la crítica literaria ante los senderos que se bifurcan (2)

Tenemos desde hace años la llave para publicar
 y seguimos llorando porque no nos publican

(Félix Molina @fmolinapublica)

Viene de [eLTeNDeDeRo] 15/01/23

1971-2003. Desde 1971 existe el libro electrónico. Ese año Michael Hart comenzó su Proyecto Gutenberg para libros de dominio público. De 2001 data el primer libro digital vendido por internet, Riding the Bullet, novela de Stephen King. Y desde 2007 cumplen años los libros Kindle de Amazon, que tampoco son ya lo más de lo más. Desde que hay teléfonos inteligentes (año 1996, suyo es el siglo 21), nuestras computadoras o celulares cubren soportes de escritura y de lectura.

En el encuentro entre el procesador de textos (donde sin duda se impuso Word) y los sistemas de gestión de contenidos, triunfaron Blogger (de Google blogspot.com) y WordPress (de Matt Mullenweg y Mike Little), que permitían crear y publicar contenidos en línea sin escribir ningún código y sin instalar programas de servidor o de scripting.

Como dice Félix Molina @fmolinapublica: desde 2003 tenemos la llave para publicar y seguimos llorando porque no nos publican.

Desde 2003. Llevamos veinte años, 20, bailando entre dos extremos feroces o haciéndonos los quejicas. La comunidad literaria había podido elegir entre independizarnos o acabar con el intermediario gremio capitalista de impresión, distribución y venta, o permanecer bajo el capitalismo junto a tenderos de librería, sindicatos y partidos por la pequeña y mediana empresa y por el comercio de proximidad.

Hablemos en presente porque internet no está cerrado, siempre está ahí y se puede optar entre los dos senderos:

el libro de papel, con copyright y con isbn, con sus liturgias de imprenta a escaparate, presentadores y presentaciones, con firma de ejemplares y pase usted por caja;

el libro en html, literatura en página web, bitácora o bloc [de notas] para leer en pantalla, donde, frente al copyright y el isbn, la literatura pudiera ser gratis.

Quien menos supo dónde meterse iba a ser la crítica de libros (empezando por ¿qué era un libro y qué no lo era?), obligada por ley del silencio a multiplicar productos volátiles o efímeros como si fuesen sólidas construcciones dentro de un canon.

Como muestras de crítica literaria, les propongo cinco artículos:

—César de Bordons Ortiz, para Las vitalidades, de Ángela Segovia

Daniel Méndez, Poetas en Instagram: La edad del pavo como negocio

Daniel Soufi, sobre Miguel Gane, con Malditos poetas, os habéis cargado la poesía

Diego Vaya, Cuando trabajar no es una opción: Robert Hughes y la joven poesía española

Enrique Rey, La batalla en verso: los poetas mileniales frente a lo comercial, lo digital y lo viral


César de Bordons Ortiz, El hombre no existe, Diario de Sevilla, 15/01/23

La ficha: Las vitalidades. Ángela Segovia. La Uña Rota. Segovia, 2022. 102 páginas. 13,50 euros.

Es un lugar común el temor de los poetas a la hora de pasarse a la novela, la inseguridad por el cambio de registro, la duda con que se pergeñan los delgados hilos de la trama. Y la literatura, en cambio, ha dado grandes poetas novelistas que no han mostrado vacilación, algo alejados tal vez de una narrativa realista o factual, pero más eficaces en lo que tiene de emocional, sensual y verdadero la palabra. Son aquellos en que poesía, novela o teatro, todo es palabra y todo es literatura. Escritores y escritoras cuya devoción es la belleza.

La editorial La Uña Rota ha publicado un libro que comparte el aire de familia de los grandes poetas narradores: Las vitalidades, la primera novela de la hasta ahora conocida como poeta Ángela Segovia. Quien haya leído los libros de poesía de Segovia advertirá la trampa del crítico. Si bien es cierto que esta es la primera de sus obras que con cierta ortodoxia puede encuadrarse en la narrativa, sus anteriores títulos han recorrido con frecuencia el camino de la fabulación novelística. Así se ve claramente en La curva se volvió barricada (La Uña Rota, 2016, Premio Nacional de Poesía Joven al año siguiente) y aún más en Amor divino (misma editorial, 2018), por citar dos ejemplos.

Las vitalidades de Ángela Segovia se presenta en su contracubierta como una novela hilo frente a las novelas caudalosas de grandes historias entrecruzadas. Efectivamente, en lo que se refiere a la trama, la comparación es certera. La protagonista se llama Rune y tiene rasgos que permiten al lector imaginarla a veces como niña, a veces como muchacha, pero siempre en el mundo real y literariamente inquietante de la nubilidad. Rune, encerrada en una casa con una torre alta, vaga por sus habitaciones y jardines; tiene prohibido atravesar los muros y dedica su tiempo a rastrear la huella de una desaparición intermitente, la desaparición del personaje masculino, él. Este rastreo acaba pareciendo al lector circular, pues consiste en que la protagonista da vueltas y más vueltas al hombre que muy pocas veces se prodiga, acaso algunas solo en el recuerdo, y casi lo invoca a través de las huellas, la lectura, el estudio, la caza o la destrucción que lo caracterizan. Ella lo va construyendo a él al tiempo que vela su ausencia, y él se presenta al lector como un pelele impotente en ocasiones, otras como un carcelero, pero muy pocas como lo que ella espera: su conexión con lo real. Ella solo puede reconstruirlo a base de restos, los restos de un hombre que ha dejado la vida irresponsablemente como un niño que deja el cuarto de juegos para ir corriendo a merendar.

Las vitalidades de Ángela Segovia es una obra sugerente y misteriosa; en otro tiempo habrían dicho enfermiza y degenerada, términos que no hacen más que estimular el interés y que además, reinterpretados con estima, se acoplan bien al espíritu y la forma del texto. Enfermiza porque la novela recupera, en su protagonista, el motivo de las enfermedades románticas y finiseculares que parecían transitar de la letra al alma y del alma a la letra (Werther, la Tatiana de Eugen Onegin, el Narrador de Proust). Y degenerada por la exposición a la vista de los pilares, muletas y bastones que sostienen las relaciones íntimas, como en esos cuadros de Dalí que muestran al hombre y la mujer como enormes cajoneras sujetas por débiles palos. La enfermedad adquiere el aspecto de un estado de gracia en la medida en que permite a la protagonista atraerlo a él: «Me sentía como si estuviera hilada entre las fibras de las sábanas blancas (…) Todos los días él aparecía en mis habitaciones y me miraba estar quieta y estar muda». El juego de atracciones y abandonos precipita la trama y el destino de la protagonista con la aparición de un tercer personaje, Bedeutung, llamado en cierto modo a significar y por tanto destruir los confusos hilos del amor. La novela deja oír una voz ingenua y vulnerable cuya visión del mundo produce una sensación de inquietante extrañeza, que nunca deja ver a las claras la violencia del encierro o el dolor de la enfermedad, pero que disemina sus piezas con maestría; una voz que recuerda a las canciones de la francesa Barbara (especialmente L’Aigle noir) o las novelas de Julien Gracq (sobre todo, En el castillo de Argol). Los tres comparten un rico uso de las imágenes de origen surrealista, pero ciertamente descreídas de su independencia y puestas al servicio de algo mayor que las ordena y lanza a un más allá.

Ángela Segovia debuta en la novela con un texto extraordinario, limpio, con inmenso poder cautivador, escrito en una prosa rítmica y sugerente que atrapa desde la primera línea (Soñé que de pronto se daba la excusa perfecta para que él hablara) hasta la última (No me subieron comida, y si lo hicieron, yo dormía). Las vitalidades es un acto de fe en la letra, de creencia desesperada y bella en la escritura.



Daniel Méndez, Poetas en Instagram: La edad del pavo como negocio, 07/12/20

Empezamos por el archiconocido Rafael Cabaliere (892K seguidores en Twitter), reciente ganador del Premio Espasa de poesía (20.000 euros), un escritor venezolano del que se llegó a sospechar que era un robot que generaba sus creaciones de forma automática, algo difícil de creer si sabes acercarte, sin prejuicios, a cualquiera de sus poesías, dignas del Withman más maduro. Obsérvese ese maravilloso uso de la tecla intro del que hablábamos antes y que convierte una frase compuesta de una perogrullez casi infantil, en una obra maestra digna del mejor Hesíodo:

Debemos aprender
a disfrutar el momento,
a no pensar lo peor,
lo innecesario,
a ser un poco más felices

8K RTs, 17K favs

Toca vivir, sonreír y avanzar,
que de tormentas en la cabeza
ya fue bastante

7K RTs, 15K favs

Laura Escanes es una influencer catalana con más de un millón y medio de seguidores en Instagram. Hace poco publicó su libro Piel de Letra, injustamente vilipendiado por la turba más elitista y pseudointelectualoide de la red. Pareja de Risto Mejide, su poesía es un lago de agua transparente. Tan tan transparente, que algunos dicen que no hay nada. Probad esas aguas y juzgad por vosotros mismos. Aquí, dos suaves gotas de ese dulce néctar, presentes en su maravilloso libro:

Co (n) Razón
No hay corazón
que no tenga razón
.

Querer bien
Te quiero bien
libre,
tuya,
loca,
feliz.
No te quiero mucho,
te quiero bien.

Cristian Llorens (19,2K seguidores) es un instapoet en franco apogeo. Y no me extraña. Bajo esos minimalistas escenarios de engañosa simpleza, Llorens esconde todo un mundo de…bueno, yo sigo buscando qué esconde Cristian. Cuando lo descubra os aviso. Aquí tenéis 3 cimas inmortales de la poesía llorensiana:

Mi parte favorita
de la vida es cuando
me parto de risa
contigo.

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La persona que más me
gusta en el mundo soy yo
cuando estoy bien.

890 likes

Lo mucho que
te puede llegar a gustar una
persona cuando te centras
en conocerla de verdad.

1002 likes

Seguimos con Defreds, casi 800 mil seguidores en Instagram. Cada publicación suya en Instagram se convierte en viral. Defreds, auténtico fenómeno editorial con varios libros superventas, aclara Creo que lo importante es disfrutar mucho con lo que haces, hacerlo siempre con la misma ilusión, te lean cinco o diez personas que mil o dos mil. Y ya si te leen millones, ni te cuento. De todas sus poesías, esta es una de mis favoritas, con claras influencias lorquianas:

Un abrazo de verdad
es el que te da alguien que consigue
que automáticamente desaparezca
todo lo demás que hay alrededor.

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Raquel Beck (211K seguidores) ha sido calificada por algunos insensibles como una instapoet cursi. Y es que no están hechas las flores secas y los micropoemas escritos a mano alzada sobre papelitos envejecidos para la boca del asno.

Qué difícil tachar de tu vida
a quien habías subrayado.

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Tenerte tan cerca
que pueda escucharnos latir.

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David Galán (424K seguidores) es Premio Espasa de Poesía, ha dado una charla TEDx sobre poesía y sabe escribir a máquina. Palabras mayores. Desde aquí nos mostramos perplejos ante las críticas que la caverna intelectualoide ha vertido contra la magna editorial. Las poesías de David son la quintaesencia del minimalismo, algo por lo que ha sido duramente vilipendiado. ¿Qué sabrán ellos? Desde aquí opinamos que la tecla intro debería cambiar su nombre a GALÁN.

Quiero que mi
futuro seas tú.

16K likes

Hay otoños que no se
comparten con cualquiera.

11,7K likes

Vamos con Alfredo Manzu (37,4K seguidores), un poeta que dice dejar poesías en servilletas y que combina la música con el feminismo, dando un toque realmente diferencial a sus creaciones. Algunos malpensados dirán que este señor recurre al tono aliade para tapar ciertas carencias literarias. Permítanme que lo ponga en duda. Dentro de poco esas servilletas valdrán millones. Pocos instapoets son capaces de usar un punto y coma con esta maestría:

Los hombres sí lloran
porque leen poesía.
Porque saben que el hombre más fuerte,
es también el que más siente;
porque no solo te comprende,
sino que él mismo,
también se entiende.

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Ángel Zero (122K seguidores) solo usa la palabra ceniza en una de cada 4 poesías y ha publicado 3 libros de poesía. Algunos dirán que es un milagro incomprensible. Vuelvo a insistir: envidia. Creo firmemente que los pijos de Malasaña que imitan a Leiva precisan de una voz y Ángel podría perfectamente coger ese testigo. Para muestra dos botones:

Mira, princesa, te voy a decir una cosa: SONRÍE.
Si el resto no valora lo bonita que eres cuando sonríes, es su problema.

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Que las cosquillas acaban en besos,
las discusiones, en sexo,
las lágrimas en sonrisas
y hasta algunas veces, en los quizás,
se despeja la incertidumbre y la certeza
solo entiende de amor.

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Nekane González (75K seguidores) es una instapoet que, además, se define como coaching emocional. Además de poesía, Nekane comparte vídeos motivacionales sazonados con maravillosas canciones de Leiva y Dani Martin de fondo. Deja tus prejuicios contra las pseudociencias de lado, porque bajo esa pátina de dedicatoria de tarjeta de cumpleaños nivel secundaria y esa adictiva obsesión con la coletilla quédate con quien, Nekane entrelaza palabras que son verdaderas lecciones de vida. Gotas de sabiduría que elevan la fábula a la categoría de poesía. Si Albert Espinosa y Rosalía de Castro hubiesen concebido una hija, sería Nekane. A las pruebas me remito:

Mereces, por encima de todo,
sentir que eres una persona
fuerte, suficiente y capaz.

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Seguimos con otro fenómeno editorial, Alfred García, exconcursante de OT transformado en poeta, que ha conseguido elevadas cifras de ventas con su primer libro Otra Luz y una injustísima lapidación contra su incomprendida vena poética, en la que brillan maravillosas reminiscencias de El Koala y Nacho Cano. Tómate un chupito cada vez que Alfred le dé al intro:

No te amo,
No te amo,
No te amo:
Te odio,
Te odio,
Te odio.
No te amo,
No te amo,
No te amo:
Te odio,
Te odio.
No te amo,
No te amo,
No te amo:
Te odio,
Te odio,
Te odio.
No te amo,
No te amo,
No te amo:
Fóllame.

Y mi favorita:

—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—No lo sé.

Carlos Kaballero (213,5K seguidores en Instagram) es un instapoet salvaje y bohemio y no falta en su perfil el nada manoseado vídeo del hay que follarse a las mentes de Martin Hache. Su poesía bebe del Bukowski más oscuro. Si Charles vivía en las calles, entre mendigos, prostitutas y botellas de alcohol barato, asomándose constantemente al horror de la muerte, creemos que lo más cerca que estuvo Carlos de ese abismo fue aquel día que el de SEUR vino justo cuando salió a tomar un café al Starbucks. Solo los necios eligen sus dramas, decía el viejo Buk. Afortunadamente para él, la inspiración le es más fiel que sus novias, que le han debido abandonar más que a Alex Ubago, algo que queda patente en la temática de su poesía. Por eso me quedo con una de las pocas que no habla de tóxicas rupturas:

Me preguntan
qué es lo que busco
en una amistad,
y lo cierto,
es que solo pido
poder hablar de mi parte
más demente
sin que me miren
como si fuera uno.
Difícil,
por eso la amistad verdadera
es tan escasa.

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Luismi Lozano (112K seguidores en Instagram) es uno de mis instapoets favoritos. En su bio aclara: ofreciendo al mundo, lo que le falta: ARTE. Claro que sí. Este chaval eleva el mantra menos es más a la enésima potencia. Su poesía son haikus con una clara vocación pedagógica vital, que parecen copiados de las puertas de los WC de un instituto de primaria, pero no os dejéis engañar porque tienen un toque inimitable, y es que, tras leerlos, te hacen siempre pensar, vale, ¿y ahora qué?. Pero nunca hay más, su poesía acaba ahí. Lozano es lo que yo llamo, un provocador emocional, alguien capaz de dejarte siempre con ganas de más. Damas y caballeros, bienvenidos al lozanismo.

El amor puede llegar a ser tan constructivo como destructivo

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(si, acaba así)
Por mucho que te descubras a ti mismo…
Nunca dejarás de sorprenderte

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(sí, también acaba así)

Javier Jorge (8K seguidores en Instagram) ha sacado un libro. Y que un autor como él lo haya conseguido, nos llena de esperanza. Según Javier, su ópera prima va de ese momento en el hombre entiende que la mujer de su vida jamás se la volverá a chupar. No hay dolor más profundo, ni historia más romántica. ¿No te parece?. Se llama La última raya. Esperemos que la sea. Os presento a Javier Jorge:

La felicidad
absoluta es obvio
que no existe,
pero nadie
me puede negar
que existen
los momentos de
felicidad absoluta.

Jairo Guerrero es un instapoet mexicano (248K seguidores) que me apasiona porque es capaz de coger los tópicos más manoseados y casposos y convertirlos en pura ambrosía. Sus poesías son auténticos templos al amor no correspondido, aptos para cualquier edad (de 4 años en adelante), excepto diabéticos. Por respeto al poeta, hemos decidido mantener las faltas de ortografía.

Créeme,
Trato de olvidarte,
enserio lo intento,
pero hay lugares,
canciones,
y tantos momentos
que siempre me hacen
volver a recordarte.

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No se le puede negar sinceridad a Elena Poe (83,1K seguidores) que admite en su bio que la poesía es una mierda y eso es lo que escribo. Falsa modestia. Obvien los errores gramaticales y disfruten:

Me gusta la gente que sin
motivos te busca, que sin
mirarte te quieren y sin
ataduras se quedan.

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Cesar Ortíz (480K seguidores) es un adorable instapoet que se define como coach especializado en la ley de la atracción. Tras analizar su poesía, sospecho que utiliza el método clásico que Baudelaire bautizó como poesía del azar, que consiste en escribir las 100 palabras más utilizadas del género poético (cenizas, brújula, amor, tsunami…), meterlas en una cajita e ir sacándolas con los ojos tapados, para transformarlas en arte, rellenándolas de verbos y de toques frenéticos a la tecla intro. Por eso he procurado elegir dos piezas que se salgan de esa dinámica. Agárrense a la silla porque puede que esta maravillosa medicina tenga efectos secundarios de los que no puedan recuperarse. Si esto no es arte, que baje Rubén Darío y lo lea:

Un día aprendí
lo importante que era
saber elegir a la persona correcta.
Y yo te elegí a ti.

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Contigo aprendí
que hacer el amor
era algo más
que quitarse la ropa.

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Benji Verdes (143K seguidores) o el Carlos Sadness canallita, como prefiero llamarlo yo, convierte los lugares comunes y cursis en paraísos en los que quieres quedarte a morir, recurriendo únicamente a su dedito y la tecla intro. Con dos libros publicados, Benji intercala, en Instagram, su talento desbocado con poses trendy y productos de patrocinadores.

Una cerveza frente al mar,
que te aseguren las sonrisas,
que te cuiden,
sentirte querido.
Saber que elegiste bien a la gente con la que
querías compartir los momentos especiales.
La amistad en sí.
Cosas que te salvan de la vida.

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Marcela Somerson (35,1K seguidores) es una escritora colombiana que escribe al desamor. Algunos pueden pensar que es un poco monotemática. Otros, también. Obsérvese el uso profundamente contenido, analítico, milimétrico de la tecla intro. Pura luz desde la tierra que alumbró el realismo mágico.

Tal vez me siento
decepcionada por
construir una imagen
de usted, la cual está
demasiado lejos de lo que
es realmente.

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Diego Bergasa (329K seguidores) es un instapoet que arrasa en Amazon. Sus libros se venden como churros. Y no nos extraña. A su Instagram sube fotos subiditas de tono que contrastan con la delicadeza de sus escritos, no generando para nada un efecto de lo más hortera. Sus poesías son universales. De esa universalidad que tienen las familias felices que salen en los marcos de fotos de las tiendas. No sé si me explico…

Las relaciones son para volar más alto,
no para meternos en una jaula.

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Me haces feliz,
y eso también
es hacer el amor.

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Querido septiembre:
Quiero estar cerca
de las personas que me dan vida.

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Ornella Manzi (37,8 K seguidores) es una instapoet que concibe su poesía como un refugio para el dolor. Y los más cáusticos dirán que el dolor no necesita un refugio, sino un remedio. Puede ser. Ornella no lo tiene. A las pruebas me remito:

Sabes que te amo
me dice.
Pero lo único que
sabe hacer, es
demostrarme
justamente
lo contrario.

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Necesito verte adorándome
cómo se adora una pieza de arte.
Porque es justamente eso lo que soy.

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Y qué mejor forma de terminar este artículo que regresando a la pregunta inicial: ¿qué es poesía? ¿Es realmente bueno leer, aunque sea cualquier cosa? ¿Es la poesía juvenil una moda asociada a la edad o luego se te pasa? Kiko Makenro (22,6K seguidores), que también cuenta con varios libros en su haber, trata de responder, en nombre de todos los instapoets antes mencionados. de la forma más sincera y certera posible:

La poesía habita en una comida de coño,
en tu culo cuando te duchas
y te observo tras la mampara,
en tu sonrisa perezosa
al no querer salir de la cama,
en los abrazos al cruzarnos
cada dos minutos,
en los mimos que buscas
cuando estás borracha o melancólica.
Entiéndeme,
no soy poeta.


Malditos poetas, os habéis cargado la poesía, El País, Daniel Soufi, 15/01/23

A William Shakespeare nunca le llovieron tomates. Todavía eran poco comunes en su época. El primer lanzamiento de esta fruta del que se tiene conocimiento ocurrió en 1883, en un teatro de Hempstead (Nueva York). La víctima era un aspirante a actor llamado John Ritchie. La crónica del New York Times narra los esfuerzos del intérprete por seguir con su actuación mientras recibía el impacto de los tomates que le arrojaban desde el público. Finalmente tuvo que salir huyendo y al terminar juró que nunca volvería a actuar en ese pueblo.

Hoy las pasiones se dirimen en las redes sociales. Hace pocos días un poema de Miguel Gane (Leresti, Rumanía, 1993) causó un incendio en Twitter. El joven escritor compartió una poesía llamada Reina, perteneciente a su libro La piel en los labios (Aguilar, 2020), y en poco tiempo la red social se llenó de miles de opiniones opinando sobre la calidad del texto.

Hubo quien incluso extendió la crítica a toda una nueva generación de escritores: Malditos poetas, os habéis cargado la poesía, opinaba un usuario. En conversación con icon, Gane asegura que la mayoría de los comentarios venían de personas que se escondían detrás de un perfil anónimo. A los cinco minutos silenció las notificaciones, pero según cuenta, siguió recibiendo mensajes privados de usuarios que le insultaban y le instaban a dejar de escribir poesía. Este es el poema que causó toda la polémica:

Pa reina maga tú
bailando en bragas en el salón,
cantando canciones
que no te sabes,
cada puta noche.
Ese es mi regalo.

Dos días después, Gane respondió a sus críticos con la publicación de un poema de Goethe llamado Ladran. También agradeció el apoyo que le había dedicado un usuario, y de paso recordó que lleva seis años publicando, y que ha escrito algunos de los poemas más leídos de su generación.

Gane empezó a publicar a los 16 años en un blog. Fue al entrar en la carrera cuando empezó a funcionar un poco más y me descubrió mi editora actual, recuerda. Tenía alrededor de 10.000 seguidores cuando publicó su primer libro de poemas, Con tal de verte volar (Aguilar, 2016), y se acababa de abrir la cuenta de Instagram hacía dos meses. El libro alcanzó recientemente decimoctava edición. En 2018 publicó Ahora que ya bailas (Aguilar), su segundo poemario.

A punto de cumplir los 30 años, Gane vive holgadamente de la venta de sus libros. La piel en los labios, la obra que incluye el poema tan criticado en redes, fue el libro de poesía más vendido en España en 2020. El autor ha dado recitales en un buen número de países y, sin ir más lejos, las entradas para su actuación en la sala Galileo Galilei en Madrid el próximo 25 de enero ya están agotadas. Acumula 385.000 seguidores en Instagram y 60.000 en Twitter.

La poeta Luna Miguel (1990) también se unió al debate a través de su cuenta de Twitter. No lo hizo para defender a Gane, sino para compartir una lista de jóvenes poetas que, en su opinión, sí merece la pena reivindicar. Comparto esta lista con algunos nombres de poetas para que en Twitter no todo sea reírse de la mala poesía viral y ya, escribió. La escritora madrileña tiene cerca de 50.000 seguidores en redes sociales, aunque es un buen ejemplo de una autora con notable popularidad que no encaja exactamente en lo que ella misma ha denominado poesía comercial o viral. En marzo del año pasado, expresó su opinión hacia este tipo de obras en un artículo de icon: Como en todos los géneros, en la poesía hay producciones más comerciales, más asequibles, más virales. Esto en narrativa lo entendemos muy bien, ¿por qué no en poesía?

Luis Bagué Quílez, poeta y crítico literario, opina que el género de la poesía está excesivamente sacralizado. El público lector, y buena parte de los propios poetas, asumen con naturalidad que existan productos culturales de calidad dispar en la música, en el cine o incluso en otros géneros literarios (como en la omnipresente novela), pero a la poesía suele pedírsele que sea sublime sin pausa.

Poesía comercial es, en cierta manera, un oxímoron. De todos los géneros literarios no hay ninguno tan precario como la literatura escrita en verso. En 2021, facturó (junto al teatro) 7,4 millones de euros, apenas un 0,8% del total, según el último informe del Comercio Interior del Libro. En un artículo publicado en El País en diciembre de 2022, el periodista y poeta Sergio C. Fanjul señalaba la terrible paradoja que asola a este género: tremendo prestigio, poquísimas ventas.

Hasta la llegada de Instagram, prácticamente ningún poeta podía vivir de la venta de sus libros. Sin embargo, Bagué Quílez asegura que el nacimiento de una poesía comercial con la llegada de las redes sociales es mucho menos revolucionario de lo que parece. Como han indicado otros autores, por ejemplo Luis García Montero, el rechazo hacia los valores burgueses fue lo que en el siglo 19 consolidó la imagen del poeta decadente que peinaba melena, se rebelaba contra las convenciones y se refugiaba en los paraísos artificiales y en la torre de marfil.

La calidad de los poetas comerciales o virales –también se les ha llamado instapoetas–, siempre ha estado en entredicho. Gane ha sido el protagonista de la última polémica, pero no ha sido el único en recibir críticas. Hace tres años Rafael Cabaliere, un poeta con casi un millón de seguidores, recibió el III Premio Espasa de Poesía. El jurado lo reconoció precisamente por su conexión y empatía con las nuevas generaciones. Días después de que se fallara el premio se difundió el bulo de que Cabalire era en realidad un bot, y el propio autor tuvo que colgar un vídeo en Facebook para desmentirlo.

Esta no es la primera vez en la historia de la literatura en la que la llegada de un nuevo medio propicia una nueva forma de escribir poesía. Sergio Montalvo, profesor ayudante de la facultad de filología de la Universidad Complutense, establece una analogía entre el debate que se generó con las obras que en el siglo 17 se representaban en los nuevos corrales de comedia, y las poesías que hoy triunfan en redes sociales. Explica que desde finales de la Edad Media hasta prácticamente el siglo 18 quienes podían vivir de ser poetas eran los que encontraban un servicio en la casa de algún noble o algún rey. Una situación no tan distinta de la que han vivido los poetas antes de la llegada de las redes sociales; cambiando el puesto en la corte por el de profesor de universidad o director de alguna institución cultural. Antes del siglo 17 no había ningún espacio propio para la representación teatral. Con la llegada del cristianismo los teatros se prohíben, y las obras, siempre con temática religiosa, pasan a ser representadas en las iglesias. Hasta la llegada del corral de comedias, no había un teatro propio como tal. El nuevo teatro permitió a muchos escritores empezar a ganarse la vida escribiendo comedias. Estas obras estaban, por lo general, escritas en verso y a sus autores se les llamaba poetas. En el Siglo de Oro todavía no existía la denominación de dramaturgo, cuenta Montalvo.

Con Lope llegó lo comercial. Lope de Vega sacudió el modelo tradicional hispánico de cómo se componía y cómo se representaba el teatro. Escribía obras comerciales, para contentar a la gente que acudía a los corrales de comedia. En 1609 dio un histórico discurso en verso para la Academia de Madrid, en la que defiende el arte nuevo. Lo que hace es avalar su nueva forma de trabajar, que se basa en desoír la norma clásica y las recomendaciones eruditas. Lope se sacude toda la poética y la retórica grecolatina y lo expresa con claridad en su discurso:

como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.

Las obras de Lope no eran del gusto de la crítica, ni de otros escritores de gustos más tradicionalistas como Miguel de Cervantes, que murió sin haber podido triunfar en el teatro. Lope se preguntaba: ¿para qué quiero contentar a cinco ancianos, si puedo contentar a 500 personas que van a pagar una entrada cuyos beneficios se van a mi bolsillo? Según el experto, es un autor más reconocido por haber inventado una nueva forma de hacer teatro, que por la calidad concreta de un libro.

La novedad de los corrales de comedia es que participaban miembros de toda la sociedad. Es la misma ventaja que siglos después han aprovechado autores como Gane, que a través de las redes sociales han conseguido hacerse populares no solo en España, sino también en países de Latinoamérica. Gane afirma que él no concibe la poesía colocada en un atalaya. Disfruta de ella como entretenimiento y su objetivo es conectar con la gente. Por el formato que me ofrecen las redes sociales, un poema más corto, con menos texto y más impacto visual, suele gustar más a la gente. Es el producto de vivir en una sociedad en la que todo avanza a gran velocidad, asegura.

Montalvo se pregunta hasta qué punto Lope fue un visionario. Antes de Miguel Gane, Marwan, o Loreto Sesma, Lope de Vega inventó una suerte de literatura del tuit. Bastaría con contrastar las ventas de un poemario escrito conforme a la norma, y las ventas de un poemario surgido de Instagram. En el siglo 17 las obras que más le gustaban al público también solían ser las que menos le gustaban a la crítica. Malditos poetas, os habéis cargado la poesía, EL PAÍS, Daniel Soufi, 15/01/23


Diego Vaya (Sevilla, 1980). Cuando trabajar no es una opción: Robert Hughes y la joven poesía española, Centauros, revista de literatura, nº 1, Huelva, octubre 2022, pdf descargable

Bajo la incrédula mirada de Robert Hughes, algunos jóvenes poetas españoles se quejan, se lamentan, lloran, patalean, se revuelcan por el suelo, hablan de miseria, de engaño, y recurren una y otra vez a la palabra «precariedad». A fuerza de repetirla, han convertido «precariedad» en el término de moda en la poesía española más reciente: lo dicen en entrevistas, en las redes sociales, y cuando se suben al escenario en un recital colectivo no se van hasta que la sueltan. No pueden evitarlo. Es superior a sus fuerzas. Se trata de una especie de toc, la Ítaca autocompasiva a la que siempre regresan. Hace mucho que una palabra no era tan manoseada por los jóvenes poetas españoles, aunque tampoco faltan los periodistas que se les sumen: he encontrado artículo en que aparece más de veinte veces precariedad o algún otro término con el que comparte lexema o perteneciente al mismo campo semántico, bien como citas literales de algunos jóvenes poetas españoles o porque el entusiasta periodista ha querido mimetizarse con ellos. Sin duda se ha hecho de la precariedad un símbolo de su identidad generacional: ya eres uno de los nuestros, bienvenido.

Robert Hughes se aparta de la frente su flequillo rebelde y nuboso, resopla y sigue mirándolos. Precariedad: como si la vida en España hubiese sido menos precaria en la Edad Media, durante el Barroco, o mientras Goya era testigo de los fusilamientos del 3 de mayo. Una cosa es mantener una actitud crítica ante la realidad y otra quejarse. Hablan de precariedad como si a las generaciones de poetas anteriores a ellos se lo hubiesen regalado todo. A la mierda con Miguel Hernández, a la mierda con Federico García Lorca, y qué vamos a decir de otros como Góngora o Antonio Machado: no os podéis comparar con nosotros, vividores, que sois todos unos grandes vividores.

Pero lo cierto es que la queja ha echado hondas raíces en el ecosistema de la joven poesía española. Poemas, declaraciones en medios de comunicación, trabalenguas, y, así, si todos están precarizados, ¿quién los desprecarizará? El buen precarizador que los desprecarice, buen desprecarizador será. ¿Y cómo se desprecariza a un joven poeta español? De trabajar ni hablemos, está claro. Mejor una beca, un premio, una ayuda a la creación, un bolo bien pagado. Ay, qué harían sin los múltiples encuentros de poetas financiados por las administraciones públicas a donde los llevan a recitar para que no falte algún ejemplo viviente de la precariedad. Y esos premios estatales, como el Nacional de Poesía Miguel Hernández para poetas menores de 30 años, ay, qué bien sienta el prestigio, sobre todo si va acompañado de cierta cantidad de euros, que no todo es inspiración y renglones cortados. Es tan variada la manera en que se subsidia a los jóvenes poetas españoles que muy mal tiene uno que hacer las cosas para no recibir en algún momento una limosna.

A estas alturas, Robert Hughes se ha preparado un whisky doble con hielo, se sienta, agita el brebaje, que emite un apacible ronroneo, y se lo bebe de un trago. Y no es para menos, porque para tener relevancia a los jóvenes poetas españoles no se les exige que pulan sus poemas, o que dominen la métrica, ni siquiera que sus poemas intenten aportar algo dentro de una tradición (la que sea); lo que se les exige es tangencial a la escritura, y se condensa en: a) Ser altamente activos en las redes sociales. b) Ganar algún premio (a ser posible relacionado con la literatura, y si es de poesía, mejor). c) Publicar un poemario (a ser posible cada año, lo más tardar cada dos años, ya se sabe que las sucesivas oleadas de poetas nuevos que eclosionan cada cierto tiempo sepultan a quienes no hacen ruido con regularidad).

El viejo australiano se encamina, con toda su erudición a cuestas, hacia su segundo whisky, porque ya ha captado que esto no acaba aquí y quiere estar preparado para lo que vendrá después. Las redes sociales: son bien conocidos los beneficios de las redes sociales en términos de promoción y presencia para cualquiera que sepa usarlas. De hecho, es poco sensato no estar aunque sea en una sola red social. Pero para algunos jóvenes poetas españoles las redes sociales presentan un reverso lynchiano (a la manera del cineasta David Lynch: loco, desquiciado, fuera de lo real). No solo deben gestionar la ansiedad y la angustia por lograr repercusión y publicitarse y parecer que siempre están ahí, sino que también deben lidiar con una angustia y una ansiedad todavía más lacerantes y opresivas, y que tienen que ver con los otros: la comparación, y todo lo que esta conlleva, se hace inevitable si otro joven poeta español publica un nuevo poemario, si lo reseñan, si lo entrevistan, si lo invitan a recitar o si gana un premio.

Cada uno sobrevive a su angustia y a su ansiedad como buenamente puede, porque a fin de cuentas las redes sociales son la manera más fácil de mantener una maraña de contactos tan tupida como insustancial, efímera, agotadora y autorreferencial, pero que sobre todo es profundamente necesaria para prosperar. De este modo, la escasez de rigor formal y de contenido o directamente la falta de trabajo en poesía se pueden disimular o suplir mediante las relaciones sociales: si caes bien, tus poemas gustarán; o si caes bien, los demás van predispuestos a leer tus poemas con mejores ojos que si no te conociesen. La hipocresía comienza a ser la postura más rentable en esta época de corrección política y lingüística en la que si la opinión sobre un texto no es la esperada por el autor, suele tomarse como una afrenta personal (es decir, el error de creer que el arte tiene la misma importancia que la vida), lo que nos lleva a que la simpatía por el autor se transfiere a la obra como una curiosa mezcla de simpatía y condescendencia e indulgencia. Suele ser habitual que un poeta que te parecía del montón o directamente prescindible, de pronto, cuando lo tratas un poco, empieza a tener poemas buenos, pero buenos de verdad, échale un ojo a su último libro. También es bastante habitual mantener las formas públicamente, pero en privado confesar que su poesía no te convence (aunque no es esta la expresión que más se usa, sobre todo cuando hay cierta confianza).

Este afán por caer bien genera a veces un mecanismo de reciprocidad que llega a puntos verdaderamente bochornosos. Yo también he sido joven y me han invitado a saraos en los que en más de una ocasión he tenido que soportar conversaciones que podría sintentizarse así: «¿Tienes cuenta en las redes sociales para poder seguirnos? Yo también… ¿Que hace poco que has terminado un poemario inédito y es lo mejor que has escrito? Me pasa lo mismo… ¿Ah, que eres un mamífero? Qué casualidad…».

Robert Hughes se concentra en los cubitos de hielo que flotan en su tercer whisky. El problema que suscita toda esta táctica de llevarse bien con todo el mundo es que se trata de una estrategia cortoplacista (Recuerde el alma dormida, etc.) y que encima obliga a hacer una vida social de alto voltaje, hiperintensificada por las redes sociales. Por lo tanto, comienza a resultar muy difícil separar al autor de su obra: van en el mismo lote, lo tomas o lo dejas. Pero esta necesidad de la presencia constante del autor resulta un tanto paradójica, porque la verdadera relación entre el lector y el poema, como en cualquier otra disciplina artística, se encuentra justamente en lo que sucede en ausencia: el lector no está cuando el poeta escribe, ni el poeta cuando el lector lee. En cuanto un poema necesita que el autor esté lo suficientemente cerca para que lo oigamos decir todo el tiempo «Eh, te voy a explicar lo que he querido decir, que lo he escrito yo, yo, yo…» Bueno, ya saben a lo que me refiero.

Pongámonos serios: los poemas son lo de menos. ¿Hay alguien que de verdad se tome el interés en leer en profundidad cualquier libro de poesía actual? Y en el caso de que lo hubiese, ¿encontraría algo más que superficie en una época que sostiene como marca corporativa la superficialidad? Los poemas, decía, son lo de menos. Lo importante es estar ahí, ser un excelente relaciones públicas, exhibir una amplia sonrisa profesional, ir aquí y allá sin molestar o incomodar a nadie, todo buenrrollismo y quedardeputamadre, no hay entre nosotros un mal poeta, todo vale, es cuestión de gustos.

Robert Hughes, después de soplarse su quinto o sexto whisky a palo seco, levanta las cejas, sorprendido de que haya tantos premios para jóvenes. Los más codiciados por los jóvenes poetas españoles son los sempiternos Adonáis (deseado por todos; denostado y vilipendiado por quienes no lo ganan), Hiperión y Loewe, a los que se les han sumado en los últimos años otros con nombres de poetas cuya obra los jóvenes poetas españoles se apresurarán a leer solo en caso de que los premien: se da por hecho que el premiado, durante el acto de entrega del premio, además de hablar de su propia obra, tiene que decir algunas palabras sobre el poeta que da nombre al premio. Aquí la queja de algunos jóvenes poetas viene en muchos casos porque no se les premia cuando creen merecerlo, argumentando que en tal o cual premio está, por ejemplo, bajo la tiranía del endecasílabo. Cada cierto tiempo alguien clama contra el endecasílabo, acusándolo de ser per se un verso «conservador» (sic), como si el verso libre se hubiese inventado ayer. Valorar un poema basándonos en el uso o no de una pauta métrica no parece tener mucho sentido ya: hay poemas en perfectos endecasílabos que acaban sonando a hueco y otros en supuesto verso libre que parecen prosa cortada sin fundamento alguno, y también maravillosos ejemplos de uno y otro. No es el espacio para entrar en esa discusión, pero el aprendizaje basado en el esfuerzo por dominar la forma parece el único que permite que un artista sea capaz de aportar algo nuevo. Si hablamos del ritmo en poesía, conocer la tradición posibilita que las variaciones o rupturas lleguen a convertirse en logros formales.

No hay duda de que ganar alguno de estos premios aporta reconocimiento, ponen el foco sobre el ganador (al menos durante un tiempo), y lo que es más importante, permite publicar en lo que todos conocemos como editoriales prestigiosas. Pero la idea más generalizada es que hay que hacerse con la mayor cantidad posible de estos premios antes de llegar a los fatídicos 35 años, lo que viene a plantear una cuestión: ¿de verdad se están escribiendo en estos momentos tantos poemarios, digamos, buenos como premios hay convocados? O somos testigos de una época de creación poética superior a todas las anteriores, o el número de ejercicios de estilo y de poemas de relleno de muchos libros premiados está tan sobrevalorado que nos acerca a una posible respuesta que es preferible no mencionar.

La cuantía económica de los premios, por supuesto, los ayuda a salir de la precariedad. Pero no es la única forma. Parece extenderse entre algunos jóvenes poetas españoles la necesidad constante de publicar, publicar y publicar: en revistas, en suplementos culturales, en antologías, pero sobre todo en editoriales que les den visibilidad, porque cada año surgen jóvenes e incluso jovencísimos poetas españoles que tienen el encanto de la novedad, y aunque los royalties en poesía siempre han sido una especie en vías de extinción, un nuevo libro en ciertas editoriales puede dar acceso a colaboraciones remuneradas, del tipo escribir un artículo o recitar en algún festival de poesía.

Mientras comienza a buscar uno de sus libros, Robert Hughes me advierte de que este artículo quizás suene a una diatriba gratuita contra algunos jóvenes poetas españoles. Que incluso podría ser malinterpretado: frustración, miedo, rencor, resentimiento, falta de empatía intergeneracional, lo viejo arremetiendo contra lo nuevo, Castillejo reprochándole a Boscán y a Garcilaso que escriban «prosa / medida sin consonantes», a saber qué puede mover a un tipo a meterse en algo así.

Antes de responder a esto, haré una matización: ser poeta y joven es verdaderamente jodido. Aunque intuyo que la continua queja y la obsesión por la precariedad de algunos jóvenes poetas españoles no tiene en muchos casos tanta relación con los puntos a, b y c de arriba como con el deseo de vivir con/en/por/para y especialmente de la poesía. Si algunos jóvenes poetas españoles quieren dedicarse plenamente a la escritura, trabajar no es una opción. Y en cierto modo es razonable: para todo el que esté completamente entregado a una disciplina artística, cualquier esfuerzo invertido en otra cosa que no sea dedicarse a su obra se percibe como un desperdicio de tiempo. Pero para comprobar si en realidad esa opción es determinante o no en la trayectoria de un poeta, habría que analizar con cierta perspectiva todo lo publicado; eso, sin embargo, está fuera del objetivo de este artículo.

Robert Hughes apura su último whisky y me entrega un libro. Lo ha encontrado: al menos uno de los dos ha conseguido lo que se proponía. Leo el título: La cultura de la queja.


Enrique Rey, La batalla en verso: los poetas mileniales frente a lo comercial, lo digital y lo viral, El País, ICON, 13/03/22

¿Escriben distinto los nativos digitales? ¿Supone Internet un cambio en el contenido y la forma de los poemas, y no solo en su distribución? En La lira de las masas (Páginas de Espuma, 2019), Martín Rodríguez-Gaona defiende que, puesto que el público virtual no atiende a los viejos circuitos (editoriales de prestigio, Academia o poetas veteranos), la red habría dado lugar a lo que él llama poesía pop tardoadolescente, una escritura nueva que busca el entretenimiento y la identificación de sus lectores, pero que no se relaciona con la tradición (tampoco mediante la ruptura, así que no podría resultar realmente original). Millennials: Nueve poetas, la reciente antología de Gonzalo Torné para Alba Editorial, viene a desmentirlo. Según el antólogo, “la red acelera los primeros pasos del poeta, pero no impone ninguna marca en su escritura”. Luna Miguel, una de las seleccionadas, lo explica así: “La influencia del mundo digital en la poesía contemporánea (la que leo publicada en papel y la que encuentro en Twitter o Instagram) no deja de ser anecdótica. Más temática que formal. Hace diez años había quien podía escandalizarse de que en un poema apareciera la palabra WhatsApp, igual que imagino a la peña conservadora extrañándose cuando se empezó a mencionar la televisión en la literatura”. “Lo que se ha transformado”, indica Laia López Manrique, poeta, coordinadora de Revista Kokoro y docente, “es la imagen de los y las poetas, mediada por las demandas de lo virtual y de lo inmediato. ¿Pero eso altera el modo en que se fragua cualquier escritura? Para mí, desde luego, no.” En general, Internet habría modificado los hábitos de los lectores y también su manera de acceder a la poesía, aunque no la naturaleza de esta. Pero existen algunas excepciones: poetas como Juan de Beatriz, flamante Premio Emilio Prados por Cantar qué, que han aprovechado los avances tecnológicos y mediáticos y la proliferación de mundos virtuales para elaborar su poética. En sus palabras: “Si la red es una metáfora de la totalidad de lo real, el libro de tecnopoesía constituirá un ancho espacio, donde todo tenga cabida”. Además, Juan de Beatriz tiene una interesante teoría sobre el acercamiento de los jóvenes a la escritura poética que podría explicar su proliferación: “El joven actual genera una cantidad de textos sin precedentes, al margen de su calidad, rigor o función. Esta ingente cantidad de texting facilita un trasvase intuitivo e inmediato entre la escritura digital (cotidiana y funcional) y la escritura literaria. El pie de foto en Instagram, esa respuesta algo más meditada de WhatsApp o la reflexión apuntada a la carrera en las notas del móvil se convierten hoy, de modo muy natural, en el germen de un poema”. Si la discusión sobre si existe o no una escritura específicamente milenial ya es, en según qué lugares, tensa; en estos mismos rincones de Facebook y de Twitter los ánimos terminan de encenderse cuando se toca el fenómeno de los superventas. Durante muchos años la broma había funcionado, porque, seguramente, se acercaba a la realidad (¡en España hay más poetas que lectores de poesía!); pero hoy existen libros de poemas que se exhiben en los escaparates de las librerías y que despachan miles de ejemplares. Según datos del Ministerio de Cultura, en 2019 (último año que recoge el Análisis sectorial del libro 2020) se editaron un 16,7 % más de libros de poesía que el año anterior. En la última década, prácticamente cada año ha marcado un récord. La poesía llega cada año a más lectores y cada vez viaja más deprisa, y esta aceleración no podría entenderse sin Internet y las posibilidades que ofrece para que circulen los textos. Muchos de sus autores (Defreds, Marwan, Irene X) cuentan con decenas o cientos de miles de seguidores en Instagram. Una de las editoriales que más superventas acumula en su catálogo es Espasa y una de sus editoras, Viviana Paletta, justifica así su éxito: “Considero que la repercusión masiva de ciertas publicaciones tiene que ver con la afectividad y con la sentimentalidad a flor de piel, plasmada de una forma accesible”. De manera más técnica, Juan de Beatriz desmenuza estos superventas: “Una de las singularidades del best seller es la autofagia referencial, el adanismo literario y la desconexión parcial con una determinada tradición estética. El manido yo lírico ahora, ha devenido en un yo hipertrofiado, autocomplaciente y naíf”. No obstante, no considera que este sea un fenómeno negativo: “En su día, la deglución mercantilista del género despertó ampollas en el mundillo poético, porque se trata de un ámbito muy rígido. No es mala cosa que el mercado editorial haya encontrado una bolsa de oxígeno”. También en términos de mercado, Luna Miguel, con una larga experiencia dentro del mundo editorial, se muestra favorable y desarrolla: “Como en todos los géneros, en la poesía hay producciones más comerciales, más asequibles, más virales. Esto en narrativa lo entendemos muy bien, ¿por qué no en poesía? Decía Claudio López Lamadrid, mi maestro, que de los diez autores que publicaba solo uno o dos eran rentables, pero lo suficiente para poder editar y promover la literatura de los otros ocho. En parte, como escritores de nicho, debemos estar agradecidos a la viralidad de otras compañeras”. Otro de los puntos más debatidos es el de si existe una transferencia de público que empiece consumiendo a los llamados poetas de Instagram y termine por acercarse a propuestas más exigentes. “Yo misma lo he vivido, prosigue Luna Miguel, hay lectoras de Elvira Sastre o Irene X que han llegado a mí después de leerlas. Y quiero pensar que después de haber llegado a mí habrán podido acceder a Berta García Faet o a Elizabeth Duval”. Sin embargo, Laia López Manrique, en permanente contacto con sus alumnos, no es optimista a ese respecto: “Puede que haya una transferencia azarosa en algunos casos, pero no tengo ninguna confianza en que eso suceda como regla general. La literatura en la enseñanza secundaria, al menos en la escuela pública, se enseña poco y mal. No disponemos de tiempo ni de recursos suficientes para desarrollar un diálogo complejo al respecto. En ese contexto, la poesía es una hormiga que se ve lateralmente afectada, sí, pero no deja de ser un grano de arena más en un desierto”. Hablar de poesía es también hablar de precariedad y de unas instituciones anticuadas, conservadoras y parciales. Por eso a Luna le molesta que todas las controversias ocurran del lado de los autores “y no sobre los nefastos sistemas de premios públicos, ni sobre la tensión entre las editoriales independientes y las grandes, ni tampoco sobre el peso de la academia sobre los que están empezando a publicar”. Laia señala que en el ámbito poético “los escritores, son quienes se ven obligados a hacer el trabajo de puente entre su propia obra y la visibilidad de la misma”. Algo cansado que nunca se menciona, y que ocurre porque “las instituciones privilegian unas pocas propuestas”. Con todo, editoriales valientes como La Uña Rota, Ultramarinos, Letraversal, Cántico o La Bella Varsovia (que acaba de incorporarse a Anagrama) se han consolidado como alternativa al “agotado paradigma editorial clásico” que “no huele ni de lejos las nuevas derivas estéticas de la poesía joven española”. Pero el mundo de la poesía también sale de sí mismo y se asoma a la realidad sobre (y desde) la que escribe. Siempre se podrán encontrar dos vetas: la de algunos poetas dedicados a revelar la oscuridad de las cosas mediante intuiciones, hallazgos y figuraciones existenciales y la de otros más atentos a su entorno, decididos a intervenir social o políticamente. Se podría decir que las poetas de este último grupo han alcanzado notables éxitos en los últimos tiempos, anticipando la centralidad del feminismo, practicándolo durante su actividad poética e incorporándolo a su discurso. Viviana expone: “La poesía es movilizadora, individual y socialmente. La verdadera poesía siempre ha cuestionado el estado de las cosas, los valores dominantes en cada tiempo. Y fue así en el feminismo, en el que tantas poetas se adelantaron a una lucha que hoy interpela a todos; y lo veo ahora en la ecopoesía o la escritura migrante: movimientos poéticos que llevan a un nuevo saber y al compromiso en muchos casos”. El del feminismo es el caso paradigmático, el mejor ejemplo de cómo la poesía contemporánea puede alcanzar la conciencia de sus lectores. Luna confirma que la poesía permite intervenir en el debate público (además de generar debates íntimos) y, de paso, para terminar, ofrece unas cuantas referencias: “Estoy convencida de que la poesía permite llegar a esos lugares. Al menos en la cuestión feminista, confío en los despertares que hayan podido causar Audre Lorde, Adirenne Rich, Forough Farrojzad, Anne Carson, Koleka Putuma o María Salgado”.


Muestras de literatura en red:

Proyecto Gutenberg

eLSoBReHiLado

Daniel Lebrato


Un comentario en “la crítica literaria ante los senderos que se bifurcan (2)

  1. Gracias, Daniel, por dar trigo una vez más, en vez de predicar. Lo haces aquí y también (más oculto) con el envío de obras bellas y dignas por correo, en html, como tú dices. Agradezco en especial estos cinco botones de hoy, que estoy indagando.
    Peco de pesado, pero te dejo otro apunte sobre esto aquí, que no sé si nos desanimará, pero para palpar el estado de la cosa. Doy este mismo año (semanalmente, en Masticadores.com) en html nada menos que una novela, los miércoles (‘Lunas de lantano’) y un libro de relatos, los sábados (‘Relatos falaces’), además de la escritura del blog que ya conoces, fm|al. Gratis total. Bueno, pues solo un libro publicado por el canon impreso me genera no ya beneficios (eso a nadie, salvo a Pérez Reverte y cinco más 🙂 sino casi el 80% de mi correspondencia o interacciones actuales. No obstante: quien no me desanimo soy yo, y seguirán los ‘regalos’ inadvertidos en Masticadores.com. Como nota paradójica, el libro impreso es ‘Poe no ha muerto’ y en una vida anterior también fue html, es decir, inadvertido…

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