su caña de manzanilla el señorito debe pensar que son cosas de la plebe.
  14. Por eso mismo, en semana santa el señorito no se echa al hombro muchas cruces de penitente, vayan a pensar que se ha pasado pecando. Tampoco en feria tocará los palillos y no será bailón sino vacilón (o vasilón): una manita cogida al chaleco, la otra marcando el paso, todo sin perder la compostura.
  15. Por esa mesura y por el miedo al ridículo, cuando del tablao de feria se pasa al tablao flamenco, el señorito desaparece y su papel lo deja al bailaor de turno, que es quien expone su cuerpo serrano, con lo que es el miedo ridículo en un español de Sevilla. En el flamenco se gasta el señorito la estética de convidar y de ir marcando el compás con los nudillos sobre la mesa.
  16. Antes marcaba también a la gitana (tal vez gitano) que se exhibía para él, que es quien pagaba las copas y era quien peritaba la mercancía antes del desnudo real en el reservado o en la habitación donde el señorito a la gitana ‑como a la criada‑ se la tiraba, ¡vaya si se la tiraba!, equivalente hombría a la que, por el Rocío, denunció el novelista Grosso en Con flores a María. Vázquez García y Moreno Mengíbar en Poder y prostitución en Sevilla han puesto en orden ‑ya que no en limpio‑ ese mundo de cafés cantantes, donde no han faltado el pecado nefando y la pederastia, con clientela mezcla de gente bien con gente del barrio. Esa Alameda se dirá, con razón, que ya no existe, pero su sombra es alargada.
  17. El papel de mirón lo reproducen nuestros muchachos varones en la feria de abril, fiesta en la que tienen casi a gala no saber bailar y donde lo único que hacen es el ganso entre el alcohol y las gracias que no tienen gracia, mientras que las muchachas tiene otra visión de las casetas y un papel mucho más integrado. A ver cuándo ‑entre coeducación y ciudadanía‑ se hace asignatura el baile básico en Sevilla para no parecer un astronauta: el baile por sevillanas.

El señorito look

  1. Un hijo nuestro interesado en la ropa masculina asociada al pijo o al señorito nos ha traído un libro y una frase. La frase dice que un inglés se viste para pertenecer a un grupo, y un italiano para diferenciarse. El libro es The Ivy look. Classic American Clothing. Ivy League, liga de la hiedra, es desde 1954 la de las ocho universidades de élite del NE de Estados Unidos: Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth College, Harvard, Princeton, Pennsylvania y Yale. Por las fotos vemos que el sevillano look es una reducción conservadora y, si se quiere, provinciana del ivy look, más atrevido y plural.
  2. La diferencia está en la raya. Desde las mil rayas del pantalón de gala a las mil rayas del pantalón rociero, en la alta sastrería de Sevilla no cuaja el cuadro en pantalones ni prendas exteriores que sí cuajó en los jóvenes de la Costa Este, cuadros que tienen algo de moda escocesa y que aquí abundan solamente en las bufandas. La raya masculina encuentra su réplica en el lunar, monopolio femenino hasta que algunos varones han aliviado con lunares la rigidez de la prenda más pringada y menos libre de todas las prendas, que es la corbata.
  3. Otra diferencia entre el look sevillano y el ivy look está en lo poco y mal que Sevilla adapta sus armarios roperos al verano. El sevillita no usa pantalón corto más que para presumir de jugar al tenis; y las bermudas, para la playa. Los sombreros de ala ancha que se ven por feria y el Rocío siguen siendo de invierno, con el penoso cerco de sudor que dejan, y sólo recientemente hay quien ha descubierto los sombreros de ala ancha de paja. El hilo, el lino, el algodón, tejidos frescos y colores claros identifican en Sevilla, más que a un look señorito, a profesionales liberales y a progres de aquellos años.
  4. Será que la lluvia en Sevilla es una maravilla, será que ya es primavera en El Corte Inglés y huele el azahar, será que en los bares nunca hay perchas o que eso se ahorra uno en prendas: el caso es que en Sevilla ni llueve ni hace frío, salvo por los visones de las señoras, y a lucirlos por Sierpes, que son tres días.
  5. Las pautas conservadoras en el vestir tienen algo que ver con el desprecio del señorito a la bicicleta, vehículo de campus ivy por excelencia que ‑entre los bombachos y las bermudas‑ ha condicionado la ropa. En Sevilla las bicicletas son para el verano y cosa de mujeres (véase Chipiona), y siempre, de pobres que no tenían para pagarse un coche. El rechazo de la Sevilla del ABC a la peatonalización y al plan bici, es un rechazo sincero en un grupo como éste, que desprecia cuanto ignora y que está acostumbrado a ir a todas partes en coche ‑automóvil o de caballos‑ como signo de distinción social.
  6. El look del señorito de Sevilla cumple la doble función del galán italiano y del ivy league anglosajón: distinguir y uniformar. Desde el terno azul y gris de las procesiones hasta ese rojo pantalón o cazadora, que tal vez tenga que ver con el mundo de los toros, el señorito mantiene sus formas y un tipo de tiendas o comercios que no consisten sólo en las chemises y lacostes. La clave está en Manuel Machado: «no se ganan, se heredan, elegancia y blasón.»
  7. Ser dandi, jipi o ivy en Sevilla cuesta porque la persona se expone a una pasarela continua. Ser y no ser, único y masa, es en Sevilla complicado como en pocos sitios. En esta ciudad se mira mucho y puedes acabar haciendo de convidado de piedra de un grupo, equivocado de grupo o que se equivoquen de grupo contigo. Raya y gomina, el señorito sevillano no arriesga nada. Ni en ropa ni en ideas. Y a quien primero se pase, el ‘maricón’ que le cae.

Las fiestas según Sevilla

  1. Igual que se dice del habla andaluza que ninguno de sus rasgos lingüísticos es exclusivamente andaluz, diríamos del señorito andaluz: nada en él es original ni exclusivo, pero todo en él se concentra. Los santos inocentes igual están aquí ‑Delibes‑, que en Valladolid o en Extremadura, y la escopeta nacional ‑Luis Escobar, Berlanga‑ lo mismo nos mata aquí que en Madrid o en Valencia. Lo pertinente (o impertinente) es la concentración de rasgos en la cantidad y calidad que en Sevilla se dan.
  2. No importa si la Niña Chole ‑la de la Sonata de estío, quien, por distraerse, echó a un pobre negro a morir entre los tiburones‑ era andaluza o no. Lo que importa es que esa mirada, propia de un césar viendo morir gladiadores, es fundamental en la configuración de la fiesta, mirada que se inventó en Andalucía el toreo a pie como alternativa al toreo a caballo, ¡y que empitonen a los gañanes! Esta mirada es la que no tiene el guiri buenón que, al ver lo que sufren los costaleros, va y pregunta por qué no ponen ruedas a los pasos.
  3. Otra supervivencia de Sevilla en la fiesta, también entre lo gitano y lo antiguo de un mundo que se fue, es que las celebraciones duren una semana de siete días. Una semana, las bodas; una semana, la santa; una semana, las ferias; una semana, desde Gines, Triana o Sevilla para ir y volver al Rocío, un ocio largo que justifica el traje y da cuerda al resto del año, cada cual con sus espacios abiertos para pocos y cerrados para muchos, a la vez populares y restringidos. Por menos de una semana, Sevilla no alza el telón.
  4. Cuando algo de fiesta le falta a Sevilla capital, Sevilla capital se acerca a Cádiz, Córdoba, Jerez, Lebrija, Sanlúcar, Ronda o la Sierra, su antiguo reino: carnaval, cruces de mayo, todos los santos, fiestas donde Sevilla no saca nota. La buena vida según Sevilla se explica ‑no se encierra‑ en el que llamaremos Triángulo Montpensier: Sevilla, Sanlúcar, Aracena. Y, si es por huir de esa Sevilla, de Conil para allá está la otra Sevilla del moraíto y de la vida breve.
  5. En el ir y venir, la fiesta se homologa y todas las fiestas se parecen. Macarena y Trianera se pican entre sí por cuál de las dos se recoge más tarde. Sus pasos entre la multitud de cabezas solas ‑ya recogido el resto de la cofradía‑ nos recuerdan al paso del Rocío, sin comitiva y reducida a lo esencial: la imagen.
  6. El salto de la reja y el ponerse debajo de la virgen tiene mucho que ver con los ritos iniciáticos del masculino varón. Y algo de Inmaculada hay también, y como de noche de reyes, en la intriguilla de a qué hora el salto y comienza la procesión de la virgen por la aldea. El concepto de carrera oficial, de hermandades desfilando por el mismo sitio, está en la Virgen de la Peña de Alájar, donde carretas boyeras van desde Castaño del Robledo y donde, como en casi todas las romerías, los grupos y familias acotan una corte en el real, un espacio de acampada que será unas horas su casa y tu casa si es que quieren.

Ángel y mal ángel

  1. La rebelión de las masas en la fiesta ya es un hecho. No hay barriada que no aspire a su cofradía por semana santa, a su caseta por feria o a su hermandad para el Rocío. Sirva de ejemplo El Cerro del Águila. Desde que hay caballos, enganches y tiros de alquiler, vamos a suponer que ‑como los pijos dicen y como quería en su carta Teresa Panza, para dar envidia a sus vecinas‑ hoy cualquiera puede lucirse en carruaje, y a caballo lucirse en el Rocío y en otras romerías donde hasta hace poco no se veían más que mulas y borricos.
  2. Quien critique a esta gente de las de no tenemos una gorda pero vamos pal Rocío, se olvida de familias bien que se las ven y se las desean para quedar bien. Esta rebelión de las masas que imitan posturas e invaden terrenos, no es más que una escala de valores. Es como la familia indigente que no se priva de la tele en la chabola, o como el mendigo que se gasta la limosna en la litrona. Lo intolerable no es la tele ni la litrona. Lo intolerable es la miseria.
  3. La aplicación de nuevas tecnologías a la fiesta, principalmente los teléfonos móviles y los vehículos cuatro por cuatro, cambia los comportamientos pero no las representaciones. La cifra está en las treinta y tantas carretas de bueyes que la hermandad de Triana manda al Rocío. Ahí lo que van son vanidades, trajes y enseres, pero las familias no peregrinan ya en esas carretas. Estamos, otra vez, ante el dilema de una mirada: defendiendo esa estampa, ese Rocío que se fue, ¿no estamos defendiendo el estéril concepto del campo y del ganado ‑buey contra tractor‑ y dándole carrete al señorito?
  4. Lo mismo pasa en los toros. Los argumentos conservacionistas y animalistas en un punto se parecen: que no cuestionan la injusticia social ni el amplio mundo que separa a ganaderos y toreros, a quienes se acusa de maltratar, como si fuera su gusto, a los toros. Mientras, el ganadero queda defensor de una raza brava que, sin él y sin la fiesta, desaparecería. De la Protectora, vaya.
  5. Las fiestas son una costumbre y no sabemos qué será de algunas sin su grupo dominante. En la cabalgata, menos gente se agacha a coger caramelos y algo nos dice que renovarse o morir. Entre Sanidad y la Unión Europea están acabando con no pocos rituales y algunas recetas de la abuelita hoy son las nietas las primeras que las rechazan. Imaginamos que habrá que extender las fiestas laicas o seglares: año nuevo, carnaval, celebración de las estaciones en tanto la vida sigue, y aquellas fechas que convengan a estados universales, como las fiestas del trabajo o por la igualdad.
  6. Como destinos que son del ocio, habrá que abrir y compartir los cotos y las sierras y habrá que multiplicar las primeras líneas de playa para que esos espacios naturales y festivos no sean al fin exclusivos de las pocas casitas y urbanizaciones que llegaron antes, interesadamente ecologistas y contrarias a la democratización del paisaje. Hay mucho privilegio disfrazado de verde y ya es hora de declarar, con permiso del lince ibérico, al ser humano como la primera especie protegida de la humanidad.
  7. Mientras tanto, que nadie nos diga tú qué haces aquí. Tú, que no rezas en la ermita; tú, que no eres socio. Beber, cantar, bailar, perder el tino y la cabeza por un instante como si dura un mes es patrimonio de todos. Tendría que ser que el grupo custodio de un sitio o de una imagen no le debiera nada al dinero público y que no hubiera, por tanto, nada nuestro en ese sitio o en esa imagen. Cuando una fiesta se celebra algo nuestro se celebra, señor conde.
  8. Malaje (de mal ángel), ese grupo que cree que guarda y custodia las esencias de Sevilla, grupo que no comparte para después reírse de quien no sabe. Mismo malaje en el Rocío: ese tío no es rociero. Por último, igual que el ivy look con mocasines negros no triunfó con calcetines blancos, el guardián de las esencias también puede equivocarse, y se equivoca.
  9. Pongamos, por caso, la confusión entre la blanca paloma y la virgen, hasta que alguien corrigió a la parroquia: hay que decir ¡Viva esa Blanca Paloma!, no la Blanca Paloma, que es el Espíritu Santo. O esos neo pasos como cruces de mayo de quien, como si no tuviera imagen a quien rezarle, quiso hacerse una imagen a su medida, para después adorarla. Algún día se escribirá la historia ‑divertida‑ del cruce de escudos o representaciones que perdieron su valor simbólico por culpa del cambalache de segunda mano de bordados, enseres y canastillas entre hermandades, vamos a decir pobretonas, de Andalucía. Y tanto que veneran los capillitas a sus imágenes, más solas las dejaron aquella madrugá del año 2000, cuando por miedo a cuatro chillidos dejaron los pasos desamparados y echaron a correr que se mataban. La ciudad y algún fiscal capillita se dieron maña para inventarse navajas y reyertas que no había y para darse prisa por archivar el caso.
  10. No es semana santa, y lo parece, la procesión de las hermandades de gloria que desfilan al son de marchas fúnebres de penitencia. No es semana santa, y lo quiere parecer, la Resurrección, que saca un cortejo de penitentes cuando lo que se celebra es la alegría. ¿Y ese crucificado del Cerro, que pide un paso para él solo, reconvertido en de misterio a base de romanos? ¿Y esa virgen del Carmen, que es de gloria, metida a cucharón en sus misterios dolorosos? Por no hablar de la adopción por parte de la hermandad de los Gitanos de un himno que ‑cantado‑ sería un desaire para la imagen: no puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar, cofrades.
  11. Si hay una semanasantización de fiestas que no son semana santa, hay un Rocío que rocía el año entero y la feria de abril especialmente: casetas que se saltan las sevillanas de feria y ponen en cantidades industriales sevillanas rocieras o contratan a un artista de pito y tambor como si eso fuera el no va plus, lo que en verdad esconde un presupuesto ajustaíto de la caseta pues a un hombre orquesta, no hay que decir el partido que se le saca y lo baratito que sale, en vez de un cuadro de toque y cante por derecho.
  12. ¿Y hablamos de la rancia cabalgata de reyes en la ciudad donde hay tanto y buen teatro de calle y tanta Banda de la María? Dirán que “bastante hace el Ateneo”. El Ateneo, sí, pero ¿y la ciudad de izquierdas? Poner otro rancio portal en el Arquillo o en el Altozano, habiendo árboles abetos mucho más asépticos y elocuentes de lo que esa izquierda predica, que es la alianza de culturas por navidad y el diálogo de civilizaciones por año nuevo.
  13. Otras veces, la política lo impregna todo tanto que no sabemos si el Papa o el Pepé mandan en la fiesta. Lopera se inventó, siendo presidente del Betis, una hermandad de penitencia en pleno Nervión, rival de la hermandad de La Sed, que es naturalmente sevillista. Con motivo de las setas de la Encarnación, alguna hermandad anunció que cambiaría su itinerario con tal de no pasar por “semejante bodrio”, postura igual a la que sostuvo el Consejo de Cofradías contra la catenaria del metrocentro. La popular hermandad de la Macarena es tan popular que todavía enseña las lápidas de Queipo de Llano y señora y no ha devuelto a la ciudad el local (ni los honores) de la que fue Casa Cornelio, bar obrero bombardeado por los fascistas, donde la Macarena tiene ‑tan fresca‑ su casa de hermandad. Para impedir la acumulación de mujeres detrás del cristo, el Gran Poder llegó a disponer filas de corpulentos hermanos con el cirio constantemente en alto y chorreando cera ardiente a quien osara. Las mujeres, por cumplir su promesa y salirse con la suya, iban a cubierto de bolsas impermeables contra los que serían probablemente sus maridos.
  14. En cuanto al futuro de las corridas de toros, las escuelas taurinas de la Junta y las retransmisiones de Canal Sur equivalen a abrir escuelas de fumadores y a echar el humo por la tele. En esto, como en casi todo, la ciudad crítica se hace la tonta ante el poder del dinero, en este caso el que atrae y convoca la fiesta nacional. El turismo no es pequeño argumento, aunque está por ver lo que gana Sevilla ‑y no bolsillos particulares‑ con cada toro en la plaza, con cada paso en la calle. Tal vez la fiesta sea capaz de hacer lo que la semana santa: prohibir las heridas y el exceso de penitencia y ponerlo todo a los pies de un espectáculo fotogénico y celeste, como el circo de Roma: ya sin sangre. Con algo más de Apolo que de Dionisio, Sevilla va a seguir teniendo ese color especial que ni es cielo ni es azul, y que será el barroco.
  15. Porque la fiesta según Sevilla es un sentido universal de la vida que se puede exportar al mundo y que nuestras clases medias y bajas no olvidan ni con la recesión. Eso que llevan aprendido para cuando otra hegemonía ponga en su justo sitio lo de ganarás el pan con el sudor de tu frente, visto como está visto que en Sevilla, Andalucía, España, hay quien no suda ni ha sudado jamás.

LA FIESTA SEGÚN SEVILLA

Daniel Lebrato, 20.01.2011

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