la revolución laboral.

Malo es esperar salud en muerte ajena, decía Sempronio en La Celestina. En economía, malo es esperar progreso en atraso. La lucha contra las máquinas es histórica en el movimiento obrero pero, por dar trabajo a los carteros, no volverán las cartas de sobre, sello y buzón. Es la revolución científico técnica. Revolución que parecen no querer ver ni patronal ni sindicatos ni partidos políticos que les ríen las gracias, y a autónomos y pequeños oficios o empresas no competitivas, en vez de fomentar la productividad mediante el cooperativismo y las grandes empresas nacionales o nacionalizadas. La patronal lleva muy mal la reducción de jornada porque, a sueldos iguales, supondría una subida salarial. Los sindicatos no van más allá de sus narices decimonónicas, como en las novelas de Dickens: pedir trabajo y, a igual trabajo, igual salario, consigna que ya desmontó Carlos Marx, pues no habría que medir solo lo que cada obrero trabaja sino también lo que a cada uno le cuesta y lo que cada uno necesita y, más aún, lo que no trabajan las clases parasitarias, rentistas o improductivas. A Comisiones y Ugt, por combatir el desempleo o el cierre de factorías, les da igual fabricar barcos o aviones de guerra (Navantia en Cádiz, Airbus en Sevilla). Pero Amazon, Uber, Airbnb y plataformas colaborativas son el futuro y hasta se da la absolución por internet. La pérdida de oficios por causas tecnológicas tendría un final feliz en cualquier sociedad menos la nuestra. Lo que, en cálculo anual y poblacional, hoy son horas de trabajo pasarían a ser horas de ocio. Extrapolando el fenómeno, la ciencia ficción sería realidad: una sociedad de robots, pantallas y mandos a distancia que habría vencido, por fin, la maldición del trabajo. Claro que el violinista algún bien material, tangible, tendría que producir para la sociedad, algo tendría ‑lejos de su violín‑ que trabajar: muy poco, porque el total de horas de trabajo necesarias divididas entre el total de personas en edad y condiciones de trabajar sería, a nivel mundial y persona a persona, una cantidad de horas de trabajo ridícula. Y, a cambio, más público ocioso llenaría los conciertos. El comunismo, o sea.

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