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¡caracoles!

Un pañuelo de lágrimas para Morante, foto El País

/ ¡caracoles! interjección igual a ¡caramba! /

La ventaja del pensamiento público (o político) consiste en criticar a un Estado (de cosas) y en disculpar al individuo. Dos casos vienen a propósito. El primero ha salido en los periódicos: «Polémico gesto de Morante de la Puebla en la Maestranza de Sevilla. El matador secó las lágrimas del toro picado y banderilleado que iba a matar.» El otro es una anécdota particular no tan rara en plazas próximas a bares con veladores donde menores juegan a la pelota mientras sus mayores se echan su cerveza con caracoles. El suceso lo habrán adivinado: de pronto, un balonazo descompone su mesa, rompe el vaso o directamente le echa a usted en su luciente traje su tapa de caracoles. Como el futbolista es menor de edad, y además educado, la víctima, mientras recompone la estampa como puede, se ve incapaz de reñir al chaval. Y a lo que vamos. ¿No debería lo público (gobierno, alcaldía, plaza o bar) haber previsto el incidente? Pues nada. Por toda exculpación solemos oír, del padre o la madre: ¡Perdone! ¡Ha sido sin querer!, mi hijo es un magnífico muchacho y los chiquillos en algún sitio tienen que jugar; que le pagan a usted otra de caracoles o una cerveza nueva como la que se estaba tomando, la lavandería también se la pagan y, si usted sigue con el enfado, todavía le increpan que si usted no ha sido nunca un niño o si nunca cometió alguna travesura cuando era chico.

La moraleja es clara. Cuando la lógica del piense en los demás o el sentido común (único comunismo que nos queda) no funciona o no existe, el individuo sale a juicio y las personas pelean o dirimen sus cuestiones a base de voluntarismo y de moral. Tampoco debemos juzgar en primer lugar al torero que saca su pañuelo y enjuga las lágrimas del toro que va a matar. Debemos criticar al Estado que permite los toros y, de paso (igual que al padre o madre del futbolista urbano), juzgar al público que está detrás. Rafael Sánchez Ferlosio abominaba de la fiesta de los toros “no por compasión de los animales sino por vergüenza de los hombres”. Pues eso. ¡Marchando una de caracoles y dos de vergüenza ajena!

Foto de portada: El País


Incierta gloria o Madrid Barça.

Incerta glòria, de Agustí Villaronga (el mismo de Pa negre, Pan negro de 2010), sugiere la trampa en que caemos al llamar a las cosas no por su nombre, sino por el nombre que les han dado, en este caso: guerra civil en vez de golpe de estado. Se trata de minimizar la resistencia al golpe por parte de la República y maximizar las supuestas dos Españas como si fueran dos países o naciones que en fecha y hora predeterminadas y en igualdad de condiciones celebran sus combates más o menos como un clásico Madrid Barça.


Balón de oro

Balón de oro

LOS GALÁCTICOS Y SU PODER SOBRENATURAL
por Ángel Monge Pérez


“Messi, Ronaldo, Neymar y tantos otros cobran, cada uno, más en un año que todo lo que cobraron nuestros ascendientes durante 22 generaciones”


Los ingresos de los Messi, los Ronaldo, los Neymar, que no llegan a los 30 años de edad y que se dedican al deporte profesional, superan o se acercan cada uno a los 30 millones de euros al año, lo que equivale a cinco mil millones de pesetas. Y esos ingresos los obtienen en uno de los países de mayor paro de Europa y de los de mayor desempleo juvenil del mundo. Para tomar conciencia de lo que significan esas cantidades, tendríamos que sumar lo que vamos a ganar cualquiera de nosotros a lo largo de toda nuestra vida laboral, sumarle lo que ganaron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, nuestros tatarabuelos y sumarle también lo que ganaron en toda su vida los ascendientes de nuestros tatarabuelos, hasta llegar al año 1500, considerando, además, que nuestros ascendientes tenían una buena profesión y su salario actualizado al día de hoy era de unos 40.000 euros / año o de 6,5 millones de pesetas al año. Si multiplicamos la cantidad referida por 35 años de vida laboral, sin periodo de desempleo alguno, nos encontramos que Messi, Ronaldo, Neymar y tantos otros cobran, cada uno, más en un año que todo lo que cobraron nuestros ascendientes durante 22 generaciones, lo que nos sitúa quinientos cincuenta años atrás, es decir, nos conduce al siglo XVI. Si lo extrapolamos y, en vez de un año de los ingresos de cada uno, calculamos sus ingresos de cinco años, nos vamos a 110 generaciones de antepasados nuestros y, a un promedio de 25 años por generación, nos situamos a 2.750 años para atrás, es decir al año 750 antes de Cristo. Si en vez de hacer el cómputo hacia atrás, lo hacemos hacia delante, y considerando que nuestros descendientes van a ser unos buenos profesionales y que no van a tener periodos de paro laboral, nos situamos en el año 4766. Cuando llegue el año referido, si es que el planeta Tierra existe entonces, nuestros descendientes habrán cobrado entre todos ellos lo que cobró, Messi o Ronaldo o Neymar y tantos otros en cinco años.

Lo más sofisticado de todo ello es el tremendo reconocimiento social que obtienen, apodándoseles incluso con el nombre de estrellas, galácticos y otros epítetos, considerando, por muchos medios de comunicación, su actividad profesional como el mayor espectáculo del mundo. Ni siquiera a las estrellas cuando caen del firmamento se les aplaude con tanto fervor y con tanta admiración. Su capacidad de seducción es tan grande que incluso hasta los recién estrenados en la política pública como Ada Colau acuden al Camp Nou a aplaudir su presencia en el césped. No ha habido Presidente de Comunidad Autónoma, Alcalde de cualquier signo político que no haya suspirado por una entrada en el palco para asistir a una final, bien sea en el país o en cualquier otro lugar del mundo. Sin embargo, a ninguno de ellos, salvo en los tiempos de campañas electorales, se les ocurre visitar a nuestros jóvenes menores de treinta años que recorren los diferentes firmamentos del planeta trabajando o buscando trabajo porque en su país no lo hay.

¿Somos conscientes los ciudadanos que el precio económico y ético que pagamos entre todos por los espectáculos que estas sociedades crean y alimentan son de una mayor crueldad, si cabe, que aquellos que hablan los textos de la Roma Antigua para el divertimento de los poderosos y del pueblo que los mantenía? Debemos preguntarnos si se puede mantener en una sociedad que se llama evolucionada hechos de esa naturaleza. ¿No estaremos viviendo en una sociedad podrida que no es capaz de oler ya la putrefacción que provocan las reverencias a los nuevos amos del mundo y a todo aquello que se mueve a su alrededor? ¿Llegará el momento en el que tengamos la suficiente madurez como para saber medir lo que debe ser aceptable para satisfacer el ego de la diversión o tendremos que esperar al año 4766 para tomar conciencia de nuestra aberración?

Ángel Monge Pérez. 11 de Enero 2016. Angelmongeperez@hotmail.com.


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