la crítica literaria ante los senderos que se bifurcan.

El guirigay con que se expresa la actual crítica literaria tiene que ver, primero que nada, con lo mal que mi generación supo (no supo) liquidar sus viejas cuentas con el libro de papel el tiempo que el libro electrónico tuvo de rompedor como nueva tecnología de comunicación. Hoy la podredumbre digital (esa de la que ustedes se quejan) sumada a las miserias que arrastraba el endiosado mundo Gutenberg, alcanza a todo el panorama editorial. Fuimos nosotros, gente que hoy pasamos de 60, quienes inculcamos en milénials o zetas o ninis ese afán por el libro que, lógicamente, se ha de volver contra sus nuevos amos.

19712003. Desde 1971 existe el libro electrónico. Ese año Michael Hart comenzó su Proyecto Gutenberg de libros de dominio público. De 2001 data el primer libro digital vendido por internet (Riding the Bullet, novela de Stephen King) y desde 2007 cumplen años los libros Kindle de Amazon, que tampoco son ya lo más de lo más: desde que hay teléfonos inteligentes (año 1996, suyo es siglo 21), nuestros celulares cubren soportes de escritura y de lectura, a la vez autor o lector y editor. En el encuentro entre el procesador de textos, donde sin duda se impuso Word, y los sistemas de gestión de contenidos, donde en 2003 se impusieron Blogger (blogspot.com) y WordPress (sus fundadores, Matt Mullenweg y Mike Little) que permitían crear y publicar contenidos en línea sin escribir ningún código y sin instalar programas de servidor o de scripting. En 2003 la comunidad literaria pudo elegir entre acabar con el intermedio capitalista gremio de impresor, distribuidor y vendedor, o permanecer en ellos junto a tenderos, sindicatos, la banda del comercio de proximidad.

La distancia entre la comunidad literaria (creación y público) y la sociedad o sociedades del libro quedó bajo un tapado de prestigio siempre a favor del libro objeto, del libro a imprenta. Y, con el libro, iban a sobrevivir, sobrevivieron, viejas liturgias para la vida social, esto es presentaciones con firma de ejemplares y pase usted por caja. Quien menos supo dónde meterse, iba a ser precisamente la comunidad de profesores y críticos obligados por ley del silencio a multiplicar productos volátiles o efímeros, como si fuesen sólidas construcciones durables. Desde entonces, la crítica literaria se bifurca como la intriga de Borges frente al jardín de los senderos que se bifurcan.

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